Me desperté alarmado, poniéndome alerta al escuchar el ruido de un arma disparando. Por poco y me caigo de la cama por el sobresalto que pegué. Rápidamente, me puse mis botas de combate, tomé la pistola, y salí corriendo de mi habitación, siguiendo el ruido que se escuchaba demasiado cercano, el cual me llevó a la habitación de Mikasa.
Sin importarme que fuese su cuarto, abrí la puerta que se hallaba sin llave. Y, lo que vi a continuación, me dejó un poco descolocado: la mocosa se encontraba en el balcón con su rifle, apuntando y disparando.
― ¿Qué coño haces? ―indagué, pasmado.
Me observó por unos segundos y luego regresó su atención a la mira, volviendo a disparar, ignorándome completamente.
Lo presentía.
Me adentré más en la habitación y salí hacia el balcón, con intenciones de ver a qué le disparaba. No creía que le gustara despertar a todos a las seis de la madrugada solo por pura diversión. Cuando llegué a su lado, vi que había varios de esos muertos vivientes fuera de la mansión, tratando de entrar inútilmente por la reja que cubría la propiedad. Era cómico, ya que todos caían en cuestión de segundos gracias a la puntería de la chica.
Ya que me había despertado, no tardé en unirme también.
Luego recordaría pedirle más balas.
Me concentré y apunté la pistola hacia uno de ellos, buscando el momento exacto para apretar el gatillo. Pero, antes de que mi bala llegara hasta su cabeza, otra ya lo había hecho. Miré a la mocosa, molesto por haber arruinado mi tiro perfecto. Sus ojos reflejaban algo de diversión, aunque su expresión era neutra.
¿Quería guerra? Pues la tendría.
Fue cuestión de minutos. Mi puntería era precisa, provocando el poder bajarlos en un santiamén. Cada vez que algún disparo me salía a la perfección, una sonrisa altanera se me resbalaba de los labios sin poder evitarlo. Ella, en cambio, no tuvo tenía ninguna expresión en el rostro. No obstante, cuando ya no quedó ninguno de pie, pude percibir una media sonrisa que se desvaneció en cuestión de segundos.
―Diecinueve―habló de repente.
Sabía que ella también se dio cuenta del reto en mi mirada.
―Catorce ―le respondí.
Buen comienzo de mañana.
La puerta de la habitación se abrió abruptamente, dejando ver a unas adormiladas Isabel, Sasha y Hanji.
― ¡Mikasa, queremos dormir! No es momento para matar ―se quejó Hanji. Pero, en cuanto me vio, me reprendió―. Y tú también, no le sigas la corriente.
Me encogí de hombros y guardé la pistola, a la cual le quedaba una sola bala.
―Por cierto, hermano, sabemos que Mikasa es bonita, pero no es momento para mostrarle tu físico ―señaló mi torso desnudo, dejando escapar una risita junto a Hanji.
Revoleé los ojos. Estas dos serían un dolor de cabeza el resto del día.
―Y tú también, Mikasa. ¿Con esas fachas te pones a disparar?
No me había fijado en lo que ella llevaba: una jodida musculosa de tirantes y un short negro que apenas le llegaba a tapar. Su cabello estaba recogido en un rodete, del cual caían pequeños mechones de pelo hacia su rostro. Y, ahora que le ponía la suficiente atención, me percaté de que había un tatuaje negro en su brazo, como una corona de espinas rodeándolo. Era algo curioso, pues los tatuajes no eran (todavía) completamente aceptados en la policía. Supuestamente, eran signo de rebeldía. Algo ridículo, en mi más sincera opinión. Sin poder evitarlo, mis ojos descendieron hasta sus níveas piernas. La tinta negra dibujaba un dragón que no pude terminar de contemplar, pues el short lo escondía. Y, en ese momento, me pregunté si tenía algún tatuaje bajo su musculosa. Traté de hacer memoria, recordando si el día anterior ―cuando se subió la musculosa para curarse la herida― había visto la tinta. Y sí, estaba seguro de que un tatuaje se hallaba en su abdomen, pero ayer me encontraba tan concentrado en la actitud de mierda de la mocosa, que ni siquiera presté atención a esos detalles.
Mikasa no se inmutó ante mi mirada y salió del balcón, poniendo su arma arriba del tocador.
―Bien, ya pueden irse a dormir.
― ¿Todas las mañanas son así? ―preguntó Isabel, frotándose los ojos y bostezando, haciendo esfuerzos sobrehumanos por no dormirse arriba del cereal que le habían preparado.
―La mayoría sí ―respondió Sasha―. Pero no acostumbra a ponerse a disparar tan temprano. Por lo general, a eso de las 8:00 a.m.
