Todo a su alrededor era oscuro, los gritos pidiendo piedad la ensordecían, mientras que el olor a azufre y descomposición la mareaba de sobremanera, sus ojos lilas se encontraban entrecerrados, intentando vislumbrar algo en medio de toda la oscuridad, se sentía cansada, tanto física cómo mentalmente, pero debía aguantar, debía seguir por su bien y el de todo el mundo, y por sobre todo, por el bien de Dalia y las demás. Comprendía a la perfección que debía apresurarse si quería salir medianamente bien de todo el asunto, el haber entrado directamente a esa parte en específico ya comenzaba a pasarle factura, y no deseaba ni imaginar que iba a suceder en cuanto sus hermanos y hermanas se enteraran de lo que estaba haciendo. ¡Un ángel sacando del infierno a un demonio!, sonaba a locura de cualquier ángulo por el cual se pensara en esa oración, pero ahí se encontraba, en el infierno, donde las almas tanto de humanos cómo demonios eran torturadas hasta el fin de los tiempos, buscando de forma desesperada a un demonio en específico, pero vamos, comprendía que no iba a ser tan sencillo, no siendo solo una, y mucho menos luego de haber estado tanto tiempo en el mundo humano.

Siguió caminando, y en cosa de segundos vislumbró una sombra en medio de toda la oscuridad adyacente, desde donde se encontraba lograba distinguir las pesadas cadenas que se cernían sobre las extremidades de la sombra masculina, dio un par de pasos más, algo temerosa de descubrir si era él a quien buscaba o debía seguir adentrándose en ese mar de lamentos y oscuridad. Estaba consciente de que podía defenderse, de que incluso podía escapar, pero aun así su cuerpo sufría ligeros espasmos por el terror de ser descubierta, algunos vellos de su nuca se encontraban erizados hacía tiempo atrás, desde que había entrado a ese lugar, si se puede ser exactos. Ah, el comportamiento normal que podría haber tenido cualquier otra persona, cualquier humano, en su lugar, le estaba afectando el haber pasado tanto tiempo en el mundo humano, ¿era acaso esa su penitencia, su castigo?, ser tan vulnerable cómo un humano, tan corrupto, tan temeroso. Se negaba a pensar en eso, un jadeo ronco la sacó de sus pensamientos, y su vista quedó fija en la sombra que se había movido.

-Muéstrate.-Sus ojos lilas se abrieron en sorpresa y un poco de felicidad, ¡reconocía esa voz!, ¡era él!, con rapidez se acercó más a la sombra hasta que logró distinguir más aún la silueta del hombre encadenado, con el cabello blanco cubriendo su rostro, con sus ropas hechas jirones y manchadas de lo que parecía ser sangre, las extremidades con heridas abiertas y sangrantes junto a un charco de algo que no supo descifrar qué era en realidad.-¿Quién eres?- Susurró el albino, alzando con lentitud el rostro, su voz, en esos momentos suave pero aún así demandante y llena de orgullo, la sobresaltó, y un lado de ella quiso revelarse, hablarle con el mismo tono orgulloso con el que le habían hablado, pero no fue así, y relamió sus labios, buscando una manera de comenzar a explicar todo al hombre.

-Me llamo Nadia, hijo de Sparda...- Comenzó a hablar, con tono consolador y materno, tragó un poco de saliva para su garganta reseca, y se arrodilló frente al hombre, intentando observar los ojos azules que caracterizaban a los descendientes de Sparda. -, y he venido a pedir tu ayuda.- Sentenció en cuanto sus ojos lilas desbordantes de sentimientos se encontraron los gélidos orbes azules.

-¿Y qué eres?- Demandó saber el albino, con la expresión seria que le caracterizaba, y notó aun bajo la oscuridad a la que ya se había acostumbrado, cómo la mujer en frente suyo temblaba, con el cabello rubio ahora cubriendo sus pequeños hombros, y los expresivos ojos fijos en los suyos, un par de ojos que le recordaban a la pelirroja a la cual había abandonado, y recordarla fue cómo sentir mil espadas incrustándose en su cuerpo, recordó los ojos rojos llenos de lágrimas que empapaban las mejillas sonrosadas, y aun con esa expresión triste, una pequeña sonrisa estaba adornando el rostro empapado en gotas salinas.

-Un ángel.- Respondió en un susurro casi inaudible la rubia, notando con pena, la expresión ida que había tomado el albino, y supo que la había recordado, a la causante de que ella estuviera en ese lugar, y no en algún lugar terrenal de la tierra procurando que la pelinegra, que posiblemente ya se encontrara en Fortuna, no se lastimara de sobremanera en algún trabajo.

-¿Para qué un ángel requiere de mi ayuda?, debe de ser algo importante para que hayas tomado la molestia de incluso venir a éste lugar a por mí.- Soltó con tono burlón, recuperando por unos segundos su actitud inicial, aun sin comprender a que se debía la presencia de ese ser celestial en aquel lugar tan horrible incluso para sus habitantes.

