Hello! ^^ Aquí me tienen de nuevo, con mis locas ideas, y mi loco fic. Debo decirles que agradezco a todas las personitas hermosas y maravillosas que me dejaron un hermoso review. Se les agradece con todo el corazón, en serio, y estoy segura que algún día se les retribuirá tanto amor. Okay, sí, estoy más alegre de lo común -porque aún no tengo una jodida idea de qué demonios significa "normal"- y eso me hace soltar amor y flores y ponies a todo el mundo xDD. Me hiperventilo, como debieron haber notado :P. Pero así me aman (?)
Bueno, dejando de lado mi verborrea (xDD), debo decirles que este capítulo me dejó medianamente satisfecha -nunca lo estaré del todo, es inevitable- y espero que les guste. Es medio autobiográfico éste en específico y más abajo entenderán mi dolor (?).
Dejo de decir -escribir, hablar, lo que sirva por este conducto xDD- para darles paso a el capítulo cuatro.
¡Disfruten!
Diclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto
Mi jodida vida
Capítulo IV
Estaba cansada. De una forma mucho más metafórica que literal, pero lo primero no importaba demasiado. No realmente. Físicamente, por otro lado, estaba agotada. El día había sido extenuante –Historia, electivo de Física, Deportes y Biología no eran, ni por asomo, lo que yo consideraría unas vacaciones por el Caribe, más aún si se le sumaba los talleres de Guitarra y Canto- y ya no tenía ganas de hacer nada. A las seis y media de la tarde, estaba tan molida como si me hubiera ido de parrando todo el puto día. Y sólo era el segundo lunes del año, como Konan, la profesora de guitarra, amablemente había recalcado. Simplemente, deseaba tirarme en la cama, como fuera, y dormir, hasta que me doliera la cabeza. Por supuesto, no podía hacerlo –no hasta que se terminara el año escolar, al menos-, pero si podía dormir. Descansar, aunque fuera un poco, de mis cargas diarias. De todo y todos. Paraíso.
Gemí bajito al llegar al pasillo de mi cuarto. Estaba cerca, era la tercera puerta de la izquierda, pero me parecía un trayecto eterno. Llevaba, en mi mano derecha, el bolso de color caqui arrastrándose por el suelo. Mis hombros iban encorvados, y mi pelo se soltaba de la coleta que me hacía a diario, por imposición del reglamento interno. Me fastidiaba. Sentía que las puntas me picaban todo el endemoniado día, para luego, simplemente, comenzar a caerse, como si no fuera suficiente tortura el tener la estúpida comezón. No era feo, puesto que siempre había sido dócil y dependía del clima del lugar donde me encontraba –y dado que siempre había estado en el mismo lugar, nunca cambiaba-, pero me molestaba llevarlo suelto, y casi podía sentir el polvo pegándose en las hebras de color castaño claro. Soplé un mechón que caía sobre mi frente y llegué -¡al fin!- a la puerta de mi cuarto. Comencé a abrirla, agradeciendo a Kami que no tuviera…
-¿Qué dem…? –la puerta no abría. Bueno, si lo hacía, pero sólo un poco, puesto que chocaba con algo detrás de esta. Intenté recordar qué podría haber dejado ahí –como para calcular el daño si golpeaba demasiado fuerte- cuando una mano, delgada y delicada, apareció por el borde de la madera, abriéndola suavemente, a la vez que apartaba lo que fuera que estuviera detrás. La dueña de la mano me sonrió, tímidamente.
-H-Hola, Tenten-san –saludó, haciendo un gesto extraño con sus dedos índices. Golpeaba las puntas unas contra otras, y a veces los giraba sobre sí mismos, mientras los miraba como si fueran lo más interesante del mundo. Fruncí el ceño, boté mi mochila y puse los brazos en jarras. Al diablo con los modales.
