Vengo a dejarles esto por aquí. Están tímidos ustedes que no opinan nada XD.
Tras unas semanas de clases pude comprobar un par de cosas sobre mi persona: uno, era buena para volar en escoba y estaba dispuesta a presentarme a las pruebas para buscadora con la escoba de Ben en calidad de préstamo; y dos, los bowtruckles me odiaban, uno casi me arranca un dedo por el simple placer de verme gritar. Bueno, quizás exagero un poco, pero el bicharraco me atacó cuando paseaba por los terrenos del castillo cerca al lago: clavó en mi pobre índice sus pequeños y afilados dientecitos. Hagrid, quien estaba cerca en el momento en que solté mi dulcísimo alarido, dijo, mientras me acompañaba a la enfermería, que probablemente hice mucho ruido al acercarme, pero según mi criterio, esa cosa me tenía ojeriza desde el inicio.
Las transfiguraciones tampoco eran mi fuerte, las cosas me quedaban a medias por más que me esforzara; y ni que decir de la historia de la magia, las fechas eran más confusas que el mandarín. Podría decirse que lo único que se me daba medianamente era defensa contra las artes oscuras y encantamientos, siempre y cuando les dedicase toda mi atención; debo decir que el profesor Slughorn nunca me invitó a sus reuniones del estúpido club que lideraba, y no creo que deba aclarar por qué. La astronomía me gustaba, pero mi forma de dibujar hacia que los mapas perdiesen todo el encanto, y sumado a ello, la profesora Louper no parecía estimarme demasiado; quizás era mi impresión, pero la mujer me preguntaba más cosas a mi que a los demás.
Durante las clases de defensa contra las artes oscuras, el profesor Snape parecía haberse olvidado de que él me había informado de mi condición de bruja. No era como si esperara que fuese mi amigo o algo así, pero si me miraba lo hacia solo para poner cara de fastidio o para hacerme preguntas ridículamente complejas sobre un tema que ni siquiera correspondía a la clase. No puedo decir que me odiara en especial a mí, porque era un ogro con todo aquel que no perteneciese a su casa, pero cuando hacía las cosas bien jamás me daba puntos para Hufflepuff.
Escribí a mis padres para informarles que estaba bien y aprendiendo un montón, les conté un montón de cosas del colegio; pero desistí de ello cuando recibí su respuesta. Me pedían que por favor no escribiese nada de lo que hacía allí, que me limitara a decir si estaba bien o mal y solo contara cosas normales. No me sorprendió mucho su respuesta, ya me la temía de antemano. Lo único que pude hacer fue obedecerlos, desde ese instante mis cartas abarcaban un párrafo diciéndoles cosas sin importancia. Supongo que les bastaba con saber que seguía viva y que los brujos no me habían asesinado en un "ritual satánico".
Un miércoles por la tarde, a mediados de septiembre, me presenté a las convocatorias para buscador del equipo de quiditch de Hufflepuff. Ben y Collette me animaban desde las graderías del estadio, alzando los pulgares y sonriendo ampliamente. Ana Perkins, de segundo año, asombrosamente capitana del equipo, nos dejó en claro las reglas y otorgó a cada uno de los diez aspirantes, un turno; el mio era el cuarto.
—¿Lista? —dijo Perkins en cuanto me subí a la escoba con la mandíbula tensa de nervios.
—Sí —respondí con una voz que no parecía mía.
—Bien —asintió la chica —. Da un rodeo al campo lo más rápido que puedas. Arrojaré las pelotas de ping pong cuando estés en la portería.
Di una patada en el suelo y me elevé en la vieja barredora de Ben. El frio viento azotó mi rostro haciéndome entrecerrar los ojos. Obedecí las indicaciones de Perkins, rodeando el campo a la mayor velocidad que me permitió la escoba y frené en la portería en espera de que la capitana lanzara las pelotas.
La chica arrojó todas las pelotas en diferentes direcciones, lo más lejos que sus capacitados brazos le permitieron. Me arrojé a toda velocidad hacia las diminutas bolas, logrando hacerme con cuatro de seis antes de que tocaran el suelo cubierto de lodo. Ahora solo tenía que esperar a que los demás atraparan menos que yo.
