¡Hola de nuevo! Aquí estoy un domingo más actualizando "Buscando un Corazón" Me hace muy feliz leer los reviews que me habéis dejado ^^ Me alegro de que os guste la historia de estos dos :) Ahora os dejo con el nuevo capítulo. ¡Gracias por leerlo y por añadirla a vuestros favoritos! Hasta el próximo domingo ^^ Y recordad, los pensamientos de Sam van en letra cursiva ;)


Disclaimer: Glee no me pertenece, el camión sí. Es mío y solo mío xD


El mundo tras el cristal:

Háblame de tu oscura habitación

de tus noches sin dormir, de tu calor.

Llámame y a tu lado yo estaré

no me preguntes quién soy pues no lo sé.

Se dirigieron de nuevo al camión, sin hablarse, sin mirarse. Solo sintiendo sus manos unidas como si fuese lo único que importase en su mundo. Como si sintiesen que lo que allí habían tenido, acabaría de un momento a otro y ellos, no quisiesen que eso sucediese. Habían pasado por situaciones que les habían hecho cambiar, situaciones que habían hecho que dejasen de verse como enemigos. Ya no lo eran. Algo había cambiado en su interior. Ahora se preocupaban, se apoyaban el uno al otro. Se cuidaban. Una complicidad había nacido entre ellos. Pero todavía quedaban muros que derrumbar, todavía quedaban miedos que enfrentar.

Sam abrió la puerta del copiloto, soltándole la mano a regañadientes y ayudándola a subir, sin que ella se quejase por ello, como hacía cada vez. Luego, dio la vuelta a la cabina despacio, subiéndose al camión y sentándose en su asiento. Su mano buscó las llaves en su bolsillo para introducirlas en el contacto, pero en lugar de hacerlo, apoyó su cabeza sobre el asiento, cerrando los ojos durante unos segundos.

- Sam... – la chica le llamó, haciendo que él los abriese de nuevo para escucharla.

- ¿Qué? – le dijo el chico con retintín, alargando la palabra.

- ¿Qué haces?

- Descanso. ¿No lo ves? – Él volvió a cerrar los ojos, apoyando la cabeza de nuevo – Me has hecho correr, Mercedes. Si se lo sumas a que mi cuerpo no ha dormido para llegar hasta aquí y aún sigue resentido por los golpes del martes y la indigestión de ayer, pues...

Mercedes tiró de él para que se levantase, cogiéndolo por sorpresa, haciendo que Sam la empujase sin darse cuenta.

- ¡Tranquilo! Solo quiero pasarte atrás, vaquero – le dijo, divertida.

- Otra vez no, Mercedes.

- No discutas de nuevo, Sam. Acabas de decir que no has dormido en toda la noche. ¿No pretenderás seguir conduciendo como si tal cosa? – le dijo ella, frunciendo el ceño en desacuerdo.

- Claro que no. Solo estaba descansando unos minutos y luego, podré volver a la carretera – Sam vio como la chica levantaba su dedo índice y señalaba de nuevo hacia la parte trasera sin decir nada.

Él negó con la cabeza, enojándola aún más de lo que ya estaba.

- No hagas que te lo repita, rubito.

- Vas a hacer de esto una costumbre, Mercedes Jones – le dijo él, levantándose y pasándose a la parte de atrás – Pretenderás que duerma de día y conduzca de noche – le dijo, divertido.

- No soy yo la que se empeñó en conducir hasta Portsmouth toda la noche – le recordó la chica – Si tienes el sueño cambiado, ese es tu problema.

- Exacto. Entonces puedo volver al asiento – dijo, levantándose de la cama.

- De eso nada – le respondió ella, empujándolo para que se acostase de nuevo – Dormirás un poco y luego, te despertaré para seguir el viaje. ¿Confías en mí?

- No.

- Pues deberías ir empezando, si quieres que viaje contigo.

- No confío en ti. Ayer, me arropaste a las cuatro de la tarde y me desperté a la once de la noche. No pienso dormirme de nuevo. Quién sabe si vuelva a despertarme, a lo mejor planeas asesinarme mientras duermo.

- ¡Sin duda! Está dentro de mis planes – le dijo, divertida – Junto a robar el camión y recorrer Estados Unidos contigo descuartizado en la nevera.

Sam se echó a reír, tapándose con la manta de la cama.

- No me dejes dormir mucho, Mercedes. Te lo pido. No podemos perder otro día de viaje.

- Sam, confía en mí.

Con esas palabras, se quedó dormido.


Mercedes le había observado dormir durante horas, sentada en su cama velando su sueño. Hasta caer profundamente dormida de nuevo. No había podido evitarlo. Su cama era demasiado cómoda, y el chico dormía tan plácidamente que invitaba a quedarse dormida a su lado.

- ¡Un ratón! ¡Un ratón! – chilló Sam, despertándola de golpe.

- ¡¿Dónde? – le gritó la chica, levantándose a su lado.

Mercedes vio como el chico había empezado a reírse a carcajadas, dándole un golpe en el brazo y haciéndolo caer sobre la cama de nuevo.

- Eres un estúpido – le dijo ella, levantándose rápidamente.

- Y tú una mentirosa – le respondió él, apuntándole a la frente con el dedo índice – Me dijiste, "Confía en mí, Sam. No dejaré que te duermas" y la que se duerme eres tú.

- No tengo la culpa de que tu cama sea tan cómoda, chico.

Él negó con la cabeza, mientras soltaba una risita.

- ¿Qué hora es? – le preguntó.

- Pues... –la chica miró el reloj del camión – Son las once. Has dormido como cuatro horas. ¿Cómo te sientes?

- Mejor que antes, sin duda. Pero con un hambre que me podría comer, no sé... lo que sea.

- Eso no es nuevo. Sobretodo teniendo en cuenta que no hemos desayunado.

No hemos desayunado...

- Va, venga, muévete y déjame sentarme delante. El viaje continúa hasta que nuestro estómago empiece a quejarse y nos haga parar a comer.

La chica se levantó, pasándose ya a la parte de delante, esperando que él hiciese lo mismo.

- Creía que el tuyo había empezado ya a quejarse – le dijo ella, mientras él se sentaba y encendía el motor.

- Oh, sí. Lo ha hecho, pero necesito salir de aquí. Recuerda que hoy nos vamos de compras – le sonrió, divertido.

- ¿No era ayer?

