¡Bienvenidos una vez más a un nuevo capítulo de la epopeya de Shinichi Handa!
No puedo mentiros: estoy muy hypeado con lo que va a pasar en este fic (aunque no debiera porque sigue sin valer ni para fregar el suelo con ello), pero este capítulo en concreto no tenía ni idea de por dónde pillarlo. Me he retorcido los sesos por hacerlo mínimamente disfrutable y, a su vez, ir enlazándolo con lo que va a ser el auténtico meollo del asunto. Las ideas no paran de llegarme, y no sé cómo voy a acoplarlas todas en el futuro. Pero, ¡eh! ¡Eso lo hace todo mucho más divertido! :D
Antes de dejaros con el capítulo, quisiera dedicarlo a tres personas muy especiales. La primera es Shimato, al que podríamos considerar como el primer ¿fan? que tuvo este fic, y al que estoy inmensamente agradecido por todo su apoyo. Los siguientes son Kvothe17 y BryceWithingale, quienes, de algún modo que jamás alcanzaré a comprender, le han cogido gusto a mis fics y hasta me piden que siga escribiendo, lo cual motiva que es una barbaridad. Son sin duda mis lectores más fieles, pues se beben todo lo que estas torpes manos escriben y me dan su opinión; ¡hasta me dejan alguna review por aquí! En serio, mil gracias a los tres; sois los mejores y me lo demostráis sin parar.
Oh, un último apunte: "trastatarabuelo" vendría siendo el abuelo del bisabuelo; yo no lo sabía, así que en fin, os dejo el apunte.
¡Y basta ya de ñoñerías que para eso ya tenemos al bueno de Handa-nyan! ¡Disfrutad del capítulo más random de "El rugido de la bestia"!
–¿Vosotros no erais seis? –preguntó con voz queda el eternamente malhumorado Akio Fudou.
Un día había pasado desde que, con la ayuda de Yuuto Kidou y Koutei, Shinichi Handa había conseguido aprender a invocar pingüinos como un auténtico profesional. Sin embargo, en el momento presente, tan sólo tres de los seis chicos que habían entrenado en el Teikoku el día anterior se hallaban de nuevo allí.
–Exacto, Fudou. Éramos –respondió secamente el joven Yuuto Kidou, acompañado por Kakeru Megane y Ryou Miyasaka–. El resto ya han terminado con lo que tenían que hacer aquí.
–¿…Me estáis diciendo que me toca cuidar de los negados? Pagarás por esto, Kidou. Sabes que no aguanto a los inútiles, y tú, además, me los traes a pares. ¿Y qué hay del sosaina?
–No le llames eso, el pobre Handa no tiene la culpa de no destacar. Él ya acabó aquí y se ha quedado en el Raimon con Endou; se ve que le tenía preparado uno de sus "entrenamientos especiales".
Todos los presentes se estremecieron salvo uno: el joven e inocente Reiichi Miyabino, quien, por suerte o por desgracia, no sabía nada de los nunca suficientemente duros entrenamientos a los que el energético capitán del Raimon sometía a sus amigos y compañeros de equipo.
–…Eso le pasa por ir pidiendo sopitas a los demás para que le ayuden. Idiota –refunfuñó el centrocampista comodín del Inazuma Japan.
–Déjale; al menos está dando lo mejor de sí. Tiene mucho mérito.
–Sí, lo que sea. ¿Y tú qué haces aquí, amigo Yuuto?
–Venía a echarte una mano con el entrenamiento de Miyasaka y Megane. A fin de cuentas, están aprendiendo nuestro hissatsu.
–Oh, PERFECTO. Un inútil más del que hacerse cargo…
–¿Someoka-kun…?
–¡Ey, Handa! ¡Cuánto tiempo sin entrenar los dos juntos!
Ryuugo Someoka, delantero tanto del Raimon como del Inazuma Japan, agarró afectuosamente a Handa por el cuello mientras le revolvía el pelo.
