La conclusión llega a manos de un pequeño epílogo. Disfrútenlo.


Epílogo:
Nada y todo

"¿Todavía puedo creer en ti?
Quiero creerlo, pero tengo miedo
...No estoy diciendo que es una promesa
No es una promesa
Porque son palabras sin sentido, ¿verdad?"

Thelma Aoyama, WASURENAI YO

Antes de irse, vio hacia la puerta y, como los últimos días, se mostraba sin cambio alguno: silenciosa, firme, cerrada. La barrera era impenetrable desde hacía casi una semana en que fue construida. Nadie había salido de ahí, tampoco entrado.

No era que Kagome se hubiera rendido, sino que ni siquiera lo había intentado. ¿Cómo hacerlo sin parecer como si no se estuviera aprovechando de la situación? Actuar en un momento preciso para esperar algo a cambio... eso no era lo que ella planeaba ni esperaba que se pensara que quería hacer.

Tal vez fue un tanto irresponsable el pedirle que hicieran esa promesa.

«En ese momento no estábamos siendo muy realistas. Estábamos soñando.»

Dio la vuelta —cada día que pasaba, le parecía más difícil el hacerlo—, y emprendió su camino hacia la universidad.

Era temporada de pruebas, la nieve comenzaba a derretirse y el frío era intenso. En otra circunstancia, ella debería estar preocupada en esas situaciones —y, si Inuyasha formara parte de su vida (una más sencilla), en qué le regalaría por su cumpleaños que se aproximaba—, no en eso.

—Entonces así están las cosas —fueron las primeras palabras que Miroku dijo tras la explicación de las circunstancias (todo continuaba igual, sin ningún cambio). Mientras tanto, Sango bebió un trago de su café caliente, observándolos con atención.

—Sí —salió de sus labios, viajando en forma de vapor.

Su amiga dejó su vaso sobre la mesa en donde estaban sentados, entonces habló: —Estás preocupada —claramente ella podía ver detrás de sus pensamientos. Ella la conocía lo suficiente, o era tan transparente.

—¿Y qué gano con eso? —Kagome respondió—. Tú misma me dijiste que pensara en los otros, y trato de darle su espacio —no quería ganar su desagradado molestándolo y metiéndose en cosas que no le concernían. Simplemente se encontraba en un punto donde no podía hacer nada.

—Es verdad —Sango lo recordó—. Aunque hay situaciones y situaciones. Ha pasado mucho tiempo e Inuyasha ya debería ser lo suficientemente adulto como para entender que no se puede huir por siempre.

—O es lo suficientemente adulto como para conocer sobre las medidas desesperadas —Miroku agregó—. Ciertamente ha pasado mucho tiempo.

—¡Gracias por meterme esas ideas! —Kagome se encontró molesta. Ahora estaba más preocupada que antes. Ansiosa por abrir esa puerta y ver que no se encontraba tirado en el piso o colgando en un rincón.

—¡Miroku! —su pareja lo reprendió.

—Yo sólo decía —él era listo, pero algunas veces podía equivocarse, como todos (como ella)—. Lo que quiero decir es que ahora toda la carga la tiene él —su apariencia cambió para mostrarse analítico—. ¿Qué es lo que puede estar haciendo en este momento? ¿Qué es lo que hace desde que se encerró? —soltó las preguntas y, sorprendentemente, también las respuestas—: pensar. Y a veces sólo pensar es demasiado.

—Debe estar muy confundido, ciertamente —ahora Sango lo apoyó. Kagome también.

Debía ser abrumante y cansado, como lo era para ella, aunque peor todavía. A ella no la estaban partiendo en dos.

Kagome chocó otra vez contra el muro y, en lugar de mostrarse deprimida, se molestó. ¿Con quién? Con quien pudiera, hasta con ella misma. Ah, porque ella lo había comenzado todo —cediendo; iniciando algo donde pretendía ganar, sin pensar que en ese tipo de juegos lo único que se hace es perder—.

—Soy una gran idiota —sus palabras llamaron la atención de sus amigos por lo normales que habían sonado—. ¿No es cierto?

—Kagome... —Sango se acercó más a ella—. No eres idiota.