Sam la miró extrañado.

- A menos que seas sonámbula... juraría que ayer no compramos nada de lo que tenía pensado en mi lista – El chico aguantó con su mano izquierda el volante, mientras sacaba de su bolsillo un pequeño papel y se lo pasaba.

- ¿Qué es esto? – preguntó ella, aceptándolo.

- Ya oíste. Es la lista de cosas que necesitas.

Mercedes miró durante unos segundos la lista, luego empezó a narrar las cosas que allí tenía el chico apuntadas en voz alta.

- Tangas, sujetadores, medias, faldas, blusas... ¿Se puede saber que es esto? ¡Un liguero!

El chico le sustrajo rápidamente el papel de la mano, guardándoselo en el bolsillo y hurgando en el otro.

- No era esa – le sonrió, divertido – Ésta es.

Le pasó una nueva nota que la chica aceptó a regañadientes.

- ¿Una maleta? ¿Para que quiero yo una maleta? – le preguntó extrañada.

- Para guardar todo lo que te compre – le dijo, asombrado.

- Sam, no necesito todo esto, de verdad. Pantalones, camisetas, jerseys, zapatos... ¿En serio piensas comprarme todo esto? – le dijo, pasándole la nota de nuevo.

- Sip – dijo, divertido – Y un neceser con cepillo de dientes, peine y todo lo que necesites.

Mercedes lo miró asombrada.

- ¿Por qué haces todo esto?

- Porque perdiste tu bolso por mi culpa. Te quedaste sin dinero por mi culpa, es mi manera de disculparme.

- Creía que me habías dejado claro que no había sido culpa tuya – la chica lo miró, atónita. ¿Qué había pasado para que Samuel Evans quisiese regalarle una maleta llena de cosas?

¡Claro!

La estúpida promesa.

- ¡Que más da! – chilló él.

- No pienso aceptar todo eso. Puede que haya aceptado que me pagues por viajar contigo, Sam. Pero de ningún modo, aceptaré que me compres con ropa.

- ¡No pretendo comprarte con ropa! – Le chilló sin poder evitarlo – No quiero seguir viéndote con esa que llevas, ¿vale?

- ¿Por qué? – le preguntó, triste - ¿No te gusta?

Por supuesto que le gustaba. ¡Le encantaba! Y le volvía loco.

Él no le respondió y ella, luego de unos minutos sin recibir respuesta, se dio por vencida.

- ¿Quieres comprarme ropa? ¡Perfecto! Pero no vendrás conmigo a comprarla.

- ¿Por qué no? – preguntó, desilusionado.

- Porque no te gusta lo que llevo puesto – le dijo, enfadada.

- ¡Sí me gusta! – le gritó, impotente.

- Entonces, ¿Por qué no quieres que me la ponga? – volvió a preguntar.

- Tengo mis razones, Mercedes.

- Y no me las dirás, ¿a que no?

El chico negó con la cabeza. ¿Qué podía decirle? ¿Que esa ropa hacía que él no dejase de mirarla en todo el día? Que cada vez que la chaqueta se le resbalaba, ¿se llevaba de paso su camiseta con ella? ¿O que sus pantalones marcaban su trasero de una manera que solo podía llevarlo a la muerte? O sus tacones. Esos tacones que lo habían vuelto loco durante tres largos días y sus correspondientes noches.

- Quiero ir contigo – le dijo él – Déjame ir.

El chico esperó pacientemente su no, pero no llegó.

- Está bien, pero ni de broma vendrás conmigo a comprar la ropa interior – le dijo, en tono serio.

- ¡Mecachis! Yo que me estaba haciendo ilusiones – Sam observó como el rostro de la chica se iluminaba, a la vez que su hermosa sonrisa se hacía visible.

Ella le observó conducir. Con su vista fija en la carretera, sin despistarse, sin perder jamás la concentración.

- Sam – lo llamó.

Pero él no la miró, siguió pendiente de la carretera, mientras le prestaba atención.

- ¿Sí?

- Gracias, gracias por todo lo que haces. Sé que todo esto es por la promesa, lo sé.

No es por la promesa.

Sam asintió con la cabeza, sin dar respuesta alguna. Cosa que disgustó a la chica.

¿Qué esperaba? ¿Qué él le dijese que no tenía nada que agradecerle? Estaba muy equivocada si pensaba eso de Samuel Evans. Muy equivocada.

- Gracias – susurró él, casi inaudible.

- ¿Cómo? – La chica creyó haber oído mal.

- Gracias.

- ¿Por qué? - ¿Por qué le daba las gracias?

- Por hacerme reír todo el tiempo – le dijo él, tratando de que sus mejillas no le traicionasen de vuelta.

Mercedes abrió la boca, asombrada. ¿Le estaba dando las gracias por hacerle reír? Y ahora llegaría el momento en el que el chico le dijese que le hacía reír porque le causaba risa.

- Te gusta reírte de mí, ¿no es cierto? ¿Es eso lo que quieres decir?

- ¡Por supuesto que no! Yo no me río de ti. Te estoy diciendo que me haces reír, Mercedes. Eres divertida, me haces el viaje menos aburrido – Sam trató de que las palabras no le jugasen una mala pasada.

- Lo siento – dijo rápidamente la chica, agachando la cabeza – Pensé...

- Sé lo que pensaste, lo sé. No lo hagas, ¿vale? Siento haberte tratado como un trapo cuando nos conocimos. Soy así, no puedo evitarlo. Pero supongo que todo por lo que hemos pasado nos ha hecho cambiar la manera de vernos el uno al otro. Por lo menos, ahora no tratamos de matarnos.

- ¿Ah no? – preguntó la chica, divertida.

- No.

- Pensabas que te iba a matar mientras dormías.

- Muy graciosa – le dijo él, tratando de mantener su vista fija en la carretera, pero era imposible. Su risa le hacía perder la concentración a la mínima. Y su sonrisa, las ganas de conducir.

¿Las ganas de conducir? Dios mío, esto es peor de lo que yo pensaba.

Asustado, su semblante cambió rápidamente.

- ¿Qué ocurre, Sam? – le preguntó, preocupada.

- Tengo hambre – le dijo, sin pensar.

- Ah – La chica asintió con la cabeza, relajándose y recostándose en su asiento – No creo que falte mucho para llegar a la próxima ciudad.

