Ya había pasado un mes desde la llegada de Marth al internado, y el tiempo parecía haber volado para él.
No había recibido noticia alguna de sus padres ni de su hermana, y tampoco era como si eso le importase. Ya se había adaptado –o eso creía- al internado, ya se había acostumbrado al olor a cigarro en el baño, a las miradas asesinas de Snake, a ignorar los insultos de Ganondorf y Bowser, a ser defendido por Link, a los comentarios sin sentido de Ike, a la presencia de Pit en la biblioteca; en fin, podía decir que muchas de las cosas que ocurrían dentro del establecimiento ya no lo perturbaban tanto como en un principio.
Esa madrugada del día jueves Marth despertó, no por la alarma de su móvil, sino por un mensaje bastante inesperado, recibido a las tres A.M. de un número desconocido para él.
"Marth, este sábado haré una fiesta en mi casa, ¡espero que vengas! Sobre cómo llegar, Ike sabe, y creo que Link también.
Zelda."
Confundido como estaba, releyó el mensaje al menos cinco veces más. Pensó en responder algo así como: ¿Qué clase de persona envía un mensaje a las tres de la mañana un día jueves? o ¿Cómo mierda conseguiste mi número? Pero luego se retractó y volvió a cerrar sus ojos, sin lograr conciliar el sueño sino hasta un par de horas más tarde.
A las seis y media de la mañana sonó su alarma. Despertó apenas, y se quedó un rato en su cama pensando en ese mensaje; aunque no específicamente en eso, sino más bien en quien lo había enviado.
De Zelda no había sabido nada desde aquella noche en que salieron al starbucks, la misma en que la conoció y descubrió que tenían muchas cosas en común, más de las que había tenido con cualquier otra persona en su vida. Aunque, bueno, tampoco era como si a lo largo de sus diecisiete años hubiese socializado mucho con otras personas, y menos con chicas.
Y, ¿por qué ahora le enviaba un mensaje? ¿Y a las tres de la madrugada? ¿Las chicas solían hacer eso? Preguntas que no sabía cómo contestar invadían su mente, y entre tantas dudas apareció la imagen de Zelda. Era diferente, o esa impresión le había dejado. Diferente, en comparación a las dos rubias de esa misma noche, o a su hermana, o a su madre… ¿con qué otra chica había intercambiado un poco más que palabras de cortesía? Era una joven intelectual, era bonita, era simpática.
Marth suspiró y una leve sonrisa se curvó en su semblante.
Al llegar al casino, aún un poco alerta de toparse con Bowser o Ganondorf, divisó el cabello rubio de su amigo y se sentó junto a él.
- Buenos días – lo saludó Link sonriente.
- ¿Sabes si Ike le dio mi número a Zelda? – Pidió saber el menor, sin contestar el saludo de su amigo – o si tú lo hiciste…
- Sí – respondió el rubio, sin dejar de sonreír – así que ya recibiste su mensaje, ¿no?
¿Qué se creen para darle mi número a cualquiera que lo pida? Creo que el error fue darles mi número a ellos dos.
- Sí, de hecho sí. A las tres de la madrugada – respondió Marth, un poco indignado.
- Bueno, Zelda es así – rió – desde que la conozco, que no es poco tiempo.
Link le dirigió una mirada fugaz a Lowell, sin borrar la sonrisa de su rostro, y luego desvió la mirada hacia otra mesa. Por primera vez Marth percibió algo de hostilidad en aquella expresión, que ya no era tan cálida como las otras sonrisas que solía ofrecerle el rubio.
- Supongo que irás – le dijo a Marth, esta vez sonando un poco indiferente.
- No lo sé – contestó – no voy a fiestas.
No había pensado en qué responderle… en realidad no tengo muchas ganas de ir a una fiesta, que probablemente estará llena de gente que no conozco.
- Pues… si no quieres ir nadie te obliga, ¿sabes? – le sonrió – pero, aún así, Ike no se tragará una excusa como esa.
- No sé – se encogió de hombros el menor – es la verdad.
Link desvió su mirada hacia el fondo del casino.
- Ya están causando problemas de nuevo – masculló el rubio, claramente dejando de lado la conversación con su amigo. Marth miró en la misma dirección que Link, y se le heló la sangre al ver a Ganondorf y a Bowser en uno de los rincones del casino, acorralando contra la pared a alguien.
Marth entrecerró los ojos, queriendo divisar quién era la pobre víctima, y no pudo dejar escapar un pequeño ¡No!, al ver que se trataba del pequeño e inofensivo Pit.
- ¿Lo conoces? – preguntó Link.
Sin contestar a la pregunta del rubio, en sólo un par de segundos las imágenes del día en que esos dos matones le hicieron pasar la humillación de su vida, irrumpieron de golpe en su mente, haciéndole ponerse de pie con decisión. Sintió que debía ayudarlo, que debía encarar a esos dos y plantarle un buen puñetazo a cada uno.
