Ni cuando quiso que su padre comprara toda la equipación para el equipo de Quidditch en segundo, ni cuando se empeñó en que les hicieran el juicio a Hagrid y a su jodido pollo gigante en tercero, ni cuando a los cinco años le pidió un elfo doméstico a su madre para practicar con la quaffle. Nunca había tardado tanto en conseguir nada.

Y esta vez… un mes.

Llevaba cuatro malditas semanas haciendo el idiota por todo el colegio para que el imbécil de la cabeza abierta le dedicara poco más que un par de miradas, y no precisamente de deseo. Cuatro semanas recogiéndole las plumas a cada torpe balbuceante que las dejaba caer en clase, cuatro semanas sin insultar a ningún hijo de muggles… Merlín, cuatro semanas sin follar. Sin atender en clase, sin escuchar otra cosa que no fueran las burlas de Theo y Blaise, sin pensar más que en su siguiente paso, su siguiente estrategia descabellada, su próxima humillación pública.

Su pergamino para la clase de Historia de la Magia del día siguiente apenas se extendía unos diez centímetros, y debía ocuparle aún casi el doble. Más y más fechas y nombres sin sentido se arremolinaban en su cabeza, y ya no sabía si era Gredevico el Sordo el que quería tirarse a Ullrich el Castrado o si en realidad se lo estaba inventando todo. Estaba inquieto y se removía incómodo en la silla. Tendría que haber bajado a hacer el trabajo a la biblioteca, pero no estaba de humor para aguantar la incómoda compañía del impertinente de turno.

Theo se había tumbado en la cama junto a él y observaba divertido cada uno de sus movimientos, cada gesto, cada blasfemia lanzada al aire. Como si hubiera estado esperando el momento apropiado, el tintero se derramó sobre el pergamino empapándole la camisa blanca.

.- ¡Joder! ¡Mierda! ¡Joder!

Theo levantó la vista en un ademán falsamente distraído del libro sobre Runas que aparentaba leer y le miró como si acabase de entrar en el cuarto.

.- ¡Draco! ¿Te… te pasa algo?

.- ¡Que te den! – Draco se desabrochó la camisa y la arrojó al suelo

.- ¡Pero mira cómo te has puesto, con lo que te gusta esa camisa!

.- Déjame en paz.

Al fin Theo rompió a reír y se levantó de la cama, caminando hacia Draco.

.- Llevo toda la tarde pasándomelo de cojones a tu costa, no irás a enfadarte ahora. Por lo menos nos hemos librado de esa camisa…

Draco trató de mirarle con furia, pero sólo logró que pareciera estar oliendo algo podrido.

.- Esa camisa vale más que tú, capullo.

.- Y es más fea que Longbottom haciéndose una paja. Con ella pareces un proxeneta, así que dale un entierro digno y olvida que alguna vez la conociste.

Draco fue hacia su armario y buscó otra, prácticamente idéntica, aunque negra esta vez. Se la puso de espaldas a Theo tratando de que éste no viera su iracundo rostro.

.- ¿Draco, no tienes ropa que no sugiera que has huido del siglo XIX?

.- ¿Y tú no tienes ropa que no sugiera que tu sastre es ciego?

Theo pasó por alto el comentario a sabiendas de que Draco no tenía nada en contra de su forma de vestir. Insultarle no era divertido si él no colaboraba, así que había llegado el momento de hurgar en la raíz del problema.

.- Te noto nervioso…

.- No lo estoy. Es el jodido pergamino. Lo estaba terminando y se ha llenado de tinta.

.- Amm… si quieres te dejo el mío. Ya lo he acabado y lo puedes copiar un poco.

Hacer deberes y estudiar era lo único que mantenía algo ocupada la mente de Draco. Terminarlos en media hora no le ayudaría a despejarse.

.- Mejor no. Si los copio no me voy a enterar de nada y prefiero irlo aprendiendo.

Theo volvió a sentarse en la cama. Enterró la cabeza entre las manos y empezó a masajearse las sienes. Después miró a Draco de nuevo, pero esta vez como si acabaran de conocerse.

.- ¿Qué?

.- ¿Qué?

.- ¿Qué miras?

.- Tío… estás…

.- ¿Qué dices?

.- Estás jodido.

.- ¿Qué coño dices, Nott?

Theo se levantó otra vez y se puso frente a Draco.

.- ¡Eres un maricón, y no sólo eso, eres un maricón obsesionado!

.- ¡Qué dices, gilipollas! ¡Eso no es verdad!

.- ¿Qué no es verdad? ¿Que eres un maricón o que estás obsesionado?

Draco titubeó.

.- Yo no estoy… ¡no estoy obsesionado!

.- Lo estás. La estás cagando tío, la estás cagando. Estás de los nervios y no haces más que el capullo por toda la escuela. Hace un mes sólo era "quiero tirarme a Potter" y ahora…

.- Ahora es lo mismo. Sólo es… sólo me está costando un poco más de lo que pensaba al principio. Por eso a veces hago cosas un poco raras, sólo es eso. Sólo es eso, Nott. Sabes que me jode no conseguir las cosas cuando las quiero, y ya me estoy cansando de estas tonterías.

.- ¿Por qué no lo dejas ya?

.- Porque no. Porque no quiero. Quiero a Potter. Un día. Una vez. Aunque me cueste diez años, aunque haga el gilipollas como nadie, aunque tenga que comprarle una túnica de gala a la comadreja o dejarme ganar al Quidditch. Lo tengo que conseguir. Cueste lo que cueste. Como sea.

Toda la escuela había salido al campo de Quidditch.

