Luego de tres semanas de reposo por mi 'transformación', he podido volver a mi vida normal, ya saben, investigaciones, lecturas, y mis ideas de rebelión. Seguía sin acostumbrarme a la nueva yo, pero ha pasado casi un mes y aún no he recibido señales de vida de Cormac, creo que debe pensar que estoy enojada con él por todo el asunto de la balanza, pero si soy honesta, cada día me gusta más. Me levanté de la cama, a la cual he estado metafóricamente atada este tiempo.
A pesar de que ahora tengo 12 y ya fui renovada, sigo vistiéndome tan simple y despreocupadamente como lo he hecho siempre; me puse una camiseta negra que le he escrito varias de mis citas favoritas; unos vaqueros blancos rasgados en las rodillas y con agujeros pequeños es los muslos y mis zapatos deportivos. Me miré en el espejo y noté que no importa cuan poco esfuerzo le ponga a mi aspecto, la nueva Cybelle siempre lucía como si hubiera pasados horas arreglándose .
Salí de mi habitación mientras me sujetaba mi ahora rubio cabello en una cola de caballo alta. Bajé las escaleras para encontrarme con el banquete que mi familia llamaba desayuno. Toda clase de delicatesses, desde elegantes omelettes, a todo tipo de cereales, hasta panqueques decorados exquisitamente. Últimamente había perdido mucho de mi apetito, me parece que es consecuencia de estar consciente de que mientras yo me atiborro de todo lo que pueda comer hasta explotar, la gente en los distritos más marginales moría de hambre. Tomé un plato con un poco de cereal y algo de leche. Mientras degustaba mi desayuno divisé esas pequeñas copas con ese líquido claro.
argh, vomix, siempre lo he odiado, desde que era una bebé. es decir ¿cuál es el sentido de enfermarse por gusto sólo para abusar de su placer. es ridículo.
Terminé mi desayuno, recogí todo y me dirigía a la cocina con intención de limpiarlo yo sola, una costumbre que la familia de los Lapworth me había dejado.
—Pero, ¿qué haces, chiquilla? Ese es nuestro trabajo, no el tuyo—me reprimió Rowan escandalizada mientras me arrebataba mi plato y cubiertos de la mano.
—Dame eso, Ro, puedo hacerlo yo misma.
Rowan me sonrió con la mirada mientras me decía en un susurro
—La pequeña ama Allardyce tiene el corazón mas grande de todos, se lo agradezco, pero vaya a disfrutar de este hermoso día con su amigo ya que puede salir.
Suspiré sabiendo que la vieja Ro era una testaruda y no había manera de cambiar su manera de pensar.
—Está bien, adiós Ro—me despedí mientras salía por la puerta principal.
Papá tiene siete distintos chóferes, uno para cada día de la semana, y siempre me ofrecían llevarme hacía donde me destinaba, pero yo personalmente prefería caminar, me daba tiempo de pensar y aclarar mis ideas, y además Cormac sólo vive a cinco calles de distancia.
Mientras caminaba me daba cuenta de que, a pesar de tener toda mi vida conociendo a Rowan, no conocía ni su apellido, ni de donde venía (sé que no era del Capitolio porque tiene un acento diferente), ni cómo es su familia, o si quiera si tiene familia, y como llegó a ser criada.
Los criados no son lo mismo que los Avox. Ambos sirven a sus amos y deben hacer todo lo que se les ordenen, pero los Avox son traidores, a quienes les cortan la lengua y están obligados a una vida de esclavitud pagando sus crímenes, mientras que los criados, aunque estaban obligados a servir incondicionalmente a sus amos, no se les corta la lengua y son comprados por una familia. Generalmente, llegabas a ser criado cuando estás realmente desesperado por algo de dinero. Además, los Avox sólo servían a las personas más cercanas al Gobierno, el resto de la población monetariamente influyente compraba criados.
