Capítulo III: El niño que nadie quiere
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"A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo". Jean de la Fontaine
Se comportaba como un cachorro atolondrado, olía como un zorrillo y comía como cerdito. Sus manos estaban asquerosas y sus uñas largas, sucias hasta las raíces. Su cabello creo que había dejado de ser castaño, y ahora me parecía más negro que sus pies, aunque bien podría ser un chico rubio bajo cientos de miles de capas de tierra.
Era un chico, inapropiado, maleducado… un salvaje. Pero, un salvaje bastante confianzudo porque se había tomado el atrevimiento de trepar a la mesa de madera y devorar el resto del canasto de papas rellenas mientras mi madre y yo terminábamos de tender la ropa… al fin de cuentas era inofensivo. Ahora, con mi madre dentro de casa llamando a la oficina de policía como loca, él tragaba la última bocanada de cuclillas sobre la mesa, balanceándose sobre sus pies descalzos como un monito… y yo, utilizando el cesto de ropa como escudo, lo miraba desde una distancia prudente con el ceño fruncido.
¿Por qué demonios no se iba?
-¡Vendrán enseguida! –Gritó la señora testaruda dentro de casa, asomándose por la puerta.
El chico giró su rostro hacia mi madre y saltó bajando de la mesa, encorvándose y caminando de cuatro patas hasta ella, que le ofrecía comida para atraerlo. Seguí sus pasos hasta que se detuvo y volteó su cabeza para clavar sus ojos esmeraldas directo en mí… gruñendo. Mi corazón se aceleró un poco y me llevé una mano al pecho.
Perfecto.
¿Yo le desagradaba? Pues más que perfecto… estábamos iguales y sinceramente no veía el momento en que los oficiales llegaran y lo sacaran de mi casa a rastras, aún y si debían esposarlo o darle tranquilizantes, simplemente ese no era su hogar.
Pero no fue sino hasta casi pasadas las doce cuando el auto de policía se detuvo frente a nuestra casa, y de él un único oficial de barriga prominente se bajó acomodando su gorro azul. Desde la ventana de mi habitación, solía ver muchas cosas, pero ninguna me desagrado como ver el auto deportivo del señorito Draco Malfoy levantar polvo hasta detenerse exageradamente detrás de la patrulla. Rodé los ojos y decidí apartarme de la ventana y lanzarme a mi cama.
Para entonces el chico había acabado con el desayuno, y seguramente con media alacena porque escuché muchos platos rotos, gruñidos y las reprimendas de la señora Granger. A veces había momentos de silencio sepulcral hasta que seguramente acababa de comer e iba en busca de más. Aferré la almohada a mi rostro, respirando lentamente. ¿Por qué hacer tanto alboroto si el oficial venía a llevárselo? Lo esposará y meterá en un orfanato hasta que aprenda a comportarse como la gente… o le buscarán una familia lo suficientemente idiota para quererlo… todo, lejos de aquí…
Las voces alarmadas de los dos hombres en los pisos de abajo me hicieron abrir los ojos de golpe y bajar con prisa y curiosidad las escaleras, escuchando la conversación que tenían. Inicialmente no conversaron, y taparon sus rostros con su antebrazo.
Si, el chico olía a diablos.
-¡¿De dónde has sacado eso?! –Gritó el rubio simulando arcadas de asco.
-Lo encontramos esta mañana, mientras tendíamos la ropa. –Y recordé los calzones al viento en el patio de enfrente. Qué vergüenza. –Creo que no puede hablar.
-No seas ridícula, Jean. –Dijo el pedazo de idiota acercándose a mi madre. – ¿Por qué estaría ahí? Es solo un mendigo. ¿Te pidió comida? –Me incliné sobre los escalones y vi a la única mujer asentir y al rubio sonreír con suficiencia. – ¿Lo ves? Ah, solo sáquenlo de aquí.
Y nunca estuve mas de acuerdo con él.
-¡¿Estás loco?! –Gritó mamá asustando al aparecido, haciendo que ellos tres retrocedieran sorprendidos. –No voy a tirarlo a la calle… está solito. –Rodé los ojos. De todas las madres en el mundo, me tenía que tocar esta con complejo de Madre Teresa. La miré girarse al oficial y este despegó los ojos de la libreta. – ¿Ya sabe qué hacer?