- Mira allí – le dijo él, señalándole un cártel a lo lejos – "Richmond, Kentucky" a tres kilómetros.

- ¿En unos quince minutos? – Calculó la chica.

- Quizá menos – Sam la miró de refilón, al pasar por delante del cartel.

- Centro comercial de Richmond, ¿ahí es donde vamos? – le preguntó curiosa.

- Sí, justo ahí. Te encantará, Mercedes – El chico le mostró su mejor sonrisa.

- ¿Tiene marionetas? – preguntó, divertida.

- No tengo ni idea, pero tiene una plaza llena de flores hermosas. Y muchas tiendas... y restaurantes, y... y cines. También hay cines – le dijo, ilusionado.

Mercedes le miró, borrando rápidamente su sonrisa de su cara. ¿Qué había pasado? ¿Había dicho algo malo?

- No me gusta el cine – le dijo, triste. Aunque luego, volvió a esconder su rostro, para que no advirtiese las ganas de llorar que ella tenía en ese momento.

- ¿Por qué no? – Quiso saber - ¿A que chica no le gusta el cine? No digo de acción, pero una película romántica de esas seguro que te gusta.

La chica negó con la cabeza, sin ni siquiera mirarlo.

Sam no entendía porque de pronto, todo se había enfriado de nuevo entre ellos. Sentía que ella seguía ocultándole cosas, a pesar de que él le hubiese narrado prácticamente toda su vida. Solo sabía que su madre había muerto y que su padre, el hijo de puta de su padre, se había largado en cuánto se había enterado de que iba a tener una hija. También sabía que se dirigía a Alabama, pero ni siquiera sabía con que intención. No la conocía. No sabía nada de ella. Y se moría de ganas por conocerla. Porque ella le dijese todo por lo que había pasado. Pero en el fondo, Sam sabía que ella nunca se lo diría. Se conformaría con lo poco que iba descubriendo de ella. Y por el momento había descubierto que... Nada de llevarla al cine.

Diez minutos más tarde, aparcaba su camión en el parking del centro comercial. Mercedes no había vuelto a hablarle, muy a su pesar. Y Sam sentía que había metido la pata, aunque verdaderamente no supiese por qué.

Se bajó del camión deprisa y dio la vuelta, corriendo para abrir su puerta y poder ayudarla a bajar. Pero la chica se le adelantó, bajando sin ninguna ayuda y haciendo que el chico se disgustase.

¿Qué había hecho que le hubiese afectado tanto? Mercedes ya no le hablaba, ni siquiera le miraba y él, estaba empezando a preocuparse. Necesitaba saber que era lo que la tenía así, pero no se atrevía a preguntárselo. ¿Y si ella todavía se molestaba mas? ¿Y si él se despistaba por un momento y ella volvía a irse? ¡Por Dios no! No soportaría perderla de nuevo. Y ésta vez, no tendría idea de adonde podría haber ido.

- Venga, remolona. ¡Que me muero de hambre! – El chico trató de quitarle hierro a la situación, empujándola levemente a la vez que le hacía cosquillas en su cintura. Luego, se colocó delante de ella, esperando que le siguiese. Sin mirar atrás, pues no quería volver a ver esa mueca de disgusto que ella tenía últimamente.

Entraron en el primer restaurante que tenía menú del día y se sentaron junto a la ventana, observando las vistas, mientras uno de los camareros venía a tomarles nota.

Mercedes pidió la comida con desgana, provocando que Sam se enojase al ver que la chica tenía la intención de negarse a comer otra vez.

- Vas a comer, Mercedes.

La chica le miró, frunciendo los labios en desacuerdo.

- ¡Ey! Hablo en serio. No empieces como siempre. Si no comes, tendré que darte yo la comida y creo que eso no te gustará.

- No, Sam. No empieces tú de nuevo. Céntrate en tu comida, e intenta no vomitarla en cuánto la comas. Deja la mía en paz.

Él la miró, boquiabierto. ¿Cómo era posible que hubiesen vuelto a su situación anterior? Sam había creído que todo el odio que sentían el uno hacia el otro había quedado atrás. Pero al parecer, estaba equivocado. Mercedes se había vuelto a poner su coraza. Había edificado de nuevo un muro en sus narices. Un muro que le costaría derrumbar.

- Lo siento – se disculpó el chico.

No lo sentía. No lo hacía en absoluto. Estaba preocupado por ella, demasiado preocupado. Pero no podía evitarlo. Siempre, siempre que se enfadaba con él, dejaba de comer. Y no habían comido desde el día anterior. Tonto de él, ni siquiera se había acordado de llevarla a desayunar.

¿Qué tenía Mercedes Jones que hacía que se olvidase de todo?

La chica se relajó un poco, observando por la ventana la plaza llena de flores por la que habían pasado para llegar allí. Tratando de evitar la mirada fija que Sam tenía en ella.

- Aquí tienen. Buen provecho – les dijo el camarero, dejando sus platos en la mesa.

Sam esperó que ella empezase a comer para hacerlo él, pero la chica no lo hizo. Se limitó a coger el tenedor con su mano derecha y remover el contenido de su plato de un rincón a otro.

- Mercedes... – se quejó él.

- No tengo hambre. Puedes comértelo tú, como hice yo con tu sándwich – le dijo, medio cabreada.

- Si no comes, haré lo que dije antes. No querrás que los demás vean como te doy de comer, ¿no?

Mercedes dejó el tenedor sobre la mesa, echándose hacia atrás sobre la silla. Demostrándole lo poco que le importaba lo que los demás hiciesen.

- ¡Perfecto! – Dijo el chico levantándose de su asiento – Muévete un poco.

- ¡Ey! ¡Ey! ¿Qué haces? – le preguntó, levantando las manos para detenerlo.

- Voy a darte de comer, ya te lo dije – Sam acercó su silla y la colocó a su lado.

- ¡De eso nada! ¡No soy una niña pequeña! – Le empujó, antes de que se sentase en la silla – Vuelve a tu sitio.

- Mercedes, cariño – dijo él, mirando a todos lados – Nos está mirando todo el restaurante. Contrólate un poquito.

La chica bufó, cabreada.

- No pienso comer – le repitió, viendo como él se sentaba ya a su lado.

- Ya... Venga, trae aquí ese tenedor.

Él movió su mano en su busca, pero la mano de la chica se interpuso agarrándolo a su vez, comenzando así una batalla por hacerse con el dichoso utensilio.

