Scorpius


A penas abrió los ojos notó que algo andaba muy mal. Demasiado mal. Jodidamente mal.

Para empezar la habitación donde estaba era demasiado roja, demasiado dorada, demasiado luminosa y para más remate estaba inundada por un olor a flores sintéticas y esencia de vainilla: olor a chica. Un olor que definitivamente no correspondía, de ninguna forma, al dormitorio masculino de Slytherin. Y en segundo lugar, sentía demasiado frío en sus partes íntimas lo que se comprenderá que de raíz, no era un muy buen presagio.

Mil demonios.

No recordaba nada de lo que había ocurrido la noche anterior. Sabía que había subido dificultosamente a alguna parte y, como de costumbre, se había desnudado para entrar a la cama y dormir como un tronco hasta el día siguiente. También sabía que antes de eso había hablado con Albus, que él le había dado a tomar algo que no tenía ni la más mínima idea que era y que lo siguiente que había pasado era que él había charlado con Weasley sobre algo que no podía evocar en su cerebro. Pero aparte de eso, su cabeza era como un libro en blanco.

El sol era demasiado, se colaba por la ventana principal y hacía que la cabeza le palpitara peligrosamente. Sentía los ojos secos y la garganta le picaba igual que la picadura de un mosquito. Resaca.

Notó que algo a su lado se movía, algo vivo, y luego, sin darle mucho de reaccionar y procesar lo que estaba sucediendo, sintió que eso le pegaba una patada tan fuerte que podría fácilmente haberle quebrado una costilla.

—¡Auch!—exclamó de dolor. El quejido logró que el cuerpo a su lado diera un brinco y le pegara otra patada muchísimo más fuerte que la anterior, justo en el mismo sitio.

¿Había despertado en el lecho de un bendito futbolista muggle?

La persona se incorporó de un brinco, como si Scorpius se tratara de una serpiente venenosa y él levantó los ojos sin esperar ni en un millón de años que el individuo aquel fuera paliducho, con el rostro, los brazos y piernas llenas de pecas, y que, en vez de tener un cabello normal, tuviera el nido rojo de un águila calva sobre la cabeza. Rose Weasley lo taladraba con la mirada como si hubiera asesinado a su madre ante sus narices, vestida únicamente con un camisón que le revelaba prácticamente todo el pecho cubierto de manchas y los hombros posicionados de tal forma que se veían tan rectos como una escuadra. Tenía el rostro rojísimo, las cejas juntas, la nariz arrugada y la boca en un máximo estado de depresión.

Antes de que él pudiera decir algo vio como la garganta de ella se tensaba y su boca se abría alarmantemente en cámara lenta. Iba a gritar y a esas horas de la mañana, en una cama ajena y con una resaca enorme él no estaba muy dispuesto a ser el blanco de su griterío.

—¡¿QUÉ...?!

Ya está.

Scorpius utilizó toda la velocidad que sus músculos de cazador de Quidditch podían ofrecerle y pegó un brinco tan potente que en un movimiento terminó por estar a menos de veinte centímetros de ella. Alargó un brazo y lo estampó contra los labios de la chica, mientras intentaba por todos los medios encontrar su varita y conjurar un hechizo que callara a la chica. No estaba por ninguna parte, y probablemente no la había llevado a la fiesta de la noche anterior, pero a penas vio la que asumió que era de ella sobre la mesita de noche decidió que eso le bastaba. La tomó con la mano libre, sintiendo que era muy liviana y fina comparada con la suya y de un movimiento,cerró las cortinas del catre.

Necesitaba un plan. Si despegaba su mano de sus labios, ella se largaría a chillar como una Banshee en celo y despertaría a medio castillo.

Luego se le prendió la ampolleta.

¡Muffliato!

Luego de musitar el hechizo silenciador retiró el brazo lentamente de los labios de ella. Se sentían suaves y calientes al tacto y, al separar su piel de ellos, sintió una corriente fría de aire en esa zona.

—...DEMONIOS ESTÁS HACIENDO AQUÍ?!—Weasley trató de alejarse tanto que llegó al poste opuesto de la cama y parecía querer fundirse con él. A cada movimiento que ella hacía su camisón bajaba considerablemente y Scorpius trataba de no mirar nada, no porque considerara que Weasley se veía extremadamente atractiva de esa forma, sino porque poseía caballerosidad y sabía que no era lo correcto.— ¡VETE!

