Ohayo un saludo a todos aquellos lectores que han hecho de corazón traicionado su fic favorito :p, esta chica loca les da sus agradecimientos y espera que este capitulo sea de su agrado. Disculpen la demora.

Bueno pues Naruto es de Masahi Kishimoto, y la historia es de Carol Townend, de ahi enfuera algunas cosas cambiadas si son mias jajaja xD, okis sin más espero que disfriten el cuarto capi de esta adaptación.

Después de ponerse el velo y el griñón en la cabeza, Hinata sacó otra lámpara del almacén y la encendió. Luego, en lugar de ir a la cocina, se dirigió a los establos. Con la excusa de ir a comprobar si los caballos de los huéspedes estaban bien, quería asegurarse de que Shion no dejara rastros de su visita, ni de su huída. Quizá no aprobaba el hecho de que su Shion hubiera abandonado a Hanabi y al pueblo de su padre pero, desde luego, no iba a traicionarla diciéndoles a los caballeros hacia adonde había escapado.

En el establo había dos caballos de batalla, que hacían que el poni de la madre Chiyo pareciera pequeño. Uno era pardo y el otro color gris. Ambas llevaban monturas de caballero, con altas perillas en la parte delantera y unas alforjas de cuero. Colgada de una de las puertas estaba la cota de malla de uno de los caballeros de la orden del Mizukage Shodaime. Un yelmo de metal brillaba a la luz de la lámpara, colgando en un gancho que había en la pared, y el escudo con forma de hoja y una espada enfundada estaban apoyados contra la pared. Sir Gaara llevaba consigo la espada y el yelmo, así que aquello debía ser de sir Naruto.

Mirando la espada Hinata tragó saliva y trató de borrar la imagen de sir Naruto blandiéndola contra la gente de Zurungakure. El caballo pardo dio un paso adelante y tenso las riendas mientras se volvía para mirarla, Hinata nunca había visto un caballo así. Era mucho más grande que un caballo de Konoha, rodeando a los caballos, se dirigió hacia la última cuadra, donde Shion y su acompañante habían guardado sus ponis durante un rato.

Alumbrando con la linterna, comprobó que solo quedaba el rastro de la paja revuelta y del estiércol fresco. Hinata salió de los establos y se adentro en la oscuridad de una noche ventosa y sin luna, cubriéndose con el fino hábito que llevaba, se dirigió hacia la valla del lado norte para destruir cualquier huella que pudiera quedar. Estaba a mitad de camino cuando oyó que, detrás de ella, se abría la puerta del lado sur. Se volvió para mirar y se quedó paralizada.

Bajo la tenue luz de la antorcha de la casa de la guardesa, sir Naruto Uzumaki vigilaba la apertura de la verja, con su capa pegada al cuerpo por culpa del viento. Afuera, una tropa de hombres a caballo esperaba en la oscuridad con sus yelmos de metal y los escudos encarados al suelo.

-Por aquí.- se oyó la voz de sir Naruto sobre el viento. –Sólo hay sitio para un par de caballos más pero, al menos, los demás estarán más seguro aquí dentro.

Los hombres murmuraron para demostrar que estaban de acuerdo y entraron en el convento formando una fila, Hinata se fijó que en la capilla y en la cocina había movimiento y supo que no era la única del convento que estaba observando la entrada de los conquistadores del agua.

Una risita nerviosa se escucho en la cocina, y al instante, el inconfundible sonido de una bofetada. La puerta de la cocina se cerro de un portazo. Uno de los hombres de la tropa hizo un comentario, y el resto comenzó a reír. A pesar de que Hinata no comprendió sus palabras, supo que habían bromeado acerca de las monjas, una única palabra de sir Naruto basto para hacerlos callar.

Dentro del jardín, los hombres desmontaron de los caballos y soltaron las armas. Sin el yelmo, Hinata comprobó que aquellos soldados no eran mucho mayores que ella. Jóvenes nerviosos, cansados, hambrientos y a muchas millas de su casa. Hinata frunció el ceño, parecían niños, pero no debía olvidar que eran niños entrenados para matar.

Sir Naruto se volvió hacia Hinata y ella sintió que le daba vuelco el corazón.

