Una semana después, la mujer de cabellos azabache se levantó sintiéndose terrible en todo sentido de la palabra. Stanley lo notó, al igual que los empleados de la mansión. Y eso, no era más que simple perfección. El médico mostró su completa (y poco sincera) preocupación por la mujer, quien se negaba una y otra vez a sus atenciones, diciendo que simplemente era cansancio y que desde hacía unos días había estado repleta de pequeños problemas con los bienes raíces. Pues administraba junto a su madre un pequeño conjunto de casonas al otro lado de la ciudad, casi a las afueras.
El médico continuó insistiéndole sobre su mal aspecto, mencionando que quizá debería llevarlo él mismo al hospital para que pudieran revisarla con una mayor atención, pero ella siguió negándose. Stanley dejó de insistir y se fue al hospital con algo de remordimiento puesto que era necesario que se quedara para ver algún avance, necesitaba verlo, lo ansiaba. Con las manos sudorosas por la ansiedad entró al edificio contoneándose, casi temblando por la emoción. Quería que su jornada terminara de la manera más rápida posible.
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Abrió la enorme puerta de madera encontrándose con una escena bastante inusual. Cerró la puerta a sus espaldas y caminó rápidamente hasta centrarse en la mujer que yacía en cuclillas junto a las escaleras que llevaban hacia las alcobas, su vestido esponjado estaba arrugado y su cabello desaliñado. Tenía la cabeza gacha y se notaba que respiraba con dificultad culminante.
Un pequeño destello de luz se dejó ver en los zafiros del hombre cuyo rostro estaba ensombrecido por la poca iluminación del lugar. Reclinó un poco su cuerpo para adelante llegando a observar la nuca blanquecina de la mujer.
—Wendy —susurró haciendo que su aliento rozara con la piel expuesta de la pelinegra provocando que se le erizara y se levantara del susto. La mujer logró sostenerse del barandal para después girar lentamente hacia la tenebrosa voz que le había llamado encontrándose con su adorado esposo. Soltó el aire que llegó a contener por la sorpresa y sonrió sin muchas ganas.
—Stanley, me asustaste —dijo con un hilo de voz llevándose una mano al pecho.
En el momento que se giró, Stanley pudo apreciar mejor por completo su estado. Parecía haber estado sudando por fiebre y su rostro estaba más pálido de lo que solía estar, sin contar con las ojeras que se asomaban por sus ojos púrpura. El médico le miró completamente serio sin corresponder a la mirada que le enviaba la mujer, ni a la frase quebradiza que llegó a murmurar. Procedió a hacerle saber sobre su deplorable estado.
—En serio, estás hecha un completo desastre. Wendy, no te encuentras bien —la mujer suspiró.
—Claro que lo estoy, es simple cansancio, ya te lo había dicho. Debe ser por el estrés que me siento así, iba a ir a recostarme cuando llegaste —contestó satisfaciendo al médico con la respuesta, pues ya se esperaba algo como eso y no se negaría a retroceder si la mujer así lo pedía.
— ¿Recostarte estando de cuclillas contra las escaleras? —inquirió con algo de ironía provocando que la mujer se ruborizara. Testaburger no mencionó nada sino que se giró hacia las escaleras comenzando a subirlas tortuosamente lo que le dio gracia al médico. La observó desaparecer por el pasillo y giró sobre sus talones yendo al pequeño estudio al final del pasillo donde solía hacer sus anotaciones sobre algunos asuntos.
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Caos, desorden, desestabilización, histeria. Así se vio envuelta la tarde del médico Stanley Marsh, quien no se notaba muy afectado por el ambiente tan pesado que le rodeaba.
Su "amada" Wendy Testaburger simplemente no había despertado. La pequeña siesta que tomó cuando él había llegado, fue una siesta para jamás despertar, lo que alertó increíblemente a los empleados e incluso a sí mismo puesto que no sabía que aquel polvillo iba a funcionar de manera tan rápida. Fue muy extraño que reaccionara de esa forma al medicamento puesto que se veía completamente sana, pero al parecer la apariencia no importaba a la hora de la muerte. Quizá se debió a los momentos de tensión que había estado sufriendo.
