Me despertaron como siempre, con un suave zarandeo que me hizo gemir para poder seguir durmiendo. No me dejaron. Malas personas, un día de estos voy a poner laxantes en su desayuno, a ver qué opinan entonces de despertarme.
-Vamos, Muirne- dijo una suave voz-. Hora de levantarse, de saludar al nuevo día y dar las gracias a la Madre Danna por contemplar otro bello amanecer.
Me dí la vuelta entre esa prisión de mullidas almohadas para mirar a un sonriente Cillian.
-Buenos días, hermano.
Me dió un beso en la frente.
-Buenos días, mi querida Muirne.
Me levanté y me estiré, acomodándome el camisón blanco de encaje que llevaba puesto.
Fui detrás de Cillian a la pequeña sala que unía mi cuarto con la puerta al pasillo común y el baño.
Mis hermanos estaban sentados en uno de los amplios sofás, mirando las noticias en la televisión que había allí mientras desayunaban.
Siempre empezábamos el día allí, era más tranquilo. La sala de mi cuarto era un poco más amplia que la de los demás. El suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra verde oscuro que me permitía ir descalza, como más me gustaba. Una pared era únicamente para libros, llegando del suelo al techo. Solo había un pequeño hueco para una televisión que yo jamás usaba. Prefería leer, entrenar o hacer las tareas de mi pacífico jardín.
-¿Dormiste bien?
Asentí en dirección a Darren, restregandome los ojos y sentándome entre él y su mellizo. Cillian me alcanzó un bollo de chocolate y me puse a comer tranquilamente, sin prestar mucha atención a la conversación que mantenían mis hermanos.
Pero, de pronto, algo me llamó la atención en su conversación.
-No puedo creer que haya un monstruo tan horrible en el bosque- renegó con furia apenas contenida Lorcan-. Hemos quedado en ridículo ante los otros lores y, sobre todo, ante el rey. ¿Qué pensarán de nosotros?
-¿Y qué más da lo que piensen?- dijo tranquilamente Conan a su gemelo.
Lorcan se giró hacia él, mirándolo muy mal.
Si fuera otro, ya le habría pegado. O lo habría intentado, al menos, pero para Lorcan eso sería tan horrible como maltratar animales o a inocentes criaturas del bosque. El amaba a su gemelo más de lo que se podía contar.
-Chicos- llegó el apaciguador Niall-. Alaina- les recordó.
Lorcan se sonrojó, avergonzado, y me miró.
-Lo siento, Alaina.
Negué con la cabeza tranquilamente.
-No tienes por qué darlas, sólo dabas tu opinión, como cualquiera haría. De una forma más agresiva quizás, pero no tienes porqué disculparte por ello.
Lorcan lanzó un mirada triunfal a Niall y a Lorcan, regodeándose por lo que había dicho.
Si... Mi hermano era más gallito de lo que le convenía.
-Pero me sigue pareciendo imposible que haya un monstruo en estos bosques- protestó Cillian-, y, sobre todo, tan horrible como lo describen Brea y Brianna.
Todos nos vimos obligados a asentir a eso.
Jamás en mi corta existencia había oído hablar de que hubiese otra criatura en el bosque aparte de las hadas de La Corte, y un par más de criaturas, todas ellas completamente agradables e inofensivas. A menos que las ofendieras; esas criaturas son muy fáciles de ofender, todo hay que decirlo.
-Es preocupante- asintió Aidan.
Todos nos quedamos en un silencio tenso antes de que se empezaran a ir para entrenar. Al final, me quede sola con Aidan.
-¿Qué vas a hacer, Faicré?
-Voy a ir al huerto un raro y luego iré a entrenar con los chicos.
Asintió, se levantó y me dió un beso en la sien.
-Nos vemos luego, Faicré.
Nos fuimos juntos y me acompañó hasta la entrada del huerto, donde cogió una pequeña manzana y se fue con viento fresco.
-¡Eh!- me quejé, divertida.
Negué con la cabeza y me puse a hacer mis tareas.
Quité las hierbas malas, buenas para usar y las puse a secar planté esquejes e hice unas infusiones para los del castillo.
Terminé agotada en un banco mientras disfrutaba del sol que había decidido salir y el olor a hierbas y tierra removida que impregnaba el aire.
Este era mi pequeño, tranquilo y feliz mundo. Al menos, de momento.
Oí cómo abrían la puerta, y me giré para ver cómo Brea y Brianna entraban en el huerto. Me recorrió un escalofrío por toda la espina dorsal.
Tenían el pelo rubio-dorado elegantemente recogido en una redecilla de piedras preciosas azules. Sus ojos eran de un gris demasiado claro, como si la mayoría del color hubiese sido drenado de ellos. Ellas eran las únicas hermanas con ese aspecto, idénticas al padre.