-¿Qué mierda haces en mi cuarto? –espeté. Ya estaba harta. Hinata –junto a esa molesta amiguita pelirrosa que tenía- había estado en todas, y cada una, de mis clases en ese día –excepto electivo, claro está- y ya estaba comenzando a hastiarme. Siempre la sentaban junto a mí, puesto que era la única que estaba sola, obviamente, y mi propósito de ignorarla se había ido por el caño cuando Hidan-sensei había mandado un trabajo en parejas. Había que hacerlo con la compañera de al lado, y se evaluaría personal y grupalmente. Esto último lo había dicho mirándome significativamente. Yo sólo le había dedicado una mueca desagradable. Sí, hacía todos los trabajos sola, ¿y qué? Tenía excelentes calificaciones por lo mismo, y estaba segura de que esa era la única forma de no tener un compañero lastre a mi lado. Prefería asegurarme de que tendría toda la información, con la cantidad y calidad adecuada, antes que depender de alguien sumamente irresponsable. Sin embargo, había tenido –por la fuerza y a regañadientes- que ponerme de acuerdo con Hinata, para hacer el trabajo uno de estos días. Después de ello, no había vuelto a dirigirle la palabra. De nueva cuenta, por su propio bien.
Mordió su labio inferior compulsivamente, aún haciendo esa cosa con sus dedos, y sin poder aguantar mi mirada.
-Yo… uhm…
Pateé al interior mi mochila, introduciéndome a la fuerza y empujando a la ojiperla en el proceso, aún cuando esa no era, realmente, mi intención. Ya no me importaba. Necesitaba abandonar el estrés, y la única forma de hacerlo era alejar a esa muchacha, que parecía no atender razones. Así que decidí hacerlo por la fuerza. Por la razón o la fuerza, siempre había dicho que las cosas sólo se podían resolver de esa forma –aunque sonara como de la Prehistoria- y, dado que la primera no había funcionado con la chica, tendría que aplicar Plan B.
Extendiendo el dedo índice, con la mano en puño, hacia la puerta, gruñí entre dientes:
-Fuera –avanzando hacia ella. Si era necesario, la sacaría a tirones de allí. Era imperioso que lo hiciera, antes de que alguien más se diera cuenta de dónde estaba –y con quién, claro está. Sin embargo, cuando estaba a punto de llegar a su lado –y Hinata se había encogido como si temiera que fuera a golpearla- un brazo, cruzado sobre mi pecho y entre el cuerpo de ambas, me detuvo.
Bajé, lentamente, la vista, siguiendo el camino del delgado brazo, llegando hasta un demasiado marcado hombro, pasando por un cuello largo y delicado, llegando hasta un rostro que me arrancó una mueca.
-Anko-sensei nos dijo que esta era nuestra habitación –explicó Haruno, si la memoria no me fallaba, sonriendo levemente, pero con sus ojos, de un impresionante verde esmeralda, serios- Así que…
-Así que nada –espeté, irguiéndome y poniendo una distancia prudente entre las chicas y yo- Este es mi cuarto. Se van ahora mismo.
-Tenten, no… -comenzó la pelirrosa, cruzándose de brazos y con todo el aspecto de estar razonando con una niña pequeña. En algún lugar de mi mente, eso me ofendió, pero no tenía tiempo para ello. Debía sacarlas de allí. Además, ¿de dónde sabía mi nombre?
-Tenten nada –la interrumpí, apretando los dientes, viendo como sonreía al confirmar mi nombre involuntariamente. Al carajo, tenía que sacarlas de ahí- No fue una petición, sino una orden.
-Una orden que no cumpliremos –repuso Sakura- Venga, es sólo un cuarto. ¿Tanto te molesta tener compañía?
-De hecho, sí.
Mentira. No me molestaba. De hecho, si hubieran leído mi mente en el momento en que lo dijo, habrían podido ver una linda imagen –no real, por supuesto- de nosotras tres riendo en el jardín detrás de la cafetería. Pero no, aquello no era para mí, y ellas no pertenecían junto a mí, sino con Karin. Eran parte de la realeza, y no deberían estar conmigo. Y eso incluía mi cuarto.
-No te creo.
-No quita el hecho de que es verdad.
-Pues yo digo que…
-Tenten-san –llamó Hinata, interrumpiendo a ambas. Me giré hacia ella, sintiéndome mal cuando la vi encogerse, nuevamente. Está bien, puede que se me haya pasado un poco la mano, pero era por su propio bien. O, al menos, de eso intentaba convencerme- ¿P-Por qué a-alejas a t-todos?
