Ha olvidado que está desnuda, que él también, que están en una cama, que están a un movimiento de ser uno por primera vez. Nada recuerda ya, no puede.

Que él le haya dicho algo así es aquello que no se lo permite.

—Niño… —susurra.

Acaricia tímidamente su rostro; él tirita. Ve en él el amor y no se cree que sea verdad; ve en él la convicción y se martiriza por no sentirla igual.

—Me iré para jamás volver —reitera él, y al decirlo es como si la rompiera en mil pedazos, como si la dejara caer al suelo y ella, hecha de vidrio, se quebrara sin más.

Y no se quiere volver a quebrar.

No quiere, jamás.

—No, niño —dice ella, y llora, y estalla en llanto al sentir cómo una lágrima de él cae sobre ella—. No es eso.

—¿No es qué? —indaga él, que ni por la lágrima se permite dejar de sonreír.

—No… —Mai ejerce presión en el rostro de veintiún años. De la boca le brota un suspiro antes de proseguir—. Niño, ¡no me dejes sola, por favor…!


28


—un número sin significado—


IV


De un viernes saltó al otro empujada por la fuerza de la inercia, una que la había conducido por el trecho con tozudez, tanto que Mai no había tenido siquiera un minuto para pensar.

Justo lo que necesitaba, no pensar más.

La cena con Trunks Brief, el presidente, había sido para ella algo indefinible. Habían charlado bien, él se había mostrado galante y simpático, carismático, e incluso se había preocupado por su bienestar. Lo último había sido el problema: Mai no sabía relacionarse hasta ese punto con las personas. ¡No tenía idea de cómo hacerlo! La depresión le restaba significado a sus males y esto provocaba que ella se los infravalorara, que se maltratara a sí misma con las palabras más hirientes.

Él no la entendería. Por eso, por eso y porque sus problemas eran superfluos, debía guardar silencio. Agradecer, hacerlo con todo su corazón, pero afrontar los problemas con altura, como la mujer de cuarenta y nueve años que era.

No debía depender de nadie, nunca más.

—Señorita Mai —dijo el señor Schorr junto a ella—. Por favor, acompáñeme a mi oficina.

Mai se levantó de un respingo. Asintió.

En la oficina del Jefe de Departamento, recibió indicaciones muy específicas: debía explicar al Personal de Fábrica unas leves modificaciones de los motores de los aero-jets serie SL-B; debía revisar prototipos de tres modelos de motocicleta y elaborar un informe detallado; debía modificar el informe en base a las observaciones de los directivos y enviarle la orden de trabajo al Departamento de Producción. Una cosa por vez, se dijo, así que, siendo las nueve y diez de la mañana, empezó por la primera orden.

Cuando se disponía a realizar la video-llamada con la fábrica automotriz que estaba hacia el sur de la Capital del Oeste, Trunks Brief pasó junto a su escritorio a toda velocidad. Veces anteriores, se había dado un segundo para frenar y sonreírle; desde la cena del viernes anterior, él la miraba y asentía con respeto, nada más.

Cuando lo vio pasar por la puerta del señor Schorr, Mai no vio la oficina a su alrededor; vio la nada. Nerviosa, se apretó una mano con la otra meciéndose suavemente. No debía pensar en él ni sentirse culpable por ser descortés, no debía desconcentrarse.

Debía trabajar.

Suspiró: la oficina se pintó delante de ella una vez más. Aliviada, hizo un clic, otro, y sonrió ante el Jefe de Personal de la fábrica automotriz.

—Buenos días —dijo agrandando la sonrisa que, para trabajar, muy preciso era forzar.

Debía olvidarlo todo. Debía ser una autómata y concentrarse en lo que realmente importaba, en el empleo.

No en ella.

No en él.



Isabelle Cort era una fotógrafa de celebridades destacada en su labor pero también en los escándalos amorosos que se le adjudicaban. La había conocido hacía un año: ella le había pedido que fuera su modelo con ferviente insistencia; él se había negado, ya que hacerlo hubiera significado exceso de exposición. Se habían acostado un tiempo, claro, porque sentirse atraído por ella había sido inevitable con lo despampanante que era, pero Isabelle pronto se había aburrido de él. Él, a la vez, se había aburrido de ella por considerarla demasiado excéntrica para su gusto.

Isabelle, como dato de color, tenía trece años más que él.