Pero no se movió de ahí. ¿Por qué tenía que ser tan cobarde? Qué egoísta de su parte fue esperar a que Link se parara también de su asiento y que, luego de dirigirle una mirada a él, se dirigiera solo hacia los atacantes y su víctima, dejando a Marth sintiéndose como todo un inútil.
Soy yo el que conoce a Pit, y en lugar de ir yo a ayudarlo, he dejado que vaya Link que, de seguro, jamás ha intercambiado una sola palabra con él. Pero, ¿qué se supone que haga yo contra ellos? Son mucho más grandes que yo… y no quiero volver a acercármeles.
Tragó saliva, apretó sus puños, y volvió a sentarse, para convertirse en un espectador más.
- Ey, chicos – oyó la voz de Link, que se detenía frente a los dos grandullones, con una envidiable firmeza – déjenlo en paz. ¿Qué les ha hecho él?
Ganondorf lo miró hacia abajo, y luego sonrió con malicia. Bowser se mantuvo en su lugar, sujetando a Pit del brazo, que miraba a Link como si fuese lo más maravilloso del mundo.
- ¿Otra vez tú? – preguntó Ganondorf, dirigiéndose al rubio.
- Suéltalo – pidió.
- Oblíganos – le respondió Bowser desafiante.
- No querrán que Snake se entere de esto, ¿verdad? – dijo Link, dirigiéndoles a ambos una mirada de complicidad.
- Vas a arrepentirte si lo haces – le advirtió Ganondorf al rubio, sujetándolo de la camisa con brusquedad.
Marth se tensó. Pensó en avisarle a Snake, pero bastó con que recordara su último encuentro con él en el baño para que se arrepintiera.
- Ey, quita tus manos de encima – habló Link con seriedad, agarrando fuertemente las muñecas del más grande, aunque sin poder soltarse.
Me pregunto quién ganaría si se pusieran a pelear a golpes. Dios, ¿qué estoy pensando? Esto es serio. Link es muy valiente, pero eso no parece intimidar en absoluto a Ganondorf… qué problema. ¿Qué se supone que haga?
- Esto te pasa por meterte donde no debes – dijo Ganondorf – ahora me pregunto qué haré contigo. Tal vez te golpee hasta que no puedas mencionar una sola palabra al respecto, ¿qué tal?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Marth al oír aquella amenaza. Luego de hacerse una imagen mental de Link incapaz de seguir parado por haber recibido tantos golpes, decidió que debía hacer algo.
¿Dónde está Ike cuando lo necesitas?
Se puso de pie y esta vez sí caminó. Pero, ¿quién se le adelantaba tan apresurado? ¿Y quién se creía que era para pasarlo a llevar? El silencio sepulcral que se hizo de pronto en el casino le ayudó a encontrar la respuesta; elevó los ojos y vio a Snake agarrando el brazo de Ganondorf. Agradeció para sus adentros no haber visto la mirada de ese hombre.
Bueno, ¡al fin le darán su merecido a ese abusador!
Sonó el timbre que indicaba la entrada a clases y el peliazul se quedó parado, mirando la escena, específicamente a Link, que parecía no compartir su dicha.
Mierda. Link también está involucrado.
El rubio le hizo un gesto para que se retirara a clases, y así hizo Marth junto con el resto de los silenciosos espectadores, sintiéndose entre inquieto e impotente.
Ese sentimiento no cambió durante las dos primeras horas de clase, hasta que unos minutos después de comenzar la tercera, la puerta del salón se abrió, y por ella entró Link, llevando consigo un papel en la mano que le entregó al profesor.
Marth miró el rostro de su amigo, como buscando en él alguna pista respecto a lo que había sucedido con Snake horas antes, pero no fue capaz de descifrar nada; el rubio no sonreía, pero tampoco se veía triste o enfadado.
El profesor leyó el papel con detenimiento y luego miró a Link como si fuese a reprocharlo, pero se limitó a pedirle que tomara asiento.
- Gracias – contestó Link, para después caminar hasta el fondo del salón y sentarse en el puesto vacío que estaba junto a Marth.
- ¿Qué pasó? – le preguntó el peliazul por lo bajo, para no interrumpir la clase.
Link soltó un suspiro y sonrió.
- Sólo digamos que no podré ir a la fiesta de Zelda el sábado – respondió, evitando mirar a su amigo a los ojos. Claramente esa sonrisa no mostraba cómo se sentía en realidad, pero Marth no iba a insistir más. Ambos se mantuvieron en silencio durante el resto de la clase, aunque la cabeza de Marth no logró callarse. Se sentía extrañamente culpable por el castigo de su amigo, pero buscaba auto convencerse de que no había sido culpa suya, sino del rubio en un intento de demostrar su valentía, entre otras excusas que ni él mismo se tragaba.