Gritaba tan fuerte como si tuviera un parlante metido en la garganta. A Scorpius, ante cada grito, le rebotaba más el cerebro dentro del cráneo.

Desesperado por irse y por encontrar su ropa interior empezó a rebuscar entre las suaves sábanas rojas, alejándose cada vez más del cuerpo de la pelirroja y pegando la espina al catre de la cama. Cada vez que agitaba el edredón, le llegaba una bofetada de olor a detergente de lavanda. Weasley, en el entretanto, lo miraba exigiendo un montón de explicaciones que definitivamente no estaba en condiciones de dar.

—Te juro que lo haré, Weasley, solo...—empezó, revolviendo las mantas, al ver las insistentes miradas que le estaba disparando esa mujer. Estaba seguro que su ropa interior era negra...¿O era azul? Debería contrastar con el rojo de...

—¡¿SÓLO QUÉ?!—interrumpió en un chillido. Estaba completamente cabreada y su cara estaba hecha una caldera, completamente roja. Debía salir de allí antes de que ella saltara como un león sobre él y lo despedazara con sus garras. Al verlo buscar con mayor urgencia entre las frazadas, le reclamó:— ¡¿QUÉ DIABLOS ESTÁS BUSCANDO?!

—¡Mi ropa interior, Weasley!—le espetó él, cabreado. Tanto griterío y resaca estaban corrompiendo su humor y haciendo que su paciencia se hiciera añicos. Nunca había deseado tanto encontrar un par de calzoncillos en toda su existencia.—¡Ahora, si quieres que me quede en cueros...!

—¡MIERDA, QUE ASCO!—Weasley acababa de notar su carencia de prendas y eso la hizo dar otro salto contra el poste y llevar sus manos a sus ojos para evitar verlo desnudo. Cuando ella realizó el movimiento, la cama se movió igual que un bote en el océano. Luego, cuando notó que el escote del camisón había llegado su punto más bajo, se sacó las palmas de las órbitas y pasó a ponerlas sobre su pecho, cubriéndoselo por completo.—¡¿QUÉ ME HICISTE?!

¿Esa niñata estaba sugiriendo que él la había violado o algo por el estilo? ¿Tenía cerebro de troll o qué?

—¡No te hice nada, Weasley! ¡No soy un demente!—le señaló, completamente ofendido. No tenía idea de qué diablos pensaba esa chica que era él, pero de ninguna forma iba a dejar que insinuara que era un depravado.

Necesitaba salir de allí, antes de perder los cabales y tirarse sobre ella para ahorcarla de frustración. Gracias a Merlín y Dumbledore encontró sus calzoncillos y se los colocó tan rápido como sus manos se lo permitían. Tenía el corazón aceleradísimo, sin saber si era por la rabia que le había provocado el insulto de Weasley o si era por lo incómodo que sería salir de allí ahora que ya tenía un poco de ropa en el cuerpo.

—¡¿Por qué estás desnudo, entonces?!—Estabas, Weasley, estabas. Malfoy. Scorpius alzó los hombros, no muy interesado en las preguntas que le hacía la chica y mucho más preocupado de cómo rayos iba a escapar de ese lugar. Su mirada se posó de forma completamente involuntaria en los brazos de Weasley, que cubrían el pecho como una armadura. Tenían tantas pecas que la pálida piel de ellos que se veía aún más blanca y estaban presionados contra su caja torácica de tal forma que parecía que los tuviera adheridos con cola al cuerpo. Weasley notó la dirección de su mirada y, pensando que él estaba viendo estaba analizando su inexistente busto, exclamó hecha una fiera: —¡Eres un maldito pervertido!

De pronto empezó a pegarle patadas. A pesar de ser una muchacha extremadamente menuda, tenía más fuerza que Hagrid. Los golpes de sus pies eran un ataque completamente innecesario y sacado de proporciones, y ella parecía tener un diplomado en puntapiés certeros. Por arriba, por abajo, por los costados; Scorpius intentaba de todas formas agarrarle los pies para evitar aquella tortura, mientras ella le gritoneaba que se fuera con desesperación, pero ¿Cómo esperaba que se fuera si le estaba golpeando de tal forma que le resultaba imposible marcharse?