-Rock Lee, revisad las monturas de Kyubi, ¿queréis?- dirigiéndose a uno de sus hombres. –y convenced a la guardesa para que encienda el fuego de la casa de huéspedes, no queremos dormir en una fresquera.

-Sí, señor.

Entonces, sir Naruto se dirigió hacia donde se encontraba Hinata sin dejar de dar órdenes a sus hombres.

-Rock Lee, esta noche mantendréis las guardias de siempre.

-¿Incluso en este lugar, señor?

-Incluso en este lugar, haréis guardia de cuatro horas, todos necesitamos dormir.

-Sí, señor.

Cuando alcanzó a Hinata, la saludó con una pequeña reverencia, dudando de si se estaba mofando de ella o no, Hinata permaneció quieta con la lámpara a su lado. Sin duda, aquel caballero tenía un extraño efecto sobre ella, una vez más le costaba respirar y tenía el corazón acelerado. Debía de ser el miedo. O el odio. ¿O quizá sólo que no estaba acostumbrada a la compañía de los hombres?

Él miró hacia la verja del norte y frunció el ceño.

Hinata movió la lámpara para que la luz no incidiera sobre las huellas que podían ser visibles.

-¿Señor?

-¿No vais a decirme a dónde se marchó vuestra hermana?

-Yo… ¡no!

La expresión de él se endureció.

-Así no le estáis haciendo ningún favor.

-¿Cómo así?

-Si cree que rechazándome y huyendo se aliará con la resistencia hasengakureña, será peor para ella cuando la capturen. Y la capturarán, al final. Porque cuando el Mizukage Shodaime se propone algo, lo consigue.

-Sir, es cierto que mi hermana vino a St. Ouke. Y es cierto que se ha marchado, pero no me dijo a dónde se dirigía.

-Podría creeros.- dijo él, cruzándose de brazos y mirando hacia la valla del lado norte. –si yo quisiera huir, marcharía al norte, puesto que nuestras tropas ya han ocupado el sur. ¿Qué opináis, lady Hinata? ¿Es razonable lo que digo?

Hinata se encogió de hombros, tratando de aparentar despreocupación. A aquel hombre no le gustaría que lo engañaran, y eso era lo que ella trataba de hacer… Engañarlo. ¿Cómo habría reaccionado su padre si hubiese estado en el lugar de Naruto Uzumaki? La respuesta era sencilla, su difunto padre, un hombre orgulloso e impaciente, le habría sacado la verdad a palos.

¿Y Naruto Uzumaki le pegaría para obtener la verdad? Ella lo miró pero, puesto que estaba a contraluz, no fue capaz de ver la expresión de su rostro. ¿Habría visto las huellas de los caballos?

Sin duda, estaba mirando en esa dirección…

Para distraerlo ella comenzó a hablar.

-En realidad, sé pocas cosas acerca de esos asuntos, podéis pegarme, si queréis, pero no conseguiréis que sepa más de lo que sé ahora.

-¿Pegaros?- dijo sorprendido. –yo no les pego a las mujeres.

Hinata suspiró, la mayoría de los hombres pegaba a las mujeres, su padre lo había hecho, él la quería, pero eso no le había impedido pegarle en numerosas ocasiones, sobre todo cuando, al principio, ella se negaba a entrar en el convento. Las palizas habían sido parte de su vida e, incluso en el convento, habían continuado. Para la madre Chiyo, el castigo físico era una manera de inculcar disciplina y humildad a las monjas que estaban a su cargo.

-Yo no les pego a las mujeres.- repitió él.

Hinata se mordió el labio, el caballero parecía sincero.

-¿Ni siquiera cuando os hacen enfadar?

-Ni siquiera.

Él poso la mirada sobre los labios de Hinata y ella, a pesar de su falta de experiencia, supo que estaba pensando en besarla. ¿Cómo una forma de castigo? ¿Y a ella le agradaría? Nunca había besado a un hombre y a, menudo, se había preguntado qué se sentiría.

Sorprendida por el contenido de sus pensamientos, Hinata dio un par de pasos atrás.