La hora del almuerzo fue terriblemente incómoda, tanto para Marth como para Link, cuando Ike preguntó si acaso ya habían recibido el mensaje de Zelda, dándole codazos al rubio.
Que la tierra me trague.
- No voy a ir – dijo Link con tono indiferente.
Ike no pudo evitar levantarse de su asiento y mirarlo incrédulo. Pero sólo unos segundos después soltó una ligera carcajada.
- Muy gracioso, Link – dijo – casi caigo.
En serio, que me trague.
Link le sonrió de vuelta y no dijo nada.
- ¿Entonces? – insistió el mayor.
Por favor, cállate.
- Entonces – dijo Link – no voy a ir.
Ike puso los ojos en blanco.
- Ya hiciste esa broma hace diez segundos – le recriminó.
Link se puso de pie, y sin decir nada, cogió su bandeja y fue a devolverla.
Está enfadado.
- Oye, aún no respondes – le dijo Ike desde la mesa. El rubio ni siquiera se molestó en mirarlo antes de desaparecer del casino.
Genial. Perfecto. Gracias, Ike. Definitivamente está enfadado.
- De acuerdo… eso no fue amable. Para nada – murmuró el mayor, un poco desconcertado - ¿qué pasa con él?
Link me odia.
Marth dejó caer su cabeza sobre la mesa y la escondió entre sus brazos.
- Idiota – masculló.
- ¿Dije algo malo? – preguntó confundido.
Reitero: idiota.
- En absoluto – contestó el menor, ahora mirándolo – sólo lo hiciste sentir un poco incómodo, porque en realidad no estaba bromeando.
Aquellas palabras fueron dichas con tanto sarcasmo que incluso Ike pudo entender el doble sentido de ellas.
- ¡Imposible! No hay razón para que Link no vaya…
- Está castigado, maldita sea. ¡CAS-TI-GA-DO! – le gritó Marth, llamando la atención de las mesas vecinas a la suya.
- ¿Castigado? – repitió Ike incrédulo.
- ¡Bravo! ¡Eso es precisamente lo que dije! – aplaudió el menor, ignorando por completo a los entrometidos de las otras mesas que habían callado sus conversaciones para intentar escuchar la suya con Ike. Estaba tan molesto que ya le daba igual lo que pensara el resto de él.
- Corta el sarcasmo – pidió Ike con seriedad – Sea cual sea la razón, no fue por mi culpa, así que no te desquites conmigo.
¿Tu culpa? Heh, claro que no fue tu culpa. Y tampoco fue mía. No. Link no debería enojarse conmigo. ¡Que injusto sería si lo hiciera! No fue mi culpa.
- ¿Por qué lo castigaron? – preguntó el mayor preocupado.
- ¿Crees que fue por mi culpa? – Preguntó Marth molesto - ¿Eso estás insinuando?
- ¿Qué? No he dicho eso – respondió confundido – pregunté por qué lo habían castigado…
- ¿Sabes qué más? Esta conversación se volvió demasiado ofensiva para mí. Si quieres culpar a alguien, ¡hazlo! Pero no fue mi culpa.
Sin dejar a Ike responder, Marth se retiró del casino rápidamente, aunque sin perder la elegancia que lo caracterizaba al caminar.
Idiota. ¿Por qué cree que yo tuve la culpa?
- ¡Marth! – oyó la voz de Ike detrás.
Déjame.
Sin atreverse a voltear, comenzó a correr hasta que se detuvo frente a la puerta de la biblioteca. Asumiendo que ese no era uno de los lugares más frecuentados por Ike, entró. Estaba tan vacía como siempre.
- ¡Marth, espera! – volvió a oír que le llamaban. Temió que Ike hubiese descubierto su escondite y pretendiese entrar a buscarlo.
- Tsk. Qué molesto – masculló, escondiéndose tras una larga hilera de estantes. Como temió, Ike no tardó en abrir estruendosamente la puerta.
- Marth, sé que entraste aquí – dijo, y al no recibir respuesta alguna, gritó varias veces su nombre.
- ¡Shhhhhhh! – oyó que alguien lo callaba – Por favor, no grites en la biblioteca.
- Lo siento – se disculpó Ike – estaba buscando a alguien…
- Me di cuenta – contestó el otro con frialdad – pero no ha entrado nadie a este lugar desde hace exactamente veinte minutos, que fue cuando yo lo hice.
- ¿Qué? Pero yo vi que…
- NADIE ha entrado. Ahora, por favor, retírate en silencio.
- Ey, no puedes echarme de aquí – se defendió.
- ¿Vas a leer algún libro?
- Eeh… - Ike dudó por un momento – no.
- Entonces no tienes nada que hacer aquí.
- Eres muy antipático, ¿lo sabías? – le recriminó Ike, molesto.