Stanley se encontraba de pie junto al sofá doble de la sala, en el que la madre de su difunta esposa estaba sentada, muy apaciguada, demasiado tranquila. Marsh sabía que la señora Testaburger solamente se estaba conteniendo para no romper en llanto, intentaba ser fuerte por su esposo. Los zafiros del médico siguieron los pasos apresurados de los empleados alterados. Una imperceptible sonrisa adornaba su rostro. Sinceramente, no era capaz de mentir en un momento como ese, estaba feliz de que todo saliera como lo había previsto, aunque se haya apresurado un poco. Aquella fatídica tarde había decidido pasar un mayor tiempo en la diminuta habitación, y dejar a su esposa disfrutar por última vez la mullida cama que solían compartir. Oh, carne inocente. Al menos sabía que la mujer había dormido para siempre sin cambiar sus sentimientos hacia él, sin sospechar un mísero momento sobre lo que podría ser capaz.
Los empleados de la mansión corrían de un lado a otro llevando cosas de su difunta mujer, la irían a preparar para sepultarla esa misma noche. Stanley se masajeó la cien, esos empleados no podían ser más que ruidosos, estaba ahí para evitar cualquier problema, para que viesen que estaba preocupado y que no lloraría para no mostrarse débil frente a otros, quienes creían que su amor por la pelinegra era verdadero. Soltó un suspiró cansado, ya se había hartado de estar fingiendo un cuento de hadas lleno de mentiras, mejor terminar con todo aquello. Pero claro, el divorcio no era una opción, la avaricia no le dejó tomar otra decisión. La satisfacción de ver el pálido rostro inerte de la mujer no podría compararse con nada.
Se ahorró unas carcajadas cubriéndose la boca con una mano mientras fingía toser. La mirada destrozada de la señora Testaburger le embargó, atinó a sonreírle en consuelo para tranquilizarla un poco, sin lograr mucho pues los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas volviéndolos cristalinos. Hasta ahí había llegado la fuerza de la señora. Chasqueó la lengua.
Se vio tomando asiento junto a la mujer para después estrecharla en sus brazos, quizá en un intento por reconfortarla. Y para qué culparla, no tenía a ningún hombre que la sostuviese ahora, ya que el padre de su difunta esposa había fallecido en un viaje que tuvo a Europa; Palmeó con suavidad la espalda de la mujer por varios minutos hasta que un joven mozo se les acercó.
—Mi señora —llamó a la mujer. —El cuerpo yace listo para comenzar la ceremonia, se necesita que esté presente. También usted, Dr. Marsh —murmuró el joven con porte elegante. La señora Testaburger asintió a duras penas.
Stanley arrugó la nariz, eso de la ceremonia se le hacía tan tedioso. Innecesario. ¿Por qué no simplemente iban al cementerio y le daban una sepultura digna a quien solía ser su mujer? Sacudió la cabeza y procedió a levantarse del sofá.
—Seguro —respondió simplemente ofreciéndole la mano a la señora para que se levantara. Dejó que el joven les guiara hasta el vehículo. Aquel día el cielo yacía nublado y el viento era frío. Un clima bastante agradable para Stanley. Vistiendo de negro pulcramente sobrio bajó los escalones de la estancia con lentitud, evitando pisar cualquier rastro de tierra, no queriendo que el polvo ensuciara sus caros zapatos.