—Soy estúpida —su frase no tenía una naturaleza dramática, ni siquiera era ya una pregunta. Más bien, se trataban de una creencia un tanto comprobada.

—Ese tipo de cosas no las hace sólo una persona —Miroku prosiguió, sin dejar de verla en cualquier momento—. Y el tomar una decisión es como lanzar una moneda —un terreno que le pertenecía al azar—. Jamás sabrás los resultados hasta que lleguen.

Eso en verdad era cierto.

Y eso en verdad ya lo sabía.

Kagome suspiró, sintiendo sus hombros y cuellos demasiado rígidos.

—¿Sabes, Miroku?

—¿Qué cosa?

—Siempre tienes palabras adecuadas que decir —continuó, tomando su bebida y mirando tras la ventana de la cafetería—. Pero a veces confundes con ellas —Kagome volteó otra vez hacia donde estaba su amigo, así pudo ver su sonrisa, tratando de verse un tanto avergonzado (como si no supiera muchas cosas). Mientras tanto, Sango también suspiró.

¿En qué nivel estaba ahora? Eso era algo que desconocía, o simplemente no quería saber. De igual forma, ella era humana y tenía límites. Y ciertamente ya se estaba cansando. Mucho.

...

El techo era muy aburrido —aunque no era como si esperaba ver un espectáculo representado en la superficie o parecido—, tanto que casi podía competir con la televisión. ¿Cuánto tiempo llevaba acostado sobre el sofá? No tenía idea, pero tampoco quería saberlo.

No. Mentira. El techo sí podía reflejar escenas. De lo que estaba aburrido era de recordarlas —ya tenía suficiente con haberlas vivido una vez, como para que se reprodujeran sin cesar—.

«Carajo.»

—Aún no has decidido —Kikyou le había dicho. Esas fueron sus primeras palabras, dándose cuenta de la situación con sólo verle el rostro. Era el día en el que se habían citado, el que Inuyasha no quería que llegara, mas el tiempo avanzaba sin importarle qué demonios quería.

Él debía agregar algo más —lo sabía a pesar de su incompetencia es estos ámbitos—, pero todo sería innecesario, sólo serían intentos para alargar el tiempo lo más que se pudiera.

Porque aún no estaba dispuesto a perder.

Si mencionó algo, fue lo que ya se sabía: —No he podido hacerlo —aun así, pudo mantener la vista hacia el frente, observando sus ojos indescifrables—. Lo hice todo y no soy capaz de resolverlo —era perfecto siendo problemático, pero no en solucionar. Y también resultaba tristemente egoísta.

Una chica. Dos chicas. Sin importar que tuviera dos manos, eso no significaba que podía sujetar a cada una con ellas sin que estuviera mal.

Incluso ahora la cabeza le dolía de tanto pensar —o también por no todas las horas que debía de sueño—. ¿Qué tipo de hombre era el que dejaba que las mujeres solucionaran sus problemas? ¿Que otros más limpiaran su desastre?

—Aunque no lo parezca, soy celosa. Y no puedo permitir el estar con alguien que piensa en otra persona. Debo asegurar mi integridad —a pesar de que le dijo eso, su mirada parecía pedirle que le dijera algo, que estaba equivocada y que esa era una completa estupidez.

Pero él no podía hacerlo. Kikyou era inteligente, y si estaba segura de lo que hacía entonces estaba en lo correcto. ¿Verdad?

Tal vez eso era lo que ella quería. ¿Verdad?

—Jamás haces lo correcto. Nunca —se volvió a reprochar nuevamente, esta vez alzando la mano, como si quisiera recuperar algo. Las cosas habían concluido y resultó que ambas manos estaban vacías.

Sin saber por qué —no, tal vez se dio cuenta que ni siquiera a alguien como a Miroku le había pasado algo semejante—, comenzó a reír. Sus carcajadas eran sonoras, sin atisbo de cordura o buen humor —sólo trataba de llegar a la catarsis—. Y no se detuvo aun cuando sintió las lágrimas bajando por las mejillas —ni siquiera quería saber si eran verdaderas lágrimas o alguna estupidez similar—.

«¡Mundo, mira a tu creación y no te arrepientas!»