- No es que me importe mucho agradarte, ¿sabes? Pero si quieres discutir conmigo sobre cuán antipático soy o cualquier otro tema que pueda surgir de tu poco utilizada cabeza que, por cierto, ¿tiene algo más, además de aire adentro? Como sea, cualquier clase de interacción que desees tener conmigo, agradecería que fuese afuera de la biblioteca, que es el único lugar de este establecimiento en que puedo encontrar un poco de paz y escapar de ustedes, los matones, por que ya hasta el baño lo llenaron de sus inmundos hábitos con ese asqueroso humo de cigarro, ¿capisci?
Ese sujeto es mi ídolo.
- Ahora si te pasaste – gruñó Ike.
- Por favor. Perturbas la paz de este lugar.
- Como quieras. Pero no te atrevas a cruzarte en mi camino, por que desearás nunca haber llegado a este internado – lo amenazó.
- Oh, créeme, ya lo hago. Adiós.
Sin decir más, Ike se fue de la biblioteca, no sin dar un fuerte portazo.
Eso fue admirable.
Tímidamente, Marth salió de su escondite, sorprendiéndose al encontrar la mirada del desconocido en su dirección. No creía haberlo visto antes. Su cabello oscuro le llegaba hasta los hombros, y sus ojos tenían un brillo cobrizo bastante peculiar.
- Habrás tenido buenas razones para esconderte de él, pero te pido que no vuelvas a utilizar la biblioteca como escondite – le dijo el muchacho.
Marth tragó saliva. Debía admitir que se sentía un poco intimidado bajo la mirada de aquel sujeto.
- Lo siento. La última vez que vine a la biblioteca no había nadie en ella… creí que esta vez sería lo mismo.
- Está bien – aceptó el otro – entonces, Marth, ¿te metiste en problemas con Ike? – preguntó.
Estuvo a punto de preguntar cómo era que sabía su nombre, pero luego recordó los gritos de Ike y se tragó sus palabras.
- No… sólo quería que me dejara solo.
- Ya veo. Por cierto, soy Lucario – se presentó.
Sin saber como responder, Lowell se limitó a sonreír.
- Bueno, este lugar dejó de ser tranquilo. Además, por lo que entendí, quieres estar solo. Me iré a algún otro sitio libre de disturbios – dijo Lucario.
- Oh, lo siento.
- No es nada personal.
- Claro.
Lucario se retiró silenciosamente, tal y como le había dicho a Ike que lo hiciera hace un momento, dejando a Marth sumido en el silencio de la biblioteca y en el eco que habían dejado sus últimas palabras en su mente.
Que tipo tan extraño.
- Ese amigo tuyo, Link – lo sorprendió la voz de Pit detrás de uno de los estantes – sí que es valiente – dijo.
Marth se sintió un poco humillado ante tal comentario, por que sabía que él al lado de Link, era un cobarde.
- No sabía que estabas aquí – fue lo único que atinó a decir.
- Suele pasar que la gente no sabe que estoy en la misma habitación que ellos.
Pit salió de entre los estantes y se acercó a Marth.
- ¿Le dirías a Link que le agradezco lo de hoy? – preguntó.
"Link, Link, Link".
- Supe que lo castigaron – contestó, ignorando la pregunta del menor. Marth se sorprendió al notar cierta malicia en su propio comentario.
Lo castigaron porque fue a ayudarte.
- A todos – dijo Pit – Snake nos castigó a los cuatro por igual. Como ninguno de nosotros vuelve a sus hogares los fines de semana, no podemos salir del internado por todo este mes. Snake sabe que los más afectados por el castigo son Bowser y Ganondorf… fue amable de su parte.
- Link también se vio afectado.
- ¿Qué?
- Tenía planes para este sábado. Ahora está muy molesto – dijo, queriendo que el menor se sintiera con parte de la culpa que creía suya.
Pit no contestó, en lugar de eso soltó un suspiro que Marth interpretó como de angustia.
- Ya sabes, si no te hubieras metido en problemas con esos dos- siguió el peliazul, pero el menor lo interrumpió bruscamente.
- ¡No hice nada! Ellos me atacaron sin razón – protestó alterado – ¿aun así es mi culpa, Marth?
Apenas acabó de pronunciar esas palabras, el timbre que indicaba la vuelta a clases sonó.
Marth se encogió de hombros.
- Vas a llegar tarde a clases – se limitó a decir.
Pit le dedicó una última mirada llena de inseguridad y angustia, y se marchó corriendo por la puerta.
No dije nada que no fuese verdad.
Era cierto, Marth no había mentido… pero, entonces, ¿por qué se sentía tan mal consigo mismo? Estaba molesto, y vaya que sí, pero ahora parecía estar más molesto con su propia persona que con alguien más.
Sin querer llegar tarde a clases, salió de la biblioteca, pero cual fue su sorpresa al encontrar a Ike al otro lado de la puerta, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos cruzados.
