Capítulo 4
La diosa Hera seguía recostada en su diván acariciando delicadamente a uno de los hermosos faunos que deleitaban con su bella música a los presentes. Algunas doncellas, instruidas por Dionisio, se aseguraban de que tuviera a mano cualquiera de los delicados manjares, frutas y aceites aromáticos que se le antojaran. Hera sonreía complacida con las atenciones que estaba recibiendo y también porque estaba disfrutando de ver al grupo tan variopinto de invitados que habían llegado a la fiesta.
Sonrió al caballero de Capricornio devolviéndole el saludo y al de Aries, notando los característicos puntos en la frente que le denotaban como un lemuriano, al igual que a su antecesor. El ver al ariano más joven le hizo sonreír con agrado pues tenía muy dulces recuerdos del viejo Patriarca, además de que le daba un enorme placer el saber que Atena ignorara ciertas cosas acerca de sus caballeros.
Miró después a la mujer que junto a Shaka la observaban.
—Asgard... —susurró recordando al dios Odín, el señor de los hielos—. Entonces esta hermosa joven ha de ser una valquiria, ¡qué interesante!
Sacudió un poco la cabeza pensando en la ironía de que en esta fiesta se estuvieran reuniendo dioses rivales y sus servidores mortales que otrora fueron encarnizados enemigos y que se pusieran a fraternizar como si nada hubiera pasado. Pensó maliciosamente que Dionisio ya se encargaría de que esas interacciones no se quedaran en simples conversaciones, pero aún no había prisa alguna. A Hera no le gustaba ir a tontas y a locas a la hora de elegir a aquellos con quienes compartiría la velada.
Las doncellas la miraron un tanto sorprendidas al oírla pero la diosa no se molestó en explicarles nada. El ver juntos a la representante de Odín en la Tierra charlando animadamente con el que muchos consideraban como al más poderoso caballero de la diosa de la sabiduría, por la cual aún sentía un feroz odio al ser la hija favorita de Zeus, le parecía sumamente curioso.
Sus pensamientos pronto se vieron interrumpidos debido a que un recién llegado se le acercó. Le hizo una reverencia y tomó su mano en cuya palma plantó un delicado beso, tras lo cual comentó que el fauno era muy afortunado al ser acariciado por las manos de la bella diosa. Hera sonrió con total descaro al escuchar la grave voz de su hermano Hades.
—Por el momento es el fauno, luego ya veremos...—le miró de reojo y con suma elegancia estiró su mano acariciando la de su hermano por unos segundos.
Hades sonrió al oír a su hermana mayor. Normalmente no salía del Inframundo pero esta vez no quiso resistir la tentación. La miró fijamente y se sintió contento de haber acudido a esta fiesta porque eran muy contadas las veces en las que se podían ver.
En la época del reparto de los tres reinos se había sentido muy resentido con que le tocara en suerte el mas lúgubre, el que ninguno de los tres hermanos quería en realidad y que hubiera sido Zeus y no él, quien se desposara con Hera. Aunque en realidad, tampoco podía decir que le había ido mal porque a pesar de que la mayoría de los mortales le seguían temiendo y que su popularidad en comparación con la de los otros dioses no era gran cosa, poseía la mayor parte de las riquezas de la Tierra, ya que estaban a nivel suberráneo y en el Inframundo se encontraban los magníficos Campos Elíseos. Además, tarde o temprano, todos los mortales irían a parar a algún lugar de su reino, el que él decidiera que se merecían. Ese poder era lo que más le gustaba.
—Tal vez no haya sido buena idea el venir aquí, hermana —dijo algo nerviosamente Hades al sentir que había varias miradas fijas en él.
—Has hecho bien en venir, querido, ¡qué todos sepan que el dios Hades reina aún en el Inframundo! —la diosa levantó su copa y brindó por su hermano, al que invito a sentarse a su lado-. ¡A tu salud, mi hermoso dios!.
Después miró a su alrededor puesto que el festival se estaba colmando con la presencia de muy interesantes caballeros y algunas damas. De nuevo sus ojos se posaron en el caballero de Virgo y quiso ponerlo a prueba, hablándole a través de su cosmos.
—¡Vaya!, ¡no pensé que el caballero de Virgo gozara de tanta popularidad!.ya veremos que otras gracias ocultan tus ojos velados...
Shaka se obligó a mirarla por el rabillo del ojo, topándose con aquellos brillantes ojos verdes mirándolo fijamente, porque el cosmos de Hera parecía estar envolviéndole. Por un breve instante la vio sonreír abiertamente, pero la suya no era una sonrisa alegre sino más bien sarcástica y burlona. Shaka decidió contestarle por el mismo medio, a fin de cuentas, no era necesario hacer partícipes de aquel intercambio de impresiones a todo aquel que pudiera oírlos.
—Me temo que no sé a qué se refiere, diosa Hera, dudo poseer la popularidad de la que tanto habla.
Alzó su copa desinteresadamente, mostrándole que él era posiblemente el único que no había bebido nada y dando a entender que costaría trabajo que alguien como él perdiera su cordura. Volvió a prestar su atención a la mujer nórdica, reabriendo esta vez sus ojos.
—¿Le gustaría sentarse?, quizás podríamos continuar hablando. Si no le molesta estar en mi compañía, claro está.
Hilda accedió gustosa porque los modales de aquel hombre le parecieron exquisitos aunque le resultara un tanto curioso el que los caballeros atenienses hubieran venido sin el consentimiento expreso de su diosa. No obstante, por ahora la Tierra disfrutaba de un período de paz y las reglas concernientes a la permanencia de los caballeros de oro en sus puestos del Santuario debían haberse relajado.
