Capítulo Tres – Reconciliaciones

1 de agosto de 1997


Cuando Ginny despertó a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue asegurarse que Hermione estaba dormida todavía. Hermione estaba durmiendo profundamente; ella se había quedado despierta hasta tarde y no había ido a dormir sino hasta avanzadas horas de la madrugada. Lo segundo que hizo Ginny fue recordar que tenía menos de doce días para arreglar las cosas con Harry Potter, o se casaba con él o sufría las consecuencias.

Mientras estaba sentada en la cama, una luz débil se filtraba por las cortinas, los ojos de Ginny buscaban entre el reguero que era su cuarto por su bata. Estaba debajo de una pila de pergamino usado y una botella quebrada de tinta. Ginny se inclinó para recogerla y con cuidado movió la botella de tinta en un pedazo de pergamino.

Como el tamaño del agujero era pequeño, solo un poco de tinta se había goteado en su bata, la cual tenía solo unas pocas manchas. Su mamá podría sacarle esas manchas en un santiamén, así que Ginny se la puso sobre su cuerpo delgado, amarrándola para luego irse a la planta baja.

– Buenos días, querida. – dijo Molly alegremente cuando Ginny entró a la cocina. – ¿Dormiste bien?

Ginny se sentó pesadamente en una de las sillas de la mesa y regaló a su madre con una mirada dura. – ¿Tienes que preguntar?

Molly encendió una de las hornillas de la estufa y colocó una pesada sartén de hierro sobre ella. – No. – respondió. – Supongo que no.

Muy pronto, huevos y tostadas estaban en platos grandes y Ginny ayudó a su mamá a poner la mesa, una tarea que hacía como cualquier otra mañana.

– No es tan malo como parece, ¿sabes? – su mamá dijo.

Ginny puso un tenedor en la mesa y la miró. – ¿De veras? No estoy segura que tan peor se pueda poner. ¿A lo mejor tú me puedes ayudar a entender algo sobre esto?

– Aguanta esa lengua, Ginny. Todavía soy tu mamá. Enfurruñarse sobre las cosas que no puedes cambiar no las hará mejor.

Ginny dejó salir un largo suspiro. – Lo siento, mamá. Tienes razón. Es que no estoy lista para este tipo de compromiso. ¡Santo cielo, solo tengo quince años!

Molly terminó con los platos y tomó el resto de los cubiertos de las manos de Ginny. – Eres una chica muy prudente de quince años, alguien que conoce sus límites pero que quiere mas de lo que tiene. – respondió. – La edad no tiene nada que ver a la hora de hacer decisiones difíciles.

Ginny tomó asiento en la silla más cercana y empezó a jugar con un cuchillo sobre el mantel. – ¿Qué se supone que haga? Antes me gustaba Harry, pero entonces lo saqué de mi corazón porque él nunca sentiría lo mismo por mi; todavía es que no se cómo él se siente y estoy totalmente confundida sobre que hacer. Quiero decir… son doce malditos días, simplemente no puedo hacerlo, mamá.

Molly colocó el último de los tenedores en su lugar y miró a Ginny. – Necesitas definir tus sentimientos, claro, y para que eso suceda, necesitas que te cortejen de forma apropiada. No puedes apresurarte a un matrimonio sea arreglado o no. – Molly lanzó un hechizo calentador sobre la comida y se paró detrás de Ginny. Alargando su mano, ella tomó el pelo de Ginny y lo puso en una cola de caballo. – Deja que él se acerque a ti, Ginny. Él es un muchachito inteligente y verá la luz eventualmente. Todo lo que tenemos que hacer es esperar a que sea más temprano que tarde.

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La mañana de Harry no fue mucho mejor. En vez de una madre ansiosa, él tenía que lidiar con un mejor amigo que resultaba ser el hermano de la chica que se suponía desposara pronto.

Por primera vez en todo el tiempo que llevaba conociéndolo, Ron se despertó antes que Harry. Lo primero que Harry vio al despertar fue a Ron, sentado a los pies de su cama, con los brazos cruzados, y dándole a Harry la mirada más penetrante que este había recibido de parte del pelirrojo.

– ¿Eh, buenos días? – aventuró Harry.

Ron no respondió, solo que apretó más los labios de lo que ya estaban.

– Pos, me iré al baño entonces. – dijo Harry, pasándole por el lado a Ron y dirigiéndose un piso más abajo donde estaba el cuarto de las chicas y el baño.

