Disclaimer: Rurouni Kenshin no me pertenece.


Consuelo

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Desde que conocía a Kaoru, a Kenshin le había quedado bastante claro que la chica poseía una personalidad emocional e impulsiva. Y es que ella, a pesar de tener diecisiete años, era casi tan sensible y voluble como una de apenas dos.

Esa característica suya se intensificaba cuando Yahiko andaba cerca, ya que el pequeño, que tenía la lengua como salida de una cloaca, se dedicaba a hacerla rabiar con burlas e insultos sobre su comida, sus lecciones, su atractivo físico o lo que fuera, en realidad. Ante eso, el humor de la chica prendía como la paja seca y se ponía a la altura del muchacho para contestarle.

Si le preguntaban, ella siempre respondería que Yahiko era un mocoso desobediente y malhablado, y que no lo soportaba. Pero todos en la casa sabían a ciencia cierta que eso no podía estar más lejos de la verdad; que Kaoru adoraba al chiquillo –que además era su único estudiante y el futuro de su escuela-, como si se tratase de su propio hermano.

Kenshin podía dar fe de eso.

Pero luego todos se fueron y sólo quedó él.

Es por eso que el día en que Yahiko cumplió la edad suficiente para irse del dojo, Kaoru quedó hecha pedazos.

No podía culparlo, Yahiko se había convertido en un hombre grande, fuerte y resuelto, y ya no era el chico sucio y deslenguado que Kenshin le dejó en la puerta del dojo para que ella lo educara y entrenara. Tenía todo el derecho del mundo a irse y hacer su vida. Ella no podía enseñarle más.

Pero eso no evitó que la chica llorara.

Se echó a llorar esa misma tarde en que lo vio salir por la puerta con su shinai y un bolso al hombro. Y lo había estado haciendo por las últimas tres noches.

¡Era ridículo! El chico tan sólo se había ido a vivir más cerca de su novia; seguirían en el mismo vecindario. De hecho, si salían al mercado, lo más probable es que se lo encontraran llevando las compras de Tsubame-chan. ¡Y además él seguiría yendo al dojo a practicar!

Pero el sólo hecho de ver su cuarto vacío era suficiente para que el trauma de Kaoru a la soledad resucitara de un lugar secreto de su corazón que creía extinto hacía ya mucho tiempo, y se echara a llorar como si de una niña malcriada se tratara.

De todo el tiempo que llevaba viviendo con ella, Kenshin la había visto llorar más veces de las que podía contar, pero nunca con tal nivel de intensidad ni persistencia que en aquella ocasión –porque prefería pensar que no había sido así cuando decidió marcharse a Kioto sin ella-. Tanto así, que ponderó seriamente la posibilidad de pedirle a Yahiko que volviera y le dijera algo que pudiera tranquilizarla.

Pero eso no funcionaría. Yahiko volvería a irse y ella sería demasiado terca como para dejarse ver en ese estado frente a él, de todos modos.

La decisión del espadachín de solucionar el asunto por sí mismo floreció en él cuando, al pasar por el pasillo frente a su habitación, encontró que la bandeja con la cena que él mismo había dejado ahí hace unas horas, seguía intacta. Fue entonces que no pudo soportarlo más.

Deslizó la puerta corrediza de la habitación de Kaoru sin dejarse intimidar por el hecho de tratarse del dormitorio de una chica –y no cualquier chica, sino que de la chica soltera más bella que habían visto sus ojos; Kaoru-dono-, y entró en ella.

La encontró encogida sobre sí misma, con el rostro hundido entre sus rodillas y sus brazos cubriéndole el cabello negro casi azul que llevaba atado en una trenza floja, que, como ya había de sobra, usaba para dormir.

Tragó pesado y sintió que el corazón se le encogió de sólo verla.

Avanzó hacia ella con decisión y se arrodilló hasta llegar a su altura, llamando la atención de la magdalena con su sola presencia.

Ella alzó la vista, sorprendida de tener visitas inesperadas en su habitación.

—Ken…shin, ¿qué haces…?

Intentó articular entre sollozos, pero fue interrumpida por los labios del pelirrojo sobre los de ella en un beso tan corto y casto que le quitó el aliento. Él se separó de inmediatamente después acomodó su barbilla sobre la cabeza de la joven y la rodeó con sus brazos en un abrazo contenedor.

Por un momento ella se quedó helada.

—No estarás sola, Kaoru-dono— le dijo él con voz suave y segura, y ella se estremeció—. Yo estoy aquí contigo, puedes estar segura de que no me iré.

Y al minuto siguiente, bajo el abrazo de Kenshin y el calor y la protección que ella halló en su pecho, dejó escapar las últimas lágrimas de pena.

Yahiko no la había abandonado. Y ahora sabía que Kenshin tampoco lo haría nunca. Y sonrió.

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Revisado: Miércoles 04 de abril de 2018