―Es una irrespetuosa ―agregó la madre de Historia―. Siempre despierta a los niños.
―Pero, mamá ―irrumpió Historia―. Nos gusta verla. Mikasa es genial.
―Esh verdash ―dijo Matteo, hablando con la boca llena. Contuve el impulso de largarle algo para que dejara de hacer eso―. Yo quiero disparar igual que ella.
―Ni lo pienses, Matteo ―para mi sorpresa, fue Auruo el que lo regañó―. Aun eres pequeño para esas cosas.
― ¡Pero si soy grande! ―protestó, levantando ambos brazos. Trozos de cereal se desparramaban por la comisura de su boca y el tic en mi ojo amenazaba con aparecer.
―Esos ocho años no dicen lo mismo―lo contradijo―. También para ti, Historia. Ni pienses en tocar un arma.
―Ohhh...―se quejaron ambos.
―Por cierto, Petra, la reunión es después del desayuno ―comentó Alma, sirviéndole más cereal a Historia. La cara de la niña era un poema, pues su madre le había estado añadiendo más y más cereal, cuando a ella ya le iban a dar náuseas de tanto comer.
―No lo olvidaría.
―Espero que asista y hable como se debe. Tengo el presentimiento de que, en la reunión anterior, le prestó más atención al arma que limpiaba que a nosotras ―se indignó la mujer.
Sonreí internamente.
Vamos, ¿quién no lo haría?
―Por cierto, Isabel y yo también asistiremos ―me metí.
―Pero...
Miré a Alma, desafiando a que me contradijera.
―Claro, son nuevos, es normal ―se apresuró a decir.
―Bien.
Llevábamos más de quince minutos esperando en un cuarto que parecía ser la oficina del antiguo dueño de la mansión.
― ¿Cuánto más se va a tardar? ―Petra observó el reloj que colgaba en la pared, suspirando cada tanto.
La puerta crujió y yo le agradecí a los cielos por haberla enviado por fin. Mikasa ingresó en la oficina junto a Taffy.
―Lamento llegar tarde ―aunque se podía ver claramente la ironía en sus palabras―. Tuve un percance. Me perdí entre tantos pasillos.
Isabel largó una risita que fue oída sólo por mí.
― ¿No puedes no traer a tu perro?
Mikasa miró al pastor alemán, indicándole con un gesto que se sentara en una de las sillas libres; y así lo hizo. Las dos mujeres la miraron enfadadas, y yo tuve que patear a Isabel por debajo de la mesa para que no largara la carcajada que retenía en su interior.
― ¿Eso responde tu pregunta?
―Eres...―Petra se calló por unos milisegundos―. Bien, a lo que vinimos.
―Digan, las escucho ―se cruzó de brazos.
Su sarcasmo estaba comenzando a agradarme.
―Ackerman, antes de empezar, me gustaría pedirte que dejaras de usar tu arma tan temprano. No es bueno para los niños, ya que una vez que los despiertas con ese insoportable ruido, no quieren volverse a dormir.
―Sabes mi respuesta ―suspiró, en un gesto impaciente―. Si no los matamos apenas llegan, eso solamente provocará que todos se junten en un mismo sitio. No crean que esa reja de afuera es indestructible ―hizo una pausa―. Así que prosigue.
Alma no dijo nada al respecto. Y no porque no quisiera (estaba seguro de que le encantaba darle la contra a Mikasa) sino porque, esta vez, la azabache tenía toda la razón.
―Como sabes, se supone que eres la encargada de traer los suministros suficientes para darle de comer a todas las personas que hay aquí ―habló Petra―. Ayer apareciste con ocho míseras cajas que no alcanzarán ni para tres días. ¿Tienes alguna explicación?
―Oh, eso... Tuve un pequeño problema, eso es todo ―Mikasa palmeó la cabeza de Taffy.
― ¿Pequeño problema? ¿Puedes decirnos qué problema? ―Alma no sonaba preocupada por ella, más bien alterada por los suministros.
―Digamos que, cuando llegué al almacén indicado, éste estaba cerrado sin razón ―me dirigió una fugaz mirada. Claramente la indirecta iba para mí―. Así que tuve que dejar la camioneta en la salida de emergencia, y luego ir a explotar la entrada ―ahora entendía qué había sido ese ruido que me dejó zumbando los oídos―. Aunque no conté con que habrían más de cincuenta shindas viniendo justo en mi dirección.
Me hice el desentendido, sabiendo que fuimos Isabel y yo los que habíamos atraído a los... ¿shindas? ¿Así llamaron a esas cosas asquerosas?