–¡M-me haces daño…! ¡Ayúdame, capitán!
–¡Ja, ja, ja! ¡Qué contentos se os ve!
El trío de fundadores se encontraba en medio del increíble campo de fútbol que el instituto Raimon poseía. Cuando supo lo que Shinichi intentaba conseguir, Ryuugo no pudo negarse a ayudarle. Después de todo, tanto él como el resto de los presentes eran expertos en el tema de la invocación.
–¿Por qué me has traído aquí, capitán…?
–¡Para ayudarte, por supuesto! Al fin y al cabo, ¡en el Raimon también sabemos invocar!
–No sé si esto es exactamente lo que Handa necesita, Endou.
–¡No digas tonterías, Shu-shu; toda ayuda es bienvenida! ¿Verdad, Shin-shin?
–Eh… Bueno, claro, pero… N-no estoy seguro. No sé si sabré…
–¡No te preocupes, Handa-san! ¡Ya verás cómo, entre todos, lo conseguimos!
–C-claro, Toramaru-kun…
Sabía que no debía, pero Handa se sentía algo frustrado. El fútbol no tiene nada que ver con la edad pero, aún así, ser ayudado por el joven Toramaru Utsunomiya provocaba cierto deje de celos e incluso depresión en la ya tocada autoestima del único fundador del Raimon que no fue al FFI. No es que se avergonzase de ello; reconocía que, pese a su corta edad, Utsunomiya era mucho mejor que él, pero le disgustaba pensar que los que un día fueron los mejores jugadores de Japón apenas habían tenido representación en el mundial.
–¡Vamos allá, Handa; yo te enseñaré cómo hay que hacerlo! –dijo Someoka, dispuestísimo.
–Pero, ¿y tú cómo aprendiste, Someoka-kun?
–Je, ya sabes que el Dragon Crash no es mío, pero sí sus formas mejoradas. Yo sólo usé lo aprendido para crear mi propio fútbol, tal y como debes hacer tú.
–¿Y tú, capitán…?
–Yo aprendí gracias al cuaderno del abuelo, ya lo sabes. ¡Y Gouenji aprendió de mí! Aunque claro, cada uno lo adaptó a su estilo.
–Bueno, sí; yo basé mi Bakunetsu Storm en la técnica de Endou, pero sólo porque me pareció una buena forma de darle potencia a mi disparo. En realidad es simple.
–¿Toramaru-kun…?
–Eh… Lo mío es más del estilo de imbuir poder al chut; ni siquiera estoy seguro de por qué el capitán me ha traído aquí…
–¡Todos podemos ayudar de algún modo, Tora-tora! ¿Qué te parece, Shin-shin? ¿Lo intentamos?
–Eh… Sí. Vamos.
Desde un punto de vista objetivo, Handa era el que menos animado parecía.
–Lo cierto es que ha sido bastante lamentab… –Kidou cortó la frase en seco en cuanto vio las caras de profunda decepción de sus compañeros de equipo tras tratar de realizar, una vez más, la técnica que habían ido a practicar. –…quiero decir, mejorable. ¿Queréis repasar la teoría?
–¡La sabemos perfectamente, Kidou-kun! –saltó Megane–. Saltar, girar y chutar. ¿Qué más hay que saber?
–Bueno, y el trabajo previo.
–¿Trabajo previo? –preguntó Miyasaka, desconcertado.
–Espera, ¿qué? Fudou, ¿no les has dicho lo que tienen que hacer con los pingüinos antes de poder chutar?
–Tch, pues claro que no. No malgasto mi saliva en obviedades.
–Dios, qué… A ver, chicos: ¿cómo pretendéis que los pingüinos os ayuden si no confían en vosotros?
–¿Qué no… confían? –inquirió de nuevo Miyasaka, ladeando ligeramente la cabeza–. ¿Pero eso no era lo que Handa tenía que hacer?