El trayecto hacía la iglesia donde se llevaría a cabo la ceremonia no era muy largo, así que no les tomó mucho tiempo llegar. Cuando Stanley bajó del vehículo pudo sentir el pesar en el aire. Rodó los ojos con fastidio. La muerte era algo hermoso, por qué se lo tomaban tan a pecho. Caminó con elegancia, y con el rostro en alto, hacia el interior del recinto. Pasó por medio del pasillo que daba hacia el altar con aires de superioridad, sintiéndose inquebrantable por aquel asqueroso ambiente. Llegó a las primeras bancas cercanas al modesto ataúd de su mujer y tomó asiento lentamente esperando a la señora Testaburger para que todo diera inicio y acabara igual de rápido.
Fue una ceremonia bastante funesta. Llena de ambigüedad. No podía saber quiénes eran los que verdaderamente se encontraban tristes y quienes, como él, sólo fueron para no quedar mal frente a los demás. Miraba atentamente desde la banca a todos los que pasaban a darle una última mirada a la mujer que se encontraba dentro de la caja de madera, los rostros eran diferentes, algunos completamente desconocidos y otros demasiado cercanos a su persona. Varios se acercaron para darle las condolencias a él y a la madre de la joven. Con un simple asentimiento de cabeza les agradecía por encontrarse ahí con ellos en ese fúnebre día.
Cuando todo terminó y la mayoría de las personas se habían ido, se tomó un respiro aflojando la corbata de su traje. Solamente faltaba que llevaran a la difunta al cementerio y terminara todo en la sepultura de su cuerpo. En ese pequeño templo, o parroquia, yacía un pequeño cementerio, exclusivo para aquellos de alta clase. La familia Testaburger tenía su propio espacio reservado, aunque nadie creyó que fuese a ser ocupado tan prematuramente por la única primogénita.
Cuando Stanley miró la tierra caer sobre la madera por fin cayó en la cuenta de que todo estaba ocurriendo de verdad, era real. No era ningún sueño retorcido creado por su propia mente. Ahogó una sonrisa cuando se palpó la tierra para que quedara plana, sin ningún borde y las flores caían sobre los grumos. Tenía una pequeña rosa blanca en sus manos así que se acercó a la piedra negra y brillante, donde el nombre de su esposa junto con la fecha de su deserto estaban escritos, y la colocó suavemente.
—Así que, esto es real—susurró acariciando el nombre de su difunta mujer con una media sonrisa.
Regresando a la mansión se mantuvo en silencio, estaba muy tranquilo, a comparación con cualquier otro que hubiera perdido a un ser amado.
—No puedo sacarte de ahí —dijo de pronto la señora, ganándose la atención de Stanley. —Sigues siendo parte de la familia, Stanley, esa casa seguirá siendo tuya. No tengo corazón para arrebatártela, estoy segura que Wendy querría que te quedaras ahí.
—No se preocupe, si quiere yo— iba a decir sobre sus terrenos en Europa, pues había conseguido el suficiente dinero para poder comprar tierras allá, lugar donde también se encontraba su familia, padre y madre, puesto que fue caritativo con ellos y logró hacer que se mudaran a una modesta colonia en Inglaterra donde vivían atendidos perfectamente mientras que su hermana estaba en Sur América por algunos asuntos que debía atender a causa de su trabajo como inversionista. Pero se vio brutalmente interrumpido por la voz de mujer.
—No, tú te quedarás. Además aún falta saber sobre los últimos deseos de mi querida Wendy —murmuró quebradamente la señora bajo la mirada color zafiro de Stanley.
—Cierto —fue lo único que logró pronunciar el médico, había olvidado por completo el día en que había acompañado a su difunta mujer para dictar los términos de su testamento. Recordó, también, tener que esperar afuera de la oficina por ser asuntos privados con la Testaburger.
Al llegar a la estancia, se preocupó por ayudar a la mujer a bajar del vehículo al igual que la guio hasta el interior. Su aspecto se había deteriorado notablemente en el transcurso del día, yacía con su maquillaje corrido, llegaba a notarse algo desarreglada, demacrada, el dolor yacía palpado en cada una de sus facciones. Stanley dedujo que si seguía así, tarde o temprano, ella también moriría por la devastación que rodeaba inminentemente su ser.
