Tal y como dije la semana anterior, adelanto la continuación de nuevo por las fiestas. La semana que viene, el ritmo de publicación volverá a la normalidad los domingos. Hasta entonces, feliz año nuevo a todos y a todas y que todos vuestros propósitos de año nuevo se cumplan.
Capítulo 4: Pareja de baile
Se estaba escondiendo de él como una cobarde. Procuraba no entrar en el aula a no ser que hubiera dado comienzo la clase si él estaba allí. Por los pasillos, si lo veía de frente, giraba hacia otro lado para que no se cruzaran. En el recreo, evitaba las zonas en las que sabía que él estaría. Durante la hora del almuerzo. se mantenía alerta por si tenía que levantar el campamento apresuradamente. ¿Por qué se comportaba de esa forma? Era normal sentir cierta aprensión hacia él por lo sucedido, no tenía nada de lo que avergonzarse. ¡Inuyasha era el culpable de todo!
Contenta por la conclusión a la que había llegado, entró en la zona de conserjería con el archivador lleno de hojas que Kouga le había pedido que fotocopiara. El profesor nuevo era muy amable y muy simpático, y se lo pasaba en grande trabajando con él. Además, cobraba un buen sueldo para tan pocas horas y podía añadir su trabajo como prácticas al curriculum. Seguro que le daría muchos puntos. ¿Cómo no se le ocurrió presentarse antes a becaria de prácticas? Fue una suerte que el director se sintiera culpable por obligarla a dimitir y le adjudicara "ilegalmente" ese trabajo.
Pidió que hicieran sesenta fotocopias de cada hoja, tal y como él le ordenó, y las recogió todas dentro del archivador. Apenas podía cerrarlo con ese volumen de hojas y le pesaba. Lo cargó delante del pecho, abrazándolo con los dos brazos, antes de empezar a subir las escaleras hacia el segundo piso. Su intención inicial era seguir recta hacia su destino, pero algo la hizo detenerse delante del laboratorio clausurado por obras.
— ¿Qué haces tú aquí?
— Yo…
— ¡Largo de aquí, niñata!
Y empezó a lanzarle cosas. Le tiró probetas de cristal que se rompieron al impactar contra el suelo. Se apartó inmediatamente, echándose hacia atrás, y lo miró furiosa por su despótico comportamiento.
— ¡Eres un idiota Inuyasha Taisho! — le gritó.
Y era un idiota. Se sentía extrañamente culpable porque todos en el instituto lo trataran de aquella forma tan peyorativa después de su incidente, pero él se lo buscó. ¡Ella no tenía que sentirse culpable! Quedaron en tablas, ¿no? Él no volvía a hablarle nunca y ella se olvidaba incluso de su existencia. ¿Cómo podía estar resultando tan complicado un plan tan perfecto?
Intentó desasirse de su agarre en la muñeca sin ningún éxito. Lo único que logró fue que él apretara más, consiguiendo hacerle daño. Se removió para escapar del círculo de sus brazos que la aprisionaba contra la pared, pero él no cedió ni un poquito y adsorbió incluso más espacio. De repente, lo tenía tan cerca que sentía su aliento contra la piel y su pecho rozaba su torso. Nunca ningún chico se había acercado tanto a ella.
— Pareces nerviosa, nena.
Y lo estaba. Tenía que apartarse de ella cuanto antes porque no le gustaba en absoluto lo que estaba empezando a sentir en ese momento. Eso no podía estar sucediéndole a ella. No le gustaba Inuyasha Taisho, nunca le había gustado y nunca le gustaría. Era rebelde, agresivo, impulsivo, desagradecido, desordenado y muy, muy malo. Jamás se enamoraría de alguien como él; no cometería ese error. Sin embargo, cuando lo vio descender hacia ella, hacia sus labios y se cerró aún más la corta distancia entre los dos, el corazón empezó a latirle con fuerza contra el pecho. ¿Iba a besarla?
Una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo y todo un cupo de sanciones totalmente nuevas para ella la inundaron. ¿Qué era todo aquello? Apretó la cabeza contra la pared intentando alejarse de sus labios, pero allí no tenía escapatoria. Él estaba a pocos centímetros, cada vez más y más cerca. Cerró los párpados con fuerza, como si haciéndolo pudiera evitar el ataque, y sintió el roce de sus labios contra los de ella.
