FARO DE ESPERANZA
Dragon Ball Z Akira Toriyama
Sinopsis: Para un farolero como Gohan, el mar solía arrojar muchas cosas a la costa, jamás pensó que una de cosas fuera una atractiva mujer. Videl tenía una belleza excepcional, algo que ni siquiera podía ocultar tras su luto de viuda. Y las magulladuras de su cuerpo daban fe de los oscuros secretos que había tratado de sumergir bajo las olas.
Nota de la autora: Cuarto episodio, no pensé que iba a llegar tan lejos. Bueno, espero que les guste. ¿Qué les pareció a ustedes este capítulo de la serie? Cada vez la saga se torna más intensa.
Capítulo 4
Con el amanecer el día comenzaba y también Son Goku. El pescador más importante de la zona.
Por muchos años, había sido un habitante de la montaña Paoz, un valle natural donde todo lo que lo rodeaba le sustentaba un hogar, lecho cálido y comida. Estuvo allí hasta que se encontró con Bulma, en ese entonces, una chica que buscaba reunir unas dichosas esferas para venderlas al mejor postor. Ingenuo por esos tiempos y esperando retribución por parte de esa chica, accedió a aventurarse con ella.
De allí, se embarcó por el mundo y conoció un sinfín de sitios y personas. Entre ellas a su esposa, alguien de carácter fuerte que solía practicar artes marciales como él y lo acompaño de regreso a su pasiva región tras muchos años de andar recorriendo los sitios. Lamentablemente, todo lo que conocía fue consumido por el paso del hombre y la montaña Paoz no era más que un sitio repleto de personas y bullicio.
Desganado de abandonar el lugar que lo vio crecer, Goku fue junto a su reciente esposa hacía el sur en busca de paz. Una isla fue todo lo que cumplía sus expectativas y se dedicó a la pesca mientras criaba a Gohan y Goten. El primero volviendo a casa de manera que él no entendía y negando cero intereses por los estudios que años atrás definían su existir.
Cuando Gohan apenas había nacido, Goku había querido que se dedicara enteramente al negocio familiar, pero su esposa no pensaba igual. Su idea era que el pequeño se volviera un erudito y no un sencillo pescador. Él había accedido y asumido a que su hijo le agradaba estudiar por la forma en que lo vio creciendo junto a ello. No insistió más en volverlo un pescador.
Pero ahora estaba confundido. Gohan se encontraba hace medio año trabajando de farolero y de manera ocasional con él en la pesca. Era consciente de que no era un sujeto muy brillante, sin embargo, se esmeraba en entender a sus hijos y hallar una solución a sus problemas.
Debía hablar con Gohan. Eso era seguro. Así que, sin más, se dirigió a su habitación donde Gohan se despertó sobresaltado.
Aún medio dormido, pensó que todavía era un aclamado profesor condecorado a cargo de un alumnado de cincuenta estudiantes y destinado a alcanzar el rango más alto, el decano.
Por mucho que deseara estar la universidad, el sentido común le decía que no era posible. Muy lejos habían quedado ya los vaivenes con exámenes y los gritos de sus estudiantes trabajando. ¿Pero cuándo se había quedado dormido? Nunca dormía toda la noche de un tirón cuando estaba en la universidad.
Se incorporó en la cama y se pasó la mano por el pelo. La luz del sol entraba por la ventana que había junto a la cama. Afuera, el viento golpeaba incesantemente los postigos. Poco a poco se le fue aclarando la mente. No estaba la universidad, sino su casa en la isla.
Se recostó sobre los almohadones y miró a la estufa, ardiendo.
Su cerebro reaccionó por fin. El Orange Star había naufragado. Ahora lo recordaba todo.
Miró a la mujer que dormía a su lado, acurrucada y desnuda bajo las sábanas, el pelo le caía sobre la espalda.
Videl.
Las toscas mantas cubrían su cuerpo esbelto y moldeaban la suave curva de sus caderas. Tenía un perfil clásico: nariz larga, pómulos marcados y labios carnosos. Su piel era del color de la porcelana, su cabello, ya completamente seco, relucía a la luz de la mañana. Gohan agarró un mechón entre los dedos. Era como la seda.
Ella se movió, estirando las piernas de manera que, por debajo de las mantas, asomaron los dedos de los pies, pero en cuanto sintió el frío de la habitación, los devolvió al interior y los frotó con los de él, en busca de calor.
Fue un movimiento totalmente inocente, pero a la vez denotaba una intimidad que inquietó a Gohan. Aquél era el momento perfecto que cualquier marido compartiría con su esposa antes de comenzar el día.