Mi espalda se tensó. ¿Qué demonios sucedía aquí? ¿Acaso era adivina y guardaba el turbante debajo de la cama? ¿O yo era demasiado transparente? Sacudí la cabeza de lado a lado, tratando de mantener el enfoque. Sacarlas de ahí. Pero, el punto era cómo. Ellas, obviamente, no querían salir, a pesar de todo lo que les había dicho, y no parecía que pudiera sacarlas a ambas. Si hubiera sido tan sólo Hinata, habría sido pan comido. Pero Sakura era un hueso duro de roer, y yo estaba en mi límite. Soltando un bufido, me volví a mi cama –ahora relegada a un costado de la habitación- y me tiré sobre ella, dándoles la espalda a ambas. Con la almohada en el rostro, amortiguando el sonido, me rendí, diciendo:
-Está bien, hagan lo que quieran. Sólo no fastidien –para luego meter la mano bajo el colchón y sacar mi celular. Conecté los audífonos, puse una canción de Evanescence –la banda sonora de los chicos con serios problemas, como solía decir Shikamaru- y me dispuse a tres horas de canciones casi suicidas, que me relajaban de mejor forma que un jodido concierto de Beethoven. Mi mente estaba mal, definitivamente.
En algún punto de esas tres horas -creo que mientras escuchaba "Whisper", o algo así- me quedé dormida, sin siquiera recordar que tenía compañeras de habitación. De nuevo, he de decir. Cuando desperté, era medianoche –o eso decía el reloj de mi celular- y ya había olvidado por completo lo sucedido horas antes. Me levanté a gatas, quedando en cuatro sobre la cama, para luego levantar la cabeza. La luz de la luna me llegaba directamente en la cara, y esa noche parecía aún más luminosa que de costumbre. Guiñé mis ojos, adaptándome al cambio, y preguntándome por qué demonios estaba sucediendo aquello. Yo tenía mi cama colocada en un ángulo perfecto para que no me llegara ni el sol ni el brillo de la luna, pero que me permitiera escribir si me venía la inspiración en medio de la noche. Como en esos instantes.
Gruñendo maldición tras maldición, me incorporé del todo, desenredé las sábanas de mis piernas, para evitar caerme y ganarme un buen cardenal, y caminé a tientas hasta dónde, se suponía, tenía mi adorada guitarra. Me la había regalado mi padre cuando cumplí nueve años, la última celebración que habíamos tenido como familia, antes del bullado divorcio de mis padres. Mi madre era, y había sido siempre, una actriz. En el último tiempo, mucha gente había comenzado a decir que su mejor interpretación había sido la de su matrimonio. Odiaba que dijeran aquello, especialmente porque lo decían para millones de personas, y mi madre ni siquiera se molestaba en negarlo, sino que lo confirmaba con su silencio. Sin embargo, y a pesar de todo, tenía que admitir la realidad: mis padres habían fingido la gran parte de su matrimonio, y este había sido otro papel más que interpretar. Uno que les había salido particularmente mal. Mi padre también era actor, aunque de teatro, y era el típico bohemio, que fumaba marihuana en paquetitos parecidos a los cigarros, y que vivía al borde de la quiebra siempre. Mi madre, por otro lado, era la típica mega estrella de Hollywood, y ahí era dónde vivía ahora. Se había ido justo después de firmar los papeles, y me recordaba una vez al año, cuando su agente le dejaba una esquela perfumada de color rosado entre todas sus cosas, dónde decía que debía llamar a su hija. Shin, mi padre, por otro lado, había decidido tomarse eso de "livin' la vida loca" demasiado literal, y había tomado un vuelo directo a Rio de Janeiro, dónde sobrevivía a base de Kami sabía qué, puesto que en aquellos lugares, por lo que tenía entendido, los bohemios no vivían a menos que se comercializaran un poco. Y eso, para mi padre, era inconcebible. Una traición a todos sus principios. Curiosamente, abandonar a su hija en otro país, al otro lado del mundo, no transgredía ninguno de ellos. Curioso, en efecto.