―Podrías haberle hecho daño a Isabel con esa explosión ―interrumpí sin poder evitarlo, recordando de repente ese detalle, aun cuando sabía que no tenía la culpa.
Ella no me respondió.
― ¿Ustedes estaban dentro? ―preguntó sorprendida Petra. Mi hermana asintió―. Por Dios Santo...
―En fin. La cosa es que me encontré con estos dos y más shindas venían tras nosotros, así que me obligué a regresar ―explicó rápidamente, como si quisiera largarse de la oficina lo más pronto posible.
―De igual forma, ¿qué vas a hacer ahora? Esto no nos alcanza para nada ―Petra contó con sus dedos, seguramente calculando la cantidad de personas y suministros―. Si no me equivoco, somos más de veintitrés, contando a los nuevos.
Mikasa permaneció callada por unos segundos.
―Iré en dos días a buscar los suministros ―respondió por fin.
―Bien. Y más vale que no te lleves a ninguno de ellos ―nos señaló a Isabel y a mí―. No queremos que les pase lo mismo que a mi esposo.
― ¿Qué pasó? ―preguntó mi hermana. Le pegué un codazo, indicándole que no era momento, aunque admitía que yo también estaba curioso.
―Oh, veo que no los han puesto al tanto ―dijo la mujer, frunciendo el ceño―. Verán, mi esposo, hace dos semanas, insistió para acompañarla a buscar suministros. Pero, ¿saben qué? Él nunca volvió, ya que uno de esos shindas lo mordió.
―Pero no fue culpa de Mikasa... ―murmuró Isabel.
―Oh, claro que lo fue ―se metió Petra―. Ella prometió que protegería a Rod, que no se separarían. Vaya fue nuestra sorpresa cuando nos enteramos de que él sólo sirvió como escudo.
No me la creía, así que dirigí mi vista a Mikasa, quien no se molestaba en negarlo.
― ¿Cómo saben eso? ―pregunté en mi mente. Aunque luego me di cuenta de que la pregunta salió disparada de mi boca.
―Pues, ella misma lo dijo ―Alma miró a la azabache con desagrado―. Y no sintió pena por eso. Ni siquiera pidió perdón por dejar a Historia sin su padre―sollozó levemente―. ¡Lo peor de todo es que mi hija la admira sin saber la verdad! Ella cree que eres una especie de heroína, sin embargo, solamente eres una sabandija, Ackerman ―la mujer la señaló―. Crees que puedes hacer lo que quieras, pero no es así. Crees que puedes decidir sobre quién vive y quién muere...
Mikasa se puso de pie, apoyándose en el escritorio que crujió por la fuerza que usó. El comentario le había afectado por alguna razón, se notaba a simple vista.
Y, para hacer la escena mucho más tensa, Taffy les enseñó sus colmillos a las dos mujeres.
―Deja de joderme la vida más de lo que ya está ―dijo, fusilándola con la mirada―. El trato aquí es que yo traigo los suministros, y ustedes se encargan de alimentar a las personas. No tengo por qué estar aguantando sus comentarios de mierda. Tampoco tolero que estén todos los malditos días refregándome en la cara que Rod murió a causa mía. Solamente pasó lo que pasó.
Estaba mintiendo. Por alguna razón lo sabía. La muerte de Rod Reiss no fue culpa de ella.
―Eres un animal... ―le respondió Alma, con lágrimas en sus mejillas.
―Tal vez... ―se puso de pie, pero antes de irse, se dirigió a nosotros―. Hanji me mantuvo al tanto de su situación.
Estaba a punto de decir que en una hora nos iríamos para no causar más molestias, pero su voz me interrumpió.
―Pueden quedarse si lo desean. Haré lo que esté a mi alcance por encontrar a su hermano, claro, si es que todavía sigue vivo.
Y, así, cerró la puerta.
―No lo tolero ―Petra palmeó a Alma, tranquilizándola―. La manera en la que habla de la muerte de tus seres queridos es simplemente... cruel.
Pero no, no era cruel. Había algo que ocultaba tras sus palabras y, en especial, tras esos ojos vacíos.
Al mediodía, salí al patio para así conocer mejor la zona. Si íbamos a quedarnos, quería estar familiarizado con el lugar. Aunque grande fue mi sorpresa al encontrarme a Hanji, Reiner y Jean, abriendo las rejas y asegurándose de que ninguna de esas mierdas estuviera cerca. Claro, excepto por las que habíamos matado Mikasa y yo en la mañana, las cuales se hallaban desparramadas en el piso.