-Señora, los datos son insuficientes. Nombre desconocido… –dijo anotando con su lápiz –edad indefini… ¡ah, se rompió! –Y el lapicito cayó al suelo, bajo la atenta mirada de dos orbes esmeralda. –Señora, ¿no tiene una pluma? Necesito seguir escribiendo el informe.
-¡¿QUÉ?! –No hagas enojar a la señora Granger. – ¡¿Qué acaso solo ha venido a escribir en su libreta?! Dígame qué es lo que hay que hacer, para eso lo he llamado.
-Tírenlo a la calle. –Insistió el rubio y mi madre se giró lanzándole una mirada asesina.
-Bueno… de hecho, por ahora… –balbuceó el policía –no hay nada que podamos hacer. –Y tuve que morderme la lengua para no explotar en carcajadas de ver a mi madre mirándolo como a un completo bruto. Si, nada más eficiente que un policía de pueblo. –Bueno, señora no me mire así. Leí en el periódico hace unos días que hay muchos niños abandonados. –El animalito frente a ellos se removió inquieto y mis ojos se despegaron del resto para mirar sus gestos. –Parece que tiene entre dieciocho y diecinueve, como sea creo que es mayor de edad. En el orfanato no aceptarán un chico tan grande. –Avanzó hasta él y estiró una mano. –Muchacho, mírame.
Nunca había escuchado un sonido parecido. Fue un gruñido impecable, gutural… proveniente desde lo más profundo de su garganta, casi como el rugido del león en el zoológico. La piel alrededor de su nariz se arrugó mientras mostraba sus dientes increíblemente blancos y sus manos se posicionaron con fuerza sobre los almohadones del sofá. Los que estaban frente a él retrocedieron de un brinco pero yo miré el miedo en el chico, aferrando mis dedos a la superficie lisa de la pared que funcionaba como mi escondite.
-¡Oh que susto! ¡¿Qué demonios le pasa?! –Su pecho subía y bajaba, intentando calmar su respiración, pasando su vista de uno a otro como si fuese un robot, detallando sus rostros hasta que por casualidad, me miró y bufó molesto. –Tal vez ha sido maldito.
¡Ah! Perfecto más supersticiones.
-¿Lo ve? Es por eso que hay que tirarlo fuera. –Dijo el heredero Malfoy acomodándose su traje. Gallina… tremendo susto se pegó. Sonreí.
-No, es por eso que hay que llevarlo pero a la estación e investigar. ¿Qué no es ese su deber como policía?
-Tiene razón. –Admitió bajando el rostro. –Pero como he dicho, no podemos hacer mucho.
-¡Solo sáquenlo! –Gritó exasperado acercándose al chico para seguramente deshacerse de él. Pero, como el rubio aquí era un cobarde, su arranque se vio mermado por los gruñidos amenazantes del chico frente a él. Sonrió con suficiencia, intentando disimular y mi risa no pudo ser detenida, haciendo que todos me miraran. – ¿Hermione?
Mierda.
-Oh hija, ven… creo que tendremos que ir a la policía.
-Señora no se altere, le he dicho que trataré de investigar sobre él. Pero hasta entonces se quedará aquí.
-¡¿Qué?! –Coincidimos el rubio y yo mientras me acercaba a mamá y la tomaba del brazo. –Espere, ¿por qué aquí? –Cuestioné desviando mi mirada al chico que no apartaba sus ojos de mí.
-Ya se los he dicho. Debe ser un chico abandonado, y a menos que quiera ir a la Oficina de Personas Desaparecidas, se quedará aquí.
-¡Ah! Como quieran, tengo mejores cosas que hacer. –El rubio salió molesto bajo la atenta mirada del resto, incluyéndome. –Es solo un mendigo.
Mamá no quiso discutir mas con el oficial y prácticamente lo obligó a llevarnos hasta el recinto de desaparecidos. La verdad no supe en qué momento iba en la patrulla directo al pueblo, con el estomago revuelto por el olor del chico junto a mamá en el asiento trasero. A veces gruñía con los baches y se aferraba al asiento con sus uñas mugrientas, pero todo se calmó cuando el auto se detuvo y brincó fuera por la ventanilla, haciéndose un puñito en las gradas de la entrada. Cuando bajé algo en mi pecho se hizo lugar, meciéndose entre mis costillas mientras mamá se acercaba y lo tomaba del brazo para entrar. ¿Lástima? Sí, eso era… ¿qué otra cosa iba a ser?