–De nada sirve que él invoque pingüinos si vosotros no vais a ser capaces de ayudarle a chutar, chicos.
–¿Y cómo se consigue que los pingüinos confíen en uno?
–Eso es sencillo. Basta con demostrarles vuestra fuerza como futbolistas.
Un silencio incómodo se hizo en el campo del Teikoku hasta que Fudou se echó a reír burlonamente.
–…No lo entiendo.
–No hay nada que entender, Shin-shin; ¡todo sale de dentro!
–¿Y cómo se supone que lo saco…?
–Ehm… ¡Yo lo saco del corazón!
–Lo mismo digo.
–Lo mío es concentrar energía en el pie.
–Como mi Dragon Crash.
Por mucho que el capitán del Raimon se empeñase, la reunión de jugadores no le estaba aclarando las ideas al centrocampista. De hecho, las pocas cosas que había aprendido junto a Kidou y Koutei parecían estar desvaneciéndose de su cabeza a cada palabra que decían sus compañeros de equipo. El silencio que se había formado fue roto por el último que había hablado.
–Handa, ¿qué hay de mi Wyvern Crash? ¿Es algo así lo que quieres conseguir? –preguntó animadamente Someoka, aún decidido a ayudar a su viejo amigo.
–Mmm, sí, creo que sí…
–¡Ja, ja, deberías haber empezado por ahí! ¡Te echaré una mano! ¡Vamos!
Ryuugo, decidido, agarró a Shinichi por la muñeca y se lo llevó a rastras hasta el punto de penalti más cercano, no sin antes coger una pelota. Mamoru, por supuesto, no necesitó una palabra para darse cuenta de que debía acompañarles; se situó ante la portería y se preparó.
–¡Vamos, Some-some!
–¡Prepárate, Endou!
Someoka saltó y cayó sobre el balón, rebotando en él y dando una voltereta hacia atrás. Un potente rugido a su espalda fue lo único que anticipó la llegada del poderoso dragón alado que, en cuanto llegó a la altura de aquel que le había llamado, comenzó a acumular una enigmática energía azul y brillante en la boca. En perfecta sincronización con el jugador, el dragón disparo su poderoso rayo celeste en cuanto Someoka chutó el esférico, imbuyéndolo de todo el heráldico poder que la bestia poseía.
–¡Wyvern Crash V3!
Una andanada de puñetazos explosivos cayó sobre el balón en cuanto éste estuvo lo suficientemente cerca como para que el cancerbero lo alcanzase.
–¡Bakuretsu Punch Kai!
A pesar de que cada golpe debilitaba el disparo más y más y de que la velocidad del hissatsu había aumentado considerablemente desde la última vez que Mamoru lo usó en un partido real, el disparo de Ryuugo acabó por sobrepasar la defensa del portero y se incrustó en la red con fuerza. El autor del tiro rió alegremente y le hizo un gesto cómplice al arquero con el pulgar.
–¡Es increíble, Some-some! ¡Cada vez eres más fuerte!
–¡Más me vale, Endou! No dejaré que nadie me supere tras haber llegado tan lejos –tras pronunciar estas palabras, se giró y miró a Shinichi–. ¿Te has fijado bien, Handa?
El aludido asintió, incrédulo. Tras ver la clase de poder al que, iluso de él, había tratado de llegar, no pudo evitar deprimirse. ¿Cómo se suponía que iba a hacer algo así?
Someoka no tardó en rodear los hombros de su amigo con el brazo. Los demás chicos se acercaron y le sonrieron.
–Lo conseguirás.
Las sonrisas no duraron mucho; una potente luz iluminó el ya soleado campo de fútbol, cegando momentáneamente a todos los presentes.
Y silbaron.
Dos escuadras completas de pingüinos, formada cada una por cinco aves, emergieron de la tierra como de costumbre.
Se quedaron mirando a los dos chicos.