―Ey, Levi, ¿nos ayudas? ―preguntó la cuatro ojos, al tiempo que se colocaba unos guantes de látex y una mascarilla.
― ¿Qué hacen? ―pregunté confundido.
―Bueno, como ves, tenemos que sacar todo este desastre de la entrada si no queremos que huela a rayos ―respondió Reiner.
Al mismo tiempo, Jean y él tomaron ambos brazos de un shinda. No obstante, eso solo causó que terminaran por dejarlo sin esas extremidades y un putrefacto olor nos inundara.
― ¡En guardia! ―gritó Hanji, bajito, arrancándole una pierna a uno de ellos y simulando una pelea de espadas con las extremidades.
Para colmo, los otros dos le siguieron el juego, levantando los brazos podridos en el aire.
―Qué asco ―murmuré, cubriendo mi nariz―. Mejor me voy de aquí antes de que se ponga más raro.
― ¡Eh, espera, espera! ―Hanji guardó la pierna en una bolsa de residuo―. ¿De qué hablaron en la reunión de esta mañana?
Me volví, manteniéndome a una distancia considerable de ellos.
―En resumen, Petra y Alma se quejaron porque Mikasa no trajo lo suficiente como para mantenernos ―dije, viendo la forma en que tiraban los cuerpos muertos en las bolsas. Hanji suspiró, al parecer, se lo esperaba―. Y nos contaron algo relacionado al padre de Historia.
―Oh, pensé que no iban a mencionarlo ―comentó, extrañada―. De igual forma, no se crean toda la historia.
― ¿Por qué lo dices? ―traté de no ser curioso, pero fue inevitable.
―Bueno, la mayoría aquí piensa que a Mikasa no le importamos ―explicó―. Pero eso no es cierto. Después de todo, gran parte de las personas dentro de esa mansión fueron rescatadas por ella. Por más cruel que Mikasa suene al hablar, hay algo... No sé qué, pero hay algo.
También presentía aquello.
―Yo fui compañero de ella mientras estábamos en la academia de policías ―continuó Jean―. Mikasa no era así. Bueno, tal vez un poco amargada, pero nunca habló con intenciones de fastidio ante la vida de alguien. Es más, su mayor sueño era ayudar a la gente, y por eso se esforzó en ser la mejor de nuestra generación.
¿La mejor de su generación? Nada mal...
―Jean la admira mucho, ¿cierto, cara de caballo? ―Hanji lo codeó―. Él estaba enamorado de Mikasa. Bueno quién no, si es muy bonita... Y ardiente, grrr...
Rodé los ojos. Esa estúpida no tenía remedio.
―Shh, cállate, Hanji ―Jean le dio un zape en la cabeza―. De igual forma, me rendí. Fui rechazado hace dos años ya.
―Y si tú eres policía, ¿por qué no la acompañas? ―indagué.
―Bueno...―se rascó la cabeza―. Desde lo que pasó con Reiss, ella ya no quiere que la acompañen.
―Yo también haría lo mismo―se metió Reiner―. No sabes lo desesperantes que pueden ser Petra y Alma ―hizo una pausa, perdiendo la mirada en algún lado―. Aunque, de igual forma, las entiendo. Tienen niños a los que proteger, así que su enojo está justificado.
―Pero, ¿sabes? Mikasa y Petra se llevaban bien al principio. Pero, tras la muerte de Rod Reiss, Petra se alejó con su hijo y Auruo.
Ahora entendía más o menos de qué iba todo.
―Aun así. Por lo que pude ver, si no fuese por ella, todos aquí estarían muertos. Lo que no es algo justo dado el trato que recibe ―dije.
―Mikasa es muy difícil de descifrar ―respondió Jean―. Ya no sabes si quiere la compañía de alguien que la ayude, o que todos se aparten para no molestarla con sus cosas. Algo la cambió cuando todo este desastre se desató. Pero la pregunta es: ¿qué lo causó?
―Jean, deja de hablar así ―se quejó Reiner, tirando un cuerpo entero en la bolsa―. No es un programa de teorías.
―Hay que darle una pizca de misterio al caso ―dijo, arrojando la cabeza de uno y embocándola justo en la bolsa de Reiner.
―En fin. ¿Y qué dijo sobre lo de tu hermano? ―preguntó Hanji, dejando de jugar con los cuerpos―. Espero que se queden...
―Hablando de eso, Mikasa dijo que nos ayudaría a encontrarlo. Si es que seguía vivo ―murmuré lo último, medio amargado.
― ¿Lo ves? Ella es buena, no tanto con su elección de palabas, pero lo es, a fin de cuentas ―la cuatro-ojos me sonrió.
Eso espero...