De todas formas, ellos, al igual que su hermana y los guerreros divinos siempre han disfrutado de una mayor libertad de movimientos que alguien como ella y el Gran Patriarca. Hilda únicamente pudo venir porque, ¿quién sabía por qué habría accedido a hacer tal cosa?, Odín lo había dispuesto así. De hecho, el jefe de los dioses del norte fue muy insistente.
—No me incomoda en absoluto su presencia, caballero de Virgo —le dijo de forma pausada haciendo un pequeño mohín—, justo todo lo contrario pues rara vez puedo entablar conversación con otro guerrero que no sea uno de los siete jarls de Asgard o los guardias de palacio. Asgard no es un lugar al que acudan muchas visitas.
Entre el atroz clima, el haber tenido al país en guerra desde tiempo inmemorial, además de que tradicionalmente se tratara a todo aquel que se adentrara allí sin expreso consentimiento como si fueran enemigos, contribuyeron a que Asgard se mantuviera aislado durante milenios. Aunque tras la reciente batalla contra los caballeros de bronce el casi total aislamiento se convirtió en cosa del pasado y desde entonces existe una tregua vigente con los atenienses ya que ambas órdenes tuvieron un enemigo común: Poseidón.
Al igual que el caballero de Virgo, Hilda tampoco había catado aquel seguramente delicioso brebaje, así que para no ofender a su amable anfitrión, una vez que se sentó, se llevó la copa a los labios y sorbió un poquito. ¡Era verdaderamente magnífico!, nada en la Tierra se le podía comparar y estuvo tentada a apurar el contenido de la copa cuando involuntariamente desvió su vista hacia donde se encontraba Shura.
La chica se llevó una auténtica sorpresa al ver la escenita que estaba teniendo lugar y sonrió para sus adentros al ver como aquellos dos atenienses: Shura y el joven caballero de bronce, cuyo nombre no había oído, se besaban de una forma tan apasionada. Depositó la copa encima de una mesita que había sido dispuesta para tal menester, pero la colocó de tal forma para que pudiera verla en todo momento, pues le preocupaba que alguien tratara de añadir algún "ingrediente especial".
—Shaka, quisiera pedirle un favor. ¿Podríamos tutearnos?, aquí únicamente soy una invitada más, por lo tanto, preferiría que me llamara por mi nombre.
—De acuerdo, Hilda, me parece que es mejor así —contestó accediendo a la petición de la dama de los hielos.
Las doncellas les obsequiaron con unos tarritos de aceites perfumados, los cuales despedían un increíble aroma que hizo que Hilda se distrajera por varios minutos y que comparara mentalmente las costumbres griegas y las de su tierra.
—Lo siento, Shaka —se disculpó la joven sacerdotisa pues el caballero tenía puesta su atención en ella y pensó que quizás le habría extrañado el que no le dirigiera palabra alguna—. Estaba pensando en lo diferentes que son las celebraciones entre los dioses griegos a las de los nórdicos.
—Las disculpas no son necesarias, Hilda. Supongo que los dioses de ambos panteones son diamentralmente diferentes, al menos yo no imagino a un dios de tierras frías ofreciendo una fiesta tan... "cálida"—contestó Shaka.
No pudo evitar una sonrisita al oírlo pues en algo se equivocaba: si bien era cierto que en comparación el nivel de infidelidades era muchísimo menor, los dioses del norte podían ser tan poco comedidos a la hora de practicar los placeres de tipo carnal como los griegos, de hecho, normalmente en sus fiestas la sutileza brillaba por su ausencia.
—No te creas, no son ningunos angelitos precisamente —dijo de forma casual.
Quizás Shaka pensaría al oírla hablar así que estaba siendo irreverente, cuando en realidad, la joven estaba confirmando una verdad de Perogrullo y cualquier persona que estuviera familiarizada con las leyendas escandinavas sabría a lo que se refería. Como dudaba que él supiera gran cosa acerca de sus costumbres, Hilda le explicó que en una fiesta tradicional los guerreros se reunían en una gran sala donde habría comida (principalmente carne de venado) y bebida en abundancia (particularmente cerveza) servidas por las hijas, esposa y esclavas del dueño de la casa. Como entretenimiento seguramente vendría un narrador tradicional que relataría con todo lujos de detalles y mantendría lo mejor posible el suspense al contar algún cuento de una de las famosas sagas épicas.
—Los excesos se cometían principalmente con las cantidades de alcohol consumidas. Las fiestas frecuentemente duraban días enteros y los guerreros bebían casi sin parar —dijo con una mueca de diversión— pero a diferencia con lo que estamos viendo aquí, seguramente un guerrero comenzaría a liarse a golpes con otro por algún motivo trivial. Las cosas empeorarían más como hubiera fanáticos que consumían hongos alucinógenos porque entonces acababan en una especie de batalla campal en la que a menudo había heridos de gravedad e incluso muertos. No exagero, ¿sabes?
La joven no exageraba en absoluto porque desde tiempo inmemorial se había prometido que a todos quienes murieran valientemente en el campo de batalla, sin importar qué tipo de conducta hubieran mantenido a lo largo y ancho de su vida, que formarían parte de la legión de guerreros destinados al Valhalla, donde pasarían el tiempo festejando y batallando. Estos serían los guerreros de las huestes de Odín que lucharían en el Ragnarok. A aquellos que murieran de otra forma les esperaba el reino de la diosa Hel y esa creencia hacía que la violencia y la fiereza tanto en una batalla como en la vida cotidiana fueran consideradas como dignas de culto.
Afortunadamente, varias centurias atrás se prohibieron los duelos a muerte que ocurrían muy a menudo debido a aquellas épicas borracheras.