Por eso mismo estaba resultando tan sumamente complicado. Inuyasha intentó besarla aquel día. Por más que lo intentaba, no lograba olvidar la calidez de sus manos, la sensación de su aliento contra su piel, el roce de sus labios contra los de ella. Si no los hubieran interrumpido… ¡No! Era mejor que los interrumpieran. ¿Quién se creía que era para intentar besarla? Ella era Kagome Higurashi, la presidenta del comité estudiantil, la becaria del profesor de biología, la primera de la promoción y una campeona nacional de atletismo y gimnasia rítmica. ¿Qué pintaba ella con un tipo como él?
Además, Inuyasha no sentía mucho aprecio por sus orígenes. Al fin y al cabo, ella era hija de un pescadero y de una mujer de la limpieza; eso para él debía ser lo peor teniendo en cuenta como se lo echó en cara durante la inauguración del curso lectivo. ¡Gañán! Si él supiera lo que ella pensaba de él, seguro que hablaría peor todavía. Tendría muchos millones sobre los que nadar pero le faltaba algo muy importante: le faltaba corazón. Eso no se podía comprarse con dinero.
Suspiró desanimada por sus propios pensamientos. Hiciera lo que hiciera, fuera para bien o para mal, siempre acababa pensando en Inuyasha Taisho. Era como una obsesión en su cabeza que tomaba forma y la acosaba continuamente. Odiaba pensar tanto en él.
— ¡Te vas a caer de espaldas!
La voz procedente de la persona que tanto odiaba la despertó de sus ensoñaciones, y le fue arrebatado el abultado archivador de entre los brazos. Intentó impedirlo inútilmente. Cuando quiso darse cuenta, Inuyasha Taisho caminaba por delante de ella cargando las fotocopias. Corrió tras él, planteándose quitárselo como él hizo con ella. Sin embargo, Inuyasha parecía estar de un humor de perros. Por una vez que tenía un gesto amable, no quiso cortarle las alas.
Al llegar a la clase, Inuyasha dejó el archivador sobre la mesa del profesor como si hubiera adivinado que era de Kouga, para esa clase, y se dirigió hacia su asiento sin mirarla tan siquiera. Se planteó darle las gracias e incluso hizo amago de ir hacia su sitio para decírselo cuando el profesor entró en clase.
— Buenos días, profesor.
Kouga le sonrió; luego, miró el archivador preocupado.
— No pensé que fuera a ocupar tanto. ¿Te ha costado mucho traerlo hasta aquí?
Se planteó decirle que no tanto, que Inuyasha la había ayudado y que fue muy amable, mucho más de lo que ella hubiera esperado nunca, pero no lo hizo. Se calló como una rata.
— No, no me ha costado tanto. — se rio — Tengo un brazo fuerte.
A continuación, se dirigió hacia su propio asiento asombrada por aquella reacción. ¿Por qué había mentido? ¿Por qué le molestaba tanto que Inuyasha fuera amable con ella? ¿Por qué no le estaba dando las gracias? ¿En qué se estaba convirtiendo? Ella no era así. Siempre había hecho gala de ser una persona íntegra y moral que sabía apreciar y agradecer las buenas acciones de otras personas. Si en ese momento no hacía lo correcto, estaría defraudando a su padre, olvidando todas sus buenas enseñanzas y faltándose al respeto a sí misma.
Tomó una determinación entonces. Atendió a la clase de biología, tal y como lo habría hecho con cualquier otra, tomó apuntes y anotó los deberes. Cuando vio salir a Inuyasha con la bolsa de deporte hacia el gimnasio, lo siguió a toda prisa. Se chocó con algún estudiante de camino hasta que pudo alcanzarlo en la escalera.
— ¡Inuyasha!
Él se detuvo mientras bajaba un escalón y se volvió hacia ella extrañado.
— G-Gracias… — le costaba respirar por la carrera.
No contestó nada. Se limitó a encogerse de hombros y continuó bajando.
— ¿Sabes por qué te he dado las gracias? — lo siguió.
Se encogió de hombros de nuevo.
— Por llevarme el archivador, pesaba mucho.
— Tienes un brazo fuerte. — citó él.
Sintió arder las mejillas por el recuerdo de aquella vergonzosa frase con la que se puso en evidencia ante él, y agachó la cabeza. En realidad, no esperaba que Inuyasha lo dejara pasar por alto.
— Lo siento…
Por alguna razón, eso último logró que Inuyasha se detuviera. Al mirarla, le resultó tan cortante que ella también se detuvo abruptamente.
— Mira niñata, no sé por qué me estás hablando ahora. El otro día me dijiste que no querías volver a hablarme en la vida y hoy no me dejas en paz. — le recordó — No entiendo nada.