- Suéltalo, Sam – le dijo, sintiendo su respiración agitada demasiado cerca – Suéltalo ya.

Pero él no pensaba dar su brazo a torcer. Estaba decidido a darle de comer, aunque se muriese de vergüenza. Aunque todos los clientes del restaurante se les quedasen mirando. Aunque él volviese a pasar sin comer.

Con su otra mano, afincó sus dedos en la de ella, intentando soltarle el tenedor. Fue en ese momento, cuando ella le soltó como si le hubiese quemado las manos. El tenedor cayó sobre la mesa, a la vez que la chica se llevaba los dedos a la boca.

- ¡Por Dios! – Dijo, intentando relajarlos – ¿Qué ha sido eso? – le preguntó, abriendo los ojos como platos, mientras zarandeaba los dedos en el aire.

- ¿Lo qué? – dijo él, recuperando el tenedor de la mesa, y girándolo en su plato para agarrar los espaguetis.

- Me has dado una descarga, Sam – le dijo. Y acto seguido, vio como el chico le introducía el tenedor lleno de espaguetis en su boca, tomándola por sorpresa.

- Umm – se quejó ella, tratando de masticar y respirar a la vez. Mientras él volvía el tenedor a su plato para coger otros pocos.

- Traga, Mercedes. Aquí vienen más.

Ella, todavía con la boca llena, detuvo su mano dejando el tenedor sobre el plato y moviendo sus dedos índices en el aire, haciéndole ver que se negaba a comer más.

- Vas a comer todo lo que hay en el plato, te guste o no. Traga. Venga.

La chica negó con la cabeza, tragando por fin lo que él le había metido a presión.

- No. Ni hablar – le dijo, cerrando rápidamente la boca, por si él volvía a agarrarla por sorpresa.

Pero a Sam no le importó. Agarró el tenedor y se lo llevó hacia la boca, pegándolo a ella y manchándola toda de tomate.

- Ábrela Mercedes – le dijo, serio.

Ella le separó unos centímetros el tenedor, negando con la cabeza.

Sam no supo si se debía al hambre que él tenía o al hecho de que su boca estuviese totalmente manchada de salsa de tomate, pero en ese momento, hubiese dado cualquier cosa por que ella le permitiese besarla.

¡Tenía tantas ganas de hacerlo!

Sus ojos no dejaban de mirar fijamente su boca, y Mercedes había empezado a darse cuenta de ello, ya que su mano se elevó hacia su rostro con intención de limpiarse. Pero la mano de él llegó antes. Y su dedo pulgar rozó sus labios, limpiándolos.

Durante unos segundos, que ambos creyeron minutos, Sam no dejó de acariciar sus labios con sus dedos. Mercedes permanecía quieta, demasiado quieta, observando como él miraba fijamente su boca.

¿Acaso planeaba besarla? Y si lo hacía, ¿Cómo reaccionaría ella?

Pero él no lo hizo, separó su mano lentamente de su boca y bajó la mirada de nuevo al plato. Agarrando el tenedor y obligándola a comer otra vez.

Ella no se resistió esa vez. Abrió la boca y aceptó la comida, sin reproches. Temiendo que él volviese a mancharla y la acariciase de nuevo.

- Sam... – Le dijo, una vez había tragado – Puedo seguir yo, ¿vale? Ya me ha quedado claro que no vas a parar hasta que me lo coma todo. Vuelve a tu sitio o tendré que ser yo ahora la que te dé de comer a ti.

- ¿Sí? ¡Perfecto! – Dijo, agarrando su plato por encima de la mesa y dejándolo al lado del de ella – Puedes ir empezando.

- ¿Estás de broma? No pienso darte de comer.

- Venga, yo lo he hecho – le dijo, divertido – Y me muero de hambre. ¿No te doy penita?

- Ninguna – le dijo ella, negando con la cabeza, mientras agarraba su tenedor y se lo ponía en su mano – Ataca chico.

Sam lo agarró y enredó los espaguetis de su plato en él, llevándolos rápidamente hacia su boca y manchándose todo de salsa. Mercedes estalló en risas al ver su rostro.

- "¿Qué paza?" – le preguntó, masticando a la vez.

Ella negó con la cabeza, a la vez que agarraba de la mesa una servilleta y le limpiaba.

- Eres un desastre, ¿lo sabías? – le dijo, sin parar de reír.

Sam asintió con la cabeza, mientras tragaba el contenido de su boca y le dedicaba una de sus sonrisas.

- Entonces, ¿me darás de comer? – preguntó, esperanzado.

- No – sentenció la chica.

- Tenía que intentarlo – respondió él, levantándose de la silla y regresando con su plato a su sitio – Come.

La chica puso los ojos en blanco, agarrando de nuevo el tenedor y dándole otro bocado a la comida.

- ¿Contento? – le dijo, una vez había tragado.

- Ahora sí – le respondió, mientras comía él también de su plato - ¿Qué vas a querer de postre?

- Nada.

- ¿Cómo que nada? Claro que sí. ¡No hay buena comida sin un buen postre! Yo me pediré el flan de chocolate con nata, ¿y tú?

- No quiero nada, Sam. De verdad – protestó la chica.

- No pasa nada, pediré ración doble y la compartiré contigo – le dijo, divertido.

- ¿No descansas, verdad?

La chica vio como él engullía rápidamente lo que quedaba en su plato y levantaba la mano para llamar de nuevo al camarero.

- ¿Ración doble, Mercedes, u otro plato para ti? – le preguntó.

- Ración doble – le contestó ella, divertida. Mordiéndose el labio inferior y lanzándole una mirada fugaz al camarero. Provocando que el chico enrojeciese de vergüenza mientras anotaba el pedido.

- Ya lo has oído, chico. Tráeme doble ración de flan de nata y chocolate. Mi chica quiere que lo comparta con ella – le dijo, guiñándole un ojo.

El pobre chico salió apurado de su mesa directo a la cocina.

- Le has asustado – rió Mercedes.

- Seguro... Cómete los espaguetis.

La chica puso los ojos en blanco. ¿No se cansaba de obligarla a comer?

Agarró de nuevo el tenedor y en dos veces se terminó la comida del plato. El camarero no tardó en venir, dejándoles el plato de postre con dos cucharas y llevándose los otros.

- ¡Que pinta tiene! Ataca, Mercedes – le dijo Sam, agarrando la cuchara y cortando un trozo de flan para llevarlo a la boca.

