Para cuando llegaron al pueblo, el cielo se había oscurecido tanto que parecía esa hora imprecisa en que el atardecer se convierte en noche, aunque era poco más de mediodía. El aire pesaba, viciado con las minúsculas partículas del volcán, y costaba esfuerzo hasta el simple acto de respirar. Kyoko había rasgado su pañuelo en dos (una pieza preciosa y delicada que le había regalado su Moko-san) y los había convertido en una improvisada mascarilla que ahora les cubría nariz y boca, y en efecto, algo ayudaba. Una espesa capa de polvo y ceniza ya lo cubría todo, y el pueblo semejaba ahora un fantasma de lo que antes fue. Bajo la ceniza yacen los colores vibrantes, y de aquel espíritu alegre y cordial, y de sus gentes amables, no quedaban más que algunas figuras embozadas saqueando los establecimientos. Un par de coches, atravesados en medio de la calle principal, ardían lentamente, como si fuera alguna vieja película de serie B, y el ruido de los cristales rotos quebraba de tanto en tanto ese silencio de tumba, augurio infausto de su futuro: en tres días, los tejados de los edificios empezarán a hundirse, incapaces de soportar el peso, y poco más tarde, el pueblo quedará sepultado para siempre.

Kuon frunció el ceño y afianzó su agarre sobre la mano de Kyoko. Caminaban por medio de la calle, lanzando miradas rápidas a los lados y procurando evitar los comercios y las paredes, desconfiado de las sombras, donde los podían emboscar, o darles algún disgusto.

Su intención era llegar a los muelles y salir de la isla por mar, así que siguieron —más por instinto que por memoria— la calle principal hasta que alcanzaron la avenida marítima. De vez en cuando alguien los adelantaba y ellos apresuraban el paso, temiendo quedarse atrás en un entorno desconocido y cada vez más peligroso, por más de un motivo. A lo lejos, la silueta imprecisa de varias embarcaciones se recortaba contra el horizonte.

Oyeron el ruido mucho antes de saber lo que era. Era un clamor de mil voces, como el susurro creciente del mar cuando rompe en la costa, hasta que las notas de pánico, discordantes y agudas como gritos de aves marinas, acuchillaban el aire.

El malecón estaba lleno a reventar. El pueblo entero parecía haberse congregado allí. Turistas y locales se abrían paso a empujones hacia los barcos. Era un puerto de pescadores sencillo, una ensenada natural a la que se le había agregado una especie de L para transbordadores enormes cuando la prosperidad del turismo y las necesidades de la isla lo demandaron.

Llegaron a tiempo de ver cómo el navío de línea —un ferry muy semejante a aquel en que llegaron— tenía la poterna trasera abierta con la rampa a ras del agua. Uno tras otro, estaban arrojando al mar los coches y otros vehículos.

—Están haciendo sitio para más gente… —susurró Kyoko. Su voz suena un tanto amortiguada por el pañuelo que le cubre.

—No se espera ayuda, entonces —agregó Kuon con un suspiro.

—¿Crees que podremos subir? —preguntó ella, con un filo de miedo en la voz.

Pero entonces sonó el primer disparo.