Ni siquiera paró cuando abrió los ojos, bajó la mirada —viendo hacia el frente— y no se encontró solo. Tal vez bajó el volumen un poco, pero seguía riendo, con una sonrisa amplia.

—Kagome —logró decir su nombre, tras intentos fallidos que concluían más carcajadas. Esto parecía ser un muy buen chiste preparado por alguien travieso.

Daba igual todo —¡al demonio todo!—, Inuyasha se sentía bien. Casi estuvo a punto de decirle que podía sentarse a su lado, acompañarlo en su momento de buen humor «¡Por un carajo, Kagome! ¡Deja de estar tan seria!»—, y no fue capaz. Se lo impidieron con un golpe.

Su histeria fue apagada de forma violenta.

No fue una bofetada. En lugar de eso, se trató de un golpe limpio con el puño cerrado. Justo en la mejilla. Tan fuerte que él y el sillón fueron a parar en el piso, cayendo de espaldas.

Kagome ni siquiera le dio tiempo de levantarse, pues ya estaba mirándolo desde arriba: —¿Qué le hiciste a Inuyasha? —su mirada acusadora, la forma de dirigirse a él (como si fuera un extraño), lo dejó en shock—. ¡Te lo estoy preguntando, así que respóndeme! ¿Dónde está?

Él realmente no sabía qué hacer en esa situación, pero supuso que hacer un sonido sería mejor que quedarse mudo: —Yo... —no fue así.

La distancia que lo separaba del piso, tras levantarse un poco, fue disminuida nuevamente cuando Kagome lo mojó. ¿De dónde había sacado esa maldita jarra con agua?

—¡¿Pero qué mierda estás haciendo?! —la encaró, molesto, sin importarle que estuvo a punto de resbalarse gracias al suelo mojado. Estaba empapado y enojado. Y Kagome ya no.

—Eres un desastre —su voz dejó de sonar extraña. Seguía teniendo ese tono mandón característico, pero eso ya no era raro en ella—. Tienes que bañarte —concluyó al verlo de arriba a abajo—. En serio, o te enfermarás.

—¿Y de quién crees que sería la culpa? —dijo, cortante, y ella hizo como si no lo hubiera escuchado.

Sin que él se lo hubiera pedido, Kagome secó el piso, limpió su desastre y preparó todo para su baño —incluso mencionó algo sobre una cena—. Inuyasha trató de convencerse de que lo que hacía no era otra cosa más que solucionar todo el alboroto que había traído consigo. Sin embargo... ¿Por qué se sentía incómodo de repente?

Ella hablaba —cosas sin importancia—, y él asentía como si entendiera lo que decía o realmente le importara. También sonreía levemente y, después de hacerlo, miraba a otro lado, parpadeando rápidamente. Y no lo veía a los ojos.

«De alguna forma, está actuando como antes», se dio cuenta, tras darle muchas vueltas al asunto.

Acaso Kagome... ¿Se había rendido?

—¿Por qué haces esto? —le preguntó desde la entrada del baño, mientras la veía que adentro se movía de un lado al otro, haciendo cosas que él no le había pedido. La seriedad de sus palabras la tomó de sorpresa, e hizo que ella dejara de darle la espalda. Por fin lo veía a los ojos.

Su rostro parecía confundido (o intentaba parecer que lo estaba): —Porque somos amigos, ¿no? —eso fue suficiente.

Sus pasos no se preocuparon en ser lentos o su cuerpo en si estaba intimidando o no, sólo la encaró. Se puso en frente, demasiado cerca, y se inclinó para ver su cara, para que Kagome viera lo molesto que estaba.

¿Dónde había quedado su supuesta lucha? ¿Que no pensaba que era valioso para ella? Él odiaba los engaños y las falsas esperanzas.

—No —soltó bruscamente, provocando que Kagome diera un pequeño salto.

—¿Qué? —él avanzo poco a poco, haciéndola retroceder.

—No somos amigos —como ya era de esperarse, terminaron topándose con la pared—. No lo somos, Kagome —tal vez alguna vez lo fueron, pero ya no. Jamás podría verla de esa forma. Así le resultaba demasiado estúpido que ella tratara de tomar ese papel, jugando a que sólo le importaba levantarlo.