No obstante, al momento de terminar la corta aventura que habían emprendido horizontalmente, se llevaban lo bien lo suficiente como para ser amigos, por eso seguían en contacto hasta el día de la fecha. Pasaban buenos ratos juntos, incluso hasta se la había presentado a Goten y habían salido a tomar algo más de una vez. Eso, presentarla ante Goten, decía demasiado de Trunks: significaba que era alguien de confianza para él. Aunque insistiera en llamarlo «bebé» y echarle en cara que aún le faltaba mucho por vivir, él disfrutaba su compañía.

Pese a lo extraña, pese a lo enfermizo que parecía el concepto de amor íntimo para ella, «Isa», como la llamaba, era una gran amiga.

—¿Me extrañaste? —le preguntó ella el viernes siguiente a su cena fallida con Mai, luego de sentarse sobre su escritorio en horario de almuerzo y cruzarse de piernas ante él con la única intención de provocarlo.

Trunks rio mirándola a los ojos, sentado en su sillón de presidente.

—¿Hasta tú me traes papeles para firmar? —dijo él al notar que Isa tenía un sobre rojo entre las manos.

Isabelle se lo lanzó al regazo.

—Es un obsequio, bebé. Pero no hablemos de eso aún. —Al enredar un pie en el apoyabrazos derecho de la silla de Trunks, lo atrajo hacia él con cierta brusquedad—. ¿En qué puedo ayudarte?

Una mirada fija, y Trunks quitó el pie de Isabelle del apoyabrazos para después echar hacia atrás la silla. Se reclinó en ella con las manos entrelazadas tras la nuca en gesto pensativo. Miró el techo.

—Me atrae alguien —dijo con un único rostro en mente.

El rostro evidente para él, pero no para los demás.

—¿Qué edad tiene esta vez? —indagó divertida Isabelle—. ¿Cuarenta y cinco?

—Cuarenta y nueve.

—Cómo estás con las cougar, bebé…

Trunks necesitó reír. En la boca le quedó la mueca que siempre permanecía en él cuando pensaba en algo que le encantaba especialmente.

—Ella no es una cougar —explicó—. No la veo del perfil de una. Es diferente a otras con las que salí, tiene otra manera de ser.

Algo que, desde el primer instante en que la había visto, desde el llanto de ella en sus brazos, lo había mantenido más en jaque de lo que se había conocido alguna vez.

—Ajá… —Isabelle se acomodó sobre la mesa; el cabello le bailaba a sus espaldas, como una llama roja—. ¿Y cuál es el problema?

—Creo que no le gusto.

Isabelle rio a carcajadas.

—¡No te creo! Eso debe dolerte en el orgullo, bebé.

Trunks se sacudió, frustrado.

—¡Es que lo intenté todo! La invité a cenar, intenté acercarme a ella pero me fue totalmente indiferente. No estoy acostumbrado a esto y ya me frustré.

—A lo mejor le gustan las chicas.

—No se me hace.

—¿No se te hace? Eres prejuicioso, bebé. ¿Te piensas que porque no es lo que tú consideras una lesbiana no le gustan las chicas? Bastannnte prejuicioso de tu parte…

Trunks se enderezó de repente. Odiaba darle la razón a Isabelle Cort: ella jamás olvidaba esa clase de cosas; era capaz de recriminárselo hasta el último día de su vida.

—Bah, puede ser, pero no sé, no había pensado en eso.

Isabelle se levantó y caminó lentamente alrededor del escritorio. Nada le borraba la sonrisa de la boca.

—¿Está divorciada? ¿Casada? —preguntó.

—Soltera —respondió Trunks.

—Ajá… Bueno, tiene veintiocho años más que tú: quizá, simple y llanamente, no le llaman los bebés.

Trunks se cruzó de brazos y se hundió en el asiento: ¿y si era ese el problema? ¿Y si no le gustaba porque no le gustaban los chicos de veintiún años? Había salido con varias mujeres maduras, había tenido relaciones con ellas, se había deleitado con la pasión más madura, desvergonzada y avasallante de ellas, pero esta era la primera vez que no sabía exactamente cómo acercarse, cómo dar el primer paso.

Si lo pensaba bien, no sabía darlo porque jamás había tenido que hacerlo.

Algo era evidente: no le gustaba a ella, punto. Ella lo había rechazado, cada gesto, cada mirada. Se había mantenido indiferente a él y no le había dado siquiera una oportunidad de ir más allá.