— ¿Me perdonas? ¡Pero si no me lo merezco!
— Cierto no te lo mereces, pero estar toda una vida enfadada con una persona requiere mucho esfuerzo y no quiero ser rencorosa. Eso sí, no vuelvas a hablarme en la vida.
Recordó avergonzada aquel momento. Inuyasha tenía muchos motivos para estar confuso y reclamarle una explicación después de su contradictorio comportamiento. En verdad le dijo todo aquello, estaba muy enfadada con él, no quería volver a saber nada de él, y ese día se estaba comportando como si nada hubiera sucedido. Los estaba volviendo locos a los dos.
— Bueno, en realidad, dije que no quería que me hablaras, pero ahora te estoy hablando yo…
Encontró un pequeño vacío legal en sus palabras.
— Explícame, ¿se supone que yo debo callarme y escuchar, niñata?
— ¡No me llames así! — se quejó — Vale, tienes razón. Me pasé al decirte aquello, lo siento.
— Eres muy rara, ¿sabes?
Últimamente, ella misma pensaba que Inuyasha estaba en lo cierto. Desde que había empezado ese segundo año, se sentía como si ya no fuera ella misma, como si le hubieran trasplantado el cerebro. Algo estaba fallando.
— ¡Por mí haz lo que te dé la gana!
Le dio la espalda y continuó bajando. Debió dejarlo ahí, pero debía estar volviéndose idiota.
— ¡Espera!
Inuyasha se detuvo de nuevo y la miró con el ceño fruncido, indicándole que su comportamiento empezaba a enfadarlo.
— Mira, niñata, no soy como el resto de babosos de este instituto. No estoy detrás de ti y no voy a acudir a tu llamada para comer de tu mano cuando se te antoje.
— ¡Eres un grosero! — lo insultó.
— ¡Y tú una estrecha!
Lanzó una exclamación ahogada por su propio horror al escuchar aquel insulto de sus labios. ¡No era una estrecha! Bueno, tampoco había tenido oportunidades de hacerse la estrecha con nadie. No había salido nunca con ningún chico porque estaba muy ocupada con sus estudios, su trabajo y sus competiciones, pero su inexperiencia no podía confundirse con ser una estrecha, ¿no?
— ¡Ja! ¿Lo estás pensando de verdad, nena?
¡Había caído en su trampa!
— Bueno, nena, cuando decidas dejar de ser una estrecha, llámame y te enseñaré algo nuevo.
Se sonrojó por sus atrevidas palabras justamente como lo que era: una colegiala. Frente a ella, su figura masculina continuaba bajando las escaleras hacia el gimnasio sin prestarle ninguna atención. No podía dejarlo así, no podía dejar que él ganara esa disputa, mucho menos utilizando unas técnicas tan soeces. Se colgó la bolsa de deportes y continuó bajando los escalones dispuesta a seguirlo. Justo cuando iba a alcanzarlo, alguien la llamó.
— ¡Higurashi!
No sabía por qué exactamente, pero, el que ella volviera a hablarle, lo puso contento. Después de aquella "pequeña" disputa, estuvieron una semana completa sin decirse ni una palabra. Ese día, cuando volvía a clase después de su pequeña escapada para fumar, la vio parada en el pasillo mirando la nada. Se fijó entonces en el laboratorio, las obras y el que fue el inicio de su gran pelea. Kagome no miraba el laboratorio; ella miraba la pared, el lugar en el que estuvo a punto de besarla. Aún no sabía bien qué lo impulsó a hacerlo. Cuando estaban discutiendo allí, su olor lo embriagó y encontró sus labios de lo más apetecibles. Le caía mal, no le gustaba. Simplemente, tenía ojos para ver que Kagome Higurashi estaba buena.
Sintiendo curiosidad, la rodeó para intentar averiguar en qué pensaba. Entonces, se fijó en el inflado archivador. Sin saber por qué exactamente, quiso ayudarla cargándolo hasta la clase. No se lo agradeció, ni esperaba que lo hiciera tampoco, pero le sorprendió que mintiera al profesor y le sorprendió más aún que después corriera a su espalda para disculparse. Kagome no se decidía, no sabía si hablarle o no, y él empezaba a hartarse de esa situación. No necesitaba a esa mocosa dando vueltas alrededor de él como una peonza; él podía conseguir a una chica en cualquier parte y se negaba a convertirse en otro de esos tíos loquitos por ella.