- Al fin saliste – le dijo – tienes buenos amigos cubriendo tu espalda, al parecer – comentó, haciendo clara alusión a su encuentro con Lucario.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó Marth con el ceño fruncido.
- Te estaba esperando.
- Adiós, entonces – contestó el menor, comenzando a caminar.
- Ese niño tenía una cara terrible cuando salió de la biblioteca. ¿Pasó algo? – Inquirió Ike siguiéndolo.
- Ah, ¿también vas a decir que fue mi culpa? – inquirió a la defensiva.
- Oye, ¿qué mierda pasa contigo? – Ike no le dio tiempo de responder antes de agarrarlo del brazo. Esa era una de las miles de cosas que Marth no soportaba de Ike, ¿por qué siempre tenía que tocarlo? El contacto físico no era algo que a Lowell le agradase, en absoluto.
- ¡Suéltame!
- ¡Respóndeme!
- ¡Voy a llegar tarde a clases!
- ¡Me importa un carajo! – Contestó Ike - ¿qué te pasa?
¡Suéltame! ¿Por qué no puedes simplemente dejarme tranquilo?
- Por una maldita vez en tu vida deja de ser tan entrometido y déjame en paz.
A veces hay que ser demasiado directo con Ike.
Ike lo miró desconcertado.
Pero creo que esta vez me excedí un poco…
- Como quieras – accedió, liberando su brazo.
Marth no se movió.
No quise…
- Lamento ser tan entrometido con la vida de mis amigos – dijo el otro ofendido, y al no obtener respuesta alguna agregó – ¿no tenías prisa? Ya te dejé en paz.
Amigos.
Esa palabra tan llena de compromisos resonó al menos cien veces en la cabeza de Marth.
- Como sea, las clases ya van a empezar – le dijo Ike.
El menor apartó la mirada, y sin decir más, se alejó por el corredor hacia el salón de clases.
Ese día Marth no volvió a saber de ninguno de sus dos amigos. Link no regresó a clases y Ike no había vuelto a entrar al baño o, al menos, a encender un cigarrillo dentro de él; y aunque Marth lo agradeció en un principio, ahora la culpa lo carcomía por dentro. Pero, después de todo, eso era lo que él quería, ¿no? Estar solo.
Durante la noche apenas logró cerrar sus ojos. ¿Qué pasaba con él? De alguna forma lo sabía, pero su orgullo le impedía aceptarlo. Era un cobarde. Un maldito cobarde. Tan cobarde que no había sido capaz de ir en ayuda de Pit, lo cual no habría implicado necesariamente agarrarse a golpes con sus atacantes (aunque debía admitir que esa probabilidad habría sido muy baja, por no decir nula). Aun así, podría haberse parado frente a ellos con aquella firmeza de Link y haberles pedido amablemente que soltaran al menor (aunque probablemente solo hubiese obtenido una estruendosa carcajada burlona por parte de ambos), y si la situación se hubiese tornado complicada, siempre podría recurrir a sus piernas y escapar. Patético.
Da igual. Link no puede enojarse conmigo por no haberlo ayudado.
Y después estaba Ike. Marth sabía y aceptaba que había sido demasiado rudo con él, demasiado injusto. Ike sólo quería ayudar, como siempre, pero sus maneras de expresarlo no fueron las más agradables para Marth, y por supuesto, para Link tampoco.
Definitivamente este no fue el mejor día de mi vida. Aunque no se compara con el día en que Ganondorf y Bowser-aaah, ¡no quiero ni recordarlo! Ya está, ¡ellos dos tienen la culpa de todo! Cómo los detesto. ¡Si mi padre se enterara…! Bah, seguro que ya ni se acuerda de mí. Detesto todo esto. Este internado sólo me ha traído problemas.
A la mañana siguiente las ojeras de Marth revelaban lo poco y nada que había logrado dormir, y le daban una buena razón para no querer bajar a desayunar. No le sorprendió ver, más tarde, que Link no llegaba a clases. Tampoco le sorprendió, durante el descanso, entrar al baño y sentir el olor a nicotina llenar sus pulmones. Es más, incluso esto último lo alivió un poco, pero no dejaba de molestarle.
- Maldición, Ike – dijo entre toses - ¿puedes abstenerte de fumar al menos durante los descansos?
Al no obtener respuesta alguna, se alarmó.
Quizás no se trata de Ike. Tal vez es Ganondorf… o Bowser.
Pero pronto la puerta de uno de los cubículos se abrió, y Marth pudo ver a Link apoyado contra la pared de la cabina, sujetando un cigarrillo entre sus manos.
- Lo siento – se disculpó el rubio con una leve sonrisa bajo sus ojos claros.
Marth no sabía muy bien qué hacer o qué contestar.
- Link – dijo, aparentando indiferencia – no sabía que fumabas – agregó, más por llenar ese silencio que se estaba tornando un poco incómodo para él.