Tomando mi cabeza con una mano, cerré un ojo. Siempre me daba jaqueca cuando pensaba en ellos, pero prefería recordarlos como habíamos sido hasta que cumplí diez. En ese tiempo, éramos la perfecta familia de suburbio de barrio alto -aún cuando Shin los despreciaba- que hacía su vida de forma monótona y rutinaria. Ese, de hecho, había sido el motivo principal del quiebre. La falta de emoción, de aventura. La falta de novedades, en una ciudad que no podía ofrecer nada que ellos quisieran, en absoluto. No, esa vida no era para ninguno –ni siquiera para mí- y todos nos habíamos aburrido muy pronto. Estaba segura que, de haber permanecido como en ese tiempo, habría terminado escapándome de casa. La rutina me ahogaba, y el Internado también lo empezaba a hacer. Me consolaba pensando que, en un año más, sería libre. Y estaría estudiando lo que siempre había deseado. Era irónico, en efecto, que la hija de dos artistas –cada uno a su manera- se convirtiera en Matemática. Pero la vida siempre había sido irónica, y eso era lo gracioso de ella. Poder reírse de las ironías de esta era una cualidad que pocos poseían, y yo quería contarme como una de ellos. Al menos, hasta cierto punto. Al menos, más que otros.
Mi dedo gordo chocó contra algo que no recordaba haber tirado, y que me dejó un dolor punzante en el pie. Mascullé un juramento, y me agaché, sintiendo la suave textura de la seda. Momento. ¿Seda? ¿Desde cuándo había seda en mi cuarto? ¿Y qué diablos hacía la seda en mi cuarto? La tomé sin mucha delicadeza, y la lancé a alguna parte de la habitación, soltando otra sarta de maldiciones. Debía de ser algún regalo de Lin, mi madre, quién obviamente no tenía idea de mis gustos, y cada tanto me enviaba regalos bastante caros, que yo sólo miraba rolando los ojos, para luego desecharlos. Se me tendría que haber olvidado botarlo.
Seguí caminando, hasta llegar a dónde, se suponía, tenía mi guitarra. Abrí de par en par los ojos, ahogando un gemido y trastrabillando hacia atrás. No estaba. Ni la guitarra ni el soporte estaban en su lugar, así como tampoco estaba el estuche del único regalo que había servido en mi vida. Parpadeé, desconcertada, dando otro paso hacia atrás, sin percatarme de que había un grueso tubo –o eso me pareció a mí, en esos momentos- a la altura de mis tobillos. Traté de sostenerme de algo, lo cual fue imposible por obvias razones, y mis manos sólo aferraron el aire. Un gritito se escapó entre mis labios, y luego caí de sentón, sobre un montón de cosas que hacían demasiado ruido, y que yo no recordaba tener. Mi cabeza golpeó con fuerza el suelo, aunque me pareció demasiado duro, y comencé a ver lucecitas de colores frente a mí. El hecho de que la luz se hubiera prendido, como por arte de magia, no ayudaba, en absoluto. Cerré los ojos y gemí audiblemente.
-Joder, como duele –me quejé, con la confianza que me daba el saberme sola. Al menos, en mi mente, lo estaba. Sola.
-Creo que es lógico, dado que te pegaste muy fuerte –respondió una voz, divertida, en algún lugar sobre mi cabeza. Abrí rápidamente los ojos, y el dolor de cabeza, que hasta entonces sólo había sido una pulsación molesta, se volvió una jaqueca terrible. Y no ayudaba el que hubiera estado pensando en mis padres, tampoco. Los cerré de nuevo, escuchando una melodiosa risa que se me antojo demasiado ruidosa- ¿Estás bien, Tenten?
-¿Quién mierda eres tú? –intenté que mi voz sonara firme, pero sólo conseguí otro gemido, semi audible, que arrancó una risotada a quien fuera que estuviera sobre mí. El dolor aumentó considerablemente, y me llevé una mano a la cabeza, cubriendo mis ojos con ésta.
-¿No nos recuerdas? –se burló la voz, claramente disfrutando del espectáculo. Negué con la cabeza, aunque eso también me dolió. Joder, como dolía- Eso podría ser muy conveniente.
Otra voz, mucho más suave y que mitigó un poco las pulsaciones, intervino:
-E-Eso no e-es muy a-amble, Sakura-san.