Mai había sido, ante él, como un acorazado impenetrable.

—¿Y qué te atrae de ella? —preguntó Isabelle de repente, agachada ante él, sonriéndose ante él.

—Es hermosa —respondió él. Sonreía.

Lo era: desde que la había visto junto al lago artificial, entregada al llanto y la incertidumbre por una realidad que le era adversa, que se había sentido obnubilado por ella sin razón y por mil a la vez: su sensibilidad, su humanidad, su belleza entremezcladas con ese pasado tan peculiar que le había descripto entre lágrimas. Una mujer inteligente, sacrificada y que había sido militar. Algo, en esa maraña de cosas, lo había comprado. Natural había sido necesitar estar cerca de ella desde entonces, mas no fuera por motivos laborales. Aunque cada contacto, notaba, se le empezaba a hacer más difícil que el anterior.

¿Por qué a ese nivel?

—¿Y qué más? —continuó Isabelle.

—Es… distinta.

—¿En qué sentido?

Trunks se puso de pie. Terminó ante la ventana con las manos en los bolsillos. Detrás de él, Isabelle lo estrechaba por la cintura.

—Es la primera vez que una mujer de su edad me… Bueno, es complicado de explicar. El asunto es que no sé cómo acercarme. Soy más torpe de lo que pensaba para estas cosas y no me hace mucha gracia admitirlo. Menos ante ti, te diré, pero por lo menos no te burlarás de mí al nivel en que Goten lo haría.

¡De sólo imaginárselo…!

—¡Ah, mi lindo Goten! Dale estos besos de mi parte —exclamó Isa apretándolo más. Le dio mil besos sonoros, escandalosos, en la mejilla izquierda—. Entiendo a lo que vas, Trunks Brief: tú eres de esos hombres que sólo necesitan una maldita mirada para hacer a todos caer. He visto cómo lanzas el hechizo y sé lo letal que es. Que alguien sea inmune a tus encantos no es algo a lo que estés acostumbrado. ¿Es eso?

—Sí —admitió él. En su voz, accidentalmente, dejó ver el grado de su frustración—. Además, ella parece deprimida. No sé bien del todo por qué, me lo explicó con mucho desorden y no la entendí tanto como me hubiera gustado, pero es muy dura consigo misma, demasiado. La he visto llorar varias veces y…

Isabelle se rio. No con dulzura, no con comprensión; se rio con burla. Eso sólo significaba una cosa.

Estaba furiosa.

—¡Y ahí va el héroe con su capa roja, dispuesto a salvar a la princesa del gris…! —exclamó ella sin parar de reírse.

Trunks volteó hacia ella. Dándose cuenta del cambio que en la pelirroja se había suscitado, frunció al límite el ceño siempre fruncido.

—¡Oye! ¡No te burles!

Isabelle no sólo no se detuvo; exageró aún más.

—¡Claro que me burlo! —afirmó. Pese a la risa, su ceño estaba tan fruncido como el de él—. Tus problemas del primer mundo son tontos, bebé: «ay, no le gusto a la chica que me gusta», «ay, mis encantos no funcionan con ella». ¡Tonteras! Si dices que ella es muy dura consigo misma y que parece deprimida y que llora mucho quizá lo que necesita no es un macho alfa de veintiún años que le dé una buena noche. ¡Un arrumaco no soluciona los problemas de nadie! Deberías mirar para otra parte, seguir con tus cougar de cuarenta y cinco y dejar en paz a esa pobre mujer. Tal vez, simple y llanamente, no sea tu perfil.

»Ella no es alguien para ti.

Trunks se impresionó.

—¡¿Qué mierda dices?! —indagó.

Isabelle sacó pecho. Sonreía más que nunca.

—¡Que tú estás pensando en llevártela a la cama y ella quizá tiene verdaderos problemas por los cuales preocuparse! Si la quieres para darle duro vete olvidando de ella; si te atrae de una manera un poco más profunda a como suena tu tonta atracción de niño rico cougar-fílico entonces la única gran manera de aproximarte a ella es instándola a que confíe en ti. ¡Y no ofrecerle esa confianza porque ella te gusta, sino porque realmente te importa! Quizá no tiene a nadie con quien hablar y está demasiado deprimida como para pedir ayuda. ¡Ofrécele esa ayuda!

—¡Ya lo hice!

—¿Y qué pasó?

—Me agradeció y se quedó callada.

