Lobo viejo

Concentrado únicamente en su respiración pasaba el camino arbolado de la reserva. Se suponía que el paso estaba prohibido al público, pero una cerca no era impedimento para él, además, gracias a esa restricción era una sitio tranquilo, libre de transeúntes curiosos que notaran que era más rápido que un humano promedio, y si se le daba la gana podía saltar de una copa de árbol a otra o dar saltos tan largos que la comprensión del ciudadano japonés simplemente no llegaría a concebir como posible.

Correr era lo único que hacía con constancia desde que se hubiese decidido a vivir la vida de un humano, las varias vidas que había tenido que ocupar, nunca más allá de un par de años puesto que no envejecía y su permanencia prolongada en un mismo lugar llamaría la atención.

Aún recordaba la primera vez que debió tratar de integrarse. Había estado recuperándose de unas graves heridas, Hakkaku y Ginta le habían salvado invocando el espíritu de la tribu pero ellos mismos habían muerto. Nunca se había sentido más solo que en ese momento, incluso se llegó a preguntar si realmente había tenido sentido que le salvaran, después de todo, fue su condescendencia con los humanos lo que al final ganó el exterminio de la tribu. Los lugares para ocultarse fueron cada vez menos, la limpieza se había extendido por todo lo largo y ancho de las islas, los sobrevivientes tenían la opción de integrarse fingiendo ser humanos, o bien, desaparecer con el resto.

¿Realmente había pasado tanto?

Había sido tantas personas, tantos nombres, tantas vidas que hasta parecía como una broma el que no hubiera muerto de viejo. Su padre antes que él, solamente vivió doscientos años. La longevidad milenaria estaba reservada a demonios de otra clase y, sin embargo, ahí estaba. Atestiguó la llegada de los occidentales, dos grandes guerras, la transformación de templos y palacios de madera en colosos de acero y cristal.

Llegó a un acantilado dejándose caer, sintiendo el viento chocar contra su cuerpo. Tocó tierra con fuerza levantando una polvareda, pero solo se detuvo un instante antes de seguir adelante evadiendo árboles, raíces y troncos caídos.

Miró de reojo el reloj de pulsera que llevaba, tenía que regresar para darse un baño y marcharse al trabajo.

Empezó a bajar la velocidad deteniéndose completamente en cuanto llegó a un pequeño río que corría para encontrar final en un reducido lago no muy lejos de ahí.

—Recuerdo cuando tu cauce era temido para cruzar—murmuró agachándose para beber.

—El lago en el que desemboca muere— dijo una voz a su espalda.

Ya había sentido la presencia y detectado el olor desde hacía un rato, pero no le había prestado atención ya que la reserva no era de su propiedad particular, por lo que cualquier otro demonio estaba en libertad de ir a hacer lo mismo que él. Lo sorpresivo era en todo caso, que en los últimos días, con la súbita aparición de Inuyasha, se había topado con más criaturas sobrenaturales que las que había encontrado en los últimos trescientos años.

—Sí. Lo sé, creo que un grupo ecologista está pidiendo firmas para el rescate o algo así, lo vi en las noticias.

—Tonterías, solo buscan un pretexto para poder entrar aquí con sus máquinas.

Finalmente Kōga giró para verle, el extraño aparentaba unos veinte años pero olía a más viejo, al olor que perdura en las catacumbas siglos después de haber sido selladas. De complexión atlética y larga cabellera negra cayendo libre sobre su espalda y parte al frente sobre los hombros, ojos color rojo y marcas verdes en el rostro.

—Soy Itsuki—dijo a modo de presentación mientras bajaba del árbol de una forma que recordó al lobo una hoja cayendo de su rama—. Y tú debes ser el general de que todos hablan. Kōga ¿no?

—Parece que soy inesperadamente popular.

—Se ha hablado mucho respecto a la extraña longevidad de la que has sido poseedor, se presume que eso es muestra de un gran poder. Pero para mi, no eres más que un ōkami corriente que se ha vendido a la vida humana.

Kōga emitió un bufido despectivo, ese tipo empezaba a irritarlo.

—Da igual lo que pienses, este general no va a dirigir nada, así que puedes estar tranquilo con eso, búsquense uno de esos pobres demonios amargados con resentimientos contra el mundo— dijo con toda la intención de que se sintiera aludido como uno de esos demonios. Se dio la vuelta para marcharse, pero debido a que nunca bajó la guardia fue capaz de evadir las hojas cortantes que había lanzado contra él.

—¡No te atrevas a hablar así! ¡Tú que has tenido un vida muy cómoda de perro faldero!

El lobo saltó para quitarse del camino del ahora iracundo demonio y debió evadirlo dos veces más antes de tener que bloquear con su brazo una poderosa patada directa a su cabeza y que por la velocidad no podía apartarse.

—Me estás haciendo enojar— advirtió gruñendo, pero el otro no se amedrentaba, tras tomar un poco de distancia, volvió a lanzarse al ataque con una espada que había desenvainado.

—¡¿Cómo pueden de verdad confiar en que un ser tan patético podría servir de algo?! ¡Voy a matarte!

Era como si aquella furia espontánea hubiera aumentado sus habilidades, pero para Kōga, aquello no significó mucho, aún tenía energía de sobra, la sentía recorrer su cuerpo y concentrarse en su brazo. Itsuki reunió una cantidad alta de su propio poder en la hoja de su espada, era algo como un viento demoniaco del mismo tipo que generaba la espada de Inuyasha, aunque dudaba bastante que fuese a causar el mismo daño, igual podría cortarle.

—Sería realmente bueno que lo lograras, pero por desgracia para ti, no soy del tipo que se muere fácilmente, y justo ahora no tengo intenciones de siquiera dejarte probar suerte.

En un hábil movimiento le dio alcance antes de que terminara de blandir, poniendo la mano al frente para tomar el arma directamente por su filo.

—Considera esto un pequeño privilegio, no suelo sacar las Goraishi con tanta facilidad para tan poca cosa, pero eres necio y si no te derribo con fuerza no te vas a dar por vencido.

Las enormes garras dieron un destello dorado estrujando el metal de la espada haciéndola añicos en tan solo un parpadeo, enseguida Kōga despidió al muchacho de una patada.

Itsuki escupió por el impacto, primero el del golpe y enseguida por el rebote de su cuerpo contra el árbol. Ya estando sobre el suelo miró al lobo con un aire completamente distinto, con toda su furia disipada dando paso a una casi admiración.

—¡Sí puedes hacerlo! ¡Claro que puedes! No quedamos muchos… somos tan pocos que pronto moriremos. Como este río, nos desgastamos y perdemos poder mientras los humanos solo quieren conquistarlo todo.

Kōga soltó un suspiro de resignación.

—No puedo ni quiero una guerra, especialmente si es una que no se va a ganar.

—Pero… ese poder… ese poder…

Kōga miró su mano derecha con las garras que se aferraban a su mano con las cadenas y el brazalete.

—Goraishi es el tesoro más grande de mi tribu, y también el más poderoso, pero hay poderes a los que no puedo ganar. Empezar una guerra desesperada en Japón ¿Y después? ¿No crees que los humanos de otros países vendrían? ¿Los demonios y bestias, todos, se unirían para lograr una alianza definitiva? Ya te lo he dicho, yo ya no soy más el general, solo soy un lobo viejo que espera su hora.

Y diciendo eso se marchó definitivamente, ya llevaba un elegante retraso y su mujer le echaría un buen pleito por eso.


Comentarios y aclaraciones:

Por favor no olviden a mi Itsuki, reaparecerá más adelante.

¡Gracias por leer!

¡Feliz año nuevo!