Aquella semifinal Gryffindor-Hufflepuff le importaba a Draco tanto como el ciclo reproductivo del jobberknoll; Slytherin estaba matemáticamente clasificada para la final de la Copa, y por lo que a él respectaba, los otros dos equipos podían romperse sus catorce cabezas.

Pero su habitación le ahogaba como si las paredes se cerrasen sobre él, y de todas formas sus compañeros habían salido a ver el partido, así que había cogido su escoba y sus útiles de limpieza y había salido a los jardines a pulirla. No tenía nada mejor que hacer, y qué demonios, le gustaba presumir de su Nimbus 2001 cuando a alguien se le olvidaba que el maldito cara de calabaza tenía la escoba más rápida del mercado.

Le encantaba limpiar, abrillantar y dar cera a la madera, recortar minuciosamente las ramitas más pequeñas y quitar las astillas. Aquel trabajo tan meticuloso tenía la capacidad de relajarle y esa tarde no sería una excepción.

Pero tras diez minutos de tarea una desagradable conversación turbó su paz. Como siempre. Siempre venía alguien a joderle.

Gryffindors. Dos

Putos Gryffindors…

Con su uniforme de Quidditch, seguramente diseñado por un simio manco.

Uno de ellos era la Weasley. Tenían mal gusto hasta para parirlos.

El otro era un chico cuyo nombre no recordaba, aunque tal vez no lo hubiera sabido nunca. Y hablaban tan alto como si el resto del mundo no tuviera orejas.

.- ¡Dean, qué hago sin escoba, nos jugamos el pase a la final!

.- ¿Y si se la pedimos a alguien?

.- ¿A quien? ¿A un Hufflepuff? No me la prestará. Y la mayoría de gente que conozco y me la dejaría tiene Barredoras. No te ofendas pero en mi puesto no puedo jugar con una Barredora. Mierda, mierda, mierda… vamos a perder.

Algo despertó dentro de Draco. Iba a hacer el ridículo, sí. Tendría que morderse la lengua hasta sangrar. Pero era la prueba de fuego.

Se levantó despacio y se acercó a los dos Gryffindors.

.- Perdonad… eh…

Dean se dio la vuelta y le miró como lo haría si tuviese un chicle en el pelo.

.- ¿Nos hablas a nosotros?

.- Sí, es que no he podido evitar oíros.

.- ¿Ah, sí?

La actitud de la Weasley le irritó. Ya no estaba tan seguro de ser capaz de controlarse.

.- Sí, el volumen de vuestra voz me recuerda a los vendedores de tomates de los mercados.

.- ¿Cómo dices, gusano?

.- Digo que… - recordando su verdadero propósito trató de calmarse y se dirigió a Ginny – he oído que no tienes escoba.

.- No, no tengo. Se me rompió anoche durante el entrenamiento y hasta el miércoles no me prestan otra del colegio. A todo esto, ¿a ti qué te importa?

Bien, era el momento de ser… agradable.

.- ¿Quieres que te preste la mía?

Dean y Ginny se miraron como si les hubiese ofrecido un bollito de cianuro.

.- ¿Qué?

.- Que si quieres la mía. Es una Nimbus 2001. Para el partido que tenéis ahora.

Ginny no supo qué responder. Miró alternativamente a Draco, su escoba y después a Dean.

.- ¿Por qué?

.- ¿Por qué?

.- ¿Por qué quieres dejármela?

.- Mmm… -Draco trató de pensar rápido- … es que prefiero jugar la final contra Gryffindor. ¿La quieres o no?

.- ¿La has hechizado para que se caiga y se mate?

Draco se giró hacia Dean como si fuese bobo.

.- No digáis idioteces. Si la quieres cógela, no me hagas perder el tiempo. Ya te he dicho por qué te la presto. Pero si le pasa algo venderás tus córneas para pagar otra, Gryffindor.

Ginny la cogió, aún con la duda dibujada en su rostro.

.- Yo… vale. Sí, vale. No me queda alternativa. Tenemos que jugar. Y ganar. Y esta escoba es genial.

.- De acuerdo. En cuanto acabe el partido me la das. Te estaré mirando para que no hagas tonterías sobre ella.

.- Gracias. Gracias, Malfoy.

.- Sí, sí.

Se alejaron discutiendo y Draco se sentó en el banco de piedra tratando de discernir si había hecho algo terriblemente inteligente o simplemente estúpido.

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El encuentro se saldó con una clara victoria para Gryffindor; era complicado competir con una Nimbus 2001 y una Saeta en el mismo equipo. Draco abandonó la grada y buscó a Ginny para que le devolviera la escoba, pero vio a lo lejos que no era ella quien se la traía.

Los colores del uniforme Gryffindor parecía más aceptables sobre Potter, pero de algún modo le irritó que fuese él quien le devolvía su escoba y no la persona a la que se la había dejado.

.- ¿Qué pasa Potter? ¿Le doy miedo a la chica Weasley?

.- Cállate, Malfoy, no estropees lo único medianamente decente que has hecho en tu vida. Sólo he venido a devolverte tu escoba y a darte las gracias.

¿Se lo parecía a él o las columnas que sujetaban el mundo se estaban moviendo?

.- ¿Ah, sí?

.- ¿Por qué lo has hecho?

.- Ya se lo dije a ella. Quiero jugar contra vosotros en la final.

.- Ya… ¿no vas a pedir nada a cambio?

.- Sí, que dejes de ser un imbécil. Pero mi fe en la magia tiene sus fronteras.

.- Vale, Malfoy.

.- De verdad, Potter, es que soy así de generoso.

.- Sí, seguro…

Draco trató de sonreír, pero le salió una extraña mueca que agradeció no estar viendo en un espejo.

.- Lo he hecho… desinteresadamente.