No tuve que esperar mucho, nadie fue capaz de hacerse con más de tres pelotas, por lo que el puesto me fue otorgado junto con la responsabilidad de ayudar a ganar la copa de quiditch a mi casa. Asumí el reto con toda la seriedad del caso, sometiéndome a múltiples entrenamientos que me sacaban todo el jugo, dejándome agotada y con ganas de ver mi mullida cama…
Seis años después.
Tras semejante logro en mi vida deportiva vinieron grandes triunfos, pero también amargas derrotas. La racha de mala suerte de Hufflepuff nos acompañó en todos los torneos en los años posteriores: siempre finalistas, pero nunca campeones. Más de una vez quise dejarle mi lugar a alguien que no se dejara arrebatar la Snitch en el último momento, pero Ana jamás me lo permitió alegando que nunca habían estado tan cerca de ganar la copa. En sexto año, en cuanto puse los pies en el campo de quiditch, me prometí que el regalo de graduación de nuestra capitana sería poder levantar la copa de plata. Por mi, habría prometido ver el gran comedor con adornos amarillos, pero eso no dependía de mi.
Podría decirse que ya era toda una mujer, me faltaban unos cuantos meses para ser mayor de edad, pero mi antaño escuálido cuerpo había adoptado ciertas formas que comenzaban a hacerme notar entre los chicos. No estoy diciendo que fuese una belleza y que todo el Hogwarts masculino estuviese a mis pies; pero algún novio había tenido, sin buenos resultados, pero por lo menos había tenido.
La relación con mis padres no había cambiado demasiado: mientras estaba en casa, fingían que yo era normal, incluso les gustaba pensar que estudiaba en el extranjero y nunca mencionaban la palabra "magia", ni siquiera en broma; cuando estaba en el colegio, nos escribíamos una vez a la semana, contando las mismas trivialidades, que si el vecino esto, que si tenia amigos, que si aún creía en Dios… Por lo menos tenía conocimiento de que estaban sanos durante el tiempo que me mantenía alejada.
Prefería pasar las vacaciones de navidad y semana santa en Hogwarts o en casa de Ben. Conocer a Harry Potter casi me hace expulsar el alma por las orejas de la emoción; por suerte me logré contener y actué como un ser humano normal. Jamás había imaginado, ni en mis más locos sueños, que conocería a toda la familia Weasley; incluso llegué a conocer al niño más adorable de todos: Teddy Lupin, no sin antes asombrarme hasta las medias de que Lupin y Tonks hubiesen tenido un hijo. Y, durante los años venideros, celebré con los Weasley los nacimientos de James en el 2005, y de Albus y Rose al año siguiente; y no puedo dejar de contar los de Lily y Hugo a finales del curso anterior. No nombro a los demás que nacieron porque la familia Weasley es bastante extensa.
Ahora por fin estaba en sexto año, después de mucho sufrir con los TIMOS, y de morderme las uñas esperando los resultados de los dichosos exámenes. Afortunadamente pude continuar con pociones, DCAO, encantamientos, transfiguraciones, Herbología y astronomía. Ben me preguntó si me había vuelto loca cuando le manifesté a él y a Collette mis intenciones de continuar viendo la materia de la profesora Louper. No era que muriese por verla (aunque me gustaba), pero necesitaba continuar haciendo rabiar a Louper al contestar correctamente sus preguntas; no sé por qué, pero ese era mi mejor pasatiempo en clases. Bueno, también estaba mirar de reojo a Snape cada vez que tenía oportunidad; de un año para acá había adoptado esa costumbre, sin saber por qué, me parecía fascinante, un espécimen digno de evaluarse. Sabía de antemano que había sido un mortifago, pero lo que contaba era su redención y que trabajara para la orden y todo eso.
Debo decir además, que no volví a tocar un libro basado en la vida de Harry Potter jamás en todos esos años; me imaginé eso como una forma de respetar su privacidad. Y como había dicho antes: si tenía dudas, Ben podría aclarármelas; al menos hasta donde sus conocimientos llegaran. Por Ben me enteré de que Dumbledore murió en 1997 a manos de un mortifago, pero él no sabía quien, y preferí no seguir investigando; la curiosidad mató al gato, dice mi madre. En fin, fui una completa ignorante de la mayor parte de los sucesos ocurridos tras el quinto año del cuñado de Ben.