—Tú eres como mi mejor amigo —mentía. Podía verlo por la forma en que movía los ojos, como buscando en algún lado la inspiración suficiente para parecer sincera—. Pero... —y no podría hacerlo, porque ella también se daba cuenta.

—¿Dónde está Kagome? —una pregunta.

Y ella respondió: —Aquí —y eso fue suficiente para Inuyasha.

Kagome en verdad estaba ahí. Se lo decían sus manos y con los labios, cuando la atraía más hacia sí —porque, por una extraña razón, ella se estaba moviendo mucho. Tal vez porque él aún estaba mojado. También porque, tras recargar una de sus manos en la llave de la ducha y resbalar, el agua fluyó, empapándolos—.

Él necesitaba amor y lo estaba aceptando.

Ella estaba ahí... y se resistía.

Cuando Inuyasha fue deslizando su mano con el fin de tocarla donde le gustaba, y ella se lo impidió, fue más que evidente que esto no iba a llegar a algún lugar.

Se detuvo de inmediato, más confuso que frustrado: —¿Qué te pasa?

—Es que... no —Kagome se alejó un poco, poniendo como excusa el cerrar la ducha para evitar que se desperdiciara el agua.

Inuyasha la siguió, poniéndose frente a ella: —¿Por qué? —ciertamente se sorprendió cuando vio cómo el rostro de Kagome se sonrojaba tan rápidamente.

Contestó, sí, pero con una voz tan baja que por poco no la escucha.

«Calambres», había susurrado.

De alguna forma, lo comprendió. Y él también se sonrojó.

Al menos tuvo la decencia de reprimir lo más que pudo sorpresa y no parecer tan alarmado cuando vio la respuesta en el agua.

Buscó por todos lados y pudo encontrar las malditas toallas. Le dio una y la ayudó a salir de ahí sin caídas o más momentos bochornosos.

Jamás pensaba.

Incómodos. Esa era la palabra que podía describirlos muy bien en ese momento en la habitación, intentando no verse el rostro.

Una voz llegó desde la esquina de la cama: —Yo... te comparé nuevas toallas. No te preocupes —Kagome mencionó con dificultad, acabando con el silencio. Seguramente se encontraba maldiciendo a las leyes de la naturaleza ahora mismo.

—Como sea —respondió, tratando de dejar el tema a un lado. No podía culpar a alguien, por lo que era un tanto estresante. Justo cuando estaba...

—Esto no es saludable, para ninguno de los dos —la mirada dorada se podó en ella rápidamente. El tono con que había dicho eso lo puso en alerta. Ciertamente ya estaban en otra página.

—No te estoy usando —lo dijo rápidamente, sin darle tiempo de que algún silencio traicionero le hiciera dudar de él.

—Lo sé. No eres de ese tipo —un respiro. Era bueno saber que al menos le creía—. Pero he pensado mucho y quisiera... ser parte importante de ti —Kagome se envolvió más en la mullida toalla. Trataba de ocultarlo, pero el movimiento de los hombros la delataba.

«Bien. ¿Ahora qué carajos hago?»

Ver a una mujer llorar y no saber qué hacer al respecto. Hoy tampoco era su día.

Inuyasha observaba su habitación inútilmente, tras descartar la opción de un abrazo —¿Y si lo rechazaba?—. Ninguno de esos objetos le iba a ayudar en no quedar como un incompetente. Acto seguido, pasó su mano entre el cabello y de esta forma se percató de que en la palma habían algunas manchas de tinta.

Quizás...

Se tragó la vergüenza, tomó todo el coraje que pudo, y de esta forma aceptó que lo único que se le ocurría. Pasara lo que pasara, debía intentarlo.

Le tendió el papel, dejándolo en sus manos, y le dio la espalda para no ver su expresión.

—¿Tienes hambre? —esa no era una de las frases que esperaba escuchar.

—¡No! El otro lado —le gritó. Había volteado a verla, así que de esta forma fue que pudo ver cómo hacía lo que le pidió. Y no le dio nuevamente la espalda, sino que continuó observándola. Era tonto tratar de ocultarse (ya era suficiente de hacerlo).

Él había escuchado en alguna ocasión que, si te era difícil el decir algo, lo escribieras y así sería más sencillo de decir.