En un movimiento sobre humano logró aprensar sus tobillos, tratando de hacerlo con la suficiente fuerza como para que ella no fuera capaz de hacer ningún movimiento, pero no tanta como para hacerle daño. Eran tan delgados que él sentía que si los apretaba le haría los huesos añicos.

—¡Basta ya!—exclamó el, al notar que la chica seguía sin darse por vencida, a pesar del agarre. Era tan terca como una mula.— ¡Eres una lunática!

El insulto la incentivó a seguir peleando por su libertad. Repentinamente Scopius recordó que tenía más ropa que debía rescatar, si es que deseaba salir de allí con dignidad. Su corbata, camisa y pantalón debían estar tirados por algún sitio, probablemente afuera del campo de batalla que se había convertido la cama, con las cortinas cerradas. Debía encontrar también su insignia de prefecto, que era el máximo honor que el poseía—porque vamos, ¿A quién no le gusta tener el poder de mangonear al mundo?—, pero estaba seguro que si soltaba los tobillos de Weasley de la prisión que él les había generado, un nuevo ataque de patadas asesinas recaería sobre él.

—¡Vete!—chilló ella, dándose por vencida en el tema de los pies, logrando que aflojara un poco las manos. Scorpius empezó a buscar su insignia teniendo la demente idea de que quizá estaba perdida en algún lugar de la cama y Weasley empezó desesperadamente a taparse las piernas con el corto camisón. —¿Qué diablos estás buscando?

—Mi insignia de Prefecto.—respondió. Ella seguía insistiendo en cubrirse las piernas, y lo miraba cada un segundo para asegurarse que él no estaba intentando lanzarse sobre ella y raptarla. Eso lo cabreó:— Weasley, por Merlin, he visto piernas antes. No es como si las tuyas fueran la gran cosa.

Pudo ver como a cara de la muchacha se volvía un huracán.

Sacando fuerza sacada de otro mundo, pegó una patada tan fuerte que logró liberar sus tobillos y botarlo de la cama. Su trasero cayó de tal forma que sintió toda su columna moviéndose cuando tocó el piso. Escuchó un montón de ruido y, las compañeras de Weasley empezaron a despertarse alarmadas por el estrepito. Una de las chicas, lo miró un par de segundos y luego alzó las cejas como si él se tratara de un presente bajo su árbol de navidad.

—¡Scorpius Malfoy!

—¡Mierda!

Debía salir. Divisó un montón de ropa que evidentemente era de él a aproximadamente un metro y, de alguna forma, se levantó ignorando el dolor que tenía en el trasero, tomó la ropa y salió pitando del dormitorio sin mirar atrás. La escalera de la torre de Gryffindor favoreció su escapada, generando un tobogán, y cuando sus pies tocaron el piso de la sala común se preguntó si era necesario seguir corriendo. La sala estaba completamente vacía y él no tenía planes de correr medio desnudo por el castillo, por lo que se vistió en medio del lugar rápidamente. Su camisa, corbata, pantalón y zapatos estaban en perfectas condiciones. Lo único que faltaba era su insignia de Prefecto.

—Demonios.

¿Qué podía hacer? Perfectamente se atrevería a atraerla mediante magia, pero no tenía su varita y estaba seguro que no funcionaba la magia con esas cosas. Más de una vez se le había perdido en su gigantesca casa y ni siquiera los elfos habían sido capaces de atraerlas mediante encantamientos. Estaba analizando seriamente si sería necesario que volviera al dormitorio de chicas, pero escuchó pasos que salían de toda la torre y se acobardó como una gallina.

Mientras salía rápidamente al pasillo del séptimo piso, con la Dama Gorda gritoneándole a sus espaldas, pensó que quizá podría decirle a Albus que le preguntara a Weasley por su piocha, pero luego consideró que quizá no era muy buena idea. Si le pedía eso era altamente probable que le hiciera un interrogatorio profundo sobre el porqué su prima tendría su insignia en primer lugar y, honestamente, no tenía muchos deseos de responder esas preguntas, sobre todo porque su amigo era extremadamente sobre protector con su familia y no creía que le hiciera mucha gracia saber que Scorpius había dormido en cueros con su pariente. Debía encontrar una manera que evitara a Albus y a Weasley, pero que le sirviera para tener su amado escudo pendiendo de su pecho nuevamente y debía ser rápido.

