Capítulo IV

Se quedó breves instantes observando a aquel hombre. Sus ojos eran tan inexpresivos y de un tono ámbar exquisito. Su cabellera era larga, de color plata lo que le recordó a la luna nueva. Y esas marcas de nacimiento que adornaban su blanca faz le daban un aire característico y único. Tenía un porte elegante e intimidante.

Traía puestos unos pantalones formales negros y una camisa azul marino, con los primeros botones desabrochados, estaba descalzo y en sus manos llevaba una charola con algún alimento.

Él estaba de pie junto a la puerta y le miraba fijamente.

Se daba cuenta de que lo conocía, bueno, no precisamente. Había visto su fotografía en algún diario, vaya la redundancia, pero aún así, no recordaba su nombre.

Era mucho más alto que ella y de complexión fuerte.

—¿Qué tanto me ves?— Su voz sonó ronca y profunda, casi pudo suponer que estaba molesto por algo.

—N-Nada...— Contestó nerviosa y a punto de soltar el llanto una vez más.

—¿Sabes qué es peligroso huir de casa a tan altas horas de la noche? Tuviste suerte de que pasará cerca de ahí... Esos tipejos no tenían buenas intenciones y como esos, hay muchos más que no tardarían en aprovecharse de una mocosa como tú— Le regañó mientras caminaba y dejaba la charola en el peinador.

—Gracias por haberme ayudado, señor...— Ella junto las manos y bajo la mirada con vergüenza, pues si le afectó un poco que la riñera de esa forma.

—Necesito que me des el número de tus padres para llamarles y que vengan por ti, como podrás notar, no puedes quedarte. Además, puse en peligro mi buen nombre al traerte aquí y no llamar a la policía para que te recogiera...— Ella se fijó en la mano izquierda del peli plata y esta al parecer tenía una herida, pues el pañuelo que la envolvía estaba teñida en sangre.

—¿Se encuentra bien?—

—¿Te refieres a esto?— Le dijo mostrándole el área afectada. —No tiene la más mínima importancia...—

—Ya veo...— De pronto enrojeció bruscamente, debido a lo que traía puesto. Aunque la camisa le cubría el torso y una gran parte de las piernas no dejaba de sentirse desnuda. Tiró de la prenda con ahínco tratando de ocultar el resto de su cuerpo.

—Disculpa, sé que no estás presentable pero tu ropa estaba en muy mal estado y te puse una de mis camisas. No te preocupes, nunca intentaría hacerte daño, solo eres una chiquilla y ni aunque fueras ya una mujer de edad adulta me atrevería a algo más, eso es de cobardes...— Pareciera que ese hombre hablaba en serio y ella se sintió menos cohibida.

—Gracias...— No hallaba que decirle por lo que después de mostrarle gratitud se quedó en silencio.

—¿Cómo te llamas?— Preguntó.

—K-Kagome Higurashi— Por un instante se sintió tonta, le había dicho su apellido y aunque tratara de cambiar la situación, era de por sí imposible.

—Bien Kagome... Déjame llamar a tu familia y hacerles saber que estás fuera de peligro. Y espero que no vuelvas a cometer la imprudencia de irte de tu hogar...— Sacó su teléfono móvil y espero a que la chica le dictara el número de sus progenitores.

—Y-Yo... Mamá me echó de casa y vine hasta Tokio a buscar a mi padre pero él se fue a vivir a otro país y yo... Estoy sola...— Tenía que ser honesta pero solo a medias, tampoco iba a andar divulgando el abuso del cual fue objeto por parte de su padrastro.

El hombre la observó extrañado, pero sabía que era común que estas cosas pasaran. Se imaginaba que esa muchacha que ahora tenia enfrente, era una rebelde sin causa y su madre cansada de la situación, la corrió sin más. Pero no le daba esa impresión, se le miraba tímida y un poco antisocial. Se fijó en su largo cabello azabache y en sus ojos color chocolate, los cuales eran grandes y denotaban una gran tristeza. Era bonita, no podía negarlo, pero para él solo era una niña.

—No puedo ayudarte más... Necesito que mañana temprano te vayas. Puedes dormir hoy aquí, así que no debes preocuparte. Come algo y descansa...— Dicho esto se dio media vuelta y se alejó por la puerta, dejando a una entristecida joven.

Se quedó estático en la estancia y aunque ansiaba ayudarle mucho más, prácticamente se sentía atado de manos.

Por un lado, la pequeña estaba muy golpeada y se preocupó por ella y por el otro, si la vieran salir los vecinos de su departamento, seguro qué pensarían lo peor de él.

Pero era su culpa, debió llamar a las autoridades en vez de llevarla consigo.

