Visita

-Rachel, Rachel…- noté como me zarandeaban.

-Un ratito más- rogué escondiendo mi cara en la almohada.

-Voy al gimnasio un ratito, ¿te vienes?-.

-¿Qué hora es?- pregunté aún con los ojos cerrados.

-Son las 7:30- me sonrió.

-¡Estás loca!- exclamé dándole la espalda.

-Me tomaré eso como un no, pero deberías de buscarte un entretenimiento aquí dentro. Y algo de ejercicio no te vendría mal- soltó tan frescamente por su boca.

-No suelo estar de buen humor tan temprano- refunfuñé.

-No te metas en líos y nos vemos en el desayuno- dijo antes de marcharse de la celda.

Al cabo de pocos minutos, me giré en la cama intentando volver a coger el sueño, pero me era imposible. Al parecer, la tranquilidad que me daba la presencia de Quinn se había ido con ella. ¡Mierda, no podía dormir! Me levanté de la cama observando la celda abierta e imaginando miles de situaciones por las cuales esa tal Adriana podría hacerme picadillo antes del desayuno.

Mi primera noche en la cárcel… Ha sido horrible. Lloré hasta quedarme sin fuerzas y las pesadillas, que había sufrido durante el poco tiempo que me quedé dormida, no dejaron que mi cuerpo descansara; parecía que me habían dado una paliza y la cabeza me iba a explotar, sin contar el madrugón al que me había visto sometida gracias a mi compañera.

Me levanté, me puse la camisa, con mi número correspondiente en la espalda, y cogí las cosas de aseo; salí con algo de temor en busca de los baños. Caminé con paso algo dudoso mirando todo lo que se movía a mí alrededor; apreté las cosas que llevaba contra mi pecho, como si eso fuese a salvarme la vida ante un ataque. Ilusa de mí, iba tan asustada… que sin darme cuenta llegué al aseo que correspondía a mi pabellón; éste estaba situado al final del pasillo, tras pasar la cocina y la lavandería.

Respiré hondo al entrar pues no me había cruzado con nadie por el camino, era la ventaja que tenía salir temprano de la celda. Aunque mi suerte se acabó ahí, justo cuando escuché caer agua de una de las duchas.

Con rapidez, me situé en el lavabo y me miré al espejo. "Parezco un verdadero zombie", pensé mientras veía la hinchazón de mis ojos, las ojeras y la cara de perro muerto que traía esa mañana. Escuché cesar la caída del agua y, a través del espejo, pude ver cómo una chica desnuda salía de la ducha mientras cogía la toalla que había dejado en el banco.

-¡Rachel!- exclamó sorprendida. -Pensaba que estaba sola- dijo mirándome algo avergonzada.

-Lo siento- me disculpé sin poder quitar la vista de su cuerpo.

-No pasa nada, aquí nos duchamos todas juntas- le quitó importancia.

-¿Todas juntas?- pregunté extrañada.

-Sí, después del desayuno es cuando se ducha toda la gente-.

-¿Y tú? ¿Por qué lo haces ahora?- me giré para mirarla a la cara.

Error, eso es lo que fue. Tenerla en esas condiciones, cara a cara, me hacía intimidar más y me ponía más nerviosa de lo que ya lo estaba. Creo que ella lo notó porque, al verme, sonrió y se alejó a ponerse la ropa limpia que había traído.

-Te lo he dicho esta mañana- comentó mientras se terminaba de secar sus piernas.

-¿El… qué?- me quedé en shock.

-Pues que me iba a hacer ejercicio y ya aprovecho y cuando terminó pues me ducho más tranquila antes del desayuno- cambió a la otra pierna.

-Es buena idea- dije dándome la vuelta al ver lo que venía después.

-No hace falta que te gires, no tengo nada que tú no tengas- se rio.

-Cuestión de intimidad- le contesté agachando la cabeza.

-¿Desayunamos?- preguntó ya vestida a mi lado.

-Pero yo no me…- no terminé cuando noté la mano de Quinn arrastrándome fuera de las duchas.

-Son casi las 9, no te va a dar tiempo a comer. Hazlo después-.

-¿Después?- noté cómo la presión de mi cuerpo bajaba.

-Sí, tranquila, no pasará nada. Suele haber un guarda vigilando-.

-No creo que eso me tranquilice mucho- solté en un tono de preocupación.

El comedor ya estaba lleno de gente. Dentro se encontraba el agente Hudson y una chica apellidaba Rose, al menos eso es lo que decía la chapa de su uniforme. Ella es blanquita de piel, morena, con unos ojos azules penetrantes y una sonrisa inocente que, por supuesto, me tranquilizaba.

-Vamos, allí hay un par de sitios libres- señaló con la bandeja de comida en la mano.

Noté cómo los ojos de aquellas mujeres se posaron sobre nosotras. El comedor estaba formado por varios grupos de presas, al menos así era como parecía estar distribuida la zona por el momento. Uno de los grupos más grandes era el de Adriana que, por cierto, no nos quitaba la mirada de encima.

-Hola Q- saludó una chica de color mientras juntaba el puño con el de Quinn.