Ella se acurrucó junto a él, lo cual le hizo ponerse en tensión. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había estado con una mujer, y ahora era perfectamente consciente de ello.
Sin duda alguna, si Videl fuera suya, la habría despertado con mil besos antes de sumergirse dentro de ella. Sin embargo, permaneció muy quieto, avergonzado de sus pensamientos. No quería despertarla; sabía que necesitaba dormir y, para qué negarlo, le gustaba estar junto a ella. Le gustaba demasiado.
Trató de concentrarse en el paisaje que le ofrecía la ventana. No tenía el menor derecho a sentir aquel deseo que se estaba apoderando de él. Según le había dicho, su marido había muerto, pero quizá tuviera hijos y toda una vida esperándola a su regreso.
La suerte la había llevado hasta esas costas, pero no tardaría en marcharse. Aquél no era su sitio.
Pensó en todo el trabajo que le quedaba por hacer aquel día: desenrollar las redes, subir el aceite por los más de cien escalones que conducían a lo alto del faro, limpiar las lentes... Cuando se dio cuenta de que eso tampoco conseguía aliviar las punzadas que sentía en la entrepierna, pensó en las gélidas aguas del sur y deseó poder sumergirse en ellas en ese mismo instante.
Videl cambió de postura y murmuró algo en sueños. Ahora podía verle el otro lado de la cara, donde tenía un enorme moretón que estropeaba su piel inmaculada. La noche anterior ni siquiera lo había visto en la oscuridad.
Algo parecido a la ira nació dentro de él. ¿Se lo habrían hecho los marineros?
El recelo sustituyó de pronto al deseo. Una mujer acaudalada, herida, viajando sola en un barco tripulado por toscos marineros. Todo lo relacionado con Videl Davis era demasiado ilógico y misterioso.
Lo mejor para ambos sería que él se levantara y la dejara descansar tranquila. Cuando despertará, seguramente se sintiera confusa y aturdida a causa de todo lo sucedido.
Ya hablaría con ella para averiguar de dónde era.
—¡Gohan, buenos días! —la voz de su padre retumbó en la casa. Consciente de la imagen que daban los dos en la cama desnudos, intentó sin éxito ir hacia el vestidor, porque su padre ya había abierto su puerta e ingresado a su cuarto—. Oh, Gohan…
—Padre, escucha. No es lo que tú crees —intentó hablar mientras a tropezones con su ropa húmeda sacó unos pantalones secos del ropero y se los puso a toda prisa.
—¡Goku, voy a ver a Goten, a ver si está bien! ¡Despierta a Gohan! —se oyó también la voz de su madre.
Goku se quedó estático en el marco de la puerta mientras su hijo mayor conversaba la compostura y no sucumbía a una crisis nerviosa. El farolero se estaba colocando una camisa de mangas largas cuando se escuchó descender su madre por la escalera junto a Goten e insistiendo respuesta de él.
—Ahora mismo salgo.
Mientras luchaba con los trece botones del cierre, Videl despertó sobresaltada y se incorporó en la cama con los ojos, abiertos de par en par, llenos de miedo. Se fijó en él, todavía medio desnudo y en el hombre de la puerta que, sin querer, cruzó mirada con ella.
Antes de que pudiera explicarle la situación, ella se levantó de la cama enrollada en la sábana, se refugió en un rincón de la habitación y se puso a gritar.
Aquel alarido debió de sentirse en cincuenta kilómetros a la redonda, por lo que sin duda también su madre y Goten pudieron oírlo. Kami.
—Videl, ¿te acuerdas de mí? —le preguntó, acercándose a ella muy despacio—. ¡Papá, detén a mamá!
—Ay, sí —exclamó Goku despejando la mirada de su hijo y esa chica que de la nada había aparecido en la cama de este.
Videl lo miró aterrada, asiéndose a la sábana como si eso fuera a protegerla de algún peligro. Negó con la cabeza e intentó dar un paso atrás, pero chocó contra la pared.
—¡Gohan, hijo! —gritó Milk de nuevo—. ¿Qué demonios ocurre? Hemos oído un grito.
—¡No es nada, Milk! —lanzó el esposo intentando que su esposa no avanzara más por
Se acercó un poco más a Videl como si estuviera haciéndolo a un caballo asustadizo.
—No se asustes. Estás a salvo. Yo no voy a hacerle ningún daño.
Pero ella siguió apretándose contra la pared.
Gohan retiró la mano. Era evidente que, fuera quien fuera el que la había golpeado, la había dejado marcada con algo más que un moretón.