—¿La notaste triste después?

—Sí…

—Bueno, entonces insístele y recuerda que no todos en el mundo son como tú y como la gente con la que tú te relacionas: te falta calle, bebé. ¡No me cansaré de repetírtelo! Hay problemas que tú jamás podrás comprender porque nunca pasaste por necesidades que las personas comunes tienen. ¡Ya te he visto lloriquear por tonteras y cada vez que lo haces me das más y más la razón!

Trunks sintió que, por un instante, odiaba a Isabelle; se le pasó al percatarse de que ella tenía razón.

—Bueno, ya —espetó, harto—. Ya entendí: deja de ser agresiva conmigo, ¿de acuerdo?

Isabelle, al fin, ablandó sus facciones. Cruzada de brazos, volvió a él.

—¿Pero tanto te interesa, bebé? Nunca te vi tan interesado en acostarte con alguien.

—No me quiero acostar con ella.

—¡Me haces reír!

Levemente sonrojado, Trunks miró el suelo.

—O sea, sí quiero, claro que quiero, pero…

Algo en su llanto junto al lago le había calado hasta lo más profundo del corazón. Ese era el pero, esa era la cuestión. Algo en ese llanto enlazado con la belleza y con ese currículum farfullado entre sollozos se le había vuelto un cóctel. No entendía del todo por qué, pero sentía que debía acercarse a ella, que era importante, que era real. ¡Vaya, real! Sí, real: tenía que conseguirlo.

Tenía que estar cerca de ella. Como fuera, pero tenía que.

—¿Y quién es ella? —preguntó Isabelle.

Trunks pasó del suelo a la pared. Aún lucía sonrojado.

—T-Trabaja aquí.

—¡Ay, bebé! ¡¿Y cómo pretendes que quiera contigo si eres su jefe?! ¡¿Realmente analizas las cosas cuando te encaprichas o sólo piensas con tu…?!

—¡BASTA!

A un metro de Isabelle, se dio cuenta de lo mala que había sido la idea de pedirle un consejo a ella. ¡¿Por qué tenía que ser tan agresiva?! Aunque quizá tenía un poco de razón en cada maldita cosa que salía de ella, o bien mucha más de la que quería reconocer: no había pensado en esas cosas. No había pensado en que fuera su empleada, en lo desesperada que se veía por el trabajo, en que quizá no le gustaban los muchachos jóvenes, en su tristeza, en nada. No había pensado en nada; se había sentido atraído por ella, por lo distinta que era, por lo particular. Sentía que era una persona con la cual sentía deseos de relacionarse más. ¡Sentía curiosidad! Y empatía por su dolor, porque si algo no le había agradado de muchas de las mujeres maduras con las que había salido era su frialdad; porque si algo le gustaba era ir un poco más allá de lo superficial.

Quería a Mai en su vida.

La quería sin saber cómo ni cuánto, pero lo hacía.

—¿Puedo verla? ¡Dime quién es! —pidió Isabelle.

—Ni loco.

—¡Ay! ¿Por qué no?

—¡Porque te vas a meter!

—Ay, bebé… ¡Está bien! No me meteré si no quieres y me disculpo si, bueno, fui un poquitín exagerada. ¡Pero es que me frustras! A veces pareces olvidarte de que eres Trunks Brief; te crees que eres alguien más, un equis cualquiera, y no lo eres. Tenlo en cuenta cuando te acerques a ella, ¿quieres? Quizá necesita mucho este trabajo.

—Lo hace…

—Entonces ya tienes tu respuesta: quizá le gustas y todo eso, pero sigues siendo Trunks Brief, su jefe de veintiún años, y ella una solterona cuarentona deprimida. ¿Sabes qué significa eso?

—¿Qué?

—Que no creerá nada de lo que le digas, bebé. Nadie con los suficientes tornillos en la cabeza creería que tú sientes verdadero interés.

Estaban uno ante el otro, de lado a la ventana de la oficina. El sol, cubierto por nubes, pegaba en él; la sombra pegaba en ella. Isabelle, envuelta en la sombra, sonrió, y el sol pareció captar la sinceridad de su gesto, pues pronto la iluminó. Trunks sonrió también.

—Mira mi regalo, en el sobre —pidió Isabelle—. Y nos vemos luego, ¿sí? Llámame, bebé.

Trunks rio, lo hizo apenas, más insatisfecho de lo que desearía estar.

—Lo pensaré.