-Tened cuidado, señor… Si lo que buscáis es gobernar las tierras de mi padre, puede que descubráis que los guantes de terciopelo no son suficientes.- frunció el ceño. -¿Qué le haríais a mi hermana, si regresara?

Al rechazarlo su hermana gemela había ofendido al caballero y era posible que él quisiera vengarse. Por otro lado, era posible que él hubiera oído hablar de la belleza de Shion puesto que ella se había dedicado a cuidarla todo lo contrario de ella, y quizá por ello él todavía quisiera casarse con ella. Al percatarse de que la última opción no le resultaba buena, ella se quedó confusa, que extraño…

Sir Naruto era su enemigo, por supuesto. ¿Qué clase de mujer desearía que su hermana se casara con un enemigo?

Sir Naruto la miraba detenidamente.

-¿Qué le haría a vuestra hermana? Eso, lady Hinata, dependería.

-¿De qué?

Él tardo unos instantes en contestar. Del establo provenía el sonido de las armaduras y algunos retazos de la conversación que mantenían los hombres mientras preparaban a los caballos para pasar la noche. El viento penetraba a través de la ropa de Hinata, y ella no pudo evitar estremecerse. Naruto miraba hacia la valla del lado norte y a Hinata le parecía que estaba sonriendo, pero no estaba segura.

-De ciertas cosas.- murmuro él.

Y tras esas palabras, el caballero suno a quien la hermana de Hinata había rechazado, hizo una reverencia y se dirigió al establo.

-¡Genma!- llamó.

-¿Sí?

-No os pongáis demasiado cómodo.- dijo sir Naruto. –tengo un encargó para vos.

Su voz se desvaneció a medida que él y su subordinado se alejaron.

-Quiero que reunáis a un par de voluntarios…

Deseando tener más tiempo para acostumbrarse a lo que había sucedido durante el día, Hinata se dirigió hacia la cocina tambaleándose. Al abrir la puerta de madera, un agradable calor le dio la bienvenida.

La hoguera de la cocina estaba encendida y el humo escapaba por la chimenea del techo, un caldero tiznado de negro colgaba de una viga en el centro del fuego. A un lado de la hoguera, había una olla hirviendo. En el espetón había varios pollos asándose. Hinata respiró hondo. Pollo asado al romero. Los pollos no eran para las novicias, pero eso no impedía que se le hiciera agua la boca, dos novicias estaban a cargo de la cena, Sasame, la única amiga de verdad que Hinata tenía en el convento, y Amaru. Con una mano, Ten-Ten estaba removiendo el contenido del caldero, y con la otra, lo sujetaba con la ayuda de un paño grueso. Igual que acostumbraba a hacer Hinata cuando trabajaba, llevaba las faldas del hábito arremangadas hasta las rodillas, para no quemárselas con las llamas, y las botas de cuero evitaban que las brasas le alcanzaran los pies. Se había quitado el velo y el griñón y una trenza larga colgaba sobre su espalda.

Amaru estaba amasando el pan sobre una mesa. Dejaría que las hogazas crudas subieran durante la noche y pos la mañana las untaría con un poco de leche y las recubriría con semillas de amapola.

Parte del entrenamiento de las novicias consistía en que aprendieran todos los quehaceres del convento. Hinata sabía cómo hacer el pan y cocinar los diferentes potajes que comían las monjas. El potaje era la comida habitual a menos que fuera un día especial. Aquella noche, el aroma que salía del caldero no era uno de los favoritos de Hinata, sin embargo, le resultó muy tranquilizador observar aquella rutina de sus compañeras en aquella inquietante tarde.

Allí, en la cocina, todo parecía normal. Tan normal que le costaba crees que una tropa del Mizukage hubiera invadido el convento.

-¿Nabo y cebada?- preguntó Hinata arrugando la a nariz.

Sasame asintió.

-Sí… para nosotras. La madre Chiyo y las hermanas de su rango cenarán pollo.

-Tenemos huéspedes.- le dijo Hinata. –querrán tomar algo más que sopa de cebada.

-Lo sé, ya los he visto.- Sasame sonrió y le señaló la marca roja en su mejilla, con la forma de la mano de la madre Chiyo. –la madre superiora se te ha adelantado, e insistió en que los soldados tomarían lo mismo que las novicias. Ah, excepto que ellos pueden tomar un poco de ese queso…

-¿De eso que encontramos en el fondo de la despensa?