Con la mención de ese nombre, todo volvió a mi cabeza, y me incorporé rápidamente. Quizá, demasiado rápido, puesto que el dolor aumentó aún más, algo que yo no creía remotamente posible, y la habitación, junto con las lucecitas de color, comenzó a dar vueltas en espiral. Me había mareado, definitivamente. Cerré los ojos y solté otro gemido, cubriendo mi cara con ambas manos. Sakura, que suponía era la que se burlaba, cambió el tono de voz a uno de ligero resentimiento.
-¿Amable? -repitió, con la voz elevándose unas dos octavas más de lo normal- Ella tampoco ha sido demasiado amable con nosotras, Hina –aseguró. Me la imaginé negando con la cabeza, con los ojos cerrados, los labios fruncidos y los brazos cruzados, mientras pretendía –puesto que su tono no era realmente ofendido, sino ligeramente molesto- estar enfadada conmigo. La imagen me arrancó una risita, y luego sentí la mirada de ambas sobre mí. Genial- ¿Qué? ¿Te parezco graciosa?
Asentí lentamente, aguantando la risa. Pero todo era demasiado ridículo como para hacerlo. Desistiendo, al fin, abrí los ojos y la miré. Al fin, el dolor había mitigado un poco, y ahora sólo quedaba una molesta pulsación justo en el centro. Las lucecitas también se habían ido a otra parte, dónde las trataran de mejor manera que aquí, y podía contemplar la cara enfurruñada de Sakura perfectamente, justo frente a mí. No pude contenerme y lancé la carcajada, recostándome de nuevo –aunque con más cuidado esta vez- en el suelo. Seguí riendo, mientras ellas me miraban como si estuviera loca. Tal vez, lo estuviera. Sin embargo, no dejaba de parecerme gracioso todo ello, por lo que continué carcajeándome, hasta que las contagié y, cinco minutos después, las tres nos estábamos riendo como si hubiéramos cenado payasos en lugar de "la cosa" que servían en ese lugar.
Pasaron unos quince minutos, en los cuales no habíamos parado de reír. Había intentado incorporarme, con ayuda de ellas, pero estábamos tan agitadas, que terminaban botándome de nuevo. En condiciones normales, les habría prácticamente demandado por agresión física, acoso y Kami sabe cuántas cosas más, pero en la situación actual, no hacía más que agarrar mi estómago y seguir riendo. Creo, sin miedo a equivocarme, que habríamos seguido de esa forma, sino hubiera sido porque Anko –la profesora encargada de los cuartos de las chicas- apareció en el umbral, preguntando por qué diablos estábamos armando tal escándalo a la una de la madrugada. Intentamos explicárselo, para que, al menos, riera con nosotras, pero tampoco podíamos hablar. Simplemente, nos señalábamos entre nosotras, y seguíamos riendo, balbuceando como bebés aprendiendo a hablar, y sin poder formar ni una mísera palabra coherente.
La peli morada negó con la cabeza, con una mano en su cintura y la otra en su rostro. Sus dedos índice y del corazón estaban apoyados en su sien, mientras que el pulgar apretaba su redondeada mejilla. Los otros dedos permanecían cerrados. Zapateaba rítmicamente contra el piso, aún con las ropas que yo le veía todos los días, y mirándonos exasperada. Suspiró y se dirigió al baño, no sin antes tomar uno de los vasos que mi madre me había regalado dos años antes, olvidando que ya tenía catorce años y, obviamente, no jugaba al té más. A pesar de que, de hecho, nunca lo había hecho. Cosas de la vida. Momentos después que entrara, escuché el agua correr. Algo dentro de mí –tal vez, el instinto de supervivencia o la experiencia- me alertó que aquello era una mala señal, y mi risa se detuvo de inmediato, aunque aún permanecía con una sonrisa estúpida en el rostro. Lo que se veía ridículo, dado que había fruncido el ceño, alarmada. Intenté lograr que Hinata y Sakura se calmaran, pero no lo conseguí. Comencé a desesperarme. Tenía una idea vaga sobre lo que podría hacer Anko, y estaba segura que aquello no era bueno. La mujer estaba desquiciada, totalmente loca, y sacaba el mayor partido a ello. Nadie nunca sabía que se le podía ocurrir a su retorcida mente, y eso era aterrador.
-Chicas –llamé otra vez, sintiendo el agua dejar de correr, y los pasos de Anko acercarse. Un nudo se me hizo en la garganta, y hasta la sonrisa se me borró del rostro. La mujer apareció en la habitación de nuevo y sonrió de lado, mirándome- ¿A-Anko-sensei?
