¡Saludos, lectores!
Un día inusual en mis actualizaciones, pero es para aprovechar una pausa entre el reciente trabajo que ¡cómo me ha llovido!, literario y no.
InatZiggy-Stardust: Sí, Ikki y su casi-cargo de conciencia... Pobre Shura, muy orgulloso (creo que así son todos nuestros caballeros, ¿no? Creo que no les gusta que los vean sufrir... O esa impresión tengo) Shunny-dueño-de-mis-quincenas tan bello él, pronto entrará en acción...
Tot12: Gracias por leer el artículo, fueron diez cuartillas de obsesión libresca (sí, ajá). Ese Ikki nunca va a aceptar ayuda, el orgulloso Fénix... qué le vamos a hacer (yo no podría consolarlo, jejeje, me tiene en la lista de sus enemigos número uno por matar a su hermanito).
Fabiola Brambila: Shunny-Sol tendrá mucho peso, o al menos eso planeo, para apaciguar la ira del Fénix, que ya me ha amenazado con su Ilusión un par de veces... Y ni así se le baja el coraje, ja, ja, ja... Shura sufre, Saori sufre... Todos, como buena autora con complejo de Víctor Hugo que soy.
SakuraK Li: ¡Qué mala! Ja, ja, ja, pobre Shura, primero la venganza de Ikki y luego sufriendo a solas... Shunny-Sol seguirá apareciendo, para beneplácito de sus fans...
A todos, muchas gracias por leer, por comentar. Dejo constancia aquí del copyright a Kurumada por sus personajes e historia, con lo que nos permite soñar sin fines de lucro.
Sin más, ya pueden pasar a leer este capítulo cuya traducción sería, o espero que así sea, El ánima camina (Nunca encontré fantasma o ánima literal en los diccionarios, así que opté por un "hombre de nube", mixtlacatl, poesía pura una sola palabra en nahuatl, queridos lectores, metáforas al por mayor, ¡amo!)
Espero que les guste...
X - X - X - X
4.- Yn mixtlacatl nehnemi
–No vamos al Oriente, ¿verdad?
Saori niega con la cabeza. Sus mechones ocultan un par de hilos de lágrimas.
–No, Seiya–, contesta sin voltear a verlo, sin levantar la vista, que parece sostenerla como si se tratara de un bastón.
Ni siquiera fue necesario acarrear el equipaje con el que el caballero de bronce, como un niño, empezó a jugar hasta esparcirlo por toda la habitación de la diosa.
Los dos caminan algo alejados del pueblo, la tarde avanza hacia una noche sin luna, picoteada de blanco hasta el horizonte de montañas negras. Acaban deteniéndose en un silo un poco grueso, no muy alto.
–¿Para las épocas de escasez?
La joven dice no por segunda vez.
–Es un regalo para Ikki.
Seiya no comprende ni estando dentro del silo. Observa las paredes, el techo de placas oscuras, rectangulares, el triángulo al centro. A lo mejor hay algún doble fondo, algún pasadizo por el cual llegará la sorpresa del Fénix. Pero no se le ocurre nada adecuado. ¿Un buen baño?, ríe por dentro. Se recrimina. Saori sigue hablando:
–Espero que con esto salga de ese cuartucho. No le hace bien estar ahí dentro, solo. A Shun no le hubiera gustado.
–Pero, ¿cómo…?
–Es un reloj de sol. Las placas del techo corredizo son fotoceldas que van a almacenar la luz solar y a convertirla en electricidad. Las lámparas estarán encendidas día y noche… Y ese triángulo, o mejor dicho, su reflejo en el suelo, bien podría sustituir la sombra de Shun, sus pasos… ¿Crees que le guste, Seiya?
El caballero de Pegaso imagina a Ikki muy cerca de la puerta. Los ojos apretados, ambos brazos cruzados. Imagina que en pocos segundos revienta la pared y destruye las fotoceldas, las lámparas, el triángulo. No lo creo, va a decir, pero la joven parece muy emocionada, señala una lámpara un poco más clara, hay que cambiarla, dice, sonríe, incluso, esperando que el regalo obligue al Fénix a regresar al santuario, o por lo menos a abandonar la casona.
–N-n… –se interrumpe, cambia las últimas palabras –no sé.