Fue divertido descubrir el lado más sensible de Kagome; fue extraño que ella se disculpara por haber sido dura con él; y fue toda una liberación decirle que no estaba detrás de sus faldas. Llamarla estrecha fue de las mejores cosas que hizo en lo que iba de curso. La reacción de la azabache fue sencilla y llanamente fascinante. Si se dejara, le enseñaría muchas cosas, pero temía lo que pudiera sucederle a él si eso ocurría. Todo tenía un límite. Kagome tenía toda la pinta de ser la clase de chica que se le quedaba grabada a fuego a un hombre.
Le dio la espalda dispuesto a marcharse. Entonces, advirtió con una sonrisa que ella lo seguía dispuesta a continuar. La voz de Houjo Akitoki, interponiéndose entre ellos, le hizo enfermar. ¿Qué quería ese idiota? Empezaba a hartarse muy seriamente de ese pesado que se creía el propietario de Kagome. Por esa razón, aminoró el paso para mantenerse cerca de la pareja y poder escuchar.
— Houjo, ahora tengo prisa. Tengo que hablar con Inuyasha.
El hachazo debió ser tremendo para Houjo; él lo celebró mentalmente.
— Olvídate de él, Kagome. — notó la rabia en su voz — No puedes sacar nada agradable de una charla con él.
— Tengo que arreglar un asunto con él… yo… bueno… Tal vez, le deba una disculpa…
Eso sí que era interesante.
— No te molestes, encanto. Eso carece de sentimientos.
¿Y él qué coño sabría? Un guaperas engominado que se acercaba a la chica más popular del instituto llamándola encanto no era de fiar en absoluto.
— Puede que tengas razón.
Esas palabras se le clavaron en el pecho como aguijones. Por un momento, incluso creyó que ella no hablaba con Houjo, que lo estaba mirando a él cuando las pronunció, pero eso era algo que nunca podría saber a ciencia cierta.
— Hemos conseguido entradas para la inauguración de una discoteca nueva en el centro el sábado.
— Eso es estupendo.
A punto estuvo de reír. ¿Acaso no era evidente para ella que Houjo la estaba invitando a ir allí con él? Sabía a qué discoteca se refería y él también tenía entradas, pero todavía no sabía con seguridad si iba a ir a la inauguración. De hecho, la respuesta de Kagome tal vez fuera definitiva para decidirse. Eso si se enteraba de lo que le estaban proponiendo, claro.
— Bueno, — el guaperas parecía nervioso — ¿no te apetecería venir?
Kagome se quedó callada en ese momento, y estuvo callada durante cerca de medio minuto, lo cronometró con su reloj. ¡Houjo iba a ser rechazado!
— No creo que pueda, tengo mucho que estudiar y…
— Acabamos de empezar el curso. — le recordó — Si no vienes este fin de semana, no vendrás ningún otro.
— Lo sé pero…
— Kagome, piénsalo bien.
¿Ese tío era tonto? Le había dicho que no. Un no era un no allí y en China.
— Lo siento, pero no. Gracias por la invitación.
Tal y como si estuviera hablando con un vendedor ambulante. Después de eso, Houjo se adelantó y se dirigió solo hacia el gimnasio. Se despidió educadamente, por supuesto, e intentando lanzarle indirectas para que cambiara de opinión, pero Kagome las esquivó todas con maestría. Estaba impresionado.
— ¿Ves cómo eres una estrecha? — se burló.
— ¡Y tú un cotilla!
En eso sí que tenía razón, pero no se arrepentía.
— No es mi culpa que os hayáis puesto a hablar tan cerca de mí. Solo era un espectador inocente de…
— ¡Oh, cállate! — suspiró — ¿No tienes nada mejor que hacer?
— Podría esconderme para espiar a las chicas mientras os cambiáis en el vestuario.
Lo miró como si en verdad creyera que fuera a cumplir su amenaza y se despidió apresuradamente para ir corriendo a cambiarse en un claro intento por conservar su "intimidad". La vio marchar divertido al principio; después, interesado por sus muslos desnudos y su trasero contra la falda. Tenía unas piernas bonitas y un buen culo, solo eso. Ahí se acababa todo. No le gustaban las chicas tan indecisas y con tan mal talante.
En los vestuarios, se encontró con Akitoki. Tenía las calabazas pintadas en la cara y no era él el único que lo notaba. El ambiente estaba muy tenso; nadie parecía atreverse a decirle nada al musculitos de la clase. Aunque, claro, él también estaba bien musculado y mucho mejor que él, no tenía nada de lo que preocuparse.
