IV. CUESTIÓN DE FE

Jerusalén, 1118

Segunda Cruzada, Saladino y los musulmanes someten Jerusalén después de un largo asedio contra los Cruzados, culminando con la rendición de la amurallada ciudadela.


El Emir Midhat, era conocido como "el guerrero sin piedad", su valentía, coraje y pasión para defender la tierra, que por derecho correspondía a los fieles seguidores de Alá, no tenía parangón.

Raro entre los suyos, por su cabello rubio, tan poco común entre los musulmanes, y su delicado rostro que sólo era siquiera un poco rudo con la barba rubia que crecía por ella. Midhat llevaba en su corazón la fe de Alá y la firme convicción de echar de sus tierras a los sucios cristianos que se habían apoderado, a la mala, de ella.

Pero realmente la fuerza de Midhat venía, tal vez, de la falta de piedad ante los enemigos de la Fe.

Nadie como él para castigar a todos aquellos que habían ensuciado la Tierra de Alá con su idolatría y su fe mezquina que hoy compraba a unos y mañana los desechaba. Tal como había sucedido desde cientos de años atrás: los cristianos eran la peor peste acaecida sobre el mundo.

Valía la pena luchar por el Islam, valía la pena luchar por Saladino, Sultán de Egipto y Siria.

Toda aquella doctrina alejada del culto musulmán ortodoxo tenía que desaparecer.

Así fue que durante el gran asedio de Damasco los ejércitos siguieron su camino hacia la gran Jerusalén, último bastión de los Cruzados, de los infieles. Ya habían sido derrotadas todas: Galilea, Samaria, Tiberíades… y fue precisamente en Tiberíades cuando su fe empezó a flaquear.

La ciudad de Tiberíades era gobernada por una mujer, capital del principado de Raimundo de Trípoli… ¡Por una mujer!

—Menuda broma —susurró cuando pasó por la filosa cimitarra a la mujer que se había resistido, peleando con su poca experiencia y su nulo manejo de la espada.

Es cierto que esa noche y muchas otras tuvo pesadillas, el mismo sueño recurrente en donde una mujer le perseguía con una espada, armada con los textos sagrados de su insulsa religión, parecía querer aplastarle.

Se preguntaba si acaso había hecho mal en matar a lo largo de la lucha intestina lo mismo a hombres que mujeres.

En Nazaret le pareció ver en la distancia a la mujer de sus sueños, incluso estuvo por perder su infinita concentración… lejos, en una colina, parecía estar una mujer que le contemplaba, a él, murmuraba algo, veía sus labios moverse pero no distinguía nada y cuando se volvió a ese lugar, una vez que aplastó a los infieles, ya no había nadie ahí.

Durante la pelea en Haifa también le pareció ver desde lo alto de una torre a la misma mujer… y lo que le llamaba la atención eran esos ojos azules que parecían desprender una piedad suprema, más que odio… eso y el cabello, su cabello rojo como el fuego que parecía arder.

Se preguntaba si todo aquel simbolismo sería alguna advertencia o alguna señal de Alá, así que con más ahínco rezaba y con más fe se deshacía de los enemigos.

Hasta que finalmente llegaron a Jerusalén.

Cuando la petición de recapitulación del traidor Balián de Ibelín(1), llegó a las manos de Saladino, mucho se ofuscó, así como el resto de los Emires, pues era de todos conocido el hecho de que Saladino prometió tomar Jerusalén por la fuerza ya que todas sus misivas, con infinita gracia, fueron rechazadas por los Cruzados cuando les pedía su rendición, y por respuesta enviaban la cabeza del mensajero en una cesta.

Después de un largo consenso los Emires habían acordado aceptar la rendición y a su vez perdonar las vidas de todos los que dentro de Jerusalén se encontraran, pagando por supuesto un precio monetario por cabeza…

Midhat no estuvo de acuerdo, él era de la idea de arrasar con todos para que sirviese de lección a los Cruzados y a los traidores como Balián de Ibelín, y sin embargo tuvo que obedecer.

De buena gana cuando entró a una de las torres encontró gran revuelo entre sus hombres, al acercarse fue testigo de cómo una mujer esgrimía una espada y luchaba encarnizadamente contra los hombres que la rodeaban.

