04. Éxtasis

Había veces en las que las palabras fallaban debido a la inexperiencia de ambos amantes. Había razones por las que entristecerse, había un punto en el que Shinji moría por hacer saber a su peliblanco que moriría por él sin dudarlo. Había discursos preparados de antemano que se fundían con el aire ante el mínimo cruce con la mirada carmín de aquél que le robaba el aliento. Y, aprovechando esos segundos de desconcierto, Kaworu ponía en funcionamiento el irremediable mecanismo que comenzaba con un simple te quiero, que tanto le costaba pronunciar al joven y tembloroso pelinegro.

Y se dejaban llevar. Y había veces en las que Shinji dudaba de sí mismo, de la facilidad con la que el ajeno le atrapaba en sus redes. ¿Acaso le manipulaba? Eran seres adoradores de las noches, sedientos de sexo sin habérselo propuesto. Eran uno con la misma rapidez con la que la droga más pura del mercado se disuelve en la sangre; tan fácil ir a mundos lejanos y perderse ahí como cada vez que Kaworu poseía en cuerpo a Shinji con aquella manera de acariciar y embestir que amaba tanto, en alma al susurrar al óido aquellas palabras que les ataban con aquella facilidad e intensidad que daba hasta miedo.

El sudor que les arropaba hablaba de historias vividas en instantes. Hablaba de nombres pronunciados en gemidos, y gemidos pronunciados con cada parte del cuerpo que se amaba. Hablaba de poder, de sentir y de elegir. Hablaba de tantas cosas, que a oídos de los dos supervivientes, eran irreconocibles.

Kaworu acariciaba su pecho, Shinji cerraba los ojos para aferrarse al último resquicio del placer que se alejaba. Toda la noche se reducía a palabras que no surgían, ¿tan difícil era aquello? Shinji abrió los labios, Kaworu los cerró alrededor de ellos, el beso calmó la necesidad próxima de hacerse conocer.

- ¿Qué crees que es lo más bonito que se le puede decir a una persona?

La voz de Kaworu resonó en la habitación, y se acogió al pecho donde reposaba tranquilamente los cabellos blancos entre cuyas hebras se internaban sin pudor los dedos inquietos del pelinegro.

Eran uno, eran uno en cuerpo y alma, y ello significaba que también lo eran de pensamiento, palabras que se filtraban de mente a mente sin querer. Como si el temor de compartir y poseer hubiera sido finalmente disuelto.

- Lo más bonito...

- Siempre es bonito decir a alguien que le amas, recibir un esperado te quiero.

- Lo es, pero...

Kaworu sonrió, levantó la cabeza como si realmente hubiera esperado aquella respuesta surgir de sus labios. Atrapó la sábana entre sus dígitos y la elevó hasta la cadera de los dos; todavía quería guardarse el privilegio de acariciar el pecho ajeno.

- ¿Típico? Tan usado que apenas ya carece de significado...

- ¡No es eso! Pero hay palabras más especiales.

- ¿Cuál es tu ejemplo, Shinji?

El aludido tragó saliva tres veces antes de aclararse. Le gustaban las palabras tras el sexo, pero todavía debía acomodarse a ellas. Kaworu apoyó su cabeza en su mano, la mirada interesada y curiosa lo decía todo.

- Moriría por ti.

- Ni se te ocurra decir algo así. - la mirada carmín fue atravesada por ese deje de tristeza de aquél que sabe su destino de antemano. - No lo soportaría, Shinji.

Kaworu dejó caer su cabeza en la almohada, Shinji aprovechó para acurrucarse en su pecho. El silencio pidió perdón por él.

- Quédate conmigo.

- No te vayas.

- No me iré por nada del mundo, Kaworu.

El peliblanco sonrió enigmáticamente, el desconocer salvaría al próximo.

- ¿Qué te parece gracias por haber nacido? - Shinji se ruborizó al pronunciarlo y cerró sus ojos.

- ¿O agradezco al destino que me permitió el conocerte? - el otro sonrió. - Es bonito, pero no lo suficiente.

Kaworu acariciaba la espalda de su chico, el instante era tan íntimo que denominarlo instante sería una ofensa.

- Tan sólo quiero que seas feliz.

Kaworu rió, divertido. Ladeó su torso para mirarle directamente.

- Eso sólo lo dicen los héroes, Shinji.

- ¿Acaso no soy tu héroe?

- No. Eres mi heroína.

Shinji hubiera pronunciado una queja en reclamación a aquel deliberado cambio de género si Kaworu no se hubiera puesto sobre él de aquella manera, si su voz no hubiera acabado irremediablemente atrapada en la garganta del peliblanco y su manía por besarle de aquella otra manera.

- Eres mi adicción, Shinji. Soy un adicto a tu cuerpo, a tu piel, a tu sabor y aroma. - comenzó a besar su cuello, jamás calmaría aquella sensación de necesitarle de aquella manera. Besó de nuevo sus labios, se alimentaba de ellos y del roce involuntario entre ambas pieles. - Eres mi tabaco, eres mi morfina. Mi cocaína inyectada directamente en sangre, el éxtasis que me hace ver el paraíso jamás soñado. Eres mi necesidad, mi ansia y mi dependencia.

Levantó la cabeza, Shinji esperaba aquella mirada carmín para las aguardadas palabras finales a su pequeño discurso.

- Eres mi droga, Shinji. Y no temo a una sobredosis.

Y así comprendieron sin querer cuáles eran las palabras más bonitas que se puede dedicar a alguien. La noche dejó paso al dependiente y a su dependencia sumidos en ese placer solamente posible tras las voces proyectadas contra las paredes de la habitación, guardando significados de amor y deseo.