— ¿Otra vez rechazado? — se burló.
En ese momento, levantó la cabeza gacha desde su lugar sentado sobre uno de los bancos de madera para lanzarle una mirada de profundo odio. Como si a él le importara que lo odiara. ¡Otro más en su lista, menudo drama!
— ¿Por qué no cierras tu piquito de oro, Taisho?
— Porque es muy divertido burlarme de ti cada vez que tu princesita te da con la puerta en las narices.
— Al menos a mí me habla, no me he ganado su odio eterno.
— ¿En serio? ¿Lo dices por mí? — dejó la bolsa de deporte en su taquilla — Yo diría que hace un momento estaba muerta de ganas por hablar conmigo. Si casi me suplicó que yo le hablara…
— ¡Bastardo!
El musculitos también era un descerebrado. Se lanzó contra él como un toro, lo empujó contra la puerta de la taquilla y le rasgó el uniforme al agarrarlo. El resto de la clase, sus compañeros, se quedaron mirando como cobardes, justamente lo que eran. No entendía por qué nadie se atrevía con Akitoki; no era tan fuerte.
— ¡Pobre Houjo! — continuó burlándose — La chica de la que está enamorado ha vuelto a rechazarlo y seguirá haciéndolo por el resto de su vida.
— ¡Tú no puedes saber eso!
— ¡Despierta! — le gritó — Si abrieras los ojos, te darías cuenta de que no tiene ningún interés en ti.
En respuesta, Houjo volvió a atacar como un toro encabritado, pero cometió el error de creer que él era lo bastante estúpido y débil como para no evadirlo. Esquivó su cabezazo con facilidad y le bastó con un rodillazo en la entrepierna para tumbarlo. Houjo cayó de rodillas con las manos sobre la entrepierna mientras farfullaba una maldición tras otra y le caían lágrimas de dolor por las mejillas.
— Mira que eres imbécil.
— ¡Esto no quedará así, Taisho!
— Siempre dices lo mismo, pero todavía no te he visto lucirte.
Se cambió de ropa con toda la tranquilidad del mundo, ignorando los quejidos de Akitoki y las miradas asombradas de sus compañeros. Después, se dirigió hacia el gimnasio con sus compañeros con total normalidad. Las chicas ya llevaban allí un rato; los estudiaron intentando averiguar por qué habían tardado tanto cuando siempre eran tan rápidos.
El uniforme de gimnasia de las chicas le encantaba, era una auténtica perversión. El de verano consistía en un diminuto pantaloncito de color negro de nylon que apenas cubría más que unas bragas y se adhería como una segunda piel y una camiseta blanca de tirantes que debían pedirla ajustada o las chicas cada año se cogían menos talla. Su mirada buscó automáticamente a doña perfecta. Odiaba tener que decirlo, pero a ella le sentaba ese chándal, o lo que quiera que fuera, mejor que a ninguna otra. Sus largas piernas blancas eran preciosas, su trasero redondeado y respingón llamaba mucho la atención, entre la camiseta y el short se atisbaba a ver un pedazo de su delicioso vientre, se marcaba su estrecha cintura y, si había algo que se marcaba más y mejor, eran sus pechos. ¿Desde cuándo tenía tanto pecho? No recordaba que tuviera tanto o, tal vez, no se fijó antes. Ese año se estaba fijando en demasiadas cosas relacionadas con ella.
Hicieron los calentamientos primero. Él se pasó casi toda la carrera alrededor del gimnasio con la cabeza vuelta hacia atrás para ver sus pechos votando. Cuando estaban estirándose, se situó tras ella y disfrutó de las magníficas vistas de su trasero. Desgraciadamente, no fue el único que lo pensó; de repente, se encontró rodeado de tíos con exactamente el mismo propósito. Se puso furioso. No le gustó en absoluto la idea de que otro hombre la estuviera mirando con su mismo deseo. Quería retorcerles el cuello a todos. ¡Diablos, estaba celoso!
Al terminar el calentamiento, formaron un círculo alrededor del profesor para que les diera indicaciones. Fútbol para los chicos y juegos aeróbicos para las chicas, como de costumbre.
— Hoy, vais a aprender baile.
Bien, habló demasiado de prisa. Él no fue el único chico que se mostró en desacuerdo mientras las chicas parecían encantadas.
— ¿Qué clase de baile, entrenador? — preguntó una de ellas.
— Baile contemporáneo.
Vino la segunda oleada de quejas masculinas.