Sus cabellos rojos contrastaban con su piel blanca y sus ojos azules echaban fuego. Herida y superada en número seguía peleando hasta que Midhat detuvo aquel espectáculo indigno.

—¿Qué es esta nueva injuria? —inquirió con su voz potente, los hombres de inmediato apaciguaron el espectáculo y le abrieron paso.

La mujer de rodillas en el piso estaba sujeta por el cabello, uno de sus hombres tenía la cimitarra debajo de su cuello.

—¿Quién eres, mujer? —preguntó con cierto dejo de asombro, pero con frialdad en sus palabras.

—Una mujer… —contestó burlona.

—Una mujer que pelea, no es cualquier mujer, una mujer que es indigna a sus deberes, no es cualquier mujer….

—Indigno es el hombre que asesina mujeres y niños por igual —respondió.

Los hombres murmuraban con indignación, negaban con la cabeza y esperaban la orden de su Emir para ejecutar a la impía. Pero él, simplemente levantó la mano para hacerles callar y dio la señal para que le dejaran a solas.

Una vez que estuvieron solos le contempló en el piso, era una criatura de belleza sin par, pero también era una cristiana.

—¿Quién eres? Estamos solos, nadie escuchará lo que me digas…

—Aunque lo escucharan no me importa, soy Carmit…

—¿La gobernante de Tiberíades? —frunció el ceño— ¿Cómo escapaste? Todos fueron aniquilados…

—Nadie conoce estas tierras como yo.

Le levantó por la barbilla para contemplar su rostro en el que se dibujaba el profundo odio que sentía por ellos, por los musulmanes.

—Jerusalén ha recapitulado, creo que ya lo sabes…

—Lo cual no significa que yo haya recapitulado…

—Tienes valor, mujer, pero de poco o de nada te va a servir eso ahora, una mujer en el poder, debe ser una broma…

—Ninguna broma —contestó furibunda—. Desde hace muchos años en la silla de Tiberíades no hay hombres sino mujeres…

—Para mayor deshonra.

—Deshonra es matar sin piedad y deshonra es mantener a sus mujeres atadas a la pata de la cama con la vista agachada y con la voz quebrada de no hablar nunca —le respondió.

Midhat estuvo a punto de él mismo cercenarle el cuello, pero algo se lo impedía, una razón más poderosa que él le detenía la mano en la cimitarra que colgaba de su cinturón.

Le perdonó la vida sólo porque su valor era mucho y porque su belleza era algo noble de admirar… y porque su fe parecía inquebrantable, lo mismo que la suya.

Y ella no se doblegaba. Aun cuando su vida pertenecía ahora a Midhat, no se doblegaba.

Los hombres del Emir no entendían porque de pronto él había decidido perdonar la vida de una mujer cristiana, incluso veían el hecho como un mal presagio, pensando que aquella mujer había embrujado de alguna manera al guerrero.

De acuerdo a lo establecido, todos aquellos que pudieran pagar su libertad podían salir de las murallas de Jerusalén, pero había quienes no podían pagar el precio y decidían quedarse como rehenes.

Tal fue el caso de Carmit, cuando una tarde mientras una pobre familia trataba de negociar su salida con lo poco que tenía: unas cuantas monedas y animales, ella misma se ofreció a pagar el precio.

—Yo pagaré el importe —dijo ante el rubio musulmán.

—Tú no tienes por qué hacerlo —finalizó dando la señal de que se la llevaran.

—¡Yo tengo dinero para pagar por esta familia y por otras! —le gritó.

—¿Ah sí? ¿Qué tanto? —se burló el hombre.

—Mucho más de lo que puedes imaginar…

En efecto Carmit tenía dinero con ella, esa misma tarde pagó con sus propios medios la salida de muchos, incluso se desprendió de joyas, ropa bordada con hilo de oro, y cuando al final se quedó sin nada se ofreció ella misma como rehén, cosa que habían hecho otros poderosos que aún quedaban en Jerusalén… ese gesto bastó para que Midhat la respetara y admirara aún más.

Tal vez era el pináculo de su fe tambaleándose lo que esa mujer representaba, o quizás ese sueño en el que la había visto significaba algo más… algo que Alá había puesto en su camino.