-De eso.

-Sasame, no podemos hacer eso. ¿No hay nada mejor?- Hinata y Sasame habían encontrado un queso lleno de moho mientras limpiaban la despensa.

Sasame puso una mueca y se tocó la mejilla enrojecida con el paño de la cocina.

-No merece la pena, Hinata. Vendrá a comprobarlo, y piensa cuántos Ave Marías te hará rezar y cuántos días de ayuno te hará pasar si…

-No, no lo hará. Me marcho.

Y cuando Sasame y Amaru se volvieron para mirarla, Hinata les contó todo lo que había sucedido con su hermana Shion, la llegada de sir Naruto, y cómo ella le había hecho una propuesta indecorosa.

-Ya ves, Sasame.- se apresuró a terminar. –debemos despedirnos está noche, puesto que marcharé con esos caballeros a primera hora de la mañana. Regreso a Konoha.

Mientras Sasame la miraba boquiabierta, Hinata se volvió hacia la puerta.

-Vigila el potaje, Sasame. No lo has removido desde hace mucho.

Hinata decidió pasar unos minutos en la capilla para tratar de calmarse y de asimilar su nueva situación. No era fácil. Estaba a punto de abandonar el mundo femenino de la oración y la contemplación para adentrarse de nuevo en el mundo que había dejado atrás… El mundo de su padre. Se estremeció. El mundo de su padre era un mundo de soldados, donde se libraban batallas y se derramaba sangre.

Y por eso, ella debía regresar. Alguien tenía que cuidar de su hermanita y de las gentes de su padre. Le había resultado muy difícil abandonar la vida secular para entrar en el convento y, aunque no sentía pasión por la vida en St. Ouke, no esperaba que el regreso al mundo exterior le resultara algo sencillo.

Había un soldado que no dejaba de aparecer en su cabeza. Recordó la propuesta que ella le había hecho y también cómo él la había ignorado. Sri Naruto descolocaba su pensamiento. Pero iba a tener que superar el temor que aquella situación le producía, si quería ser capaz de cuidar de Hanabi y de las personas de Konoha. Hinata continuaba pensando cuando Sasame la interrumpió para decirle que ya era hora de servir la cena a los inesperados huéspedes.

Los soldados se sentaron alrededor de una mesa improvisada, en la sala de huéspedes. Desde el momento en que Hinata entró por la puerta, se fijó que sir Naruto estaba sentado junto a sir Gaara, en un banco, al otro lado de la mesa. A propósito, ella se esforzó en mirar para otro lado. La luz de las velas de sebo que habían colocado en los apliques de la pared desvirtuaba el rostro de los comensales. Habían encendido la chimenea central y el humo escapaba por el agujero del techo, empapado por la lluvia de semanas atrás. Se necesitaría más de una noche con la chimenea encendida para que desapareciera la humedad.

Los hombres hablaban y reían. A Hinata, acostumbrada a las voces femeninas, le resultaba extraño el sonido de las voces masculinas. Le temblaban las manos y se sentía un pez fuera del agua. Moviéndose alrededor de la mesa, dejó dos jarras llenas de cerveza que solían servir con las comidas. Ella no era la persona más adecuada para darles la bienvenida pero la actitud de la madre Chiyo era vergonzosa. Las monjas tenían velas hechas con cera de abeja que ardían de manera más lenta y desprendían un aroma más agradable que las de sebo que chisporroteaban y producían humo maloliente y negro… ¿por qué no les habían llevado algunas? Para empeorar las cosas, la madre superiora había insistido en que encendieran la chimenea empleando madrea fresca. El resultado era inevitable, un fuego que chisporroteaba y más humo todavía.

Sir Gaara tosió y agitó la mano delante de su cara.

-Aquí se está peor que en el infierno.- dijo él.

Hinata miró de reojo a sir Naruto, él estaba apoyado sobre un codo, observándola. Murmuro algo a su amigo, sin dejar de mirarla.