El castillo estaba libre y despejado como el cielo que se veía por las ventanas del séptimo piso. Bajó por diversos pasadizos, escaleras y recovecos, escuchando a los cuadros quejarse constantemente por ser interrumpidos por los ruiditos que hacían sus zapatos negros sobre el piso de madera y, para cuando llegó a la sala común de Slytherin, había más alumnos fuera de sus camas. Sin mirar mucho a su alrededor, subió las escaleras a los dormitorios y entró evitando hacer mucho ruido. La cama de Albus estaba completamente vacía y perfectamente hecha, lo que evidenciaba que él tampoco había pasado la noche ahí.

—¿Dónde diablos estabas?—le susurró uno de sus compañeros. Era moreno y tenía un libro entre las manos sobre Quidditch. Estaba arropado aún con las sábanas verdes de su cama y tenía un pijama a cuadrillé muy claro que resaltaba aún más el tono de su piel.

—Por ahí. —Scorpius se dirigió a su baúl y sacó de él una camisa limpia, ropa interior y una barra de jabón. El otro no pareció muy contento por la respuesta y lo miró exigiendo respuestas. Él alzó una ceja.— Zabini eres una cotorra.

—¿Dónde está Albus?—volvió a preguntar. Zabini se incorporó arrugando la nariz.

—No tengo idea.—respondió.—Lo perdí de vista después de la fiesta.

—¿Cómo estuvo eso?—Zabini estaba haciéndole tantas preguntas que parecía como si le estuviera haciendo un informe policial.

—Bien, supongo.—se encogió de hombros, tratando de desviar el tema. Su compañero pareció conforme con la respuesta, asumiendo que no se había perdido de nada cuando en realidad se había perdido de todo.—¿Cómo estuvo todo por aquí?

—Bláh, ya sabes. Nada interesante, pero asumo que mejor que haber ido a Gryffindor.—Al decir el nombre de la casa rival, arrugó la nariz. Scorpius alzó una ceja, sabiendo que él no había ido a la fiesta sólo porque se desarrollaba en la casa roja, aunque si alguien se lo preguntara era muy probable que él dijera que había sido solo porque tenía jaqueca. Ames Zabini, a pesar de ser un muy buen chico el cincuenta por ciento del tiempo, y de pasar buenos ratos con Scorpius y Albus, había heredado pequeños detalles de su padre que no lo hacían del todo agradable cuando se trataban temas delicados.

—Ajá.—musitó. Zabini pareció cansarse del parloteo y volvió a sumirse en su libro, lo que el chico agradeció.

Con sus cosas bajo el brazo, se metió a baño y trató de hacer que sus pensamientos y recuerdos de la mañana se fueran por el desagüe, al igual que el agua que acariciaba su cuerpo. Trató de pensar que había sido muy discreto al salir del dormitorio de Gryffindor y que era muy poco probable que alguien se enterara si quiera que había pasado la noche ahí desnudo. Es decir...¿Qué tan rápido podían correr los rumores en Hogwarts? y, si el secreto llegara a salir a la luz, ¿Quién se lo creería? Era sabido por todos que Weasley evitaba a toda costa tener algún contacto con él, sólo por ser un Malfoy. No, nadie lo creería...¿Cierto?

Para su desgracia los rumores en Hogwarts sí corrían, y sí que lo hacían rápido.

No había puesto ni un pie en el Gran Salón para el desayuno y ya todo el mundo lo miraba con ojos como platos y cotilleaban sobre las posibles cosas que habían ocurrido en su fogosa noche con Weasley en medio del mismísimo dormitorio de Gryffindor. No era que él fuera un paranoico, pero escuchaba su apellido siendo mencionado cada dos segundos y ante cada evocación sentía un revoltijo en el estómago. Caminó lo más digno posible por el lugar, con Ames Zabini mirándolo como si fuera un lunático cada dos por tres, y se tiró sobre la mesa de Slytherin evitando a toda costa mirar a cualquier lado que no fuese la mesa en la que se encontraba sentado. Una vez se acomodó, colocó en su plato un poco de tocino y tostadas. Albus, no estaba por ningún lado y en Slytherin todos analizaban cada uno de sus movimientos.

—...Malfoy y Weasley, sí.

—¡Qué desgracia! Él es un bombón...