—Yo te rescaté con mi hermano. ¿Recuerdas? Su barco, Orange Star se hundió.
Se llevó la mano al cabello.
—Recuerdo el agua fría —su voz era poco más que un susurro.
—Sí, estaba muy fría. Cuando te traje aquí, estabas congelada. Esto —dijo señalando la habitación—... es Mi casa. Yo soy el farero.
El rubor de sus mejillas acentuaba el azul de sus ojos. Aquel rostro evocaba en su mente imágenes de sirenas y ninfas marinas que atraían a los marineros hacia aguas desconocidas y peligrosas. Seguía recordando la suavidad de su piel rozando su cuerpo y su excitación creció dentro de los pantalones aún sin abrochar.
Alguien golpeó la puerta con fuerza y también a su padre.
—¡Gohan!
—¡Mamá!
—¡Oh, señorita Videl, digo…, señorita Davis!
El silencio reinó unos instantes.
—Conozco a todas las mujeres de la zona y sé que a ésta no la he visto nunca —dijo Milk.
En situaciones normales, Milk le habría reprochado su hijo por comportamiento de manera tan errada y extraña. Sin embargo, ahora cerrada su puño con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—No llegan en buen momento —dijo él con más brusquedad de la que pretendía.
—No me refunfuñes, Son Gohan —lo regañó su madre—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—No es lo que piensas —respondió más suavemente.
Sus miradas fueron de Videl a él y luego otra vez a Videl. La expresión de sus rostros parecía retarlo a ofrecer una explicación convincente.
—Comprendemos que un hombre solo tenga... bueno, sus necesidades, pero traer aquí a una mujer no es muy discreto, Gohan.
—Pero, mamá…—Goten iba a hablar, pero su padre interrumpió.
—Sí, hijo. Recuerda que esta Goten y bueno…, se supone que estas cosas no deberían oírse todavía.
—Pero, papá...
Gohan trató de tener un poco de paciencia. Lo último que deseaba en aquel momento era hablar de sus «necesidades» con sus padres.
—Te equivocas, mamá.
—¿Qué diría la gente del pueblo? —preguntó Goku.
—Me importa un bledo lo que piensen —espetó Gohan.
—Cuida tu lenguaje, Gohan. Te recuerdo que sigues siendo el farero. Jamás se te habría ofrecido este empleo si no hubiera sido por la amable intervención de tu madrina. Y puedes estar seguro que retirarían la oferta si provocaras cualquier tipo de escándalo.
—Ya me he enfrentado a otros escándalos —replicó con gravedad.
—Mi hermano tiene razón en eso, mamá —defendió Goten—. Además, yo ya los escuchó a papá y a ti todas las noches atender sus necesidades. Y la señorita Davis fue una de las supervivientes del barco que fuimos a mirar con Gohan ayer a la noche.
Gohan observó a su hermano con cierta sorpresa. Cuando había partido hacia la capital por estudios él apenas era un bebé de escasos meses y su repentino retorno a su hogar le plantó a un Goten de trece años, dejando la niñez y adentrándose en la adolescencia con muchos rasgos de su padre, incluido su coraje.
El rostro de su madre se suavizó ligeramente.
—Eso fue hace mucho tiempo.
Un año no era tanto tiempo.
Consciente de la presencia de Videl, Gohan trató de desviar el tema de conversación. Ni en sus mejores momentos le gustaba hablar del pasado. Así que respiró hondo antes de hablar.
—Videl, te presento a mi padre Son Goku y a mi madre Milk —odiaba que su madre tuviera el poder de hacerle sentir como un colegial. Y lo peor era que ni siquiera había hecho nada malo—. Ella es Videl Davis. Estaba en el barco naufragado.
—¿En el que naufragó anoche? —preguntó Goku—. Kami-sama, ¿estabas el Orange Star?
Videl levantó la mirada hacia ellos.
—Sí.
Milk frunció el ceño al ver el ojo amoratado de Videl.
—Gohan, ¿cómo se ha hecho esa herida?
—En el barco —respondió él de inmediato—. Se dio contra una puerta.
Miró a Videl. La inteligencia se reflejaba en el azul de sus ojos. A juzgar por el color de la herida, hacía ya varios días del golpe que se la había ocasionado. Sin duda se la había hecho antes de subir a bordo del buque.
Parecía que su madre no se creía nada.
—Por lo que he oído, se trataba de un buque de carga. ¿Qué iba a hacer una mujer en una embarcación como ésa?
—La señorita Davis iba hacía el sur, mamá. ¿No ibas a visitar unos parientes? —exclamó el hermano de Gohan.