Al parecer muchas personas se declaraban desaparecidas en el pueblo. Había filas de personas jóvenes y otras solo de ancianos… niños con moquitos esperando ser atendidos y comprendí que era un edificio multifuncional y más que oficina de desaparecidos era un lugar en el que trataban a los pobres. Sus ropas hablaban claro y aunque el chico que llevaba mamá estaba más sucio que todos ellos juntos, ninguno lo miró con asco.
-Mira, mira… siéntate aquí. –Le dijo mi madre al muchacho, obligándolo a sentarse en una esquina de una banca desocupada. Me giré a ver al oficial pero al parecer se había ido… genial, ¿quién cuidaría de él mientras mamá…? –Hermione, ven siéntate con él, iré a hablar con alguien aquí.
Y me dejó sola, a cargo de un aparecido que no hacía más que removerse incomodo sobre la madera de la banca inestable. ¡DIOS! ¿Y qué tal si se estaba aguantando desde la mañana? ¡No! Me negaba rotundamente a llevarlo al baño… Inevitablemente mi boca se deformó en un puchero desalentador, dirigiendo mi mirada a su entrepierna; ¿Debería llevarlo? Bueno, lleva pantalones y aunque estén asquerosos debe de saber bajarlos para… ¡Santo Dios! ¡¿En qué estás pensando exactamente, Hermione?! Me llevé las manos a la cabeza y me senté en el otro extremo de la banca, asustada.
-¿Desde cuándo piensas esas cosas? –Chillé para mí misma mirando las agujetas de mis zapatos. –Bueno, de todas formas hay que pensar en eso… no me excuso, solo lo pienso. ¿Qué sucederá si después no sabes ir al baño? –Pregunté bajito, susurrándole al aire. –Mamá deberá de hacerse cargo, ni Luna ni yo… ¡Dios, Luna! Creo que se asustará un poco si te ve así, aunque pensándolo bien, creo que… bueno, ella puede encontrarte…
Mi parloteo se vio detenido por un ligero roce. Tímido y casi imperceptible sobre mi mejilla. Me giré sobresaltada apartando su mano de un manotazo y él retrocediendo tan solo un poco, mirándome. Su cabeza se inclinó hacia un lado y sentí sus ojos penetrar los míos, mirarme como nunca nadie lo había hecho, curioso... pero yo lo detestaba. Era como un cachorro mugriento y atrevido y por eso, solo por eso, le mantuve la mirada con el entrecejo fruncido. ¿Qué no hablaba? Perfecto, todos entenderían el lenguaje de señas y el mío solo mostraba una: «APARTATE».
-¿Qué haces? –Preguntó mamá pasando una mano frente a mi rostro, y desvié mi mirada hasta toparme con la suya. –Ven, ayúdame. –Me tironeó hasta el mostrador y recibí un montón de papeles que supuse eran formularios.
-Buenas tardes, señor. –Habló mamá dándole una solicitud que el hombre de peluquín se dedicó a leer. Luego nos miró a ambas y miró al mugriento en la banca detrás de nosotros asustar inconscientemente a un par de niños que se acercaban a verlo de pronto.
-Voy a necesitar una copia del formato de aplicación, tres copias de registro de residente, una copia más del certificado de ingresos…
-Disculpe, ¿puede decirlas más despacio? –Preguntó la mujer junto a mí garabateando con su letra de doctora.
-…certificado del pago de impuestos, comprobante de empleo… certificado de investigación de las condiciones del niño… otro certificado avalándola como su guardián...
Y algo dentro de nuestra cabeza hizo «click» tan fuerte, que incluso papá en el cielo, escuchó.
-Un momento, no soy su guardián. Lo encontré apenas esta mañana, ya se lo he dicho a sus compañeros.
-Pues entonces debió haber ido a la estación de policía antes que aquí.
-Pero si ellos mismos me dijeron que viniera aquí. –Repuso y yo empecé a cabrearme. ¿De verdad podía existir tanta ineficiencia en el sistema?
-Pues entonces solo debería darlo en adopción. –Dijo revisando mas papeles de una carpeta naranja, lanzando los nuestros lejos de su vista. –Es lo más rápido.