Una risa general, parecida al eco del graznido de un pato, desmotivó enormemente a los jugadores del Raimon menos reconocidos.
–¿De verdad valemos para algo, Megane?
–¡C-claro que sí, Miyasaka-kun! O eso dice el capitán, al menos…
–Venga, venga, no os pongáis así. Podéis hacerlo. Tras pasar tanto tiempo con Endou, ya deberíais saber que todo puede conseguirse con el esfuerzo suficiente.
–¡P-pero…! ¡Nosotros no somos como vosotros, Kidou-kun! No tenemos talento…
–¡YA BASTA DE LLORIQUEOS, MALDITA SEA!
Fudou estalló. No aguantaba a tanto majadero quejica junto, y lo de ese momento era un desfile en el que se estaba mostrando a la auténtica "crème de la crème" del mundo de la estupidez. Apretó puños y mandíbula, conteniendo las ganas de cruzarles la cara a ambos de un tortazo.
–¿ES QUE NO SABÉIS HACER NADA QUE NO SEA QUEJAROS? ¡Dios, el otro día me disteis buena impresión, pero ya veo que no fue más que un momento de lucidez puntual! ¡Renuncio a ayudar a estos inútiles!
–¡Fudou, espera! ¡Dales otra oportunidad! –gritó Sakuma mientras Fudou se alejaba, más preocupado porque los esfuerzos de Kidou acabasen por no servir de nada que por los propios Miyasaka y Megane.
Fudou giró ligeramente la cabeza y miró a los recién llegados.
–…Así que otra oportunidad, ¿eh?
Akio dudó, pero pronto se decidió y señaló una cesta de balones que había a la espalda de los jugadores del Raimon al tiempo que un seco "servíos vosotros mismos" salía de sus labios. Los citados, aunque asustados, siguieron las órdenes del ex capitán del Shin Teikoku y cogieron una bola cada uno. Con un simple gesto de su dedo, Fudou indicó a Miyasaka y Megane que dejasen las pelotas en el suelo y, tan pronto como éstas tocaron el pavimento, frunció el ceño, esbozó una malévola sonrisa y señaló a los jugadores del Raimon.
–Atacad.
Al momento, los cinco pingüinos violetas que Fudou había llamado al principio se lanzaron en picado a atacar a Ryou y Kakeru, quienes, sorprendidos y aterrorizados, se quedaron inmóviles en el sitio.
–¿Qué hacéis ahí parados, imbéciles? ¡Demostradles a los pingüinos que podéis hacerles frente! ¡Vamos!
Miyasaka, aunque inseguro, tomó la iniciativa; se lanzó a correr hacia delante con expresión seria, mirando fijamente a los pingüinos y tratando, de algún modo, de amedrentarles. Siguiendo el ejemplo del novato, Megane, que temblaba como una hoja, echó a correr en la misma dirección que él.
–¿Y… y ahora qué, Megane? –preguntó Miyasaka sin dejar de correr.
–¿QUÉ? ¿¡Es que no sabes qué hacer!?
–¡Para nada! ¡Pero es que Fudou me da miedo!
–¡…E-esos pingüinos se nos van a comer…! –se quejó Megane mientras corría, al borde del llanto.
Una enfadada voz que venía de detrás de los pingüinos les gritó que dejasen de hacer tonterías y se preocupasen de conservar el balón a toda costa.
Miyasaka deceleró sensiblemente y frunció el ceño durante un momento.
–¡Quizás…! ¡Sí! ¡Esquivémosles, Megane!
–Pero, ¿cómo?
–¡Sólo podemos hacer eso…! ¡Demostrémosles que no somos unos inútiles!
–¡…Sí! –respondió Megane, animado de repente–. ¡Vamos allá, Miyasaka-kun!
–¡Sí!
