Disclaimer: todos los personajes pertenecen a J. K. Rowling
"Este fic participa del reto Anual "Nuevo año, nuevas historias" del foro La Sala de los Menesteres"
Personaje: Bathilda Bagshot
Palabra: Puente
Un viaje al conocimiento
El escritorio estaba repleto de pergaminos, plumas desgastadas y unos cuantos libros de textos abiertos en alguna importante página. Bathilda soltó el último libro que estaba leyendo y se levantó de la silla, estirando sus músculos adormecidos.
Llevaba días sin avanzar en su recopilación de los hechos más relevantes de la Historia de la Magia, pero había demasiados puntos en blanco en varios de los temas. Necesitaba urgentemente conseguir unos cuantos libros privados pertenecientes a alguna antigua familia mágica. Bathilda estaba segura que, de encontrar una familia dispuesta a prestarle sus libros, ella podría rellenar muchas de las lagunas que tenía su manuscrito.
Soltó un bufido y decidió tomar un descanso. Tomó su varita, se puso su capa de viaje y decidió ir a visitar a su amiga Violet. La había conocido durante su estancia en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería y habían forjado una bonita amistad desde el primer día. Tomó un puño de polvos flu y los lanzó a la chimenea, diciendo en voz alta la dirección de su amiga.
En pocos segundos, se encontró en la casa de la otra mujer, siendo recibida por ella.
—Bathilda, ¡qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?— preguntó Violet mientras le pasaba una escobilla para limpiarse el hollín.
—Necesito que me ayudes a encontrar algún libro, estoy estancada en mi investigación.
La amiga la invitó a sentarse, y después de ponerse al día, le contó sobre un hombre que, tal vez, pudiera ayudarla. Le explicó que podía llegar mediante flú hasta Edwinstowe, después tendría que adentrarse en el bosque de Sherwood y buscar la cabaña donde vivía.
—Nadie sabe cómo encontrarlo con exactitud, pero se dice que si lo necesitas, el mismo bosque te llevará ante él— le contó Violet.
Bathilda miró a su amiga con escepticismo, pero no tenía ninguna otra pista que seguir, así que decidió intentarlo. Si no resultaba, al menos podía decir que había tenido una aventura. Se despidió de su amiga y volvió a casa, preparándose para el viaje. A primera hora de la mañana partiría.
Al día siguiente, se puso su capa, lanzó un hechizo de aligeramiento a su bolso y entró a la chimenea, exclamando la dirección de la taberna a la que llegaría. En cuanto aterrizó, el tabernero la recibió y le dio indicaciones para llegar al bosque. Bathilda aceleró el paso, emocionada por el conocimiento que estaba próxima a recibir.
Al llegar al lugar, se paró en seco escrudiñando los árboles con cuidado, buscando algún sendero por el cual empezar. Se frustró al no encontrar nada, pero recordó las palabras de su amiga "…si lo necesitas, el mismo bosque te llevará ante él..." había dicho y pensaba hacerle caso.
Se adentró en la vegetación y sacó su varita para hacerse luz, pues la visibilidad había quedado reducida por el denso follaje. Caminó durante horas sin encontrar nada sobresaliente, ni siquiera un pequeño sendero que le indicara la dirección correcta. Se estaba por rendir, cuando divisó un caballo no muy lejos de allí.
El animal estaba quieto al lado de un árbol, como si esperase a su amo. Bathilda se acercó despacio, tratando de no asustarlo, y cuando estaba a tan solo unos pasos, el caballo levantó la mirada y vio a la mujer.
—Tranquilo, no voy a hacerte daño— susurró para calmarlo.
El animal se dejó acariciar durante un rato, mientras la mujer buscaba con la mirada por los alrededores, esperando que el dueño del equino pudiera ayudarla a encontrar el camino. Al ver que no había nadie en el bosque, volvió a mirar al caballo y se dio cuenta que la bestia no tenía brida ni silla para montar. Eso le extrañó, y buscó a su alrededor, sin encontrar rastro de que un humano estuviera con el animal.
Justo cuando comenzó a pensar que podía significar ese nuevo conocimiento, el caballo le dio un pequeño empujón con la cabeza. Ella lo miró y el animal volvió a hacer el movimiento.
—¿Quieres que te monte?— preguntó ella divertida por la actitud del animal.
El caballo siguió insistiendo al ver que la mujer no pensaba subir en su lomo, dándole empujones más fuertes y haciéndola avanzar por el bosque.
—Ey, tranquilo que puedo caminar sola— reclamó cuando el choque con el animal la hizo caer.
Se levantó arreglándose la túnica y volvió a seguir el camino que el animal le estaba obligando a tomar. Cuando a lo lejos divisó un pequeño lago, entendió que estaba en problemas. No era un caballo lo que la estaba llevando hacia el agua, sino un Kelpie. Había leído sobre esas criaturas en la escuela, pero no recordaba cómo se podían vencer.
Presa del pánico, comenzó a correr para alejarse del lago, pero la criatura empezó a seguirla. Aceleró el paso pero frenó en seco al encontrarse frente a un río. Buscó con la mirada un puente pero no encontró. Al ver la criatura acercarse peligrosamente a su posición, tomó la varita apretándola con fuerza y se apareció al otro lado del río.
Sin mirar atrás, siguió corriendo sin rumbo, pensando en maldecir a Violet por mandarla a aquel lugar y también al viejo por no vivir en una tranquila ciudad. Sin que se diera cuenta, los árboles y arbustos comenzaron a moverse, formando un sendero. Ella siguió corriendo hasta llegar a un claro, en el medio del cual estaba una cabaña.
—No puede ser— murmuró para sí, acercándose a la puerta de entrada.
—Te estaba esperando— dijo el anciano abriendo la puerta y dejándola entrar.
Bathilda abrió la boca sorprendida, pero entró tras el viejo. El hombre le indicó que se sentara y le ofreció una taza de té.
—Espero que hayas traído pergaminos y tinta para escribir todo lo que tengo que contar— dijo él, después de tomar un sorbo de la bebida.
Bathilda abrió su mochila lo más rápido que pudo y se preparó para tomar notas de todo lo que el anciano tenía que decir.
—Empezaremos por el principio.
La mujer no supo cuanto tiempo se quedó en la cabaña escuchando y escribiendo, pero al terminar, supo que no necesitaba más información para su libro. Ahora podría publicarlo.