Cuando Harry puso un pie en el escalón, vio a Ginny yendo escaleras abajo, pero no se atrevió a llamarla. En vez, se detuvo donde ella había estado y se permitió que la esencia de ella llenara su nariz. ¿Por qué las chicas siempre huelen tan bien? se preguntó a si mismo.

De vuelta en la habitación, Harry se puso unas medias y la bata sobre sus pijamas mientras un Ron ya vestido lo esperaba por la puerta.

– ¿Tienes algo que decir, Ron? – preguntó Harry. – Quisiera que lo que sea tengas que decir, lo saques del pecho ya para que podamos discutirlo.

Ron miró fijamente a Harry por otro momento antes de hablar. – ¿Tú quieres casarte con mi hermana?

Harry devolvió la mirada y sintió un escalofrío de pavor. – ¿Bueno, no es que tenga muchas opciones ahora, o si?

– Escucha. – dijo Ron con una severidad que Harry nunca había visto en su amigo. – Olvida lo que tienes que hacer. Dime lo que te gustaría hacer.

Como nunca consideró esta pregunta, Harry se tomó su tiempo en responder. Luego miró a su amigo para decir. – No lo se. – y caminó hasta el buró de Ron para mirarse a sí mismo en el espejo. Su pelo alborotado, su cara había perdido algo de la suavidad de la niñez y sus hombros eran más anchos, casi del ancho que recordaba haber visto a Cedric Diggory. – Quiero decir… Ginny ha sido una buena amiga por un tiempo. Ella es divertida, inteligente y… bueno… bonita. – Harry se volteó para mirar a Ron de nuevo. – ¿Por qué no puedo ver como las cosas siguen de forma natural?

Ron relajó los brazos y asintió solemnemente. – ¿Por qué no? Te diré el porque no, tonto cerrado, porque no tienes el lujo del tiempo. Una cosa que sí se, es que debes entrar en esto con una decisión ya hecha. O decides que te quieres casar con mi hermana o decides que no. Si te muestras indeciso Ginny te comería vivo.

Otra vez, Harry se miró dentro de sí y sacó una imagen de Ginny en su mente. Estaba riendo, diciéndole que no estuviera deprimido, dándole una mirada juguetona y todas esas cosas que él había visto de ella durante los pasados dos años. Por más que tratara no podía conjurar una imagen excepto una buena. ¿De veras me quiero casar con Ginny? ¿Podría vivir con ella para siempre? Otras imágenes aparecieron, Ginny riendo mientras él le agarraba su mano, ella durmiéndose sobre el regazo de él, Ginny sentada sobre una mecedora, arrullando un bebé llorando con pelo negro alborotado. Harry sintió su corazón detenerse por un momento. Lo que sea que había visto, él quería que fuera real con todo su corazón.

Harry se enderezó y miró a Ron a los ojos. – Ron. – dijo calmadamente, pero con confianza. – Me voy a casar con tu hermana.

Un momento pasó donde una telaraña de miedo se mezcló con su confianza. Ron sonrió. – Entonces vas a tener que hacer esto de forma apropiada. – dijo frotando las manos. – Vas a tener que ganarte su corazón, comprarle un anillo y pedirla en matrimonio. – dijo Ron marcando cada asunto con sus dedos. Estaba tan completamente en serio que Harry no pudo hacer más que estar de acuerdo con todo lo que decía, mientras se preguntaba que calificaciones tenía Ron para cortejar propiamente a una chica.

– Vamos a ir al Callejón Diagon después del desayuno. Vístete y encuéntrame abajo. Trae tu bolsa de dinero y la llave de tu bóveda.

Ron se giró y salió del cuarto dejando a Harry mirándolo con asombro.

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La comida de Molly era tan deliciosa como él recordaba, pero Harry apenas lo notó. Estaba muy ocupado mirando fijamente a Ginny, la cual estaba mirando a todos lados excepto a él. Hermione y Ron intercambiaron miradas nerviosas y Molly le susurraba algo a Ginny cada cierto tiempo, pero nada parecía convencerla de que le prestara la más mínima atención a Harry.

Por fin el desayuno terminó y Ginny dejó el comedor para ir a lavar los trastes a pesar de las protestas de su madre. Molly la siguió a la cocina y Hermione se dirigió a la sala.

– Me voy al Ministerio otra vez. – dijo Hermione. – Ha habido muchos cambios en la ley desde el 1016 y solo he visto la mitad de los récords.

Hermione se marchó antes de cualquiera de los chicos dijera algo. – Loca. Completamente fuera de sí, está ella.