Kakeru Megane se paró en seco y, con un rápido vistazo, analizó a los tres pingüinos que se le venían encima. Una serie de paneles llenos de datos aparecieron ante él, permitiéndole interpretar en cuestión de segundos los patrones de movimiento de los pájaros.
–¡Super Scan!
Milésimas antes de que los árticos animales llegasen a embestirle, consiguió driblar el cuero entre ellos y pasar él mismo por el único resquicio que dejaron; no obstante, el pésimo control de balón de Megane le hizo perder el esférico en el último segundo y éste salió desviado hacia la derecha, quedando en posesión de nadie.
Ryou Miyasaka aceleró todo lo posible y empezó a zigzaguear rápidamente de un lado para otro a tal velocidad que apenas podía vérsele, tal y como su senpai le había enseñado a hacer.
–¡Shippuu Dash!
Cuando los pingüinos le alcanzaron, desapareció por un instante y volvió a aparecer tras ellos, pero balón ya no estaba a sus pies; la costumbre de correr él solo en las pistas de atletismo le había hecho olvidarse del esférico en el peor momento posible, pues se había centrado demasiado en el simple hecho de esquivar él mismo a los animales.
Miyasaka y Megane se miraron el uno al otro a medida que la expresión de sus caras cambiaba. Se palpaba cómo la pena iba apoderándose de ellos poco a poco y sin remedio. Finalmente, el más joven y sin embargo más alto de los dos se lanzó a abrazar al "jugador estrella" del Raimon al tiempo que se echaba a llorar. Sin embargo, una mano amiga colocada sobre el hombro de Miyasaka les devolvió al mundo real.
–Chicos, mirad.
Los dos jugadores dirigieron su mirada hacia los pingüinos, a los que vieron grácilmente arrodillados, haciéndoles una sutil reverencia. Sorprendidos y desconcertados, dejaron de llorar.
–¿Qué… qué están haciendo? –preguntó el eternamente curioso Ryou.
–Tch. De alguna manera, han reconocido vuestro talento –dijo Fudou entre dientes mientras se acercaba a ellos, acompañado por Sakuma–. Aunque yo a ese talento lo hubiera calificado de inexistente.
–¡Pero si hemos perdido! ¡No hemos conseguido retener el balón! –sollozó Megane, aún con lágrimas en los ojos.
–No tiene nada que ver con superarles o no –se apresuró a decir Sakuma, harto de mantenerse al margen de la conversación–. Lo importante es demostrar lo que valéis. Y parece ser que lo habéis conseguido. Os han aceptado.
–¿En serio? ¡L-lo hemos conseguido, Miyasaka-kun! ¡Lo hemos conseguido de verdad!
Esta vez fue Kakeru quien abrazó a Ryou, pero la emoción fue violentamente arrancada de raíz por el insensible Akio.
–Por supuesto que no habéis conseguido nada, pandilla de idiotas.
Tuvieron que cubrirse los ojos para que la luz no les hiciese daño. A pesar del deslumbrante destello, Mamoru trató de vislumbrar qué o quién había provocado el estallido.
–¿Kanon? ¿Eres tú, verdad?
Tras unos segundos, cuando la luz desapareció, el grupo de amigos pudo ver cómo, en efecto, Kanon Endou, el bisnieto de Mamoru venido del futuro, estaba plantado ante ellos.
–¡Adivina adivinanza, Hii-jiichan!
–¿Qué? ¿Me vas a explicar qué es lo que pasa, Kanon? ¡Déjate de tanto misterio!
–Ah, sí, sí, claro… Ya sé que eso no te gusta.
Mamoru, ligeramente apenado por haber herido los sentimientos de su único descendiente conocido, estrechó a Kanon entre sus brazos con cariño antes de seguir hablando, a lo que el joven sólo pudo responder con un afectuoso achuchón y un suspiro de felicidad muy parecido a ésos que Mamoru soltaba cada vez que se encontraba con su propio abuelo, Daisuke Endou. Los compañeros de Mamoru se quedaron observando la escena con una sonrisa en sus labios; y es que, en mayor o menor medida, todos adoraban a aquel chico tan animado y atolondrado que tantísimo se parecía a su capitán, tanto en aspecto como en carácter.
