Epílogo:
Kanae miró por la ventana de la cocina la tranquilidad de una fresca mañana. Preparar el desayuno era una de las partes favoritas de su día, pues a esa hora no había ruidos, gritos ni interrupciones.
«Gracias al cielo que no debo cuidar más a esos perros», pensó con felicidad.
Días atrás Chopin había mejorado y, en cuanto recuperó algo de fuerza, Kanae casi le suplicó que utilizara su musik para regresar a sus inquilinos a la normalidad. Y así, volvió la paz a la Otowakan.
O eso creía Kanae, hasta que a sus oídos llegaron las notas de una nueva musik.
— ¿Por qué me pasa esto a mí?