Al ver su mano se dio cuenta del peligro que habían corrido, y aunque había noqueado a esos hombres, era cuestión de minutos para que despertaran e incluso acabaran con sus vidas.

¿Qué hacer?

Tal vez debería dejar que se quedara unos días más para que sanara. Lo meditaría con la almohada y ya hablaría con ella a la mañana siguiente.

Se dirigió entonces a su habitación.

La alcoba era la principal y era el doble de grande que la de huéspedes. Se sentó en un sofá de piel oscura que daba a los grandes ventanales de aquel lugar. Siempre le ayudaba a relajarse la soledad en la cual se desenvolvía. Tomó el control remoto que estaba sobre una mesita y una suave música se escuchó por el recinto. Suspiró cansinamente, tenía aquel problema y era posible que Rin viniera a verle uno de esos días.

Esperaba que no fuera a ir pronto, porque no tendría como justificar la presencia de aquella chiquilla. Se levanto y se alejó al cuarto de baño a ducharse, después se iría a la cama ya que estaba muy agotado.

Kagome tomó el sandwich de jamón de pavo y le dio unas cuantas mordidas pero en realidad no le apetecía comer nada, así que solo bebió el jugo de naranja que había en la charola.

Tenía tanto que agradecerle a... ¡Cielo santo! Se había olvidado por completo de preguntarle su nombre. Aunque en principio le preocupó, resolvió hacerlo cuando se fuera de ahí.

Al examinar a detalle el cuarto, descubrió su mochila junto al buró que estaba a un lado de la cama.

La levanto y sacó un cambio de ropa. Luego vio que su teléfono aún tenía carga. Revisó y se encontró con que aquel miserable de Naraku seguía insistiendo en tratar de comunicarse con ella. Creía que se había deshecho de ese mal nacido pero no era así. Tal vez debería cambiar de número pero eso lo haría en cuanto consiguiera un lugar donde vivir.

Los correos de voz eran demasiados, en unos se mostraba arrepentido de haberle hecho daño pero en la mayoría le seguía profiriendo insultos y amenazas.

¿Cuándo iba a terminar esa situación? No lo sabía y tenía que aguantarse, solo hasta que cumpliera dieciocho años. Por suerte su cumpleaños número diecisiete estaba a pocos días de llegar y eso le ayudaba a tranquilizarse un poco.

Y pensaba que era curioso cómo aquel desconocido le proporcionaba cierta confianza, no veía ni sentía malas intenciones en él y después de haber pasado por tanto creía que no volvería a confiar en un hombre así. Sabía que era demasiado pronto para sacar conclusiones pero no podía darse el lujo de pensar de otra manera. La cuido y protegió aún sin saber de quién se trataba, era bueno, sí, lo era.

Se acostó y trató de relajarse. No apagó la lámpara y la luz iluminaba la alcoba a medias. Sabía que las pesadillas pronto se harían presentes y eso le asustaba. Poco a poco le fue venciendo el cansancio hasta que se quedó dormida.

En sus sueños aquel depredador apareció y la angustia se apoderó de su ser.

La tomaba a la fuerza y le hacía daño, pero ella no podía defenderse. Gritaba pidiendo auxilio y veía con tristeza que nadie le ayudaba. Entonces su salvador venía de nueva cuenta a su rescate pero lo veía morir a manos de aquellos tres delincuentes y su desesperación se acrecentaba, más y más.

—¡No!— Gritó y abrió los ojos de golpe.

—¿Estás bien?— Se reincorporó y vio que su lado estaba ese hombre. Sus ojos dorados le miraban interrogante y ella se sintió aliviada de tenerlo cerca. Con fuerza se abrazó a él y comenzó a llorar.

—S-Sí— Murmuró y por primera vez la cercanía de un varón no le parecía desagradable.

—Te cuidaré, puedes quedarte conmigo si así lo deseas pero solo un tiempo hasta que puedas conseguir un empleo y un lugar para vivir...— Ella le miró y él se pudo dar cuenta de que sus ojos brillaban esperanzados y agradecidos.

—Muchísimas gracias, me iré pronto, no quiero ser una molestia— Le hizo saber.

Por instinto, con la mano derecha le secó las lágrimas que bajaban por las mejillas de la adolescente, las cuales estaban teñidas de rosa.

—Tranquila, solo fue una pesadilla— Se levantó y caminó de ahí, ya estando cerca de la entrada del cuarto, Kagome hizo la pregunta obligada.

—¿Cuál es su nombre?— Cuestionó y él se le quedo viendo. No recordaba si ya se había presentado pero supuso que no había sido así.

—Sesshomaru Taisho—