–Venga, suéltalo ya. ¿Qué te trae por aquí?
–Verás… Quería proponerte algo. ¡Espero que no suene muy raro! Mmm, ¿te acuerdas de que me hablaste del Inazuma Eleven?
–¡Claro que sí! Te he hablado de ellos muchas veces; ¡era un equipo increíble, el mejor que ha conocido este instituto! –Mamoru se giró y sonrió nerviosamente a sus compañeros al notar cómo todas las miradas se clavaban en él–. …No os ofendáis, chicos.
–¡Pues yo no creo que eso sea verdad! –dijo Kanon, enfoscado–. ¡Yo creo que vosotros sois los más fuertes de todos, Hii-jiichan!
–¡Ja, ja…! ¡Creo que nos estás pidiendo demasiado, Kan...! –Mamoru paró en seco tanto de hablar como de rascarse la cabeza en cuanto volvió a sentir las penetrantes miradas de sus amigos en la nuca. El único que ya no miraba al capitán era Handa, quien creía que, al menos por su parte, Endou tenía razón. Él jamás sería un digno jugador del Raimon Eleven. Un jugador del que todos pudiesen sentirse orgullosos, un miembro valioso para el equipo. Así, sumido en su pesar, dejó salir un leve suspiro, inaudible para el resto.
–¡Para nada! –replicó el bisnieto–. ¡Y lo vais a ver vosotros mismos!
–¿Y cómo vas a hacer eso, Kanon? –preguntó Gouenji, acercándose al chico y metiéndose en la conversación.
–¡Voy a traer al Inazuma Eleven aquí dentro de una semana para que juguéis contra ellos y veáis cómo podéis derrotarles!
Un sonoro "qué" salió de las bocas de todos los presentes.
–Miyasaka, Megane. ¿Preparados?
–¡Sí! –respondieron los mencionados al unísono.
–Espera un segundo, amigo Kidou –interrumpió Fudou, dejando ver una sonrisa pícara–. Estos dos son míos.
Tras pensarlo durante un par de segundos, el estratega del Raimon asintió, dando así su consentimiento a Akio para que se ocupase él del asunto.
–De acuerdo, idiotas. Veamos qué sabéis hacer. ¡Tú, Miyabino! ¡Más te vale hacer bien tu trabajo!
Miyabino, que no se había movido de la portería ni siquiera para ver cómo Megane y Miyasaka hacían frente a los pingüinos, asintió nervioso y se preparó para hacer frente a lo que fuera que pudiese llegar. Si es que llegaba algo.
A la señal de Fudou, Megane, Miyasaka, los pingüinos y el mismo Fudou se lanzaron a correr hacia la portería, siendo él quien llevaba el balón.
Los gélidos animales siguieron y rodearon al trío mientras éstos se elevaban en el aire. Crearon un espacio dimensional que contuvo el balón en él y le inyectó potencia; una clara influencia del estilo de juego del Teikoku y su Death Zone. Giraron alrededor del esférico para, finalmente, golpearlo los tres a un tiempo con el tacón al grito de "Koutei Penguin San Gou". Los pingüinos se encargaron de corregir la trayectoria del chut, mandándolo, por fin, en dirección a la portería.
Miyabino saltó y acumuló energía en torno a sus manos, lanzándose inmediatamente en busca del balón en violento picado, como si de una aguja se tratase, mientras a su vez gritaba "Power Spike". Por mucho que lo intentó, el joven portero no tuvo nada que hacer ante el impresionante poder del disparo que, estaba claro, había sido completado por fin.