- Despacio, Sam. O te sentará mal como ayer – le recordó la chica, mientras agarraba su cuchara y repetía sus mismos movimientos.

Diez minutos después, ya no quedaba flan en su plato, Mercedes apenas podía moverse por todo lo que había comido y Sam trataba de limpiarse la nata, ante las risas de la chica.

- ¡No puedo más! – le dijo, intentando no reírse – Espero que no quieras ir de compras ahora, porque no cabría dentro de los pantalones.

Sam le hizo una seña al camarero para que trajese la cuenta, mientras se inclinaba sobre la mesa para susurrarle a la chica.

- Razón de más para que te compres faldas.

Mercedes puso los ojos en blanco. Sam Evans nunca cambiaría, y ella en el fondo, se alegraba de ello.

- ¿Vamos? – Le preguntó, ofreciéndole la mano, una vez había pagado la cuenta – Venga.

La chica la aceptó gustosa, levantándose lentamente para que la comida no le hiciese daño.

- ¿Estás bien? – le dijo, preocupado, mientras abandonaban el restaurante aún de la mano.

- He comido demasiado – le respondió, poniendo morritos.

- Sentémonos un rato en los bancos de la plaza. Tenemos tiempo... En realidad, tenemos toda la tarde.

Cuando llegaron a ellos, Mercedes soltó por fin su mano, sentándose el uno al lado del otro. Allí, estuvieron media hora, sin hablarse. Callados. Solo sintiendo la cercanía del otro.

No necesitaban hablarse para estar bien. Su silencio solo dejaba ver lo cómodos que se sentían juntos. Sam jamás había estado así con una chica. A su lado, acompañándola, cuidándola, protegiéndola, sin esperar nada a cambio. Era una experiencia nueva para él.

- Vamos, Sam. O nos quedaremos aquí toda la tarde – le dijo ella, ofreciéndole la mano para levantarse.

No me importaría quedarme aquí, mientras tú estuvieses conmigo.

Él aceptó su mano, poniéndose de pie, Pero se soltaron rápidamente, caminando de nuevo hacia el centro comercial, uno al lado del otro.

- ¿Adonde quieres ir primero? – le preguntó él.

- No sé. Saca la lista... y que sea la lista buena, por favor.

Sam le sonrió divertido, hurgando en su bolsillo y pasándole la nota.

- Zapatos, necesito zapatos nuevos. Estos me acabarán matando – le dijo ella, señalando los tacones que llevaba.

Créeme, no solo a ti.

- ¡Zapatos! Perfecto, ¿como los quieres? – le preguntó, sonriente.

- Sin tacón – le respondió ella, haciendo que él estallase en risas.

Finalmente, se compró dos pares nuevos que no llevaban tacón y un par que doblaba en tacón a los que ella había llevado durante todo su viaje. También se había pasado por la tienda de ropa interior, y luego de enfadarse con él para que no entrase con ella, había podido comprar dos nuevos conjuntos. Luego se habían comprado unos jerséis y unas camisetas, y habían pasado por la droguería para comprarse un cepillo de dientes y todo lo que ella necesitase para su higiene personal.

- Necesitas un pijama – le dijo él, nada más salir de la tienda de maletas – Si quieres dormir en la cama del camión, lo necesitas.

- ¿Me vas a dejar dormir en tu cama? – preguntó, ilusionada.

- Sólo si te compras el pijama.

Mercedes asintió con la cabeza y decidida, le agarró de la mano tirando de él y de las bolsas que llevaba.

- ¡Vamos a comprar ese pijama!

Sam sonrió ante el gesto y la siguió divertido. ¡Mercedes Jones le estaba llevando a la ruina! Pero valía la pena solo por verla sonreír.

Un pijama y dos camisetas después, finalmente se animaron a comprar los pantalones.

- Éstos le sentarán bien, señorita. Estoy segura de que son de su talla – le dijo la dependienta, con cara de amabilidad.

Mercedes la miró, dudosa. Pero de todas formas, los aceptó para llevárselos al probador. Decidida, entró en él ante la mirada atenta del chico. Cerrando la cortina, rápidamente se quitó sus pantalones para probarse los nuevos.

Tal y como ella había pensado, los pantalones eran, al menos, dos tallas más grandes. ¡Genial! La dependienta no tenía ni idea de tallas. Ahora tendría que volver a ponerse los suyos y pedirle que le buscase unos más pequeños.

- ¿Qué tal? – le preguntó Sam, al otro lado de la cortina, tomándola por sorpresa.

- Fatal – le respondió ella, sacando su cabeza al exterior.

El chico se acercó al probador, para no gritar demasiado.

- ¿Por qué? ¿No te valen? – le preguntó, curioso. Y por primera vez, no lo había dicho en tono de burla.

Mercedes se dio cuenta de ello y corrió la cortina lo suficiente para que él pudiese ver como le quedaba la prenda. Agarró los pantalones por las trabillas y lo alejó de su piel como si se tratase de una goma elástica.

- ¡Enormes! Necesito al menos dos tallas menos, ¿lo ves?

No. Lo que Sam veía era su nuevo conjunto de ropa interior asomando por debajo del pantalón y matándolo lentamente. Lo había comprado hacía media hora y ya se lo había puesto. Respirando profundamente, Sam asintió con la cabeza.

- Sí, te quedan grandes. Venga, sácatelos. Le pediré a la chica la talla que necesitas.

Mercedes volvió a cerrar la cortina, comenzando a bajarse los pantalones deprisa. Sin embargo, cuando estaba a punto de quitarse la otra pierna, Sam entró en el probador corriendo y empujándola contra la pared.

- ¡Por Dios Santo, Sam! ¿Qué haces aquí dentro? – preguntó separándose de la pared y recuperando el equilibrio, al tiempo que el chico cerraba la cortinilla y se tapaba los ojos con su mano.

- ¡No miro, no miro! Te juro que no – le dijo, dándole la espalda.

- No te creo – le respondió ella, mientras terminaba de quitarse los pantalones - ¿Qué ha pasado?

El chico todavía en la posición anterior, se animó a responderle.

- Yo estaba tan tranquilo ahí fuera esperando por los dichosos pantalones, cuando una anciana salió de uno de los probadores y me acusó de haberla observado mientras se cambiaba.