Llegué a casa de los Lapworth, toqué el timbre y a los pocos segundos, la puerta principal se abrió mostrando al sonriente padre de Cormac. El señor Lapworth era un hombre de treinta y tantos años de cabello castaño claro y ojos color miel, él estaba en buena forma, y lo único que lo hacía aparentar su edad eran esas pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y uno que otra cana en su cabellera. Es un hombre que siempre he admirado muchísimo y ha sido más una figura paternal que mi padre, me enseñó a montar a caballo y los valores más importantes de la vida; luchar por lo que quieres, trabajar duro y por muy alto que me encuentre en la vida siempre tratar a los demás con su debido respeto. Recuerdo una de las frases que solía repetirnos a Cormac y a mí: "si quieres saber como es realmente un hombre, mira como trata a sus inferiores, no a sus iguales."
—Hola, pequeña rubia—me saludó con una sonrisa en sus labios—Para verte, no te he visto tu cambio de imagen. Vamos, sabes que no tengo que decirte que puedes pasar para que entres, ya tu casi eres de la familia. El día que le demos a Cormac una copia de las llaves de la casa, espera la tuya.
El comentario me hizo sonreír, a pesar de ser un hombre casi tan importante como mi papá, era muy humilde. El padre de Cormac tenía puesto una clase de delantal el cual me quedé mirando de manera divertida por un rato.
—Ja, ¿miras esto?—me preguntó mientras señalaba el sucio delantal—Estaba lavando los trastos cuando tocaste.
Oh, cierto, casi había olvidado que los Lapworth no tenían criado, y no era por no poder costearlo, en su casa tenían una política: "Si pudiste ensuciarlo, tu mismo puedes limpiarlo." Los Lapworth querían dejarles un mensaje a sus hijos para ser grandes personas, más allá de si fueran exitosas o no. Y ello lo son.
—Bueno, estoy seguro que no viniste a hablar conmigo, Cormac está arriba en la sala de estudio—me dijo mientras se dirigía de nuevo a la cocina para terminar sus labores en la casa.—Hey, Cybelle—me llamó mientras subía las escaleras.
—¿Si?—contesté mientras giraba mi cabeza en su dirección.
—El rubio te sienta muy bien, pero creo que ya extraño a la Cybelle colorada.
Le sonreí y terminé de subir las escaleras y seguí el pasillo hasta llegar a la sala de estudio donde Cormac estaba sentado en un escritorio con varios libros abiertos y un montón de recortes a su alrededor, no pude evitar sonreír al verlo. Él es mi único y mejor amigo y probablemente la persona a quien más quiero ahora, y pasar casi un mes sin verlo se sentía como el resto de los chicos de 12 años se sienten cuando sus padres se van por ese mismo período de tiempo. Sentía como que algo faltaba, y ese algo era mi compañero de crímenes…
—Y entonces ¿te quedarás todo el día viéndome o entrarás al estudio hoy?—me dijo, tomándome por sorpresa porque ni siquiera había levantado la vista.
Me senté en un banco, al lado de él, y observaba todo lo que tenía en el mesón
—Entonces, ¿me odias?—me preguntó, directamente sin siquiera mirarme.
Sabía a lo que él se refería y ya sabía la respuesta a esa pregunta.
—No, de hecho, me gusta. Cuando me lo mostraron si quería matarte pero creo que cada vez me gusta más.
Cormac soltó un suspiro de alivio.
—Guao, no sabes cómo me alivia saber eso. Creí que me vendrías a matar así estilo Juegos del Hambre. Bueno, pequeña ahora rubia ¿me ayudarás a investigar sobre esto o planeas mirarte en el espejo y admirar tu nuevo rostro toda la tarde?
Le dí un golpe en el hombro, como siempre que se comportaba como idiota.
—¿Y que se supone que investigas? Si puedo saber, claro.—Le pregunté.
—Contrabando de personas de los Distritos. Tráfico y venta de sus cuerpos en el Capitolio.