Los vítores y los gritos de alegría no cesaban en el campo del Teikoku, si bien los más intensos eran, sin duda, los de Ryou y Kakeru. Yuuto, Akio y Jirou intercambiaron sonrisas cómplices entre ellos, mientras que Reiichi, aunque dolorido, tampoco pudo contener la necesidad de unirse a la alegre celebración.
Una jovial melodía que hablaba de poder en las palmas de la manos y de darlo todo para proteger eso sonó a todo volumen de repente.
Kidou, que reconoció el tono de llamada de su móvil, se apresuró a contestar, pidiendo a su vez a sus compañeros que bajasen la voz.
–Dime, Endou.
–¡Yuuti! ¡Rápido, tenéis que volver al Raimon!
–¿Pero qué…? ¿Qué ha pasado?
–¡Ya os lo contaré en persona! ¡Daos prisa!
–Si tú lo dices… Ahora vamos, Endou. Hasta ahora.
Yuuto colgó y miró a sus compañeros, frunciendo ligeramente el ceño.
–Megane, Miyasaka. Nos vamos.
No sin antes despedirse debidamente de sus instructores, y especialmente de Fudou, los tres chicos se fueron a toda prisa del Teikoku. Mientras Akio sonreía malévolamente, Reiichi, desde la distancia, agitaba los brazos y les pedía a voz en grito que volviesen pronto. Para una vez que hacía amigos…
–¿Qué vas a hacer QUÉ? –preguntó incrédulo el bisabuelo tras colgar, aún sin poder creerse lo que había oído. El llamar a su viejo amigo Yuuto había sido prácticamente un acto reflejo.
–No… ¿no te parece bien? ¡Pero si ellos ya han aceptado!
Mamoru no respondió. No podía. Simplemente, clavó su vista en el suelo y apretó los puños.
–¿Hii-jii… chan?
–¿Endou? Ey, Endou, ¿estás bien?
–¿…Bien? ¿Bien? ¡JAMÁS HE ESTADO MEJOR, SHU-SHU! ¡JAMÁS!
Mamoru lanzó un grito de alegría al cielo, sorprendiendo así a todos sus amigos. Sin embargo, lo que vio a continuación le hizo extrañarse. Así, señaló al punto donde Kanon había aparecido envuelto en un estallido luminoso. No se había fijado, pero una figura estaba allí de pie. Una silueta que, precisamente él, nunca sería capaz de borrar de su mente en toda su vida.
–Kanon, ¿qué está haciendo él aquí?
–¡Je, je! Bueno, pensé que, visto el rival, que os entrenasen Hibiki-san, Kudou-san o incluso el trastatarabuelo os habría dado mucha ventaja, ya que ellos conocen al equipo, así que he buscado a alguien que os conoce muy bien a todos y que, además, ¡es un entrenador genial!
Aquel hombre se acercó lentamente, y lo que al principio era una silueta fue definiéndose hasta dar paso a un cuerpo perfectamente visible, a pesar de que la mayoría de los allí presentes no pudieran creerlo.
–C-capitán, ése… ése…
–Sí, Shin-shin. Ése de ahí soy yo.
¡Y se acabó! Hagamos un pequeño resumen: Megane y Miyasaka siguen luchando por dominar los secretos del Koutei Penguin, mientras que Handa, junto a un selecto grupo de jugadores del Raimon, trata, a su vez, de comprender cómo demonios se invoca. Aunque los primeros logran su propósito, su alegría no dura mucho, pues Endou les llama preocupado al saber que, gracias a su nieto Kanon, el Raimon que él capitanea va a enfrentarse al auténtico Inazuma Eleven en el plazo de una semana; idea que, por otra parte, deprime a Handa.
¿Qué clase de equipo es realmente el Inazuma Eleven? ¿Qué tiene planeado Kanon? ¿Y qué trama el que será el nuevo entrenador del Raimon durante este partido? ¡No dejéis de leer para enteraros de todos los detalles de "El rugido de la bestia"!