Mercedes trató por todos sus medios de no reírse a carcajadas, pero no lo consiguió. Provocando que el chico se girase, aún con la mano en sus ojos.

- ¿Lo hiciste? ¿La espiaste? – le preguntó la chica, olvidándose de que ya no tenía el pantalón puesto. Lo tenía en su mano, y sus piernas estaban completamente desnudas ante él.

- ¡Por supuesto que no! – le chilló, destapándose los ojos y notando su desnudez. Clavando su mirada en sus ojos para no sentir la tentación de volver a mirar sus hermosas piernas y su ropa interior sexy - ¡Estás loca!

Mercedes corrió la cortina unos centímetros. Lo justo para asomar la cabeza y comprobar si la anciana todavía seguía por allí. Dándole a Sam la oportunidad de admirar sus nuevas braguitas por detrás.

- Yo no la veo – le dijo, seria – Estoy segura de que la asustaste, Sam. ¿Seguro que no la estabas observando? – le preguntó, arqueando una ceja.

- Por favor, Mercedes. ¿Crees sinceramente que podría estar espiando a una anciana, pudiendo mirarte a ti? – Dijo Sam, lanzándole una mirada fugaz a sus piernas.

Ella siguió la dirección de sus ojos, recordando de repente, que estaba desnuda ante él.

Histérica, le empujó al exterior, pasándole los pantalones y chillándole a la vez.

- ¡Sal de aquí! ¡Y tráemelos de mi talla!

Se apoyó en la pared, cerrando los ojos por un momento, dando gracias por haberse puesto al final el nuevo conjunto de ropa interior. Se enderezó, mirándose en el espejo del probador. Tenía una pinta horrorosa, pero sus nuevas braguitas habían salvado la situación. Sin embargo, todavía necesitaba esa ducha y el lavado de pelo correspondiente.

Acercó su rostro al espejo, notando el cansancio en él. Había pasado por mucho hasta llegar ahí. Ya nada quedaba de la Mercedes Jones que había salido de su casa dispuesta a comerse el mundo, dejando nada atrás. Una Mercedes insegura, desconfiada, huidiza. Todo había cambiado en el momento en que había conocido a Sam Evans. Él, un desastre por naturaleza, había llegado a su vida para ponerla en orden. Después de todo por lo que había pasado, finalmente volvía a confiar en alguien, y esa persona había sido, precisamente, la que menos hubiese pensado que sería.

- Dos tallas menos – le dijo él al otro lado de la cortina.

Mercedes sacó su mano al exterior, esperando que él se los pasase.

- Quédate fuera – le respondió ella, mientras los llevaba adentro del probador.

Rápidamente, se los probó. Y tal como había pensado, le iban como anillo al dedo.

- ¿Qué tal? – le preguntó el chico del otro lado de la cortina.

Mercedes la abrió despacio, saliendo del probador con sus pies descalzos.

- Creo que me quedan bien – respondió, dándose una vuelta.

¿Bien? Mercedes, me estás matando.

- ¿No son demasiado ajustados? – le preguntó, preocupado – ¿Puedes respirar bien con ellos?

Porque yo no.

- Sí, claro – Mercedes lo miró, dudando - ¿Te gustan?

- Están bien – le respondió, aparentando distraerse - ¿Sabes? He visto un vestido precioso en el escaparate.

- Sam... – Protestó la chica – No pienso comprarme ningún vestido – Se giró, abriendo de nuevo la cortina para meterse dentro.

Pero él la detuvo con su mano, girándola hacia él.

- Vamos, solo pruébatelo – le pidió con cara de pena.

- ¿De que color es? – le preguntó ella, soltándose de su mano.

Sam se lo pensó durante uno segundos, antes de responder.

- Lila, creo.

El chico vio como ella le dedicaba una sonrisa.

- Venga, tráemelo. Pero solo porque es mi color favorito. – le dijo divertida, mientras lo enviaba hacia el final de la tienda.

- ¿El lila es tu color favorito? ¡Habérmelo dicho antes! En aquel estante de allí vi una falda de ese color... – le dijo mientras se giraba para señalarle la estantería donde suponía que estaría la falda.

- Sam... No tientes a la suerte.

Él levantó las manos en alto.

- ¡Vale! Lo siento, quédate aquí. Voy a por ese vestido.

Mercedes le observó marcharse de allí, siguiendo su trayectoria hacia la dependienta. Luego ellos se dirigieron hacia el escaparate, imposibilitándole observarlos debido a las estanterías que se situaban entre ellos. Girándose sobre sí misma, entró de nuevo en el probador y cerró la cortina.

Sam tenía razón. Eran demasiado ajustados, pero eran los primeros pantalones que encontraba en mucho tiempo, que le gustaba la forma que dibujaban en ella. Le hacían un trasero bonito, a su modo de ver. Si tenía que aguantar la respiración cuando se los ponía, lo haría con gusto. Querer estar guapa, tenía sus inconvenientes y ese, era uno de ellos.

- Aquí tienes – le dijo Sam, esperando que ella abriese la cortinilla del todo, pero ella solo asomó su cabeza, observando el vestido que él le traía colgado de una percha.

- ¡Es muy bonito!

- ¿A que sí? Venga, pruébatelo – le dijo, pasándole la percha, con una sonrisa de oreja a oreja.

Mercedes lo aceptó ilusionada, llevándoselo al interior y probándoselo sin perder tiempo. Era precioso y le sentaba genial, pero tenía la cremallera en la parte de atrás y ella sola no podía cerrarlo.

- Sam – le llamó.

Sin embargo el chico no respondió a la llamada, haciendo que Mercedes volviese a asomar la cabeza al exterior.

- Sam... ¿Puedes entrar un momento?

- ¿Qué necesitas? – le preguntó una vez dentro.

Mercedes se giró, delante de él, mostrándole su espalda desnuda y recogiéndose el pelo con su mano.

- ¿Me la subes? Por favor.

- ¿Com... cómo? – preguntó, confuso.

La chica se giró de nuevo hacia él, mientras su pelo largo volvía a caer sobre su espalda, observando su mirada de desconcierto.

- La cremallera, Sam – insistió, agarrando de nuevo el pelo con su mano, provocando que el vestido se le deslizase por su brazo izquierdo al no tener puesta la cremallera. Y mostrándole de paso, lo bien que le quedaba el nuevo sujetador a juego con las braguitas.