El rubio sonrió de medio lado.
- Si… es un mal hábito que me contagió Ike – rio.
Los malos hábitos no se contagian. Si fumas es porque quieres fumar. Si no quisieras, no lo harías.
- Aunque no lo hago tan seguido como él, claro – agregó con la misma expresión en su rostro, como si hubiese oído los pensamientos del peliazul. O quizás su rostro los hacía demasiado obvios.
- Hm.
- ¿Buscas a Ike? – preguntó Link, luego de unos segundos de silencio mutuo.
Sin pensarlo, Marth negó con la cabeza.
- Claro. Como si la gente viniera al baño buscando personas – rio el rubio.
Sólo por cortesía, Lowell sonrió.
Link apagó su cigarrillo contra la pared y salió del cubículo con ambas manos en los bolsillos.
- En todo caso, él sí te estaba buscando a ti – le dijo.
Le dije que me dejara en paz.
- Ah – contestó Marth con fingida indiferencia - ¿dijo algo en especial?
- Nope. Sólo dijo que si te encontraba te avisara, y que tú sabrías donde estaría él.
Marth lo miró confundido.
¿Ahora soy adivino? ¿Por qué asume que sabré donde estará? Huh, de cualquier forma no me interesa encontrarlo.
- Como supuse, no tienes idea – rio Link – da igual, tendrán toda la noche del sábado para hablar, ¿no? – sonrió.
- Link.
- Eso sonó rudo, lo siento – se disculpó – voy a salir un rato, permiso.
El rubio salió por la puerta sin siquiera esperar una respuesta y dejando más que claro a Marth que no le daba igual todo el asunto del castigo.
Marth se paró frente al espejo y dejó escapar un largo suspiro.
No hay mucho que pueda hacer por Link. Ni siquiera sé si una disculpa lo haga sentir mejor, después de todo, no fue culpa mía. Ya qué… ¿y qué fue eso de hace un momento? Nunca había oído a Link hacer un comentario malintencionado.
Se detuvo un instante a mirar su reflejo, alejando todo pensamiento que tuviese relación con el castigo de su amigo. Notaba su rostro más pálido de lo normal, y probablemente su madre lo atribuiría a que no estaba comiendo bien. Sus ojos, más que hostilidad, mostraban resignación. Sabía que haber llegado al internado no sólo había provocado cambios físicos en él, y se habría detenido a pensar en los cambios sicológicos, de no ser por que la puerta del baño se abrió abruptamente. Marth volteó sobresaltado, y sintió que su corazón se saldría de su pecho al ver a Ganondorf frente a él.
Por favor, ¡denme un descanso!
- Mira nada más – dijo el más grande – no te has movido de donde te dejé la última vez.
Idiota. Ni siquiera me lo recuerdes.
Su sonrisa daba tanto miedo que Marth no se permitió mirarlo por mucho tiempo, y en lugar de eso se aseguró de que no estuviese Bowser detrás de Ganondorf. Agradeció para sus adentros que el matón hubiese venido solo.
- ¿Quieres repetirte el plato, marica? – ofreció riendo, y Marth comprendió que se refería a su encuentro cercano con el escusado.
- Ni de broma – contestó cortante, recordando la humillación por la que pasó - déjame en paz – agregó, queriendo esconder su inseguridad tras una posición firme.
- No me jodas, niño – gruñó el más grande, agarrándolo del cuello de la camisa – tu pequeño amiguito rubio nos metió en problemas a mí y a Bowser y me pides que te deje en paz. No soy imbécil como para dejar pasar una oportunidad como esta.
Maldición. Por favor, que no me golpee. Que no me golpee.
- ¡Suéltam…!
- Suéltalo.
¡Ike!
Ganondorf, sin soltar al peliazul, volteó. Y ahí estaba Ike, con una expresión severa en la cara.
- Dije que lo sueltes – habló - ¿Cuál es tu afán de acosar personas?
Por favor, haz que me suelte.
- Esto no tiene nada que ver contigo, no te metas – le advirtió el matón.
- ¡Tampoco tiene que ver conmigo! – dijo Marth.
- Tú cállate.
Ganondorf lo soltó, pero a cambio de eso, lo empujó de espalda contra la pared.
Ike no tardó en abalanzarse contra su atacante. Ganondorf se defendió dándole un codazo en la cara, el cual le fue respondido con un puñetazo en el estómago y luego con otro en el mismo lugar. El más grande quedó incapaz de respirar por un momento, que Marth aprovechó para alejarse de él, pero no tardó en recuperarse y agarró a Lowell de los hombros con ambas manos. Marth no se explicó si fue por la liberación de adrenalina que provocó aquella pelea o simplemente porque era algo que quería hacer desde hace mucho, pero sin pensarlo, elevó la rodilla rápidamente, dándole a Ganondorf en la entrepierna, siendo liberado de inmediato.