Sólo torció más su sonrisa, mandándome un escalofrío por la columna vertebral.
-Así que ya volviste –murmuró. Quizá, algo decepcionada. Aunque, sólo quizá- Bueno, sea. A ver, gusanas. Veamos si esto les devuelve la cabeza.
Acto seguido, procedió a agarrar con fuerza el vaso lleno de agua que tenía en la mano, para luego lanzárselos a la cara a mis compañeras de habitación. Juro que lo vi en cámara lenta. Fue como si el tiempo se hubiera puesto en "slow" y todo fuera a velocidad de caracol. El agua saliendo del vaso, el movimiento de este, la mano de Anko soltándolo, la mueca casi maniática que puso, las chicas abriendo los ojos desmesuradamente… Todo, absolutamente todo, iba a la misma velocidad que caminaría una tortuga. Hasta yo parecía, incluso, parpadear con esa rapidez, si es que podía ser llamada así, claro. Cuando el agua al fin tocó el cuerpo de mis compañeras, todo volvió a velocidad normal, y segundos después yo estaba recibiendo la misma cantidad, en plena cara, ahogándome en el proceso. Anko había sido precavida, después de todo.
-Ahora, se acuestan, las muy malditas. La una de la mañana –murmuró entre dientes, saliendo de inmediato del cuarto, dejándonos totalmente empapadas y desconcertadas. El agua fría funcionaba a las mil maravillas. Al fin, la mala calefacción del Internado contribuía a una causa justa: el sueño de la profesora de Deportes femeninos.
-Bueno –comenzó Sakura, aún con los brazos semi separados de su cuerpo, chorreando al piso y con el pelo alborotado goteando- Al menos, mañana no tendremos que bañarnos.
Asentí.
-Anko siempre ha sido una mujer práctica –corroboré, tiritando. Recién me venía a dar cuenta que estábamos empezando el otoño, y si bien los días no era particularmente fríos, las noches eran congelantes en ese refrigerador de piedra maciza. Me rodeé el torso con los brazos, tratando de capear el maldito frío. Obviamente, no lo conseguí, y por la expresión de mis otras compañeras, tampoco tenían demasiado éxito en la empresa. Al menos, no más que el que yo misma tenía- Joder, que frío hace.
-T-T-Tenten-san –tartamudeó Hinata, aunque no sabía si era por el frío o por algún tipo de vergüenza- ¿E-Estás-s… b-b-b-bi-en?
Definitivamente, era frío. Examiné su pijama. Consistía en un cortísimo short celeste bebé, que apenas cubría lo necesario y dejaba muy poco a la imaginación. La parte de arriba era sólo una polera de tirantes de color blanco, que comenzaba a transparentarse por la humedad. Bufé, frustrada. Tendría que ser amable, para variar.
-¿No tienes algo más abrigado? –Pregunté en cambio, soltando otro bufido cuando Hinata negó con la cabeza- Espera un segundo –le ordené, mientras caminaba a mi cama. Suponía que habían dejado la maleta debajo de ésta, puesto que ahí era dónde yo la tenía, en primer lugar. Gruñí cuando pensé que tendría que compartir uno de mis pijamas favoritos, pero no podía dejarla en ese estado. Maldita vena altruista. Tenía que salir a relucir en esos precisos instantes, ¿verdad? Ni siquiera sabía que la tenía, lo cual lo hacía del todo un poco más exasperante. Rebusqué debajo de todo el basural que tenía –obviamente, tratando de esconder lo más posible mi cajita salvadora- y luego de un rato, di con la bendita maleta. La saqué farfullando maldiciones de marinero –como solía decir mi abuela cuando vivía con ella-, para después abrirla de un tirón. Era una maleta antigua, que había rescatado del desván de mi abuela. Había pertenecido, en los años veinte, a mi abuelo, que era –irónicamente- un marinero inglés, enamorado del mar y la buena vida. Eso, hasta que llegó a China, y conoció a la adorable Reika, una soberbia nacional de largo cabello negro, penetrantes ojos verdes y un humor travieso que había aprendido