Sólo escuchar el título que le dio, me causó nauseas y una rabia incontrolable. Cormac es la clase de chico que te puede hacer reír por horas y puede comportarse pero es una increíble persona, fantástico oyente y, aunque no lo parezca, es inteligente.
Pasamos toda la tarde leyendo los distintos artículos, entrevistas, testimonios, sospechas y teorías de otras personas que no sé donde consiguió mi mejor amigo.
—Ya, si sigo leyendo esto enloqueceré por contener mi rabia.—vociferé mientras me paraba de golpe de mi asiento y tiraba el libro a un lado.
Había pasados horas leyendo como ciertas personas escogidas por el Capitolio mismo eran enviadas a los distintos distritos y secuestraban a personas, algunas veces mataban a toda su familia para que nadie se interesara mucho en las investigaciones, muertes misteriosas y desapariciones repentinas invadían las vidas de los habitantes de los distritos, sobre todo los de los más marginales.
Luego de que los traían al Capitolio, los dividían en distintos grupos: los criados, los marginados, los obreros y los sexties.
Los criados eran torturados en su 'preparación' para su venta. Generalmente a latigazos les enseñaban cómo comportarse, como tratar a sus amos, como atender la casa y demás. Y esto no es lo peor, al comprar un criado el ochenta por ciento del precio le pertenece a su vendedor, y de su paga mensual sólo se le da el cuarenta por ciento. Si por alguna vez su amo considera que ha cometido tres errores, es enviada devuelta a sus vendedores, donde es probable que lo torturen por semanas, con shocks eléctricos y más latigos. Se han visto casos que incluso han hi-jacked a los criados para que aprendan a no volver a cometer los mismos errores. En los cuartos de torturas, los criados devueltos viven allí hasta que sus vendedores consideren que han cambiado, pero están obligados a mantener impecable esos cuartos, nada de manchas de sangre ni desorden de ningún tipo.
Esta información me hizo sentir enferma, pensé en Rowan y en el resto de los criados de la casa, me sentía asquerosa al saber todo esto, sólo quería llegar a casa y disculparme con ellos por la atrocidades que el Capitolio hizo con sus cuerpos.
Los marginados son ese grupo de personas que realmente no pertenece a ninguno de los otros tres grupos y viven en el Capitolio bajo la rigurosa mirada de sus secuestradores. Son los que tienen más suerte de todos los demás. Generalmente son niños, mujeres embarazadas y ancianos.
Los obreros son simplemente la mano de obra que necesita el Capitolio para construir sus proyectos. Estos tienen un entrenamiento similar al de los criados pero un mejor sueldo.
Y por último los llamados sexties. Estos eran secuestrados para convertirse en los juguetes de sus compradores, literalmente pagaban para comprar sus cuerpos, convirtiéndose en esclavos sexuales. Los sexties los 'preparaban' para sus 'experiencias' con los clientes, los hacían pasar por distintas dolorosas y traumantes pruebas que generalmente marcan tanto a los sexties que se vuelven Avox mentales y son total y completamente dóciles al momento de ser vendidos.
Al final de la tarde terminé con los ojos abnegados en lágrimas, me sentía impotente, ¿cómo puede ocurrir esto bajo nuestras propias narices y no darnos cuenta? ¿Cómo podemos callar algo así? Silenciosamente las lágrimas se escaparon de mis ojos. Cormac giró para verme, nunca lo vi tan triste y callado. Nos quedamos en silencio, mirándonos, yo lloraba sin decir una palabra, pero ambos sabíamos que significaban nuestro intercambio de miradas: Es hora de hacer algo, si no lo hacemos nosotros ¿cómo esperamos que otros hagan algo? Me limpié las lágrimas del rostro mientras decía
—Es hora de cambiar la historia. De cambiar al Capitolio.
Cormac escribía algo en una hoja en blanco, cuando lo terminó, noté que decía: "¡Abajo con El Capitolio!" y justo debajo un bosquejo de mi balanza.