-¿Cómo puedo hacer eso si no se si es huérfano? –Respiré profundo. La verdad, mi madre tenía mucha paciencia.
-Ah, qué situación con esta señora de veras.
-¿Situación? –Solté obligándolo a mirarme. –Por Dios, ¿qué no está escuchando? ¡Ah, por supuesto que no! Está ahí sentadote, ignorándonos olímpicamente. ¿No ve que acabamos de encontrar a un chico que podría ser Trazan? Puede ser hijo de alguien que lo busca, ¿qué eso no le preocupa?
Los pequeños ojos del hombre de peluquín castaño se entrecerraron a más no poder, y yo decidí sostenerle la mirada. Su boca se torció en una curva y miró nuevamente a mi madre, feliz, sacando un enorme sello de su gaveta y tomando nuevamente nuestros papeles. Hasta que al fin había entendido cual era su trabajo.
-Señora, ¿qué edad tiene su hija? –Preguntó sin quitar esa mueca burlona de su rostro.
-Casi diecinueve. –Y el hombre levantó las cejas.
-¿Diría usted que ha sido duro cuidarla? ¿Es rebelde o acaso, ha sido precursora de vandalismo? –Mamá me miró, negando con la cabeza. –Bueno, hay otra forma que es fácil… otra que solucionaría las cosas de inmediato…
Oh, no…
-Y, ¿esa cuál es?
Tres mil ochocientas libras.
Esa era la solución, el camino corto… y mamá había aceptado.
De camino a casa, aún no podía creerlo. Primero, íbamos a quedárnoslo mientras alguien preguntara por él y mi quijada había tocado el suelo tan fuerte cuando el hombre estampó el sello en el registro y nos entregó los papeles, que ahora me dolía hasta rechinar los dientes de cólera. Ahora, ella llevaba a rastras al bultito maloliente unos cuantos pasos delante de mí, ignorando las miradas y comentarios de la gente que empezaba a escasear con forme nos acercábamos a la colina. Afuera de casa, se encontraba el coche de los Weasley y una mata rubia en medio de cabelleras pelirrojas.
-¡Mamá! –Gritó Luna corriendo hasta nosotros y deteniéndose en media colina de pronto con cara de pánico. – ¿Quién es él?
-Camina, Luna. Vamos, vamos dentro. –Pasó de lejos a su hija menor tironeando al muchacho y sonrió a los Weasley. –No hay mucho que decir, simplemente lo hemos encontrado esta mañana.
-¿Encontrado? ¿Dónde? –Preguntó Arthur Weasley acercándose. – ¡Santo Dios! ¿Qué es esa peste?
-Es él. –Respondí señalándolo. Volvió a gruñir y avance entre los gemelos que murmuraban entre ellos. –Mamá acaba de comprarlo. Como un animalito de feria.
-Hermione, por favor…
-Es cierto. –Repuse levantando las cejas.
-¿Dónde lo conseguiste? –Preguntó la señora Weasley abriendo la puerta de casa con las llaves que mi madre le entregó. Entonces todos entraron en filita, seguidos unos de otros con las mismas caras de curiosidad pueblerina.
-Hermione se encontró con él mientras tendíamos. Apareció así de la nada, como un fantasma. –Y los Weasley abrieron los ojos como platos. –Luego comió todas las papas que nos enviaste y se ha quedado con nosotros desde entonces.
-¿Fuiste a la policía?
-Ah, eso no funciona en lo absoluto. Al final tuve que aceptar su dinero mientras buscan un orfanato que acepte chicos tan grandes… o una familia.
-O un circo. –Y me sentí feliz cuando los gemelos rieron de mi sarcasmo.
-De todas maneras creo que hay que bañarlo. –Sugirió la madre de los pelirrojos girándose a su marido. –Ve por la ropa de Bill, creo que le quedará bien. Trae lo que encuentres, no podemos dejarlo en harapos.
Las siguientes dos horas, pase tendida en el sofá después de haberlo desinfectado apropiadamente. Los Weasley se habían ido y ahora solo estaba Molly, enclaustrada junto con mi madre en el amplio baño del piso de abajo junto con la bestia furiosa a la que intentaban bañar. Arthur Weasley había dejado la ropa en una maleta roída por el tiempo y Luna curioseaba en ella como si estuviera llena de esos animalitos amigos suyos que decía aparecían en las madrugadas. Yo ya había limpiado la vajilla entera que había roto y preparado la cena, todo… y ellas no habían salido aún.