Alzó la cabeza igual que un suricato y clavó sus ojos grises en un par de chicas de tercero que cotorreaban sobre el tema. Ambas notaron que él estaba mirándolas directamente y se sonrojaron, cerrando sus bocotas en un santiamén.

—¿Qué hiciste realmente anoche?—señaló Zabini, frunciendo el cejo. Scorpius se limitó a pinchar el tocino con su tenedor y a echarse la comida en la boca, con el fin de no dar explicaciones. Ames refunfuñó.—Con Weasley...

—Cierra el pico.—musitó, tragando toda la comida que tenía metida en la cavidad oral. Levantó los ojos por un milisegundo, en dirección a la mesa de Gryffindor, y vio Weasley con una cara de perros. Evidentemente tampoco era muy placentero para ella que la mirara medio establecimiento. Un par de alumnos vieron la dirección de su mirada y eso aumentó aún más el cotilleo.

No es como si a Scorpius le molestara ser el centro de atención: solía serlo por ser uno de los mejores cazadores que había tenido la casa de Slytherin en el Quidditch, por su flamante apellido que le evitaba en cualquier lugar pasar desapercibido y él era complemente consciente de que generaba una atracción en el género femenino. Pero no estaba muy cómodo por destacar tanto por una situación como la que había sucedido aquella mañana y mucho menos porque se tratara de endulzar tanto el asunto. Scorpius no consideraba que su vida amorosa fuera una de sus principales fuentes de popularidad y, si había que ponerse técnicos, él nunca había tenido una novia oficial ni armado escándalo en temas amorosos.

—Scorpius...—Zabini empezaba otra vez. Era tan irritante como ponerse limón en el ojo.

—Cierra el pico.—repitió.

—¡Scorp!—una chica llegó chillando de la nada, se sentó a su lado y le sonrió tan profundamente que él sintió que le saldrían arrugas en los bordes.

Scorpius arrugó la nariz. Si había algo que detestaba en el mundo era que le dijeran Scorp, Scorpy, Scors, o algún tipo de derivado. Su nombre no era la cosa más linda del mundo tampoco, pero prefería eso a apodos que sonaban como nombre de perro.

—Teresa.—dijo él inexpresivo, rogándole a Merlín porque la chica notara lo poco que le emocionaba su presencia y se fuera. Era una muchacha de quinto que tenía un amor irracional por él y que últimamente lo perseguía a todas partes, como si por estar ahí siempre se fuera a meter a la cabeza de él por osmosis.

Lamentablemente ella no pareció notar su indiferencia.

—¿Cómo estás, Scorp?—preguntó dulzona. Era muy rubia y su nariz era tan perfecta que parecía artificial.—Yo mal. Ya sabes...He escuchado rumores...

Lo último lo dijo con un puchero.

Scorpius no dijo nada y siguió miró su plato con ganas de salir de allí corriendo y lanzarse desde la torre de Astronomía. Teresa Mulligan debe haber pensado que el que él mirara tan fijo su plato, significaba que deseaba que ella lo alimentara románticamente o algo por el estilo, por lo que tomó el tenedor de él y empezó a introducirle tocino en la boca sin que él mostrara resistencia, básicamente porque no tenía ganas de armar otro escándalo.

—Bueno...—continuó Mulligan.—Sobre los rumores...

—Yo quiero saber de los rumores.—señaló Zabini metiéndose en la conversación. Teresa lo miró sin saber quién era por dos segundos y luego perdió el pudor completamente, reemplazándolo por un deseo de chismear.

—Ya sabes, que Scorp violó a Weasley.—rio ella.—Al menos eso fue lo que me dijo Gendry Goldstein, porque a él se lo dijo Ashley Ferris y ella escuchó que Gina Thomas decía que la misma Weasley le había dicho eso.

—¿Qué?—Scorpius miró a la chica tan de sopetón que ella dejó de meterle tocino a la boca y lo miró asustada. Sólo ahí se dio cuenta de que había exclamado eso mucho más fuerte de lo que había deseado.

Teresa lo miró como un lunático.

—Eso escuché.—dijo alzando los hombros.

Y eso fue el colmo. Weasley había hecho correr el rumor de que él era un pervertido, después de habérselo dicho unas veinte veces esa mañana, mientras trataba de defenderse de sus golpes. Necesitaba enfrentarla sobre aquello y decirle que dejara de hablar mierda y de paso que le pasara su insignia de prefecto para zanjar el tema de una vez por todas. Sus ojos escanearon el Gran Salón y no encontraron un punto rojo en ningún sitio ¿Dónde se había metido?