Isabelle, entre risas, se fue, y dentro del sobre que le había llevado, Trunks encontró una foto y una nota escrita con lapicera roja sobre ésta: «¡Justo como te gustan! Lili es actriz y aún sueña con triunfar, por eso fue a la Capital del Sur, a probar suerte, y aunque aún no lo ha logrado, no se rinde. ¿No es guapa? ¡Adoro su desparpajo, bebé! Sé que lo adorarás también», rezaba la nota.

En la foto, Lili, de piel morena y cabellos tan negros como sus ojos, estaba sentada en un suelo de madera. Una camisa y nada más la cubría. Debía tener cuarenta, quizá.

Sonrió. Isabelle lo conocía bastante bien, sí.



Todo iba bien, sabía, porque no pensaba. La desconexión era tal que nada ni nadie podía sacarla de ella. Era un autómata, ¡justo como lo había deseado!, una mujer sin sentimientos a la cual sólo el cerebro le servía, el cerebro ocupado en algo útil, no en el análisis exhaustivo de los sentimientos a los cuales no deseaba, bajo ningún aspecto, dar rienda suelta. Quería seguir así, haciendo, haciendo y haciendo.

Evadiendo, evadiendo, evadiendo.

Ya eran las nueve de la noche. Otra vez había tocado quedarse horas extras, así como el viernes anterior. El señor Schorr y ella trabajaban codo a codo en la oficina de él, cada uno con una laptop a cada lado del escritorio, ultimando detalles de los aero-jets que constituirían el gran lanzamiento de la temporada. Una lámpara, ubicada de lado derecho al Jefe de Departamento, lanzaba luz blanca y tenue sobre los dos. Esa era su única iluminación.

Trabajaron hasta casi las diez de la noche. Cuando parecía que ya no quedaba más por hacer para fortuna del señor Schorr y desgracia de una Mai que no quería dejar de hacerlo, ella lo escuchó:

—Señorita, ¿hizo las modificaciones al informe de las motocicletas, verdad? —preguntó él. En sus ojeras y el rojo que le rodeaba el iris gris de su mirada, Mai notó el agotamiento—. Todas las temporadas es lo mismo: llegamos a último minuto con las motocicletas.

Mai, satisfecha por su eficiencia, contestó que sí.

—Lo envié hace horas, señor. No se preocupe.

—¡Ah, señorita! ¿Qué haría sin usted? Excelente trabajo. —Se puso de pie y se estiró con total sinceridad—. ¿Qué tal si nos retiramos ya?

Retirarse.

—Eh… —Nerviosa, Mai negó efusivamente con la cabeza, tanto que el cabello se le desordenó—. Señor, a-aún no he terminado con unas cosas y…

¡Mentira! Había terminado todo lo que tenía que hacer hasta el miércoles de la semana siguiente. ¡Había adelantado tanto trabajo que lo estaba inventando! Y estaba feliz así, ante la computadora, inventando informes que no tenía por qué escribir.

No se quería ir jamás.

—¿Por qué no continúa en su casa, señorita? —preguntó con toda la amabilidad del mundo el señor Schorr.

—E-Es que…

—¿Está segura de que desea permanecer aquí? ¿No le disgusta quedarse sola en el Departamento?

Mai negó otra vez. El cabello, de tanto negar, ya era una maraña sobre su cabeza.

—¡Jamás me disgustaría! —aseguró con una contundencia que nunca solía tener—. ¡Descuide, señor! Tomaré un taxi al salir, se lo prometo: no se preocupe por mí.

Mentira: aguerrida siempre sería por más depresiva que fuera en la actualidad; ir a tomar el bus a esa esquina oscura no era reto para alguien tan valiente como ella.

—De acuerdo, señorita. Le agradezco enormemente su dedicación: el señor Brief nunca había acertado tanto al contratar a alguien aquí.

La sola felicitación la llenó de tanta alegría que ni siquiera pudo martirizarse por recordar a Trunks Brief y las sonrisas que ya no le regalaba. ¡Que la felicitaran así era todo lo que podía pedir! ¡Todo, ser útil! ¡Todo, ser eficiente! ¡Todo, no ser la Mai que era ante el cuchillo, la Mai que ya no quería vivir!

Emocionada, farfulló como pudo un «gracias» enternecedor, más de niña que de mujer.

El señor Schorr se marchó; Mai miró el techo, se imaginó el cielo y sonrió mientras lloraba mares.

