Subo el siguiente capítulo el mismo día que el primero porque voy a pausar el fanfic. Ya llevaba 8 capítulos escritos y algo del final, y me he dado cuenta de que no me ha gustado, así que para no estropearlo más y ganar tiempo para arreglarlo prefiero pausarlo un tiempo y escribir one-shots únicamente, porque yo no doy para más xD Cuando crea que haya mejorado, aunque sea un poco, continuaré el fanfic. Dicho esto, os dejo el capítulo 3.


Capítulo 3: Reborn

Una vez dentro del edificio, Lal y Reborn iban por delante de Colonello discutiendo sobre algo. Hubo un momento en el que Reborn miró al joven militar por debajo de su sombrero y se tocó una patilla con la yema de los dedos pulgar e índice, como evaluándolo.

–De acuerdo, haré eso… –respondió Lal a algo que le habría dicho el moreno. Después se giró y se dirigió a Colonello– Reborn te llevará a la sala donde vas a pasar la noche –y se fue por un pasillo distinto al que tomarían ellos.

–Sígueme –le dijo Reborn al rubio.

Avanzaban uno detrás del otro por un ancho pasillo en el que de vez en cuando se le cruzaban un par de personas que parecían superiores, en silencio.

–¿Así que tú has sido el de los 106 disparos? –preguntó Reborn para romper un poco el silencio.

–Ajá.

–Ya veo –se dio un golpecito en el ala delantera de su sombrero para subírselo un poco–. Ella jamás te lo dirá, pero has superado sus expectativas.

–¿Te refieres a Lal?

Reborn asintió. De alguna manera, Colonello estaba contento. Se detuvieron ante una puerta de un azul translúcido. El más joven se quedó cayado esperando una explicación de su guía acerca de la habitación.

–¿Y bien? –Colonello se cruzó de brazos.

–¿"Y bien" qué, niñato?

Justo entonces llegó Lal con cara de preocupación y Reborn se fue, sin decirse nada el uno al otro. La mujer sacó unas llaves del bolsillo y abrió la puerta.

–Entra –le ordenó.

Ambos entraron en el cuarto en el que había varios objetos de entrenamiento. Era una habitación enorme. En la mitad derecha había dianas y muñecos a los que se debía disparar con unas armas de fuego y puñales que había en una estantería de hierro colgada en la pared del fondo para practicar la puntería. En la mitad izquierda había sacos de arena, colchonetas, pesas y otras herramientas propias de un gimnasio.

–Entrenarás toda la noche.

–¡¿Eh?!

–¡Nada de quejas! –gritó Lal– ¿Es que te crees que a mí me apetece quedarme aquí vigilando que entrenes bien?

–En ese caso dile a Reborn que se encargue de mí.

Lal le dedicó una mirada asesina y chasqueó la lengua. Sabía que Reborn jamás accedería a quedarse toda la noche vigilando a alguien como Colonello, con lo que le costaba ceder para encargarse de las pruebas de los recién llegados. En COMSUBIN se conocía que aquel que entrenaba con Reborn llevaba una vida dura; pero, sin duda, no le tenía nadie tanto miedo a él como le tenían a Lal Mirch.

Colonello cogió un par de guantes negros sin dedos que había sobre la estantería de hierro y se los puso; acto seguido se quitó la chaqueta y la tiró al suelo. Lal se sentó en el suelo apoyada en una pared de modo que desde su punto de vista no quedaban ángulos muertos en la sala.

–¿Con qué empiezo? –preguntó Colonello crujiendo los nudillos.

–Tú verás, tienes toda la noche para decidirlo.

Colonello sonrió y le pegó un puñetazo que a Lal no le dio tiempo ver venir al saco de arena que tenía justo al lado. Estuvo cosa de una hora sacudiendo el saco. Lal lo observaba analizando cada movimiento que hacía. Se fijaba en todo, aunque ella jamás admitiría que lo hacía porque pensaba que podía aprender algo del cadete. Irónico.

El rubio se paró en seco y sujetó el saco de arena para que no lo golpeara en la cara.

–¿Qué haces? –preguntó la capitana.

–Acabo de acordarme… –respondió el chico mirando al suelo. Se acercó a ella y se agachó a su lado– ¿Te duele?

–¿Que si me duele qué?

Colonello le acarició la cadera, donde le habían disparado horas antes.

–Dime, ¿te duele?

Lal se ruborizó ligeramente y bajó la mirada. Ni ella misma se había acordado de no ser por los pinchazos de dolor que le daban cuando Colonello le tocaba la herida. Lo perfecto habría sido que le respondiera, pero su instinto le hizo apartarle de una fuerte patada en el pecho.

–Ya veo cómo eres, kora –dijo Colonello estirando los labios en una atrayente sonrisa. Atrayente para Lal. Demasiado atrayente, en su opinión.

–Tsk, no te he dado permiso para que pares.

Colonello siguió entrenando. Después de haber hecho más de tres horas de pesas, estiramientos y ejercicios de lucha, se iba a dirigir a las armas de fuego. Pero, al mirar a Lal, se dio cuenta de que estaba dormida. Se agachó a su lado y tendió la chaqueta sobre ella.

–Buenas noches, kora –le echó su chaqueta por encima y empezó con los cuchillos para no despertarla.


Os agradecería que siguierais corrigiéndome como habéis hecho hasta ahora. Y si queréis, podéis darme ideas, tanto para este fanfic como para otro. Gracias~