de su sirviente. Se enamoraron y se escaparon hacia Konoha, Japón, debido a que mi bisabuelo era un tradicionalista que no deseaba en absoluto que su hija se casara con un hombre de mar. Honestamente, yo tampoco le veía demasiada sensatez al asunto, pero Reika era una romántica empedernida, que amó a su esposo hasta el día en que murió, y que jamás dejó de recordarme mi sangre extranjera. A pesar de que apenas se dejaba ver por una inusitada facilidad en el aprendizaje del inglés. Como fuera, mi abuela me la había regalado cuando me vio aparecer con ella desde el desván, y ahora consistía en el único recuerdo que me quedaba de aquellos años en los que fingí ser feliz- Aquí está –dije, sacando al fin un pijama de dos piezas, con cuello tortuga, de color rojo. Tenía tela térmica por dentro, y eso era toda una bendición, ya que el Internado estaba hecho de piedra maciza, helada como un jodido témpano, y sumamente adusta. La sensación general era la de una mansión de mil años embrujada. No estaban tan equivocados- Toma –se lo tendí a Hinata, quién comenzaba a castañear los dientes, aunque con alguna reticencia. Era mi favorito, y el único abrigado que tenía. Me obligué a convencerme de que no importaba. Mejor yo que ella. La chica sólo me miró, tiritando como si estuviera terremoteando, y con los ojos abiertos de par en par. Rolé los míos y se lo encajé entre los brazos cruzados, en un vano intento por conservar algo del calor que, obviamente, no tenía- Si no lo usas, te congelarás. No creo que a tu padre le haga gracia sacarte del Internado cuando sólo llevas una semana. No, al menos, por culpa de una pulmonía.
Asintió con la cabeza, suavemente, aunque sus orbes blancas se tiñeron con dolor. Profundo dolor. Me mordí el labio inferior, y miré de reojo a Sakura. La pelirrosa tenía los labios fruncidos, la mandíbula apretada y los puños apretados a ambos lados de su cuerpo, así como también su espalda se encontraba rígida.
-G-G-Gra-cias… T-T-Tenten-san –castañeó la morena, entrando apresuradamente al baño. Yo parpadeé. Y me volví, una vez más, a Sakura, pidiendo una explicación. La cual, por supuesto, nunca llegó.
-No me corresponde decírtelo –explicó. Fruncí el ceño, al verla algo difusa. Parpadeé dos veces, tratando de aclararme la vista, hasta que me di cuenta de que ella también estaba congelándose. Rolé los ojos y saqué otro pijama de mi colección. Tendría que encargarle al ama de llaves de mi casa más. Esas chicas iban a acabar con mis provisiones, y yo también necesitaba algo con lo que abrigarme. Le tendí las prendas, y dirigió la misma mirada confundida de Hinata- ¿Qué?
Rolé los ojos otra vez. Ese día estaba rompiendo records, sin duda.
-Que te estás congelando.
Sakura cambió su expresión de sorpresa a una de curiosidad desconfiada. La mezcla resultaba sumamente graciosa, y de ser otra la situación, me habría reído. De hecho, diez minutos antes, habría estallado en carcajadas, de sólo imaginármelo. Pero el agua hacía, definitivamente, un excelente trabajo. Punto para Anko.
-¿Por qué eres tan amable ahora?
Me encogí de hombros.
-Ni puta idea –y era verdad. No tenía ni las más mínima idea de por qué lo hacía. Si hubieran sido cualquier otra persona –Karin, por ejemplo, o una de mis ex compañeras de cuarto- habría dejado que se transformara en un cubito de hielo, sin molestarme en proveerle siquiera de una manta. Pero con ellas no era igual. Tenían algo, algo que las apartaba del resto, y que las hacía parecer de una raza distinta. Eso eran, diferentes, ese algo las hacía así, y ese algo era el que, también, actuaba en mi cerebro, provocando que hiciera cosas que ni yo misma entendía. Como apartarlas para luego ser amable, por ejemplo- Supongo que porque no son iguales.