«Soy un idiota, ¿sí? Nunca pienso antes de hablar, ni medito bien las cosas. Sólo hago algo esperando que me salga como quiero. Pero no siempre es así» esas simples líneas le habían costado tanto de escribir —por eso habían tantos rayones y tachaduras— «Y Kagome... tú eres una idiota.»

Ella levantó el rostro.

—¿Por qué te detienes? ¡Sigue! —hasta ese punto podía sentir su rostro caliente, aunque simplemente el quitarle la hoja a Kagome ahora ya no serviría de nada para aliviar su momento de incertidumbre.

«Me miras, prestas atención y te preocupas. A veces demasiado. ¡¿Por qué te preocupas tanto por otros hombres?! ¿Por qué?»

—¿En serio? —Kagome lo miró con una ceja levantada. «¿Siempre tienes que sacar algo así, verdad?», parecía decir con la mirada.

—Lee —sabía que no tenía ideas claras y su mezcla de palabras que trataban de convertirse en frases resultaba confusa.

«Lo que quiero decir es que me complicas la vida. Pero también la haces mejor. Me haces alguien mejor.»

En verdad sentía el cambio a su lado. En verdad le gustaba la persona en la que se estaba convirtiendo y no quería que todo eso se fuera a la basura.

«Siempre quisiera sentirme igual a como cuando estoy contigo.»

Kagome pareció volver a releerlo otra vez —o al menos eso creía por el momento en silencio que se alargó—. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué iba ahace a partir de eso? En verdad se había esforzado para ser honesto y tragarse su orgullo, para expresar un poco de sus sentimientos; entonces...

—Es un volante muy grande —ella comentó.

—Es que tiene cupones —fue fácil responderle porque era algo trivial, y le agradeció el hecho de que se lo estuviera haciendo fácil.

Kagome sonrió: —Entonces supongo que esto es real, si fuiste capaz de desperdiciarlos.

—¿Ya no los valen así? —un breve momento y después ambos se rieron ante su expresión de verdadera sorpresa.

Quería ser capaz de reír —una risa verdadera —cuando quisiera.

—Escúchame Inuyasha: jamás se te ocurra escribir un libro. Jamás —Kagome comentó, tratando de que la seriedad del momento se disfrazara un poco. Recostados en la cama (sin siquiera importarles que aún estaban mojados), observaban el techo como él lo había hecho antes (pero ya no se sentía como antes).

—¿Y como por qué querría hacer eso? —Inuyasha frunció el ceño y ella continuó sonriendo, sus ojos también parecían sonreír.

Sin que Kagome se percatara, él la observó detalladamente. En ese momento, parecía como si brillara. Y quería verla así, siempre.

Jamás le había gustado la gente fantasiosa que se alejaba de la realidad, pero ahora, quería imaginar ver avanzar un poco el tiempo, encontrándose con un futuro sin problemas, agradable. Mientras que Kagome atesoraba un papel como si fuera lo más valioso del mundo, guardándolo bajo llave y sonriendo cada vez que lo viera. E Inuyasha se sentiría satisfecho por eso, porque él había sido el causante de esa expresión, de ese momento de felicidad pura.

No importaba cuánto fuera a durar. Aunque en ese momento, las posibilidades parecían altas, como si alcanzaran la palabra «eterno».

—¿En qué piensas? —le preguntó. Al parecer, llevaba un rato viendo su expresión.

—En nada —entonces sonrió.


Yo misma me sorprendí al ver qué tan romántico me había quedado. ¿Cómo logré hacerlo? No me pregunten porque no lo sé. Supongo que de vez en cuando Afrodita le jala las orejas a mi musa sádico-dramática. Tal vez...

Agradecimientos especiales: serena tsuki chiba, Tuname, Guest, KaterineC, Lady Minisa Bracken, Sara Y. Croft, Artemisa Neko-cahn, dhk.

¡Nos veremos en alguna de mis otras historias!

Loops Magpe

P.D.: En cuanto a las noticias sobre el regreso de Inu, al parecer no es realmente cierto (lo almento, pero yo también caí). No hay que hacerse tantas ilusiones. El kokoro es frágil.