—¿Weasley se ha ido?—le preguntó a Teresa. La chica lo miró evidentemente ofendida.

—Supongo.—respondió.

Hecho una Banshee, se levantó de su asiento en la mesa y empezó a caminar a grandes zancadas a la salida. Una vez fuera, con un millón de ojos analizándolo igual una obra de arte moderno, caminó subiendo las escaleras principales sabiendo perfectamente que la enana esa se encontraría en la biblioteca, escondida tras libros como una rata. La había visto muchas veces ir hacia ese lugar por las mañanas y por las tardes y hundirse en la última mesa, por lo que estaba un cien por ciento seguro de que estaba allí.

Además Weasley no solía visitar muchos lugares, por lo que no era una elección visible. Predecible.

Una vez sus pies llegaron a la biblioteca dio trancadas amplias hasta que llegó al último estante y se aproximó para ponerse frente a Rose Weasley. Y lo hubiera hecho si no hubiera sido porque se dio cuenta de que estaba con alguien y que hablaban de él. La otra persona estaba de espaldas y tenía una cortina larga de pelo pelirrojo que le llegaba hasta la cintura que indudablemente pertenecía a Lily Potter. Weasley estaba con la cara en su dirección, y tenía su típica expresión de cejo fruncido.

—Oh, vamos. Malfoy no es tan terrible.—la frase que soltó la hermana de Albus hizo que la chica frunciera aún más el cejo. Weasley tenía un pergamino en la mano y lo miraba con tanta atención que parecía que el papel contenía el secreto de la vida.

Scorpius separó un par de libros para mirar aún mejor sus expresiones. Se veía muy cabreada y con cero ganas de tener la conversación que estaba teniendo con su familiar.

—Sí lo es. Es un Malfoy.—Eso lo dijo con tanto desdén que él sintió un picor en el pecho. No tenía idea de porque la chica despreciaba tanto a su familia. Sí, su padre había cometido errores y sí, la había cagado, pero eso no significaba que él también los hubiera cometido. Él ni siquiera estaba en la mente ni en el útero de nadie cuando todas esas cosas habían pasado y meterlo en el mismo saco que toda su línea familiar era francamente una estupidez.

—Pamplinas. Sea un Malfoy o un Longbottom, no se puede negar que el chico tiene un atractivo.

—Para mí no tiene ninguno.—respondió Weasley, aún mirando el pergamino.—Anda a saber qué cosas han pasado por Malfoy. Debe tener más enfermedades que todo San Mungo junto.

Oh.

¿Qué demonios pensaba esa chica que era él? ¿Un cualquiera que se ponía en la esquina de los pasillos y ofrecía su cuerpo a cambio de quién sabía qué? Ella no sabía nada de él, como podía...

—Eso no le quita lo guapo. Te apuesto que lo besarías si se te diera la oportunidad.

El oído de él se volvió tan agudo que podría jurar que escuchaba la respiración de ambas y los latidos de sus corazones. Weasley soltó una carcajada tan grande que le pegó un puñetazo a su ego, directo en la entrepierna.

—¿A Malfoy? ¡Qué asco! Antes besaría a una mandrágora.

Doble Oh.

Scorpius pateó tan fuerte la repisa de libros que de él cayeron un par de tomos pesados. No le interesó, realmente. Ya no le interesaba nada. La opinión de Weasley no le importaba, pero le cabreaba el hecho de que ella sintiera tanto asco hacia él cuando no tenía idea de absolutamente de nada de lo que pasaba por su cabeza.

Ella daba asco.

Salió arrastrándose de la biblioteca, ubicando a Rose Weasley en el tope de su lista negra. Sin interesarse ni un pelo en su insignia, en que todos lo miraban raro al salir y en que muy probablemente la chica se había dado cuenta de que él sabía salido de la biblioteca


Hola hola! Como van? Espero que bien! Espero que les haya gustado este capítulo! Gracias por los reviews del cap anterior, follows y favs c:

Ah, y por si no sabian, cada vez que comentan este fic un gatito bebe es adoptado y vive una vida feliz *ejej*

Nos leemos!

Besos,

Cece