- Vamos – le dijo Ike, agarrándolo del brazo y sacándolo del baño. Corrieron por un buen rato hasta que llegaron afuera de la biblioteca.
- Entra – lo apuró el mayor.
La biblioteca, para suerte de ambos, se veía vacía.
Una vez allí los dos, Marth se desasió del agarre de Ike y se percató de que a este último le sangraba la nariz.
- Tienes sangre – le dijo.
Ike se limitó a pasarse la mano por debajo de la nariz, mirar el líquido rojo como si fuese lo más normal del mundo, y asentir.
- No sabía que podías defenderte – comentó el mayor, ignorando su sangrado nasal.
Marth no supo si tomarlo como elogio o como ofensa.
- Gracias – contestó – por ayudarme.
- Querrás decir salvarte – rio.
Lowell puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.
- Lo que sea. Gracias.
- Respecto a lo de ayer… - comenzó Ike. Marth se tensó – Link me dijo esta mañana lo que pasó en el casino con Ganondorf y el otro buscapleitos. Perdón por haberles hecho pasar un mal rato.
Dímelo a mí.
- Creo que yo también te debo una disculpa – respondió el menor.
Ike le sonrió.
- Tú ya estás disculpado – le dijo.
Marth sintió el calor invadir sus mejillas. Ike era demasiado amable para su gusto.
- Claro – dijo, desviando la mirada hacia el lado – tú también lo estás.
- ¡Qué bien! – Sonrió, al tiempo en que sus brazos rodearon el tenso cuerpo de Lowell.
¿¡QUÉ DIABLOS CREE QUE HACE! Suéltame. Suéltame. Suéltame. Suéltame.
- Ike – masculló apenas.
- ¿Si? – preguntó, aun abrazándolo.
- ¿Podrías respetar mi espacio personal? – pidió.
Ike se separó de él y lo miró confundido.
- Gracias – dijo Marth, estirándose la camisa que se había arrugado con el pesado cuerpo de su amigo.
- Eres tan raro – le dijo el mayor, con una sonrisa de medio lado.
Dios, ¿soy yo el raro?
Luego de aquel episodio con Ike, Marth volvió a clases, con la vaga esperanza de ver a Link. Pero no llegó. No supo nada de él por el resto del día.
Ese viernes en la noche se acostó más tranquilo que el día anterior, al menos había solucionado su problema con Ike. Ahora faltaba que a Link se le quitara el enfado por el castigo y… y debía disculparse con Pit. También había sido muy injusto con el menor. Pero pronto esos pensamientos se vieron remplazados por la ansiedad de lo que pasaría la noche del día siguiente. La esperada fiesta de Zelda. Marth no solía ir a fiestas… tal vez una que otra vez su padre lo llevó a una de las "fiestas" que hacían en la empresa de la que era dueño, pero en realidad no eran más que una cena contundente con muchos adultos vestidos elegantemente y dos o tres muchachos de su edad con los cuales sólo hablaba por educación. Nada en comparación a lo que sería una fiesta organizada por una adolescente. ¡Estaba tan nervioso! Sólo después de un par de horas logró conciliar el sueño.
La mañana y la tarde del sábado transcurrieron tranquilas y sin novedades, hasta que Ike se presentó en el cuarto de Marth a las siete de la tarde.
- Hola, Marth – lo saludó sonriente - ¿puedo pasar?
Supongo que es una pregunta retórica.
Marth se hizo a un lado para que el mayor entrara a su habitación, y luego cerró la puerta.
- ¿Estabas estudiando? – preguntó Ike incrédulo, al ver el escritorio de Lowell, lleno de libros y cuadernos.
- Bueno… para eso me enviaron a este internado – respondió.
- Si, pero es sábado.
- Para ti todos los días son sábado – le dijo Marth. Ike rio.
- ¿Estás listo para que vayamos? – le preguntó al menor.
- No. Supongo que debo cambiarme de ropa – contestó.
- Como tú quieras, pero en todo caso, no es una fiesta formal, Marth. Con que te pongas unos jeans en vez de eso que llevas puesto y te cambies la camisa por algo más casual, estarás bien.
¿"Eso"? ¿Qué hay de malo con mi ropa?
- Huh, claro. Gracias – dijo ofendido, sacando del armario algo que satisficiera al ojo crítico de Ike.
Se quedó un momento esperando que Ike abandonara su habitación para que él pudiese cambiarse de tenida, pero luego recordó que la última vez había sido él quien se había retirado del cuarto.
- Voy a ir al baño – avisó.
Ike rio.
- No seas tan pudoroso – le dijo – aquí todos somos hombres.
Huh, está bien. Tiene razón, aquí todos somos hombres, supongo. Pero no deja de ser incómodo…
A pesar de haber accedido a las palabras de Ike, Marth comenzó a desvestirse dándole la espalda al mayor.