—Si gusta, hoy puede quedarse aquí —dijo ladeando un poco la cabeza, esperando una negativa por parte de la mujer.
La señora Testaburger llevó su mirada hacia el joven médico, hizo una mueca que llegó a interpretarse como una sonrisa y negó con suavidad.
—No quiero incomodarte, querido. Te ves cansado, no quisiera molestarte estando en tu hogar —soltó un suspiro melancólico —Si me quedo más tiempo no podré soportarlo, hay tantos recuerdos de Wendy por todas partes.
—Su aroma quedó impregnado —murmuró Stanley mirando fijamente a la mujer que yacía de pie junto a la puerta. Un asentimiento secundó su comentario. Rodó los ojos, se estaba volviendo demasiado molesto.
—Bien, yo… yo me retiro. Cuídate querido —intentó esbozar una sonrisa la mujer, siendo completamente fallido, no se encontraba en todas las posibilidades de sonreír abiertamente, quizá nunca lo volvería a estar. Dio media vuelta y salió del lugar lentamente, encorvándose y comenzando a temblar por los sollozos que se atoraban en su garganta formando un nudo insoportable. No se pondría a llorar enfrente de aquel amable hombre, no era el momento indicado, se mostraría fuerte. Antes de cerrar la puerta metálica escuchó la voz lejana del médico.
—Usted debería cuidarse, Señora Testaburger. La depresión podría causar problemas —miró al joven de cabellera negra. Los zafiros brillaban con intensidad, demasiada, fue tanta que le hizo sentir un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Pasó saliva con dificultad asintiendo de la misma manera. Aquel joven era muy misterioso. A pesar de haber estado con él por tanto tiempo, aun no podía leerlo adecuadamente.
Una vez perdió el vehículo, en el que iba la mujer, de su rango de visión, se permitió sonreír abiertamente mientras cerraba las puertas de madera haciéndolas crujir. Soltó un suspiro de satisfacción que había reprimido la mayor parte del día. Movió la manga de su traje observando su reloj de pulso, notando que no era tan tarde como parecía, las nubes hacían que todo se oscureciera antes de tiempo.
Se acomodó las ropas girándose y empezando a caminar por pasillo hasta llegar a la cocina, estaban algunos empleados ordenando todo. Dio unos cuantos golpetazos perezosos a la madera para llamar la atención de los jóvenes que se encontraban ahí.
— ¿Alguno podría prepararme algo de té? —su voz salió mucho más grave de lo que esperaba, sobresaltando a los jóvenes. Una pequeña jovencilla pelirroja asintió comenzando a moverse con rapidez, sacando la vajilla y poniéndose a calentar el agua. —Gracias, por favor, llévalo a la sala —sentenció para salir con elegancia por la puerta. Se dirigió a la sala de estar, tan amplia, mucho más amplia ahora que su esposa no se encontraba más. Tomó asiento en el sofá doble y admiró la vista del ventanal. Los colores también parecían haberse opacado aquel día, estaba demasiado sombrío, pero aun así le agradaba ese ambiente, por más pesado que se tornase.
Al cabo de un rato, la jovencilla de rojiza cabellera entró por la puerta que conectaba a la sala con el comedor portando la vajilla en una charola de plata. Sonrió de lado, la plata solía utilizarse sólo para ocasiones especiales en esa casa, en su caso, era un día bastante feliz y tranquilizante, aunque para los empleados era más de tristeza y dolor. Observó el pequeño cuerpo de la niña moverse ágilmente colocando una pequeña taza, rellenándola con el líquido oscuro. Cogió suavemente la taza junto con el platito entre sus manos, dándole la orden a la niña que podía dejarle solo. Volvió a suspirar pacíficamente y procedió a dar pequeños sorbos al líquido caliente, pensando en que quizá faltaría lo que restaba de la semana a su trabajo.