Al pasar de los días las cosas ni mejoraron ni empeoraron, se mantuvieron en una incómoda tregua, en un aparente equilibrio entre dos mundos diferentes.

Fue ella la que una noche, mientras dormía Midhat, se introdujo subrepticiamente a la alcoba de él, lo observó un breve instante, dormía apacible, y ahí entre las sábanas, sin todas esas telas rodeándole, sin las armas… no era más que un hombre… sólo eso… no era más que un ser humano… sin ataduras sin religión…

Tomó la cimitarra silenciosamente y se inclinó despacio sobre su cuello, presta para cortar la piel y su vida de un solo tajo.

Tan concentrada estaba observando el pulso latir en su cuello que no se dio cuenta de que él había abierto los ojos y le contemplaba en silencio, sin moverse, sólo la observaba…

—¿Vas a matarme, a pesar de que salve tu vida? —susurró.

Ella tragó saliva pesadamente, como si fuese un bocado denso e indigerible.

Él sujetó la cimitarra y se la quitó de la mano… la cristiana dio un paso atrás, caminó veloz hacia el arco de la ventana abierta, se subió al pretil y se quedó ahí parada, mirándolo, dispuesta a lanzarse al vacío.

—Vamos a terminar matándonos eventualmente, ¿no? Tú a mí, o yo a ti…

El Emir se puso de pie dejando la cimitarra en el piso, levantó las manos mostrándole que no llevaba nada en ellas, caminó despacio hasta donde ella estaba, paso a paso.

—No tiene que ser así…

—¿Por qué me salvaste? ¿Para tenerme aquí como tu rehén? ¿Para humillarme? —le lanzó mordaz, haciéndose cada vez más hacia atrás, hacia el vacío.

—No… porque sentí piedad… respeto por tu vida… —confesó hasta llegar a un palmo de donde ella estaba a punto de saltar—. Porque sentí que tú estabas en mi camino mucho antes de que te descubriera… porque tengo la sensación de que he atravesado los tiempos para llegar… a ti…

—¡Eres musulmán! —le escupió.

—Sólo soy un hombre… —le tendió entonces la mano a ella, con un breve ademán, y con ello parecían derrumbarse siglos de batallas, parecían desaparecer los cismas entre dos mundos alejados el uno del otro, parecía como si buscara redimir todo entre ella y él.

Carmit dudó en si bajar de ahí o lanzarse… su cabello pelirrojo ondeaba contra el viento que soplaba y se colaba por aquel gran ventanal, como una bandera de guerra o como una bandera de resurrección.

Sus ojos azul zafiro se clavaron en los de él… estiró la mano como un acto reflejo, sin que ella se lo ordenara a su cuerpo, los dedos de él tocaron la fina piel de la mano de la cristiana, se acercó hasta ella, la tomó por la cintura y la bajo del borde para dejarla sobre el piso, mantenía su mano entre sus dedos y su brazo estaba enredado en la cintura de ella… nunca se sintió más cerca de nadie…

—Venimos de dos mundos diferentes… —susurró la pelirroja.

—Tal vez sólo es cuestión de fe… —aseveró Midhat.

(1)Balián de Ibelín – Durante el asedio de los musulmanes en Tiro, Balián, solicitó el permiso de Saladino para ir a Jerusalén y poder sacar a su familia de la ciudad, permiso que le fue concedido, pero al llegar a Jerusalén fue reconocido por la población y se le pidió quedarse para encabezar la defensa de la ciudad. Cuando éste informó a Saladino de que le eximiera de cumplir con su palabra de no participar en la defensa, también le fue concedido. Poco después, cuando los musulmanes ya habían sitiado Jerusalén y las condiciones precarias de los Cruzados en el interior fueron devastadoras, Balián negoció la rendición. Fue rechazado pues el líder musulmán deseaba tomar la ciudad por la fuerza debido a las negativas anteriores. Al recibir el rechazo de Saladino, Balián amenazó con destruir toda la ciudad, antes que luchar. Después de un consenso entre los Emires y Saladino, fue aceptada la recapitulación y el pago de un impuesto por persona para poder abandonar Jerusalén.