—Míreme siempre, Su Excelencia. ¡Míreme! ¡Míreme, por favor…!

Cubriéndose la boca, lloró de felicidad por primera vez en años. Meciéndose por la alegría, miró la pantalla de la computadora orgullosa de su trabajo, feliz de que las cosas caminaran hacia adelante y no hacia atrás, de que al fin algo le saliera bien luego de perder todo cuanto le importaba en la vida.

Y lo vio.

—No…

Y, sola en todo el Departamento, gritó.



Difícil había sido atender al deber teniendo tremendo pensamiento-elefante ocupándole la mente. Desde que Isabelle se había marchado, Trunks no había dejado de pensar ni un minuto en todo lo que ella le había dicho en reproche exacerbado. ¡Es que era verdad! Se lo reprochó a sí mismo nuevamente, mirándose al espejo del elevador con ojos asesinos.

¡Mai lloraba porque no le habían dado el trabajo! Necesitaba ese trabajo, lo necesitaba con un ímpetu que él jamás conocería, no siendo quien era, el heredero del monstruo en persona. Había pecado de crío al frustrarse por el desinterés que Mai había denotado ante su sentir, del crío que él detestaba ser pero seguía siendo.

Bueno, pues bien: ¡no lo iba a ser más!

Se lo dijo al del espejo, sonriente: irás a verla, te disculparás por tu comportamiento y le aclararás que no tuviste malas intenciones, que quisiste ser de ayuda. Y le dirás que sabes que eres el heredero del monstruo en persona, que eres Trunks Brief y blablablá, pero también le dirás que puede confiar en ti aunque lo seas, que debajo de Trunks Brief hay un tipo de carne y hueso dispuesto a escucharla. ¡Le dirás que todo estará bien! Y la abrazarás, y la consolarás, y la escucharás.

Y sonreirás cuando ella te sonría al final.

—Lo harás.

Sin más, cambió el rumbo al tocar un botón del ascensor: de la planta baja, pidió dirigirse al piso diez.



«Informe1» se llamaba el archivo original; «InformeFinal» se llamaba el modificado. «InformeF» se llamaba el que había guardado a las apuradas cuando un contratiempo con la fábrica automotriz le había hecho tener que salir corriendo para la oficina del señor Schorr.

«InformeFinal» era el que debía enviar. «InformeF», el que estaba un cuarto modificado, era el que había enviado en realidad.

Ese informe era vital. Era vital, muy vital. ¡Era el más vital de todos los que había hecho en la semana! Y había mandado el que no debía mandar.

Había cometido un error.

Ella, un error.

Luego de gritar, Mai se puso de pie. Luego, lloró y lloró y lloró. Nunca supo cómo llegó a su escritorio desde el del señor Schorr, pero lo hizo, y junto a éste se agachó con la boca tapada, temblando y con los pies adoloridos por el tacón. Dentro de ella, el cuchillo la perforaba milímetro a milímetro, se le clavaba en lo más elemental del corazón y le quitaba toda virtud, toda capacidad.

La convertía en la que era en verdad.

La volvía la vieja, inútil, estúpida Mai.

Se meció una y otra vez; nunca dejó de llorar. Mientras, en su corazón, estaba junto al Gran Pilaf y Shuu ante un platón de su helado favorito en su cumpleaños treinta y dos. ¡Y qué rico era ese helado! ¡Y qué hermoso era saber que su deseo de cada año se volvía a cumplir: estar con ellos dos siempre, sin importar lo que sucediera! Tenerlos, para siempre.

Y no los tenía más.

—«¿Y qué comeremos después…?» —canturreó entre lágrimas, desafinada, la canción que siempre cantaba con Su Excelencia y Shuu luego de comer, todos los santos días—. «¿Y qué comeremos después…?».

El cuchillo, sin más preámbulos, alcanzó el fondo de su corazón.

A ninguna parte más que al cuchillo pertenecía si Pilaf y Shuu no estaban más junto a ella.



Bajó en el Departamento de Ingeniería del sector automotriz en cuanto el ascensor se detuvo allí. Caminó en la oscuridad, sintiendo un solo ki.

Y era el de ella.

Se preguntó por qué ni el señor Schorr se encontraba allí, por qué Mai aún estaba si ni el Jefe de Departamento lo hacía, pero no alcanzó a suponer: al cruzar el umbral de la puerta que lo conducía a la oficina donde la mayor parte del Departamento se desempeñaba en sus labores, un llanto agudo le puso la piel de gallina.