-¡No, no, no! Muchacho del demonio, no te tomes el agua es para bañarte. –Gritó nuestra vecina en medio de gruñidos. Ay señora, ¿y usted cree que él sepa que carajos es eso si no se ha bañado en siglos? –Ahora, quítate los pantalones.
Me incliné ligeramente, mirando la puerta inmutable de color azul oscuro que daba al cuarto de baño que por la integridad salubre de mi propia vida, nunca volvería a usar. ¿Iban a quitarle los pantalones? Estas señoras.
-¿A quién le gruñes? –Preguntó mamá después de un chapoteadero de agua que seguramente inundó el baño. Un par de ondas de agua salieron bajo la puerta y miré el techo, frustrada. Yo no lo quería en mi casa, ¿qué demonios era eso? ¿Ahora éramos una beneficencia? –Debes saber lo que es avergonzarse por como sujetas el pantalón, ¿verdad? ¿De dónde vienes pequeño?
-No está avergonzado, Jean. –Dijo riendo la señora Weasley. –Ha caído dormido. Pobrecito, debe estar cansado.
¿Dónde dormiría? ¿Iría a la escuela? ¡Pero por supuesto que no, nadie iba a enseñarle! ¿Trabajaría o iba a vivir del sueldo de mi madre toda su vida? ¿Qué iba a hacer en casa? ¿De dónde había salido?... La puerta del baño se abrió y mi madre salió con un cesto lleno de ropa y paños chorreando agua, la señora Weasley apareció con el agua hasta las rodillas y se acomodó el cabello detrás de las orejas, sonriéndome satisfecha.
-¿Ahora huele bien? –Preguntó mi hermanita. Nuestra vecina le sonrió asintiendo mientras le arrebataba una mudada a Luna y entraba nuevamente. La rubia se giró y la señaló con la boca abierta. –Va a vestirlo.
-Tiene como mil hijos, ha tenido que vestir suficientes. –Bufé restándole importancia con la mano.
-Ahora, voy a ayudar a vestirte, pero después deberás hacerlo solo, ¿está bien? Presta atención.
Pasaron otros veinte minutos y la puerta volvió a abrirse. La señora Weasley suspiró satisfecha y fue a la cocina seguramente por un vaso de agua, Luna se sentó junto a mí temiendo al ser aún dentro del baño y mi corazón se aceleró cuando una mano tomó el marco de la puerta y asomó la mitad de su rostro… su sweater verde había sido sustituida por una camisa de cuadros azules y blancos, sus pantalones roídos por unos vaqueros oscuros y sus pies descalzos estaban incluso más limpios que los míos. Sus uñas impecables y la costra de su cuello esfumada para siempre. Habían cortado su cabello y el flequillo sobre sus cejas oscuras apenas dejaba ver sus ojos esmeraldas como dos enormes faros inquietos. Su cabello era tan oscuro como la noche, de un color azabache que nunca en mi vida había visto jamás… me removí inquieta y él centro su vista en nosotros. Los gruñidos volvieron, y se puso de cuatro patas, agachando su cabeza con una mirada de pocos amigos… ¿tanto me odiaba? B-bueno, yo también lo odiaba a él.
-Iré a dormir. Buenas noches, Luna.
Me levanté del sofá acomodando mi cabello y me dirigí a las escaleras, pero antes de colocar mi pie sobre el primer peldaño, lo miré con el rabillo del ojo y él exhaló fuertemente una bocanada de aire.
«Interesante»
Esa era la última palabra de aquella oración incompleta… Luna podría encontrarlo interesante. Para mí, él solo estaba de paso…
Que equivocada estaba.
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Sé que han esperado mucho y me disculpo como nunca, lo que pasa es que pedí el cargador de mi portátil la última vez que publiqué, ese día creo que andaba media perdida y bueno, ha de haber quedado en alguna mesita de la cafetería, en fin… aquí está el capitulo y espero que les haya gustado, creo que ha quedado con una extensión suficiente pero eso lo juzgaran ustedes… De nuevo, a quien esperaba actu el sábado, me disculpo y dedico este capi completito… Sin más que decir, se despide su fiel escritora
Hermy Dwritte