Le disgustaría desanimarla. Pero le parece una mala idea, un chiste macabro, tal vez más propio de Máscara Mortal: hacer visible a un fantasma para los vivos.
Pero no es sólo por Ikki. A Saori le gustaría tener de vuelta a su caballero de Andrómeda. Quiere sentarse junto a él y decirle que lo siente. Quiere ver si el triángulo de sombras da una vuelta completa en el suelo sin necesidad de variar la iluminación en algún momento del día, de la noche, quiere acariciarlo sin importar que se llene los dedos de polvo, de la tierra húmeda de la época de lluvias. Quiere no sentir tan limitados sus poderes de diosa de la guerra.
Shun, dice, sonríe como si el proyecto estuviera concluido y probara el reloj. Sobresalta a Seiya, que mira la puerta, recordando cómo salieron por la parte de atrás del santuario para que Hyoga y Shiryu no los vieran sin equipaje. Esto ya está muy avanzado, piensa. Sus otros viajes tampoco fueron al Oriente. Siempre estuvo aquí, sola, tal vez culpándose. Yo debí…
–Saori, somos humanos, morimos–, piensa decir. Pero detiene su lengua antes de pronunciar la primera sílaba. Ella podría sentirse ofendida, llorar, encerrarse, como Ikki, en cuanto regresen.
–Saori…
Llama a nadie; ella está afuera, sentada en el suelo, mirando cómo la tarde se vuelve anaranjada, roja.
–Ni allá dejas de sangrar–, murmura, para el Pegaso, para Andrómeda, para sí misma, para Ikki. El disco amarillo se ha clavado por completo en el horizonte y ella no sabe si quiere verlo de nuevo.
X - X - X - X
Shriryu se dio cuenta. Se alejaron caminando, sin equipaje. ¿Así iba a ir a supervisar una reconstrucción al Oriente? No, dice, da vueltas en la biblioteca. Hyoga está en Acuario, sigue pensando que deben sacar a Ikki a rastras, de ser necesario. El Dragón sonríe, se acomoda un mechón detrás del oído. Un libro, sí. Tal vez así se calme. Quizás un poco de literatura aleje ese pensamiento de su cabeza. Ir detrás de Seiya y Saori, averiguar dónde van.
–No es buena idea.
Recorre lomos color vino. Todos. Ediciones elegantes. Nada, no deja de considerarlo. Aunque ofenda a la diosa.
¿Y si le dice al Fénix?
No. Sacude la cabeza. Ikki, ahora, no se sentiría culpable ni por el suicidio de Shura, se le ocurre, divertido. Lástima que el libro de Hyoga no esté por aquí, murmura a fin de espantar esa segunda idea, más mala que la anterior.
–Cuentos. Los mejores cuentos de sombras–, dice casi sin darse cuenta, la voz y el dedo índice, con el que recorre títulos, sincronizados. –Creo que esto estará bien.
Y sale.
Escaleras abajo encuentra a Afrodita en su puesto de vigilancia. El caballero dorado mira hacia las habitaciones del Patriarca, los brazos cruzados. Reprime un bostezo. Shiryu sonríe. Tal vez el libro lo entretenga.
–Hola, Afrodita.
Piscis responde con un asentimiento leve y mira de nuevo las escalinatas.
–Creo que Máscara de Muerte tiene razón, no hay por qué montar estas guardias–, dice al fin, luego de soltar un suspiro y de estirarse. El bostezo regresa, esta vez resulta imposible mantenerlo encerrado en su garganta. –Lo siento…
–No te preocupes, Afrodita.
Hasta ahora el caballero dorado nota el libro que Shiryu trae en la mano. Se lo pide alargando un brazo. El Dragón se lo entrega.
–¿Es el libro que desapareció junto c…?
Shiryu niega con la cabeza.
–Lo tomé de las habitaciones de Athena.
Afrodita pasa las páginas.
–¿Me lo puedo quedar por hoy?
–Está bien, sólo debemos devolverlo antes de que regrese.
Ambos caballeros recorren el pasillo central de Piscis hacia Acuario. Una vez sentados en la escalera, el guardián de la última casa lee el índice, vuelve a uno de los primeros cuentos, que habla acerca de una sirena y de un pescador, de una bruja bellísima, tanto o más que la sirena, quien ayuda al joven a deshacerse de su alma, de su sombra, que no es la sombra del cuerpo sino el cuerpo del alma. Afrodita sonríe, levanta la vista de las páginas, le parece ver algo moviéndose.