—«¿Y qué comeremos después…?» —escuchó a alguien cantar desprolijamente—. «¿Y qué comeremos después…?».

Caminó poseído por la angustia que escuchar tan terrible lamento le generó. Caminó sin ver nada, aún envuelto por lo oscuro, y detrás del escritorio de Mai, alumbrada por la computadora de escritorio de Mai, la vio a Mai.

O a lo que quedaba de ella.

Y ella lo vio.

—M-Mi señor… —susurró aterrada, con los ojos rojos y las pupilas también—. ¡Lo siento…!

—¿Qué le…?

Y ella se envolvió más en sí misma, y ella escondió el rostro entre sus propias rodillas. Se meció y se meció, destruida.

—¡LO SIENTO…!

Trunks se supo petrificado. Contemplando el llanto, escuchaba éste y también a Isabelle: «Hay problemas que tú jamás podrás comprender porque nunca pasaste por necesidades que las personas comunes tienen». Se escuchó a sí mismo y a sus propios reproches, también.

No obstante, frunció el ceño al decirse que, si bien él no había vivido esos problemas, sí tenía voluntad absoluta de entender.

Dejó caer su portafolio y se arrodilló ante Mai.

La abrazó conteniendo en su ímpetu la fuerza saiyajin.

—¡Lo siento…! —seguía gritando ella, fuera de sí.

—Yo también… —farfulló, desconsolado por su propia ignorancia, él.


~continuará~


Nota final IV


Muchas gracias por leer, gente hermosa. ¡Gracias!

Gracias a Shadir, Silvia S.K., Smithback, OdetteVilandra, Diana, Sophie, Zary, Bri, Ashril y al Guest por sus reviews. ¡Muchísimas gracias!

Espero este capítulo les guste. Sé que es más dramático que los anteriores, pero en este punto necesitaba drama para poder avanzar con lo demás.

Sobre las cougar: sabrán que así las llaman en muchos lados a las mujeres de cierta edad que se buscan chicos jóvenes y blablablá. Odio las etiquetas de este tipo, pero siendo Trunks un chico tan joven me pareció divertido incluirla.

Sobre las funciones de Mai en la empresa, bueno, mandé un poco de fruta. XD ¡Pero no tanta, eh! Estuve leyendo avisos de empleo de puestos similares como para saber un poco qué hace alguien como Mai. Como yo trabajé en Logística y Distribución, no sé mucho de Producción, salvo por lo que sé por mi carrera. Pero bueno: hice lo que pude como para darle el mínimo de realismo.

Sobre Isa: reitero que no va a ser una tercera en discordia. Ella es coqueta, provocadora y no tiene tacto ni empatía para decir las cosas, además de que es mayor que Trunks (acá amplié la diferencia de los seis originales a trece más que nada para pronunciar la idea de que fuera mayor). Si la usé a ella de consejera y no a Goten es porque pienso que Goten y Trunks, por haber crecido rodeados de poderes y demás, es natural que tengan cierta desconexión con ciertos aspectos de la vida real. Quiero que Isa funcione como cachetada proveniente de un mundo que Trunks no conoce, ese donde no hay dinero, poderes ni comodidades. Igual, Goten va a aparecer, porque lo amo demasiado como para dejarlo de lado. Y sé que Isa fue agresiva al decir las cosas y eso la vuelve medio detestable (o medio mucho XD), pero si no lo fuera no sería ella.

Sobre lo que canturrea Mai: lo saqué del capítulo 19 de Super. Mai, Shuu y Pilaf lo cantaron con tal coordinación que me imaginé que solían cantarlo seguido. :') Por eso, a modo de recuerdo, lo quise incluir. Sé que elegí mal momento, pero a veces, en los malos momentos, sostenernos de los recuerdos felices y exteriorizarlos ayuda. O eso siento.

¡Ah! Y SÍ, SÍ, SÍ: esto es el dragonworld. Trunks tiene poderes, no es un AU. Bien podría ser un What If: ¿Y si Pilaf no hubiera pedido el deseo de rejuvenecer? Tómenlo como tal.

Diana, mi linda: dedicado a vos.

Y nada… Mil gracias por su apoyo, significa lo infinito para mí.

¡Nos leemos en el V!


Dragon Ball © Akira Toriyama