Una noche de octubre, tras un entrenamiento de quiditch especialmente agotador, me dirigía al pasillo de las cocinas, con la esperanza de entrar cuanto antes a mi sala común. Por fortuna no me encontré con Filch y su inmunda nariz roja; no estaba de humor para regaños idiotas por lo sucia que estaba. Doblé una esquina para encontrarme con el pecho de alguien vestido de negro. Dejé caer mi Nimbus 2002 y estuve a punto de caer al suelo por la estrellada, pero una mano fuerte me estabilizó, justo antes de que una voz profunda y llena de fastidió me hablase.
—Fíjate, Heron —siseó Snape soltándome como si le quemara el hecho de tocarme.
—Lo siento, señor —me apresuré a decir alejándome un par de pasos de él.
Note su molesta mirada, pareciéndome que exageraba por solo un pequeño choque, hasta que vi el manchurrón de lodo que le había dejado en el frente de la túnica. Mierda, pensé asustada; si tenía suerte solo me gritaría hasta cansarse.
—¿Crees que me gusta ir lleno de barro por el castillo, Heron? —su voz afilada me hizo retroceder un par de pasos más.
—No, señor —dije —. Lo siento.
—¿Lo sientes? —refunfuñó acercándose a mi y poniendo su narizota cerca a mi rostro. A punto estuve de retroceder nuevamente, pero me contuve haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad. No pude evitar pensar en lo que se sentiría plantarle un beso en sus finos labios.
—Sí, señor. Lo siento —repetí con seguridad, apartando de mi mente aquellos "malos" pensamientos.
—Agradece que estoy de buen humor, Heron —dijo dedicándome una macabra sonrisa —. O de lo contrarío te castigaría todo el mes.
Se alejó nuevamente y emprendió camino en dirección contraria a la mía a pasos ligeros. Observe como su negra túnica desaparecía en una esquina con un ligero ondeo.
—Si eso es estar de buen humor —dije en voz baja —. De todas formas, ¿Qué hacía en este lugar, señor murciélago?
Sacudí la cabeza apartando a Snape de mis pensamientos y, recogiendo la escoba, retomé mi camino hasta encontrar los tan conocidos barriles que daban acceso a mi sala común. Toqué la familiar tonada de Helga Hufflepuff y entré a mi casa dispuesta a darme un largo baño antes de acostarme a dormir.
—Hola, chicos —dije al reparar en la presencia de Ben y Collette junto a la chimenea.
—Hola —dijo Ben levantando el pergamino en el que acababa de garabatear algo y mirándolo con detenimiento.
—¿Cómo te fue? —preguntó Collette dejando sobre las piernas el libro que estaba leyendo.
—Bien —dije agachándome para quitarme las botas del uniforme de quidditch. No quería dejar rastros de barro hasta el dormitorio —. Mucho lodo, como podrán notar.
—¿Te enteraste? —dijo Ben abandonando el pergamino sobre un pequeño montón de libros en una mesa frente a él.
—¿Del qué? —me puse de pie con las botas en una mano.
Ben y Collette intercambiaron una mirada sombría.
—¿y…? —los apremié.
—Snape adelantó el trabajo sobre los dementores —dijo Collette con una mueca de disgusto —. Lo quiere para mañana. Eso mando decir con el súper prefecto Pope.
El alma se me vino a los pies. No había ni comenzado a hacer el maldito trabajo; había estado entrenando con el equipo toda la semana. Con razón estaba tan feliz el narigón idiota: iba a reprobar a la mayor parte del curso.
—Oh, no —dije con un suspiro —. Tendré que pasar la noche en vela.
—Puedo prestarte el mio, si quieres —dijo Collette.
—Sí. Puedes hacerlo en base al de ambos —dijo Ben, quien solo ofrecía sus deberes cuando en realidad era urgente. A veces tenía un ligero aire a Percy.
—Gracias, chicos —sonreí —. Iré a ducharme y vuelvo enseguida.