-Hola hermana- comentó con una sonrisa.

-¿Quién es la morena?- preguntó mientras me miraba desafiante.

-Es Rachel, mi nueva compañera de celda-.

-¿Compañera?- preguntó extrañada.

-Me apetecía entretenimiento- bromeó con su amiga.

Me quedé escuchando, como si fuese un partido de tenis, la conversación que tenía esa extraña mujer con Quinn.

-Soy Mercedes- me tendió la mano.

-Encantada- intenté sonreír.

-Me da a mí que no va a durar mucho aquí dentro-.

-No digas eso Mercedes- dijo Quinn.

-Mira cómo mira el cabrón de Hudson- miré hacia donde estaba el policía.

-¿Qué le pasa a ese tío?- pregunté curiosa debido al enfrentamiento de ayer.

-Se oye por mi pabellón que ayer llegó muy cabreado y se desquitó con una de las chicas- susurró para que no se escuchara muy alto.

-Hijo de puta…- noté como a Quinn le cambiaba la cara.

El desayuno pasó rápido, Mercedes era una chica divertida y simpática; ella llevaba allí un par de años y se conocía la cárcel como si fuese su casa. También era más habladora que Quinn, que sólo se limitó a escuchar y mirar, algo que me ponía verdaderamente nerviosa.

-Hey muñeca, ¿ya te vas?- se acercó Adriana cogiéndome de la muñeca.

-Suéltame- intenté salir del agarre.

Le pegué un guantazo en la cara; estaba muy cansada de sus amenazas. Quinn me miraba con los ojos abiertos como platos, supongo que nunca esperaría esa reacción de mi parte. La cara de Adriana no era tampoco una de las mejores que digamos; inmediatamente, las chicas que estaban sentadas con la chica latina, se levantaron y me rodearon.

-¡Basta de juegos!- gritó la agente que estaba en el comedor.

-Sólo estábamos saludando a nuestra amiga- comentó con los ojos desafiantes.

-Será mejor que nos vayamos a nuestra celda- dijo Quinn agarrándome del brazo y sacándome de allí.

-No quiero peleas en el comedor- ordenó la agente.

-Lo siento Marley, no volverá a pasar- se disculpó Quinn.

¿Marley? La guapa agente se llama Marley y Quinn parecía que la conociese de toda la vida… Aunque, siendo así de agradable y llevando tanto tiempo allí dentro, quizás acabas simpatizando con algunos de los funcionarios de aquí.

-¿Qué piensas?- preguntó al entrar en la celda.

-¿De qué conoces a esa tal Mercedes?-.

-Eres directa…- recogió unos libros del escritorio.

-Tú me has preguntado, yo te contesto- me encogí de hombros, estaba dispuesta a seguir su juego.

-Cuando llegué a este sitio, estaba sola. Y a los pocos días… conocí a Mercedes. Ella hizo que los días aquí no fuesen tan… tan… ¿horribles?- frunció el ceño.

-¿Ya está?- levanté una ceja.

-Te he hecho un resumen- se encogió de hombros.

-Por ahora me vale… ¿Y Marley? ¿De qué la conoces a ella?-.

-¿Marley?- se sorprendió ante mi pregunta.

-Parece que te llevas muy bien con ella…- sonreí.

-¡Para nada! Es buena chica. De hecho, una de las pocas personas de las que te puedes fiar aquí dentro… Por eso la respeto-.

-¿Te gusta?- probé suerte.

-¿En serio me estás preguntando eso?- sonrió.

-A lo mejor me estoy equivocando-.

-¿Qué te hace pensar que me gustan las mujeres?- se sentó a mi lado en la cama.

-No sé, supongo que…-

-Señorita Berry- escuché una voz fuera de la celda.

-¡Sí!- exclamé levantándome como un resorte.

-Tienes visita- dijo el agente mientras me acompañaba por el pasillo.

El agente me llevó del brazo por el pasillo, abrió la puerta y allí estaba ella: mi abogada. Se encontraba esperándome sentada en una silla, con gesto algo serio, mientras me miraba completamente apenada.

-Tienes 15 minutos- me informó antes de cerrar la puerta y dejarnos a solas.

-¿Cómo estás Rachel?- me miró con tristeza.

-¿Tu qué crees San?- pregunté algo destrozada mientras me sentaba en la silla situada al frente de la de mi abogada.

-Me puedo dar una idea-.

-Dime que tienes buenas noticias y que me vas a sacar de aquí ya- le supliqué con lágrimas en los ojos.

-Lo siento Rach. Estoy trabajando muy duro en el caso, pero está todo muy atado y…-

-¡Tú no sabes lo que es esto! ¡Hasta la propia policía me trata como una mierda- me derrumbé.

-Te prometo que te sacaré de aquí- dijo con determinación en los ojos.

Una de las cosas que caracterizan a Santana es que todo lo que promete lo cumple, aunque se le vaya la vida en ello. Por ese aspecto no me preocupo, pues confío plenamente en ella para que me saque de aquí. El problema es, en realidad, el tiempo que va a tardar en hacerlo y si iba a durar lo suficiente para comprobarlo.

