Disclaimer: Los personajes acá utilizados pertenecen a la comunidad de LiveJournal, solo el fic es de mi completa autoría.
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Cómo se escucha el sol
Furor
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No es que Perú dependiera de su hermano, no es como si fuera insoportablemente necesario saberlo de su parte, o tenerlo a su lado, o simplemente poder saberlo cerca. No quería pensar que el muchachito era más importante para él de lo que podía ser necesario, pero era más fuerte que sí mismo el añorar su compañía y esa unión que los traía desde niños.
Era increíble el peso que lo aquejaba cada vez que pensaba que Bolivia ya no lo quería.
Miguel en serio no comprendía la mente de Julio, ni su actuar, pero en serio sentirse olvidado… no, no solo olvidado, creer que realmente el menor no tenía ni un poco de aspiración, gusto o que no recordaba sentirse calmo entre sus brazos…
El creer que el boliviano olvidaba todo lo que fueron… ésa era una cuestión insoportable.
El pensar que quizá hubo hecho algo que estaba lejos de comprender, pero que quizá para el menor tuviera enorme significado, lo mantenía en un desbalance constante. Y las señales que le enviaba el mocoso, que ya no era mocoso, no hacían mucho más que confundirlo o alterarlo por demás.
Él en serio no quería olvidarse de cómo se la pasaban escuchando el amanecer.
Supo apenas Manuel y Martín les declararon la guerra a su unión que, si salían de ella sin tantos altibajos, el menor aprovecharía para disolver todo el asunto. No era su jefe el que buscaba hacerlo, pero sí él, sí su sangre y su pueblo mismo el que se oponía.
Incluso llegaba a pensar que ni era Julio el de las ideas, que era esa parte de su patria la que buscaba ser un individuo, la que lo instaba a alejarse.
Por eso invadió su sagrado terreno cuando se llevó el chasco que preveía, aprovechándose de verlo aparentemente frágil y en medio de no saber si irse con él o afirmarse con fuerza. Y se sorprendió de verse vencido al final, con su corazón golpeándole fuerte en las orejas en medio de la retirada, haciéndole eco…
Porque confiaba plenamente en que acababa de cagarla.
Entró creyendo que no había dudas sobre la disolución, encontrándose con que todavía una parte del menor sí dudaba. La parte que, al atacar, no hizo más que convertir en rabia.
Si es que Julio había dudado de irse con él o no, después de su usurpación seguro acabó descubriendo que lo quería fuera. Porque eso fue lo que hizo: echarlo. Con las pocas fuerzas que sacó de la rabia, por su intento de querer tomarlo a la fuerza.
Por eso ahora se decía que no entendía al mocoso que creció a su lado, el mismo que entraba campante y haciendo ruido a su casa, con la mirada determinada y una expresión enrabietada, obligándolo a llevarlo a ese lugar donde crecieron. Echándolo de un empujón a la habitación, azotando la puerta a sus espaldas y mirándolo con esa misma cara.
No pudo más que quedarse quieto en su lugar, esperando a ver si hablaba.
Julio no quería hablar, quería tirarle con alguna cosa contundente y dolorosa que se le pasara por delante.
—¡¿Estás feliz ahora?!
—¿Por qué estás aquí? —preguntó con calma.
Fue grande su sorpresa al saber que el ejército de su hermano acababa de invadirlo, asentándose en modo terco y con intenciones de no marcharse pacíficamente, no hasta lograr lo que su nuevo jefe intentaba encontrar. Por ese motivo prefirió que se encargaran los grandes y lo dejaran a él tranquilo (ya intuía que no habría más guerra).
No esperando la justa aparición del menor, haciendo que terminaran en la casa donde vivieron parte de su infancia solitaria.
—Oh, perdona, ¡¿debí preguntar lo mismo cuando te apareciste por allá?!
—¡Debiste esperarlo! —respondió, con la voz fuerte.
Lo vio dar un paso hacia atrás, titubeante, volviendo a la carga después. Julio sujetó un cenicero que había en la mesa junto a la puerta y se lo tiró a la cabeza. Miguel lo esquivó natural y, seguido de ello, apreció cómo levantaba la silla junto a la cama y también la arrojaba en su dirección, no alcanzó a llegar.
Julio estaba tan cansado como él, pero igual continuaba pateando cosas y desarmando la habitación donde se encontraban, lanzándole lo que pudiera levantar. No parecía querer dañarlo, pero sí hacer ruido.
—¡Para un poco!
—¡No me jodas, Miguel!
—¡Terminarás haciéndote daño a ti!
—¡¿Y qué mierda te importa?! —gritó—. ¡¿Realmente lo hace?!
—¡Cálmate!
Julio gritó otra vez, pero con ganas y frustración, mirándolo rabioso.
—¡¿Qué mierda quieres de mí?!
Silencio.
Miguel empuñaba las manos y le temblaban. Si había algo peor que el hecho de Julio desarmando e intentando arrojarle la habitación entera, gritándole sus verdades y mirándolo así, eran sus motivos para haber usurpado la patria boliviana. Y que el otro diera a entender cuán enterado estaba de que algo más había de por medio, lo frustraba.
¿Cómo podía Bolivia leerlo tan bien, y que él no lograse comprender prácticamente nada?
Miguel suspiró.
—¡Habla! —bramó Julio.
—¡Desconfío, ¿de acuerdo?!
—¡¿De qué carajos estás hablando?!
—¡Estábamos juntos y entonces te fuiste, como si todo te importara una auténtica mierda! ¡¿Y esperabas que todo siguiera igual?!
—¡Tú eres un auténtico idiota, te escribí y vine a golpearte la puerta no sé cuántas veces y nunca respondiste o atendías!