— Nuestra estrella, la señorita Higurashi, competirá en nombre del instituto y tenemos que encontrar una pareja masculina adecuada para ella. El resto lo haréis para aprobar el curso.
Desvió la mirada hacia ella para dedicarle una mirada burlona. Por primera vez en mucho tiempo, se percató de que ella no parecía contenta de ser el centro de atención. ¿Era cosa suya o no quería competir?
— Entrenador, yo no sé bailar eso…
— Bueno, aprenderá en seguida Higurashi, no se preocupe.
La muchacha se encogió de hombros y aceptó la respuesta sin oponerse. Si no quería hacerlo, ¿por qué no se lo decía a la cara? ¿Qué demonios le pasaba? Nadie en ese instituto, ni en ningún otro, podía obligarle a competir si ella no quería hacerlo. Sería tan sencillo dar un paso adelante y decirle al entrenador que Kagome no competiría, pero, entonces, se estaría metiendo donde nadie lo llamaba. Aquello era asunto de Kagome; debía aprender a solucionar esa clase de problemas por su cuenta.
— Poneros en parejas. Pondré algo de música para que bailéis y, así, escoger al chico que tenga más soltura. Practicaremos con baile de salón.
Se negó a participar en aquella tontería mientras que Akitoki se arrastró para ponerse con Kagome. Aunque la joven aceptó, dudaba que Houjo pudiera cumplir con el dolor que debía sentir en la entrepierna. Terminó poniéndose con la única chica que quedó libre, una tal Melania. Las chicas salían huyendo de él y no le extrañaba; sobre todo, después del incidente con Kagome durante la inauguración del curso.
Empezaron a moverse cuando sonó la música de salón. Contempló divertido desde su lugar a Houjo y sus dos pies izquierdos. Estaba claro que Kagome no solía bailar, pero se desenvolvía bastante bien, tenía sentido del ritmo y agilidad. Houjo, por el contrario, era un auténtico patoso. Le pisó un montón de veces. Antes de llegar a la mitad de la canción, Kagome debía tener los pies machacados. Dio un giro con su pareja y se acercó de forma cautelosa para poder contemplar en primera fila el espectáculo. Houjo estaba como para grabarlo en vídeo y subirlo a Youtube. La tentación estaba haciendo mella en él. Sería tan sencillo… ¡No! Kagome aparecería también en el vídeo si lo grababa. Por esa vez, se contendría.
Poco después, el entrenador se interpuso entre su estrella y Akitoki.
— Va a lesionar a nuestra campeona si sigue bailando con ella.
El resto de la clase se rio. Al parecer, Houjo había perdido parte del respeto que se ganó después de la pequeña trifulca en los vestuarios. A continuación, el entrenador se volvió hacia él. Un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Por qué le miraba de esa forma?
— ¿Dónde ha aprendido a bailar, Taisho?
— Mi madre da muchas fiestas. — se encogió de hombros.
— Va a cambiar de pareja. — decretó — Pruebe con Higurashi.
De repente, se vio empujado hacia ella sin la menor oportunidad de quejarse. Se miraron con cierto deje de horror. Sabía que todos los miraban, pues no podría ser más conocida su disputa.
De cualquier modo, debían bailar. Decidido, le rodeó la cintura con un brazo y la acercó a él tanto que le costaba respirar. Kagome colocó una mano en su nuca instintivamente y sus manos libres se unieron para que él guiara. Con su experiencia y la facilidad de Kagome para aprender cosas nuevas, consiguieron un armonioso y precioso baile sin problemas. No hubo pisotones, errores de cálculo, ni vueltas bruscas. Le sorprendió hasta el hecho de que no se pusieran a discutir. Estuvieron los dos en un silencio extrañamente cómodo. Fue el mayor momento de paz que nunca habían vivido juntos.
— ¡Suficiente!
Se detuvieron a la orden del entrenador, quien se quedó unos instantes en silencio sin apartar la mirada de ellos. Al descubrir que los miraba así porque aún se "abrazaban", se soltaron bruscamente. ¿Por qué no se desprendieron el uno del otro cuando acabaron de bailar?
— Creo que la decisión está clara. Inuyasha Taisho competirá con Kagome Higurashi.
— ¿I-Inuyasha? — balbuceó Kagome sin poder creerlo.
— ¿Pretende que yo baile? — se quejó.
Intercambiaron miradas de asombro, disgusto y horror. Les gustara o no, iban a tener que pasar mucho tiempo juntos a partir de ese momento.
Continuará…
Próximo capítulo: una amiga.