- Sí, claro – Sam trató de apartar rápidamente la vista de sus pechos, antes de que ella se diese cuenta.

Para su buena o mala suerte, la cremallera se encontraba al final de su espalda, allí donde su trasero se escondía debajo de su nueva ropa interior. Sam trató de calmar el temblor de sus manos antes de agarrar la cremallera. No quería que ella notase sus nervios. No quería que notase que él se estaba muriendo por sacárselo en lugar de ayudarla a ponérselo.

Su mano la agarró, decidido, mientras la otra aguantaba de la tela del vestido. Y comenzó a subírsela, despacio, rozando con sus dedos, a veces, la piel de ella.

Notando como él se la había subido del todo, Mercedes se giró ante el espejo.

- ¡Es precioso! – Dijo, acariciando la tela con sus manos.

- Sí lo es – Sonrió él, de acuerdo con ella – Nos lo llevamos.

Mercedes se giró rápidamente, dispuesta a protestar.

- No, Sam. No necesito ningún vestido – le dijo, en tono serio.

- Quita esa idea de la mente, Mercedes, o te compraré también la falda.

Media hora después, los chicos conseguían por fin regresar al camión, con mil paquetes en sus manos y una maleta repleta de ropa.

- ¡No me puedo creer que ya sea de noche! – chilló Mercedes, subiendo al camión – Nos hemos pasado todo el día de compras. ¿Seguro que no eres una chica? – le preguntó, divertida.

- ¿Quieres comprobar que no? – le respondió Sam, burlón.

- No, gracias. Te creo.

Pasaron los paquetes a la parte de atrás del camión, dejándolos encima de la cama y se acomodaron rápidamente en sus asientos. Habían acordado que conducirían hasta un pequeño motel a las afueras de la ciudad, donde Sam solía dormir cuando se quedaba allí. No soportarían volver a dormir una noche más, sin antes haberse dado una buena ducha.

Condujeron durante una hora hasta el motel "Sol de Richmond" y allí, se bajaron, después de organizar las cosas de Mercedes en la maleta y las de Sam en su mochila de viaje. Cuando entraron en el motel, el dueño les recibió con los brazos abiertos.

- ¡Sam Evans! ¡Cuánto tiempo!

Mercedes vio como el hombre que antes estaba detrás de la barra, ahora abrazaba efusivamente a su compañero de viaje.

- Demasiado, Jerry – respondió el chico, dándole unas palmadas en su espalda.

- ¡Vaya! ¿Te echaste novia por fin?

Mercedes miró a Sam, esperando que él la sacase del lío que el dueño del motel se había armado en la cabeza.

- En realidad no. Mercedes solo es mi compañera de viaje.

El hombre asintió con la cabeza, gesticulando una disculpa para la chica.

- Os presento. Jerry, ésta es Mercedes Jones. Mercedes, éste es Jerry Forks.

- Encantada – dijo rápidamente ella, acercándose para darle la mano.

- Un gusto el conocerte, Mercedes – le respondió Jerry, apretándole la mano y mostrándole su sonrisa amistosa - ¿Qué os trae por aquí? ¿Venís a saludarme?

- Necesitamos una habitación con dos camas. Pasaremos aquí la noche y arrancaremos de nuevo, mañana a primera hora – le informó Sam.

- ¡Vaya por Dios! De dos camas no me quedan, solo de una. Pero podéis pedir dos habitaciones – les propuso Jerry.

- No, no. – contestó rápidamente Mercedes, provocando que los dos se girasen extrañados – No necesitamos dos. No tenemos problema en compartir una.

- ¿Seguro? – le preguntó Sam, deseando que ella no se retractase.

Y no lo hizo. Mercedes asintió con la cabeza.

- Necesitamos una entonces, Jerry.

- ¡Perfecto! – les respondió, buscando las llaves en el casillero – Habitación número doce. Firma aquí.

Cuando llegaron a su habitación, Mercedes entró como un huracán dejando la maleta encima de la silla y salió corriendo hacia el baño sin perder tiempo.

- Mercedes, llévate el pijama – le dijo él, antes de que se metiese dentro – Ahora tienes pijama. No vengas otra vez con la toalla para la cama – le pidió él.

Ella se le quedó mirando durante unos segundos, antes de hacerle caso y abrir la maleta en busca de su pijama y su neceser.

- Gracias – le dijo, levantando el pijama en alto y metiéndose al baño.

Sam le sonrió embobado a la puerta que ella ya había cerrado dejándolo solo en la habitación.

No perdió tiempo, corriendo a tirarse sobre la cama, separando las piernas y los brazos mientras se estiraba. No era su querida cama del camión, pero al menos en el motel tenían ducha. Una ducha era lo que venía necesitando desde hace días. Una buena ducha que le dejase como nuevo. Francamente, después de los últimos días, era todo lo que necesitaba. Una ducha y dormir. Dormir una noche entera sin preocupaciones de ningún tipo.

Dormir con ella.

Compartir la cama con ella.

Sam suspiró profundamente, cerrando los ojos durante unos segundos. Iba a dormir con ella, en la misma cama. Mercedes no había querido una habitación para sí, había aceptado compartir la misma. ¿Por qué? ¿Acaso pensaba pedirle que se fuese a dormir al camión? Quizás Mercedes quisiese la cama del motel solo para ella. Sam esperaba y deseaba que no fuese así, porque necesitaba dormir en esa cama. Necesitaba descansar.

Todavía con sus ojos cerrados, trató de recordar los últimos momentos vividos con ella. Se había ido de compras toda una tarde, y contrario a lo que había pensado, se lo había pasado genial a su lado. Le encantaba su risa y el mal humor que mostraba a veces. Le encantaba todo de ella. Incluso el hecho de que pudiese matarle solo con la ropa que llevaba. ¡Por Dios! Era imposible que ella pudiese respirar con facilidad vistiendo sus nuevos pantalones. ¡Imposible! Su intención al comprarlos había sido provocarle la muerte, deliberadamente. Estaba seguro de ello. Y el vestido... El vestido había sido idea suya, sí. Pero le quedaba precioso. ¡Le quedaba perfecto! Desde el mismo momento que lo había visto en el escaparate, se había imaginado como podría quedarle a ella. Y cuando se lo había visto puesto, se había quedado embobado observando sus curvas dentro de él. La dichosa cremallera le había llevado a la ruina, teniendo que lidiar con sus ganas de despojarla de él, y besarla de forma salvaje, mientras la arrinconaba contra la pared del probador. Pero todo eso estaba en su mente y ahí se quedaría. No podía tocarla, no al menos como él deseaba. Se conformaría con cuidarla y protegerla tal y como había prometido, y disfrutar de lo que quedaba de semana a su lado. Para Acción de Gracias sus caminos se separarían y no volverían a verse.