- Tu espalda es muy pequeña – comentó este último.
Si te doy la espalda no es precisamente para que la mires.
- Vaya, Marth, eres muy delgado – agregó.
¿Vas a seguir?
- Y tu piel es muy blanca – dijo sorprendido – casi siento que hay una chica muy bonita frente a mí desvistiéndose.
- ¿¡Podrías dejar de mirarme e imaginar estupideces con mi cuerpo! – pidió sonrojado a más no poder.
Ike sólo rio.
- Sólo bromeaba. Date prisa.
Idiota.
Una vez hubo terminado, ambos salieron de su habitación y bajaron hasta el primer piso. Marth miró su reloj de pulsera, que marcaba las siete y media.
Cuando se disponían a salir del internado, la mirada de Snake los detuvo.
- Si no están de vuelta antes de las doce, estarán en problemas – les advirtió.
Marth tragó saliva. Ike sólo asintió.
Esa era la segunda vez que Marth salía desde que había llegado al establecimiento. Jamás creyó que le agradase tanto caminar por la calle mientras oscurecía. Durante todo el camino se limitó a seguir a Ike y a asentir a los comentarios sin sentido de este último y contestar a sus preguntas.
Hasta que finalmente llegaron.
La casa de Zelda era casi tan grande como la suya en Altea y tenía un jardín precioso.
Cuando Ike se acercó a la puerta y tocó el timbre, Marth sintió que se le paraba el corazón.
Bueno, ya estoy aquí. No sé cómo ni porqué, pero ya llegué y no me iré.
- ¡Chicos! – los saludó Zelda a la entrada – pasen, pasen.
La joven se veía aun más hermosa que en los recuerdos de Lowell; quizás por el vestido que llevaba puesto, o porque en el fondo, lo único que Marth esperaba de esta fiesta era verla a ella.
Va a ser una larga noche.
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Y fin del capítulo!
Siento mucho la demora, pero estuve ausente por tres semanas y un poco ocupada, como sea, espero que lo que me queda de vacaciones sea mejor aprovechado para continuar con la historia (:
Este capítulo fue más largo que los anteriores, porque no podía cortarlo en otra parte que no fuese esa D:
Gracias a todos los que leen y a los que dejan reviews!
Sam: supuse que el leve MarthxZelda te afectaría, jaja, pero ya ves, Marthy tiene que darse cuenta de que las chicas no son lo suyo. Respecto a la hermana de Ike, olvidé ponerlo en el capítulo anterior D:, pero tenía pensado que una amiga cercana del papá de Ike (está basada en una personaje del Fire Emblem) se estuviese haciendo cargo de ella. Espero que te haya gustado este capítulo, y reitero, perdón por la demora D: se supone que por estar de vacaciones avanzaría más rápido xD, pero no fue precisamente así. Gracias por leeeeer! :D
Ayuchan: me alegro mucho de que te guste como escribo! :D y en este fanfic me he preocupado justamente de lo que recalcas, que es que los hombres no sean necesariamente fletos para demostrar sus sentimientos. Muchas gracias por leer, espero que este capítulo te haya gustado! :D
Dani: dfjsdhbgjksa, te extraño mucho ;o; aunque este no es lugar para decirlo, pero bueno xD. Gracias por leer! Ojala puedas leer este capítulo, si no, no te preocupes, yo entiendo, jaja. Sigue disfrutando muuuucho! (:
Ipi: aaaw, otra más que me deja solita en Santiago :c jaja. Gracias por leer! Y tienes toda la razón, ahora que aparecieron las "chicas" es que empieza a quedar la grande, jojojo. Ya vamos progresando, Marth ya no odia a Ike… ahora al menos lo soporta, jaja. Espero que leas este capítulo y te guste! :D
Rikku: si, es… extraño para mí hacer que Ike y Samus estén juntos y que Marth mire a Zelda de esa forma D: pero es necesario para que avance la historia xD. Gracias por leer, espero que este capitulo te haya gustado! (:
Zeldi-chan: gracias por leer! Me alegro que te haya gustado el MarthxZelda, disfrútalo mientras dure, jaja. Espero que te haya gustado este capitulo!
Wolfy Odonell: muchas gracias por leer! Me alegra que te guste el fanfic :D. No te preocupes, no tengo pensado abandonarlo! (:
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Debería ponerle tensión al asunto… así que haré un intento xD
¿Qué pasará en la fiesta de Zelda? o.o
¿Link de verdad está enfadado? ¿Y con quién precisamente? ¿Y por qué?
¿Habrá estado sólo bromeando Ike con sus comentarios cuando Marth se desvistió frente a él?
¿Ganondorf querrá vengarse de Marth? ¿Y cómo?
¿Qué pasó con Pit?
Bla bla bla… y un largo etc. xD, gracias por leer!