Cuando Harry no dijo nada, Ron le dio un codazo. – Vamos, mientras mas pronto lleguemos al Callejón Diagon, más rápido podremos regresar y empezar a trabajar en como ganarte a Ginny.

Harry siguió a Ron a la chimenea en la sala y vio como Ron le extendía el pequeño tarro de polvo Flú. – Tu primero, Harry.

Con un ligero temblor en la mano, Harry tomó una pizca del polvo y lo echó en el hogar. – El Caldero Chorreante. – anunció y se fue de forma vertiginosa dentro de la red de chimeneas.

Harry se deslizó en el salón principal del púb mágico en Londres y de inmediato un par de manos le ayudó a ponerse de pie.

– Vaya, vaya, vaya. – una voz familiar dijo detrás de él. – Que sorpresa verte aquí.

Ron se deslizó por la chimenea en ese entonces y después que se sacó el hollín de su túnica dijo. – Que bien, están todos aquí.

Harry se volteó y vio las caras de sus niñeras habituales: Tonks, Moody, y Remus Lupin. – Hola. – Dijo débilmente. – ¿Están aquí para ver al Niño Que Recién Descubrió Que Se Va a Casar?

Remus se echó a reír y tomó a Harry por el hombro. – Tienes un largo camino antes de llegar a eso, Harry. Los cuatro hemos decidido que vas a necesitar un cursillo rápido en como cortejar a alguien antes de siquiera pensar en matrimonio.

– Y una buena dosis en como no desbarajustar tu casi inexistente vida amorosa. – añadió Tonks con un guiño.

Remus dirigió a Harry en el callejón con Ron al lado y Moody y Tonks en la retaguardia.

– Cortejar a una señorita no tiene que ser caro. – empezó Remus. – Pero en este instante no hará daño gastar un poco así que nuestra primera parada será Gringotts para sacar algo de dinero.

– Muy bien. – respondió Harry. Estaba más que nervioso ante la idea de cortejar a Ginny pero su determinación de más temprano estaba con él. Harry no dejaría que la amenaza de impotencia dictara lo que normalmente no haría. Él tenía que buscar la mejor manera de convencer a Ginny de que en realidad quería estar con ella y de que entre los dos el matrimonio podría funcionar.

Detectando que Remus quería estar a solas con Harry, Tonks tomó el brazo de Ron y lo dirigió hacia el vestíbulo. Un troll de seguridad los escudriñó mientras un duende dirigía a Harry y a Remus a las bóvedas.

– Y bien, Harry. – empezó Remus, aclarando su garganta cuando se montaron en el carrito. – Creo que estaría mal de mi parte si no te dijera tus opciones. Entiendo que decidiste seguir una relación con la Srta. Weasley. Si por alguna razón las cosas no funcionan entre los dos…

El carrito se movió hacia delante y Remos pausó, agarrando firmemente el mango al frente de ellos. Sus ojos se agrandaron en el pasillo oscuro cuando se acercaban a la primera bajada. Cuando se fueron por una bajada particularmente larga, su cara se puso verde y Harry no pudo evitar reírse viendo la inquietud del otro.

El carrito avanzó más y siguió otra bajada. Harry había venido las suficientes veces para saber que la próxima virada a la derecha era su parada y estaba ya que se quería bajar del carrito porque no estaba seguro que tanto tiempo mas Remus aguantaría su desayuno.

Pero el carrito no viró. – Oiga. – dijo Harry en alta voz al duende sentado al frente. – Se pasó de la virada allá. – el duende ni siquiera movió una oreja. Harry le iba a gritar más fuerte cuando Remus sacó su mano y negó con la cabeza.

En vez, el carrito se fue por otra bajada y empezó una serie de curvas y torceduras que dejaron a Harry completamente perdido. Por fin empezaron a detenerse y Harry notó la luz débil que salía de algún lado en la distancia.

Cuando llegaron al final de la vía estaban frente a una seria de bóvedas a cada lado que eran lo suficientemente grandes para que cupiera La Madriguera adentro. Los números sobre las puertas estaban eran de dígitos dobles, y mientras seguían la vía, bajaron los números hasta que estaban por debajo del numero diez y el carrito se detuvo lentamente.

– Bóveda numero cinco. – anunció el duende cuando por fin se detuvieron.

Harry ayudó a Remus a bajarse a la plataforma y se dirigió al duende. – Creo que se equivocó, señor. Mi bóveda está en otro nivel.