Conozco a San desde que era pequeña, nos hemos criado prácticamente juntas. Nos apuntábamos a los mismos grupos de canto, al grupo de teatro… Y gané con ella las nacionales del Glee Club. Pero ella prefirió tomar otro camino diferente al mío; siempre me dijo que la fama no era para ella y se matriculó en derecho, en una universidad de Nueva York para al menos estar juntas.

-¿Cómo están mis padres?- pregunté con lágrimas en los ojos.

-Ayer estuve hablando con ellos todo el día. Vendrán en el siguiente pase de visita-.

-¿Y Jesse?-.

-No he hablado con él- dijo con desagrado.

-Aunque no te lleves bien con él… debes hacerlo San, ya sabes lo importante que es para mí- le apreté las manos.

-Está bien, hablaré cuando pueda con él y le diré que venga a verte- dijo con algo de asco. –¿Necesitas que te traiga algo?-.

-Dile a mis padres que me traigan el álbum de fotos y el mp3… Si les dejan, claro- comenté al recordar cómo me habían confiscado mis pertenencias al entrar.

-Yo se lo diré, no te preocupes. Y hablaré con los guardas para que te lo hagan llegar- espetó sonriendo.

-¿Hay alguna novedad en el caso?- pregunté esperanzada.

-El juez dictó sentencia Rachel. Por ahora debes de cumplir la condena que te ha impuesto…-.

-¡5 años metida aquí!- exclamé horrorizada.

-Es lo mínimo por lo que se te acusa, aunque por buen comportamiento se te reducirá la pena-.

-No creo que dure viva mucho tiempo. Tienes que sacarme de aquí, San- le supliqué.

-Voy a presentar un recurso… Voy a hacer lo que sea para que se reabra el caso y demostrar tu inocencia-.

-Confío en ti- dije con esperanza.

-Se acabó el tiempo señoritas- entró el guardia en la sala interrumpiendo la conversación con mi amiga.

-Volveré pronto- me dijo antes de abrazarme. –Tú solo vive-.

-Lo intentaré- dije antes de ver la puerta cerrarse viendo la cara triste de mi amiga allí de pie.

El guardia me volvió a llevar a la celda, encontrándome a una Quinn expectante por mi visita. Me limité a tirarme en la cama y cerrar los ojos. El ver a mi amiga en ese estado, tan triste y preocupada, me hizo sentir muy mal; me imaginé cómo debían de estar mis padres con todo esto.

-¿Todo bien Rachel?- preguntó preocupada.

-Sí- contesté llorando.

-¿Por qué lloras entonces?-.

-Ha venido mi abogada…-.

-Oh, oh… ¿Malas noticias?- susurró por debajo.

-Está haciendo todo lo posible-.

-Eso dicen todos- dijo con una mueca de desagrado.

-San no es así, ella luchará por sacarme de aquí- me levanté algo enfadada por el comportamiento de Quinn hacía mi amiga.

-Parece que le tienes mucho aprecio a tu abogada…-.

-San es mi amiga, antes que mi abogada. Nos hemos criado juntas y… ¿Por qué te estoy contando a ti esto?- me quedé mirando a Quinn.

-¿Tiene algo de malo? Me gusta saber cosas de ti- sonrió.

-Siempre te ando contando cosas de mí, pero de ti no sé nada- me crucé de brazos enfadada.

-Si no quieres contarme nada… lo entenderé- dijo mientras se preparaba para salir.

-¿A dónde vas?- pregunté extrañada.

-A tomar un poco el sol- me guiñó el ojo.

-¿A tomar el sol?- mi cara de póker lo decía todo.

-Sí, al patio. En días, como el de hoy, me gusta tomar un poco el sol. Además, por las mañanas tenemos las horas libres hasta la comida- me explicó.

-¿Tenemos las horas libres?- pregunté mientras salía con ella hacia el patio.

-Todas las mañanas. A no ser que sea algún día excepcional que tengamos turno doble de trabajo-.

-¿Y qué se puede hacer en las horas libres?-.

-Muchas cosas, aunque te parezca extraño- se rio al ver mi cara de incredulidad.

-No te rías de mí, soy nueva. No sé cómo funciona esto- dije indignada.

-Aparte de gimnasio, tenemos biblioteca, salón de cine…-.

-¿Tenéis salón de cine?- pregunté ilusionada.

-Sí. Los fines de semana suelen organizar actividades allí, ya las conocerás-.

Casi sin darme cuenta, noté cómo los rayos del sol me cegaban los ojos. Ese sol que ansiaba tanto desde que llegué; al fin lo podía notar en mi cara, en mi piel… Era como una inyección de energía. Ya sé por qué Quinn aprovecha los días así para tomar el sol, hay que ser tonto para perderse ese lujo que nos brinda el cielo. Pero no éramos las únicas que pensábamos así pues, al igual que nosotras, casi toda la cárcel se encontraba allí reunida, convirtiéndola, a mi parecer, en un lugar hostil y peligroso.

-Tranquila Rachel, no te pasará nada si estás conmigo- dijo al notar como me pegué a su brazo.