Ella se sonrojó, agachó la cabeza y se acerco al caldero de potaje. Se concentro en servir el caldo en los cuencos de madera e intentó ignorarlo, sin éxito. Y pensar que le había propuesto matrimonió… ¿Qué opinión tendría de ella?

-¿Dónde está Genma?- murmuró sir Gaara.

-Ha ido a hacer un pequeño recado.- contestó sir Naruto.

Sir Gaara bajó el tono de su voz y a Hinata le pareció oír el nombre de su hermana. Trató de prestar atención, pero la respuesta de sir Naruto era inaudible, y mirándolo de reojo, a Hinata le pareció ver que se llevaba el dedo índice sobre los labios.

Sasame dejó el queso mohoso y varias hogazas de pan sobre la mesa. Sir Gaara bebió un sorbo de cerveza y puso una mueca.

-Cerveza de Hasengakure.- murmuró. –Nunca sirven vino incluso aguamiel sería mejor que esto.

Aparte del comentario que había hecho sir Gaara acerca de que no sirvieran vino, Hinata no escucho ninguna otra queja. Pero cuando dejó un cuenco de caldo humeante delante de Naruto Uzumaki, oyó que le rugía el estómago. Consciente de que el potaje no llevaba carne, y de que le habían ordenado que sirviera raciones de novicia, una cantidad que no llenaría el estomago de un hombre alto y fuerte como sir Naruto, Hinata lo miró a los ojos.

-La generosidad de la madre Chiyo no tiene límites.- dijo él mojando un pedazo de pan en el cuenco.

-La madre Chiyo me ha pedido que os diga que nuestra orden ha empobrecido a causa de la guerra.- dijo Hinata. –Os pide disculpas por le sencillez de nuestra comida.

-Me apostaría a que también ha dicho que puesto que somos hombres temerosos de Dios, no nos importaría el menú de Cuaresma en lugar de una comida de verdad.

El comentario se sir Naruto era tan próximo a la verdad que Hinata se tuvo que esforzar para no sonreír. De manera recatada, asintió:

-Así es. La madre Chiyo también dijo que en vuestro caso, y el de sus hombres, éste menú sería el más adecuado, ya que todos los hombres que lucharon en Ganamakure deberían hacer penitencia por cada hombre que hayan matado.

Él la miró, masticando despacio. Sir Gaara se atragantó con la bebida, y uno de los soldados soltó una carcajada.

-¿Sabíais que vuestra santidad el papa ha bendecido nuestra causa en lugar de la de vuestro lord Hokage, el quebrantador de juramentos?- preguntó sir Naruto, arqueando una ceja.

-No lo sabía.

-No, imaginaba que vuestra superiora se guardaría ese dato tan interesante para sí.- estiró la mano hacia la bandeja de queso y, tras mirar el contenido, la retiró sin tocarlo. –decidme, lady Hinata, ¿todas las monjas comen esta…? ¿Este menú?

-Las novicias, sí… Excepto el queso.

-¿Llamáis queso a esto?

-Sí, señor.

-Lo guardáis para los invitados especiales, ¿verdad?

-Sí, señor.- contestó Hinata, disimulando una sonrisa.

-¿En vuestra orden, todas coméis así?

Pensando en los pollos que habían asado para la madre Chiyo, Hinata tuvo cuidado para no mirar a Sasame, pero el color de sus mejillas la traicionó.

-Sí.- murmuró él. –es toda una orgullosa hasengakureña. Alguien que nos negaría todo lo que pudiera. Habría jurado que hace rato olía a pollo.

Hinata lo miró fijamente, pero él la miró con aparente indiferencia.

Murmurando a modo de contestación, Hinata retrocedió y regreso juntó al caldero de potaje. Le pidió a Sasame que sirviera el resto de los platos y así consiguió evitar tener que hablar con sir Naruto durante el resto de la cena. Tan pronto como pudo, Hinata se disculpó y dejó al nuevo señor de Konoha para ir a recostarse, le quedaban pocas horas para hacerse a la idea de que se había puesto a merced de un hombre que había invadido las tierras de su padre. Y confiaba en que fuera tiempo suficiente.

¿Qué había hecho?

Cuidense todos¡ agradesco su apoyo ^^, hasta el siguiente capi.