-Debemos de irnos rápido, así que seré breve...- Comenzó su relato la rubia, con una mueca de cansancio en el rostro. -, sé que la recordaste, y sabes de quién hablo, está en peligro, y necesito de tu ayuda para salvarla. Los detalles te los daré en cuanto salgamos de aquí.- Un nuevo escalofrío recorrió su columna, y notó que, ante la mención de Dalia, el cuerpo entero del descendiente de Sparda se tensó, comenzando a forcejear con las enormes cadenas que lo mantenían ahí prisionero. Se levantó, tomando con fuerza una de las cadenas y tirando de ella con toda la fuerza que sus músculos podían ejercer, pero luego de unos segundos de inútiles tirones, se alejó unos metros, y de su espalda cubierta por las hebras doradas, sacó una gran vara de metal, enredó la misma en torno a las cadenas, volviendo a ejercer fuerza, y luego de unos nuevos tirones, las cadenas se rompieron, liberando de una vez por todas al albino.

-En poco tiempo notarán mi ausencia, así que andando.- Y sin dar ni una sola réplica a lo dicho por el albino, ambos comenzaron a caminar casi a ciegas por el lugar, con los sentidos cien por ciento centrados en cualquier ruido externo a sus pasos y respiraciones. Doblaron a la derecha, y unas risas que le dieron escalofríos a la rubia se oyeron en todo el lugar, ambos pares de ojos se desviaron a su alrededor, buscando la procedencia de las risas tétricas.

Ahogó un grito en cuanto notó la cercanía de los demonios, y comenzó a esquivar los ataques, en algún momento sintió un fuerte jalón de su mano derecha, y notó como el albino la había sujetado, comenzando a correr por el lugar en busca de la salida. A cada paso que daba se comenzaba a sentir más y más cansada, y lo atribuyó al hecho de que mantener un portal abierto por todo el tiempo que lo había estado le estaba comenzando afectar por fin. Soltó un jadeo, y en cuanto sus piernas comenzaron a temblar, logró vislumbrar la luz de la salida de aquel horrible lugar al cual esperaba no volver nunca más. La fuerza que el de ojos azules ejercía sobre su mano aumentó, y de un segundo a otro pasó de estar siendo perseguida por demonios a estar en medio de una habitación, jadeante, con el albino a unos metros más lejos de ella, observando el lugar donde había estado el portal con expresión seria. Pasó con parsimonia su mano por el símbolo pintado en el suelo, borrándolo, y se permitió soltar un sonoro suspiro.

-¿Qué le sucedió a Dalia?- Demandó saber de inmediato el albino, y su corazón dio un vuelco en cuanto observó, asombrada, la expresión llena de preocupación que había adquirido uno de los gemelos de Sparda, y deseaba contarle a la nombrada la notoria preocupación y afecto que él tenía en ella, pero cómo un balde de agua fría el recuerdo de la pelirroja siendo prácticamente arrastrada lejos de ella y de las demás llegó a su mente. -Dímelo.- Presionó con la voz ronca el albino.

-Luego de que fuiste de Fortuna, Dalia descubrió que estaba embarazada, lo escondimos de La Orden, pero al final lo descubrieron, al igual que nuestro paradero, se la llevaron, Vergil, y ahora necesitamos de tu ayuda, por que estoy completamente segura de que no solo hay humanos implicados en ésto.- En cuanto el albino fue nombrado, éste se levantó, y luego de arreglar su cabello, peinándolo hacia atrás, comenzó a caminar, saliendo de la oscura habitación, bajo la atenta mirada de la rubia.

-Andando.- Fue todo lo que salió de los labios Vergil, y Nadia, sin más, y luego de tambalearse un poco al levantarse, lo siguió, sin replicas, a sabiendas de que era eso todo lo que él necesitaba oír para ir a por Dalia.

¡Tenía un hijo, un descendiente!, y no había tenido la menor idea en todo ese tiempo, sentía cómo a cada palabra que le había dicho el ángel una espada se incrustase en su corazón, y quiso gruñir, golpearse por ser tan egoísta, tan orgulloso, pero ya no valía la pena, no con aquella rubia tras él y con todo el tiempo transcurrido. ¿Cuanto había pasado desde que había intentado abrir las puertas del infierno por Temen-ni-gru?, ¿cuanto tiempo había pasado de su último encuentro con la pelirroja?, no tenía la menor idea, y el simple hecho de saber que la había dejado sola a merced de cualquier demonio o estúpida secta lo enojaba aún más. Pero ese era el momento de enmendar su gran error, de ir a por Dalia, de salvarla, y no separarse de ella; se imaginó al niño, a su pequeño hijo, cómo sería, si tendría los ojos carmesí de ella, o los azules suyos, si el cabello lo tendría rojo y blanco, su actitud, simplemente se lo imaginó.

Y cómo una película, imágenes de la pelirroja pasaron por su cabeza, la primera vez que cruzó palabras con ella, en la biblioteca, el cómo esa misma noche la había salvado de unos banales demonios, cómo ella había corrido a sus brazos en cuanto volvió a aparecer en la ciudad, alegando que había estado preocupada aunque él fuese un descendiente de Sparda, recordó también la expresión completamente tierna que Dalia había puesto en cuanto le profesó sus sentimientos, recordó las mejillas sonrojadas, los ojos color carmesí desbordantes de todos esos sentimientos humanos a los cuales él había decidido no sucumbir, el cabello de un rojo fuego, el largo y la suavidad del mismo, la piel pálida y suave, el aroma a rosas que siempre tenía; recordó su última noche con ella, las lágrimas que habían corrido por el rostro sonriente, la sonrisa llena de tristeza, los ojos que le gritaban que se quedase con ella, el suave y casto beso que ella le había dado antes de que ambos partieran en direcciones opuestas. Simplemente la recordó, con una cálida sensación en el pecho.