–Quizá sea el pescador–, susurra, no le da importancia. El autor es capaz de sacar la sombra de las páginas y ponerla frente a los ojos de quien lee. –¿No, Shiryu?
Pero el Dragón ya no está. A lo mejor la silueta era el caballero de bronce, se le ocurre de pronto a Piscis, que deja el libro a un lado y sale a la parte frontal de su templo. Aspira, llena de noche sus pulmones. Shiryu va camino de Acuario. Entonces sí se trataba de él, sonríe, un poco avergonzado por no darse cuenta de los movimientos del Dragón, de cuando se puso en pie y comenzó a bajar.
De pronto lo siente: el cosmos de Máscara de Muerte está menguando. Shiryu seguro lo notó desde antes y por eso se apresuró, piensa, dejando el libro al pie de la escalera, bajando detrás del caballero de bronce.
X - X - X - X
Saga sube a la cuarta casa y se encuentra a su compañero dormitando en la entrada.
–¿Estás bien?
Máscara de Muerte responde con silencios, los ojos medio entornados y el cuerpo flojo, recargado en uno de los pilares de la entrada, el pie izquierdo sin apoyar.
–¡Hey!
Hasta ahora lo toma en cuenta.
–Sí –responde, el ceño fruncido, espanta con la mano una libélula que escapó de esa especie de vigilia que lo rodea desde que soñó con aquella sombra. –No es necesario que te preocupes…
Y vuelve a cerrar los ojos. Bosteza. Si Géminis le va con el chisme a Athena no va a importarme, piensa, será mejor; así ella se dará cuenta de lo inútiles que son estas guardias.
Abre los ojos.
De repente no es la noche la que flota en Cáncer. Tampoco es la cuarta casa. Es un patio abierto al cielo del día, es una aglomeración de cabezas, de voces y gritos. ¿Qué es esto? El aire tiene un olor fuerte, distinto al de las Rosas Diabólicas de Afrodita. Los hombres del patio no se parecen en nada a los guardias del Santuario. Más bien a… no sabe decirlo. A algo que le contaron en medio de la somnolencia, a los seres que llenan las leyendas de países a un océano o dos de distancia.
Cierra los párpados y vuelve a abrirlos.
Ahí está la preocupación del caballero dorado de Géminis. El que se hizo pasar por patriarca durante años. Ahora es de nuevo un santo, piensa el italiano, patrañas, quién se lo va a creer, ni él mismo, seguro es este sol, que es capaz de quemar no nada más los brazos sino también el cerebro de la gente. Lárgate y déjame en paz, piensa decirle. Pero tiene tanto sueño, la cabeza se le cae. Si tan sólo no tuviera la obligación de esta vigilancia. Estaría entre las sábanas, libre de una armadura que últimamente es más pesada.
Una vez más los parpadeos.
Vuelve el cielo claro y la especie de coliseo rectangular, o cuadrado, la confusión, muchos disparos, los gritos como flechas hacia lo alto, intentando clavarse en la piel de unas nubes de repente grises. Regresan también las palabras con las que podría convencer a cualquier chica de abrirle un espacio en la humedad de su cuerpo, el idioma para acariciar cuellos y muslos y rostros. El dulce, el que había escuchado o leído incluso antes de descubrir a aquella alma en pena, o eso le parece.
Abre los ojos.
Varias pisadas se acercan por el pasillo central de la casa de Cáncer. Máscara de Muerte apenas alcanza a distinguir un par de sombras en la claridad de un bastión iluminado para defenderse y defender al santuario de la amenaza de las libélulas del sueño. Afrodita y Shiryu. El caballero de bronce y el dorado se apresuran, se inclinan junto a Saga y le hablan, como antes lo hiciera Géminis. Palabras algo distintas, la misma intención. Estás bien, contesta, un guardián no tiene derecho de dormirse en su puesto, vamos, tienes que estar alerta.
Y él quiere responderles. De verdad. No le gustaría dejarlos con la duda. Busca las frases. Qué te importa, déjame o harás guardia en el Yomotsu, tú vete a tu casa, se marchitan tus rosas, y tú, lagartija, largo de aquí, que mañana te toca vigilar el viento, los arbustos rodantes, deberías convencer a esa diosa de pacotilla para que nos deje dormir en paz… Tiene las palabras en la garganta, sabe en qué punto del paladar debe colocar la lengua, si debe aproximar los labios o dibujar una O con ellos. Pero por alguna razón se queda en silencio mientras los otros caballeros aguardan y lo miran con el ceño fruncido y el cosmos alto.