Videl se apoyó en la pared, asintiendo.
Gohan quería saber más, pero por el momento, no le haría más preguntas. Parecía a punto de derrumbarse y, por mucho que deseara levantarla en brazos y llevarla de vuelta a la cama, no quería que volviese a gritar.
—No creo que eso sea de nuestra incumbencia —añadió él.
Milk puso los brazos en jarras.
—Pues yo creo que tienes derecho a saber a quién metes en nuestra casa.
—Milk, tranquilízate por favor. No es para tanto —calmó Goku.
Gohan le lanzó una mirada de desaprobación.
—Ahora no está para contestar preguntas.
Su madre se dio cuenta de que no podía seguir presionando.
—Está bien, estaba en el barco naufragado, los motivos que tuviera para estar allí o porque tiene un moretón en el ojo no es asunto nuestro. Pero eso no explica qué hacía desnuda en tu cama.
Él estiró bien los hombros. Si cualquiera le hubiera hecho esa pregunta, lo habría echado de su casa de una patada, pero su madre no era cualquiera.
—Llegamos a tierra pasada la medianoche —dijo por fin.
—¿Estaba Goten contigo? —preguntó Goku.
—Sí y la verdad es que hizo muy buen trabajo —comentó mirando a su hermano con orgullo. Era buena idea desviar el tema de la mujer desnuda con las proezas de Goten—. Deberías darle una porción de pescado extra.
Su padre sonrió.
—Goten, ¿quieres ir un pescado?
—Espera —ordenó su madre tajantemente—. ¿Y qué ocurrió después, Gohan?
—La temperatura era demasiado baja para hacerla ir hasta el pueblo —continuó explicando—. Si no, la habría llevado a la posada de Krillin como hago siempre con los supervivientes.
—Abróchate bien el pantalón —le dijo su padre—. Los botones están mal.
Gohan bajó la mirada. Se había vestido tan a prisa, que se había dejado dos botones sin abrochar.
—Estaba helada y a punto de morir de hipotermia. Tuve que meterme en la cama con ella para calentarla.
Milk enarcó una ceja.
Goten se encogió de hombros.
Y Goku sonrió, satisfecho.
—Ya has oído, mamá. Estaba helada.
—Sí, Milk. Gohan solo tuvo buenas intenciones.
Milk miró a su esposo e hijo menor.
—Escucha, no tienes por qué preocuparte —aseguró Gohan—. El honor de esta dama sigue intacto. Sabes perfectamente que no me educaste para hacer eso.
Su madre cruzó los brazos, señal inequívoca de que aquella respuesta no era suficiente.
—Me gustaría hablar un momento con la señorita.
—Mamá —dijo él respirando hondo—, ¿no podrías esperar?
—¿Cuándo tienes pensado marcharte? —le preguntó a Videl, haciendo caso omiso a las palabras de su hijo.
—Milk, me parece que las preguntas pueden esperar —Goku le puso las manos en los hombros con la intención de girarla hacia la puerta, pero no consiguió moverla.
—Si eres listo, informaras del naufragio y te olvidarás de Videl Davis. Le has salvado la vida, ya has cumplido con tu obligación.
Videl agarró la sábana con fuerza.
—Tiene razón. Debería marcharme.
Gohan la miró, parecía más pálida.
—Quédate donde estás.
—Mamá, estás hablando con Gohan —intervino Goten—. Sabes que jamás deja algo a medias.
—Tú lo que educaste así, Milk.
—Bueno, pues me parece que ya es hora de que aprenda —replicó Milk.
Su hermano tenía razón. Tenía que resolver muchas dudas antes de dejar marchar a Videl. Sabía que debería dejar que se fuera, pero también sabía que no lo haría.
—Va a quedarse aquí hasta que esté lo bastante fuerte para viajar.
—Entonces se viene al cuarto de Goten para tenerla cerca —ordenó la esposa de Goku—. Yo cuidaré de ella.
—Lo peor que podría hacer en este momento es recorrer el pasillo y subir escaleras con el frío que hace —argumentó su hijo—. Apenas puede mantenerse en pie.
—No está bien —insistió su madre.
—Es lo más práctico.
Goku y Goten suspiraron. Con los años, la dulce y mágica relación madre e hijo se había vuelto una especie de batalla por ver quién tenía más poder sobre quién. A todo esto, Goku pasó al lado de ambos y le tendió la mano a Videl.
—Mi hijo cuidará muy bien de ti, pero si necesitas cualquier cosa, Milk y yo te ayudaremos.
Videl aflojó la sábana lentamente con una mano y aceptó del hombre.