Sincera. Por primera vez, estaba siendo sincera con una perfecta desconocida. Después de todo, de ellas no sabía mucho más que el nombre, y dudaba que ellas supieran mucho más de mí. No, era imposible que supieran la verdad, puesto que aún seguían, obstinadamente, allí. Improbable, en efecto. Y encogiéndome de hombros, me tiré de nuevo a la cama, ignorando la expresión incrédula de la pelirrosa. No quería enfrentarme al interrogatorio que, indudablemente, se estaba formando en su cabeza. Estaba segura que contenía bastantes preguntas personales, y eran esas las que, precisamente, estaba intentando evitar. Al menos, de momento no las quería. Me sentía demasiado honesta, demasiado transparente y demasiado vulnerable como para poder responder algo coherente, y mucho menos algo no comprometedor. No, las preguntas que las dejaran para la mañana siguiente, por favor.
Agarré de nuevo mi celular, sólo para recordar por qué, en primer lugar, me había levantado. Elevé la cabeza y cuestioné:
-¿Viste mi guitarra?
Sakura se detuvo a medio camino de desnudarse, soltando dedo a dedo el borde de su camiseta. Casi pude ver una gota de sudor cayendo por su cuello, aunque no estaba segura de si era el fluido o el agua. Bien podía ser el segundo, pero algo me decía que era el primero.
-Em… ¿una acústica laqueada de negro?
-Ajá.
-Pues… -ante su vacilación, mi garganta se anudó, haciéndoseme difícil respirar. Algo iba mal. Muy mal, dado que Sakura se había vuelto y parecía, por primera vez, avergonzada realmente. No tímida, como había visto en la presentación que le hicieron a la clase, sino que nerviosa y arrepentida- Este… pensamos que… bueno, Hina y yo no sabíamos y…
-¿Qué hicieron con mi guitarra, Haruno? –exigí, gruñendo cada palabra, escupida entre dientes, aferrando con fuerza las sábanas.
Sakura retorció sus manos, igual como había visto hacer a Hinata. Al parecer, eran muy amigas, ya que tenían casi las mismas reacciones.
-Verás… pensamos que era chatarra… Estaba en muy mal estado… y… Anko-sensei dijo que estaba bien…
-Haruno…
-La tiramos a la basura.
Al principio, no entendí demasiado de lo que me dijo. Las palabras habían sonado como lejanas, amortiguadas por el pito que tenía en los oídos. Luego, lentamente, las palabras llegaron a mi cerebro, y comenzaron, con la misma lentitud, a cobrar sentido. La. Tiramos. A. La. Basura. El nudo en mi garganta bajó hasta mi estómago. Cerré los ojos y respiré. Mi guitarra, mi preciada guitarra, estaba en algún bote de basura de ese Internado del infierno, sólo porque no le había cambiado un par de cuerdas. El único recuerdo de mi infancia que me quedaba estaba tirado entre un montón de desperdicios. El único regalo de mi padre que podía tener remotamente un significado, había sido desechado como algo no demasiado importante. Intenté no concentrarme en el hecho de que yo misma había sido tratada de la misma forma, para concentrarme en no estallar en chillidos. O en llanto. Ni yo misma sabía si la rabia era mayor a la angustia, o si era al revés. Solté, de a poco y sin prisas, el aire entre mis dientes apretados, provocando un silbido que me erizó la piel. Abrí, finalmente, los ojos, para enfocar la vista en Sakura, quién parecía aterrorizada.
-Vamos a buscarla.
¿Raro? En absoluto. Primero, no tengo nada contra Hinata, pero sí algo personal con Tenten, y parece que me gusta joderla xDD. Segundo, mi guitarra también murió (T.T) gracias a un veleidoso plan concebido entre mis primos pequeños (cinco y tres años, para que vean a qué edad los niños empiezan a ser contaminados por este mundo) y mi otro primo, más grande, que parece no madurar (veintiún años y conspira con niños menores de cinco años, para eliminar una guitarra que no le hace daño a nadie). Estoy triste por eso, pero eso me dio una idea (yo y mi retorcida mente xDD) para el fic. Como sea, el punto es que salió así, y lamento haberlas dejado justo ahí, pero no me resistí (muchos "í", ¿no creen? xDD)
Espero que me perdonen (en caso de que hayan encontrado medianamente decente el capítulo y deseen que lo continúe), y sólo puedo asegurarles que pronto estaré actualizando. Ignoren mi promesa de una vez al mes. Mi palabra no vale nada, aparentemente xDD.
Besitos, cuídense, y nos estamos leyendo.