Un nuevo parpadeo.
En la cima de aquella pared, donde convergen innumerables pedradas, un cuerpo cae, sostenido a medias por cuatro brazos de metal, ¿cuatro armaduras? ¿Son caballeros?, pero… se dice, voltea para ver si Saga, Afrodita y Shiryu ven lo mismo, preguntar si saben quiénes son los hombres de armadura y quien el lapidado. Porque seguro ese hombre está muerto, después de semejante lluvia.
Pero atrás no hay nadie. Ni compañeros de armas, blancos para sus burlas, ni templo de Cáncer ni columnas donde apoyar la espalda mientras se termina la guardia. Lo único ahora es el cielo claro de quién sabe dónde y este dolor agudo en la planta del pie izquierdo, que se le clava con astillas nuevas a cada instante. Y Máscara de Muerte, para no gritar, aprieta los dientes, enciende su cosmos. Sólo así ha podido aminorarlo desde que apareció, hace un par de días aunque le parezcan meses.
Los ojos abiertos, cerrados. Abiertos.
–Déjenme en paz. Tú, pecesucho, ¿quieres oír de nuevo a la Llorona del cuento de Hyoga?– pregunta, seguro de que el remedio de los parpadeos le ha devuelto su lugar en las escaleras, rodeado de chismosos.
Pero habla para nadie. Para las cabezas aglomeradas en un patio cuadrado. Para el cielo de la mañana o del mediodía. Para el retumbar de los tambores. Para cantos que no comprende.
–¿Saga, Afrodita? ¿Shiryu?
Ninguno le responde.
X - X - X - X
Afrodita carga sobre su hombro derecho a un Máscara de Muerte dormido sin remedio. Saga, detrás, menea la cabeza. Suelta un qué desobligado, algo semejante a un chiste, una frase graciosa. Pero no logra dibujar sonrisas ni en el rostro de sus compañeros ni en el propio.
–No te burles.
Ese es el muy serio de Shiryu. Saga sonríe un poco. Debería decirle a Dohko que le quite la solemnidad a su alumno. Es muy joven para ser tan serio. Lo del caballero de Cáncer no es tan grave, de seguro sólo necesita dormir. Él cubrirá su guardia por hoy, y dentro de dos días, Máscara de Muerte estará en condiciones para cumplir con su obligación.
–Eso espero–, dice, mientras Afrodita deja su carga sobre las mantas en desorden de la cama.
Los tres caballeros se retiran, cada uno a su templo. Saga piensa montar guardia desde Géminis para suplir la ausencia de Máscara de Muerte, quien se queda en silencio, dormido, atrapado en el sueño dentro del sueño.
Máscara de Muerte en apariencia tranquilo.
Un hombre joven gritando hacia adentro.
Nadie lo escucha. Ni en Piscis ni en Libra ni en Géminis. Ni siquiera estando a media escalera de distancia lo harían. Desde ahí, alguien distinguiría únicamente un bulto algo inquieto, descansando la cabeza en la almohada, con los dedos arqueados, escucharía la respiración de un cuerpo sudoroso, atacado por malos sueños, tal vez, por las consecuencias de comer de más poco antes de ir a dormir, y pensaría que es suficiente con descansar unas cuantas horas, medio día. El sueño sobre los párpados, la tibieza en las mantas, un sencillo vaso de agua, en ocasiones es suficiente para devolver la salud a un cuerpo medio enfermo o indispuesto.
Pero ahora esos remedios no bastan.
Porque a Máscara de Muerte no lo aqueja un malestar de poca importancia. Porque bajo su pecho, sereno a momentos, hay un hato de latidos a punto del desborde, un aliento pesado, con pausas a cada segundo, la queja gracias a una simple punzada en la planta del pie izquierdo, un grito ronco y grave, sin pausa, en medio de un lugar desconocido, de otra edad del mundo.
X - X - X - X
...Continúa...
P.D. ¿Alguien aceptaría defenderme de la furia de cierto cangrejo? Creo que quiere convertirme en una de las máscaras de su templo...