Sam sintió como un dolor comenzaba a formarse en su pecho y le recorría todo su cansado cuerpo.

Trató de levantarse, creyendo que su posición no le ayudaba a descansar. Pero el dolor seguía ahí. No se iba. ¿Era por ella? ¿Le dolía separarse de Mercedes?

¡Tenía que hacerlo! Ella tenía un destino y él una vida hecha. Sus caminos se separarían el jueves de la semana siguiente y él no podría evitarlo por mucho que lo desease. La echaría de menos, sí. Pero saldría adelante.

Saldré adelante, sin ti.

La puerta del baño se abrió y Mercedes salió de él, con el pijama ya puesto. Sam se incorporó con cuidado, observándola despacio. Su pijama era como un chándal, para nada sexy. Sin embargo, la parte de arriba de él, estaba llena de botones, los cuáles él se moría por desabrochar. Y sus rizos mojados caían sobre él, mojándolo un poco. Provocando que ella tiritase levemente mientras intentaba secárselo con la toalla. No llevaba sujetador.

No lo lleva.

La chica lo dejó en la maleta, como hizo con el neceser, y se sentó en la cama a su lado, volviendo a sus intentos por secarse la cabeza.

- Ya puedes ir a la ducha, está libre – le dijo.

Él se levantó rápido para coger sus cosas, pero no entró.

- Mercedes – la llamó, haciendo que ella levantase su cabeza y le mirase - ¿Quieres que duerma en el camión, verdad?

La chica se sorprendió al oírlo. ¿Lo estaba diciendo en serio?

- No. ¿Qué te hace pensar que eso es lo que quiero? – le preguntó ella, triste.

- No sé, supuse que al negarte a aceptar una habitación para ti, habías pensado que te quedarías tú con ésta y...

- De ningún modo, Sam. Necesitas descansar – le dijo, levantándose de la cama y parándose enfrente de él – No has dormido en condiciones desde el lunes. Si es que esa noche conseguiste dormir, claro. Escúchame. Si no quieres compartir la cama conmigo, puedo dormir yo en el camión. Pero ni de broma, lo harás tú.

- No me importa compartir la cama contigo – le dijo, sincero – Si a ti tampoco te importa...

- No me importa, de verdad – le respondió ella, rápidamente – Ve a ducharte, vamos. Dormirás más descansado.

Sam asintió con la cabeza, dirigiéndose al baño. Una sonrisa se había formado ya en su rostro.

Cuando por fin salió de la ducha, Mercedes ya se había acostado en el lado derecho de la cama, pegada por completo al lateral, para dejarle todo el espacio posible. Él se metió también, destapando las mantas y acostándose a su lado, lo suficientemente lejos. Sam solo llevaba puesto su pantalón del pijama. Desnudo de cintura para arriba, se acomodó entre las sábanas, haciéndose un ovillo y tapándose hasta arriba de todo, sin dejar ni una sola parte de su cuerpo expuesta al frío de la habitación.

Sintiendo la respiración tranquila de Mercedes a su lado, se quedó dormido.

Sin embargo, no pudo dormir demasiado, pues los movimientos que la chica hacía durante la noche se lo impedían. Preocupado, se giró en la cama hacía ella. Notando su respiración agitada y los leves susurros que ella hacía.

Estaba llorando.

Mercedes lloraba mientras todo su cuerpo temblaba. ¿Quizás, de frío?

Sam la arropó con cuidado de no despertarla y la miró largo rato, esperando a que ella se calmase y dejase de temblar. Pero la chica no lo hizo. En su lugar, sus susurros se hicieron más presentes, provocando que él se acercase más para escucharla hablar.

- Mamá...

Mercedes no dejaba de temblar, mientras trataba de llamar a su madre. Y sus lágrimas tampoco se detenían.

- Mamá, mamá...

Temblaba y lloraba. Sam la veía temblar mientras ella, desesperada, llamaba a su madre en sueños.

- Mamá...

Él chico estiró su mano, luchando contra la necesidad que tenía de abrazarla. Pero la detuvo a medio camino. Aunque le doliese, ella no querría que él la abrazase.

Pero la chica comenzó a llorar más fuerte y a llamarla sin descanso. Y él no pudo evitarlo por más tiempo, acercándose a ella al tiempo que ella gritaba su nombre y se despertaba.

- ¡Mamá!

Abriendo los ojos recordó donde estaba, a pesar de la oscuridad que había en la habitación. Se tapó la boca con sus manos temblorosas, notando sus mejillas mojadas por las lágrimas que había derramado. Se las secó, tratando de calmarse. Pero no podía. El recuerdo de la muerte de su madre la perseguiría en sus sueños por siempre. Empezó a llorar de nuevo, tratando de no hacer mucho ruido para no despertarlo, pero Sam se movió a su lado haciéndole ver que ya lo había hecho.

- Mercedes.

Él le acarició el hombro, frotándoselo con cuidado tratando de hacerla entrar en calor. Pero ella no dejaba de llorar y temblar.

- Sam... – le llamó entre sollozos.

- Estoy aquí, Mercedes. Estoy aquí contigo.

La chica buscó con su mano la de él en su hombro, y temblando, tiró de ella.

- Abrázame, por favor – le rogó, mientras posaba la mano de él sobre su vientre y colocaba su mano temblorosa sobre ella.

Sam se pegó por completo a su cuerpo, quedando su pecho desnudo en contacto con la espalda de la chica. Y dejó un beso en su pelo, mientras la abrazaba fuertemente, tratando de calmarla. La mano de Mercedes entrelazó sus dedos con los de él, haciéndolo temblar a su vez. Le necesitaba. Le necesitaba de verdad.

Sin dejar de llorar, ella le dijo lo que jamás creyó que diría.

- No te vayas, Sam. No te vayas tú también.


Ya sabéis, la canción que pone título al capítulo es "El mundo tras el cristal" del grupo "La Guardia.

Si os gustado el capítulo, contádmelo en un review ^^ Hasta el próximo domingo y gracias por leerlo :)