—Gracias.
Milk no tardó en protestar.
—Eres muy bondadoso como tu hijo.
Goku se echó a reír.
—Que no ofenda las palabras de mi esposa, señorita Davis. Parece muy dura pero no lo es.
—Es prudente —respondió Videl—. Yo haría lo mismo si me encontrase en su situación —Gohan se fijó en que su voz tenía un timbre misterioso y seductor. Pura seda.
Milk dejó de fruncir el ceño.
—Parece que es la única que tiene un poco de sentido común —esa vez, observó a Videl detenidamente. Se acercó a ella y le puso la mano en la frente—. Madre mía, querida, está usted ardiendo. ¿Se encuentra bien?
Videl asintió lentamente, como si le supusiera un gran esfuerzo.
—No es más que cansancio.
—Anoche estaba fría como el hielo —dijo Gohan con repentina preocupación.
—La temperatura de ella cambio mucho —agregó Goten.
—¿Y no se te ocurrió ponerle más mantas? —preguntó Milk en tono de reprobación.
—Eso fue lo primero que intenté —respondió él apretando los dientes.
—Gohan tiene razón —continuó hablando el pescador, dirigiéndose a Videl de nuevo—. Debes quedarte en cama. No pierdas más energía. No queremos que el frío les afecte a los pulmones.
Videl dio unos pasos hacia la cama, pero las fuerzas no le duraron lo suficiente y a punto estuvo de caer al suelo. Lo habría hecho de no ser porque Gohan la tomó en brazos. La llevó a la cama y la arropó bien.
Aliviada de volver a la comodidad del lecho, Videl cerró los ojos. El cabello negro quedó extendido sobre los almohadones. Parecía agotada.
—Sólo necesito descansar.
—¿Cuánto tiempo estuvo en el agua, hijo? —preguntó Milk con sincero interés.
—Unos treinta minutos desde que yo la encontré, pero antes de eso no lo sé.
—Horas —dijo Videl—. Perdí la cuenta.
—Hermano, me preocupa su aspecto —expresó Goten con tono preocupado—. ¿Ella se va a recuperar?
—Claro que sí, hijo. Gohan no se rendirá tan fácilmente —dijo su padre.
Había luchado mucho para salvarla, no iba a perderla ahora por culpa de una fiebre.
—Tengo té de Yaupon.
—Eso ayudará a bajarle la temperatura —asintió su madre—. Hazlo bien fuerte y que no se levante de la cama. Si mañana por la mañana no ha mejorado, llamaremos al doctor.
Videl abrió los ojos de par en par al oír aquello.
—¡No! No creo que sea necesario llamar a ningún médico. Sólo necesito descansar un poco.
Aquella reacción no sorprendió a Gohan. Una mujer en un buque de carga. Un ojo morado.
—El doctor es un buen hombre, Videl, no tiene por qué sentir ningún miedo. Y es muy discreto.
—Es cierto, además Dende es el mejor amigo de Gohan. Te atenderá no importa el horario —comentó Goku.
—No tengo miedo —aseguró, levantando bien la barbilla—. Es sólo que no hace falta, enseguida estaré bien. De hecho, si me dan mi vestido...
Gohan no estaba muy convencido y, a juzgar por la cara de sus padres, ellos tampoco. Con un débil empujón, volvió a recostarla en la cama.
—Tu vestido está empapado en el suelo y no vas a moverte de aquí.
Sin hacerle el menor caso, Videl volvió a incorporarse.
—En ese caso, quizá podría pedirle un vestido a usted, señora. Podría cambiarlo por el mío; una vez seco verán que es de muy buena calidad.
—Cuando te encuentres bien, estaré encantada de conseguirte un vestido, pero por el momento, hazle caso a mi hijo, querida —le ordenó Milk—. Y tu salud podría empeorar y entonces sí tendría un grave problema.
Pero Videl insistió en bajar las piernas de la cama.
—Oh, es terca como mula —señaló Goten.
En esa posición, tuvo que detenerse, evidentemente mareada. Su cerebro deseaba algo que su cuerpo no podía darle.
Aquella mujer era muy testaruda como decía su hermano, pensó Gohan.
Empezaba a inclinarse hacia delante cuando él la agarró por los hombros y la devolvió a la posición horizontal. Estaba ardiendo.
—De verdad tengo que marcharme —dijo con la voz entrecortada.
Estaba débil como un pajarillo caído del nido.
—Sólo un loco o un fugitivo trataría de huir en tu estado —le dijo Gohan serenamente—. Así que dime cuál de las dos cosas eres.