En cambio, la amable Roisín y la divertida Ailey eran idénticas a su madre: pelo rubio oscuro y unos cálidos ojazos azules.
Ellas, a diferencia de sus hermanas, siempre me habían caído mal. Tenían una prepotencia al hablar y al actuar que no soportaba. Siempre me daban órdenes y suponían que yo debía acatarlas. Pues suponían mal.
-Hola, enana- dijo Brea. Brianna rió por la brillante ocurrencia de su hermana. Su risa se asemejaba bastante a la forma de hablar de los manaties.
Me costaba mucho creerme, por su carácter, que tenían 16 y 14 años. Siempre parecían dos niñas pequeñas a las que si les negadas algo, montarían una rabieta a escalas increíbles.
Pero eran unas niñas muy peligrosas. No por nada todos decían que habían salido a su padre, el Alto Rey.
Las ignoré y me levanté.
-¿A dónde vas?- me espetó Brea mientras se interponía en mi camino.
Su hermana me empujó desde atrás.
-A la plaza- respondí temblorosamente.
Yo siempre había sido muy pequeña, demasiado. Apenas superaba el metro y veinte, y ellas dos eran enormes
-Me parece que no- replicó cogiendome el brazo con mano de hierro. Me hacía daño.
-¡Faelenn!
Casi lloro de alivio cuando ví a Sheridan cruzar el jardín.
-Mis señoras- saludó cortésmente a las princesas-. Si me disculpan, necesito llevarme a Faelenn.
Sin darles tiempo a decir nada, me cogió del brazo y me llevó prácticamente en volandas a la armería. Una vez allí,me soltó en un banco y se sentó enfrente mío.
-¿Cómo...?
¿...sabía que estabas en apuros?- terminó por mí. Rió-. Tu hermano es demasiado listo.
No me hizo falta preguntar qué hermano. Aidan siempre había tenido un don para saber cuando estaba en apuros.
-¿Y qué haremos hoy?
Él rió.
-Me ayudarás a organizar la armería y después entrenaremos.
Rió con ganas al ver mi cara de horror.
Vale que no fuese tan horrible, en realidad, incluso era bastante agradable. Sólo lo hacía para aparentar y que Sheridan no la llamase tanto para ayudarle y poder estar más tiempo con el huerto.
Me senté con él en uno de los bancos de madera mientras afilabamos dagas y espadas. El aire de la armería era caliente y viciado. En una esquina, el herrero del castillo hacía una nueva espada. Todo era tranquilo y ordenado...
A veces deseaba que llegase algo tan fuerte y demoledor que cambiase mi vida por completo, dándole vida y emoción.
Pero los deseos eran peligrosos, así que me lo guardaba para mí. Quién sabe cuándo habría uno de la Corte Subterránea escuchando para hacer mi deseo realidad de una forma grotesca y cruel. Era mejor ser precavido.
-¿En qué piensas, querida Faelenn? Se te va a arrugar la cara antes de tiempo como sigas así.
Sonreí a Sheridan y me encogí de hombros.
-Nada importante, ¿por?
En me revolvió el pelo y lo miré mal. Rió.
-Ay, mi querida niña, eres increíble.
Lo miré, confusa. Después negué con la cabeza y seguí con lo mío.
-¡Alaina!- Connor entró como una exhalación en la armería-. ¡Sabía que estarías aquí!- me dió un gran beso en la frente, muy contento-. Gracias a tí, Cillian, Darren, Aidan y yo hemos ganado cincuenta euros por cabeza.
Reí mientras negaba con la cabeza. Aún sabiendo que perderían, los mayores apostaban siempre en contra de Aidan.
Connor y Cillian eran listos y apostaban con Aidan. Darren solo seguía el ejemplo de su gemelo, pero era divertido ver cómo discutían luego como niños pequeños.
-¿Qué ha pasado esta vez?- le pregunté con diversión.
Me sonrió de oreja a oreja, con los ojos brillantes.
-Vamos a entrenar todos, ¿vienes?
Me levanté como un resorte y le dirigí una mirada de disculpa a Sheridan.
Le quitó importancia con un gesto y me animó a seguirle.
-Ve a divertirte, Faelenn. Sólo procura no hacerte daño.
Le sonreí y me dí la vuelta para ver a Connor, pero ya se había ido corriendo hacia el patio.
-¡Eh!- me quejé riendo-. ¡Eso no vale!
Salí corriendo detrás de él, con la falta rodando a los lados.
Recorrí aquellos pasillos de piedra que me sabía de memoria hasta se me choqué con una figura.
-Lo lamento- me disculpé. Probablemente estaría sonrojada hasta la punta de las orejas-. Es culpa mía por ir corriendo.
Levanté la cabeza y la sonrisa que llevaba se congeló.
-¿Y por qué corrías tanto, Alaina?- me preguntó Padre.
Malgasté mi tiempo, ahora el tiempo me malgasta a mí.