—¡Entiéndeme, Julio! ¡Pensé que creías que ya no te hacía falta y, aunque quisiera, no podía tenerte la misma confianza!
—¡Yo te entiendo! —dijo sarcástico, sorprendiendo al mayor, principalmente porque las palabras no coordinaban con la expresión furibunda en el rostro del menor—. ¡Tú eres el que nunca entiende nada!
Miguel mantenía la vista bien puesta sobre los ojos de Julio, que se la mantenía con todas las emociones que embargaban su cuerpo. El peruano casi podía notar a las mismas haciéndolo temblar de rabia. Convenía que no hubiera más objetos contundentes que pudiera levantar y arrojarle, estaba seguro que el carácter del boliviano le llevaría a lanzar todo lo que pudiera en ese instante.
Y se frustró ante ese pensamiento, porque tal parecía que Julio tenía razón y era él quien no entendía nada. No entendía por qué lo presionaba tanto que su hermano se hubiese ido, por qué (aun creyendo que no debía tenerle confianza) había armado ese dilema y por qué parecía que Julio sí comprendía más que él algo que debió de saber desde el principio.
¿Por qué esa pequeña obsesión malsana?
¿Era tan malo solo querer tenerlo para él siempre?
—¿Qué es lo que no entiendo? —preguntó al fin, y creyó que acababa de detonar una bomba enorme dentro del menor, por la cara descompuesta de enojo que le dio.
—¡¿Qué fue lo último que hice cuando nos despedimos la primera vez?!
Miguel tragó seco y se encogió, molesto y con un levísimo rubor en la cara. Recordando como si hubiera sido hace segundos, en esa misma habitación, el momento en que el calor de su hermano se alejó de su cuerpo, dejándolo más frío de lo que cualquier separación en otro instante podría haberle dado.
Fue por ese gesto; ese pequeño, cercano e inocente gesto, que le robó el aire por más de no requerir consumirlo.
Que lo dejó pensando horas y anhelando, quizá con más énfasis del permitido, que no se hubiera ido justo después de eso…
—¡¿Y eso qué se supone que tiene que ver?! —dijo rápido y medio inentendible.
—¡TODO, grandísimo imbécil! —bramó, suspirando hondo y también con los pómulos tintándose de rojo. La diferencia era que Miguel no sabía si era por enojo o por vergüenza…
¿Podía llegar a ser lo último?
El corazón le golpeó fuerte en el pecho, descolocándolo un instante.
Había sido una despedida, ¿verdad? Julio compartió aquello con él porque no le valían las de volver a verlo otra vez, ¿verdad?
—¡¿Cómo es que puedes seguir pensando en eso?! —Volvió a chillar el boliviano, exasperado—. ¡¿No lo entiendes todavía?!
Se le fue el ánimo de gritar cuando el mayor se acercó hasta él y le detuvo los brazos, que automáticos se le fueron a golpearlo al verle más cerca. Sí, quería pegarle y dejarlo sangrando por ser un estúpido, imbécil e infeliz. Quería arañarle la cara, dejarle los ojos morados, arrancarle el pelo y hacerlo gritar de dolor.
Y Miguel pensaba, dándole la razón a su hermano, que había sido soberanamente idiota.
—¡Que haya querido tener mi territorio y mi propia gente no impedía nada! —escupió el menor, forcejeando y atentando contra sus piernas con patadas y contra sus pies a pisotones—. ¡Yo igual era completamente tuyo!
Apenas sintió el afloje del agarre en sus manos, las liberó de un tirón, levantándolas en puños dispuestos a asestar en el blanco que representaba la cara de Miguel en ese momento, seguidamente estaba su espalda golpeando contra la puerta y su hermano le devoraba los labios con una desesperación palpable.
Llevó las manos a sus hombros y apretó, incómodo y con la rabia que todavía tenía en las venas, separándolo de un empujón y recobrando el aire que acababa de perder. El corazón le bombeaba con fuerza y aprovechaba a mandar todo a la mierda sin su consentimiento.
Lo miró fijo un instante. Ambos respirando agitados y retándose con las miradas mismas. Volvió a sujetarle los hombros con fuerza, para volver a besarlo en respuesta. Con énfasis y misma fuerza.
Miguel intentó no sonreír gustoso por la sensación de los labios ajenos correspondiendo efusivos, lo suficiente torpes como para terminar de explicarle lo que significó la primera vez.
¿Qué despedida? No había sido más que Julio confesando, con la inocencia del brevísimo gesto, que nunca podría dejarlo solo… que fue lo que él por su parte sí hizo.
Perú piensa repentinamente que Bolivia tiene un sabor exquisito que nunca sintió en nadie.
Mientras lo despojaba de su ropa, de su cordura y la inocencia física resguardada con recelo, dándole caricias ansiosas y atrevidas que no mosqueaban ni dudaban un poco. Celando con sus manos cada porción de piel morena y con su morbo cada sonido que expresaba.
Mientras lo envuelve en un calor ansiosamente placentero, a la vez que él mismo es envuelto en todo lo que es, entre sus piernas y sus brazos, con los dientes en su hombro desesperados por aplacar de alguna forma todo lo que siente y le es arrebatado por decisión propia. Y lo ama muchísimo y no quiere que termine nunca.
Porque nunca importó el terreno ajeno, ganado o perdido.
Julio importaba. Y resultó ser suyo desde mucho antes de todo aquello.
Y ya no necesitaba nada más.
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Fin
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N/A:
Técnicamente termina en el siguiente capítulo. Pero ya esto puede considerarse final.
Gracias por leer.