– No. – dijo Remus, reclinándose contra una de las columnas que estaban contra la pared de la bóveda. – Esta es la bóveda de tu familia, Harry. La otra era para tu uso hasta que llegaras a la mayoría de edad. Lo que quedaba allí y lo que Sirius te dejó… – él respiró hondo, se compuso y continuó. – Está ahora en esta.

Mientras hablaban el duende había abierto la bóveda y Harry no pudo ver como lo hacía. Pero todo eso quedó en el olvido cuando se encontró con la espaciosa bóveda llena de oro, y todo eso era de él.

En cada esquina y contra todas las paredes había oro apilado por todos lados. Había cofres y estantes y cajas llenas a reventar con dinero.

– Pero… Remus. – dijo Harry mirando a su guardián. – ¿Qué se supone que haga con todo esto? No lo quiero, no lo necesito.

Remus recuperó un poco de su color y rio suavemente. – Harry. Estás a punto de casarte. Eso significa que todo esto no será solo tuyo. De todos modos vas a necesitar una buena cantidad hoy para cuando vayamos de compras para ti y tu casi prometida.

Harry asintió un poco avergonzado y otra vez intentó pensar en semejante concepto abrumador.

– ¿Oh, y Harry? – preguntó Remus. – Antes que se me olvide… lo que estaba tratando de decirte era que si las cosas no funcionan entre tú y Ginny… lo que quiero decir es, que si por alguna razón tú y ella no se llevan bien, siempre puedes cumplir con los requisitos del acuerdo y luego separarse.

Harry estuvo silencioso por largo rato. Luego, con una voz llena de enojo, dijo. – ¿Quieres decir, casarme con Ginny, hacerlo y luego divorciarme o algo así?

– Bueno. – dijo Remus, mientras echaba una gran cantidad de galeones en una bolsa. – Técnicamente hablando, no existe el divorcio en el mundo mágico. Así que… estarías casado, pero no viviendo con ella.

– Remus, eso es la cosa mas despreciable que he escuchado. – dijo Harry suavemente, avanzado hacia Remus, el cual empezó a echarse para atrás. – Nunca podría verme la cara en el espejo si tratara algo así y mucho menos mirar a Arthur y a Molly. Nunca menciones eso de nuevo, Remus. No seré la mejor de las personas pero no soy un mentiroso y tampoco un adúltero.

– Entiendo. – dijo Remus calmadamente. – Pensé que te debía poner esa opción sobre la mesa. Personalmente, me alegra saber que piensas de esa forma. Solo asegúrate que Ginny sepa como sientes. A las chicas les encanta saber de esas cosas.

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Ginny suspiró cuando puso a un lado su trapo mojado y miró distraída el escurridor lleno de los platos del desayuno. Con un año más antes de su mayoría de edad, este tipo de tarea era uno en que le encantaría usar su varita, pero en este instante estaba agradecida por la distracción.

Definir sus sentimientos por Harry, y más importante, cómo los dos iban a lidiar con el prospecto de matrimonio o infertilidad permanente había sido algo difícil para Ginny. Una sonrisa apareció en su rostro cada vez que pensaba en Harry como su esposo, su no tan secreto sueño desde que sabía leer. Pero ese sentimiento era templado con la realidad del matrimonio. Ella había visto en primera fila los altos y bajos que sus padres pasaban, había muchos obstáculos en su relación, y la joven tenía bastante razón en estar recelosa.

Su madre estaba silbando mientras dirigía la escoba sobre el piso del ahora vacante comedor. Pero el wump ruidoso del Flú activándose le dijo a Ginny que muy pronto iba a ser ocupado por al menos una persona.

– Santo cielo. – exclamó Molly y Ginny camino con cuidado hacia la puerta separando la cocina del comedor para escuchar mejor. – ¿Qué le trae por aquí, Albus?

– Mis disculpas, Molly. Me hubiese anunciado antes de forma propia, pero el tiempo es corto y sabía que Harry estaría afuera ahora. – su voz era tan calmada como siempre, pero Ginny se encontró deseando verle el rostro. Siempre convenía su estado emocional de forma mejor que el solo escuchar su voz.

– Oh, bueno, no es problema, Albus. Estaba recogiendo un poco. ¿Gusta sentarse? – Ginny escuchó la escoba siendo enviada al closet y el sonido de una silla arrastrándose en el suelo.

– En realidad, me preguntaba si podría traer a Arthur por un momento. Sería mejor si estuviera aquí para esto.

Hubo una pausa y Ginny se podía imaginar las nubes negras sobre la cabeza de su madre. – Está en el trabajo, Albus. – dijo con voz fría. – Sabe donde encontrarlo.

– Volveré en un momento. ¿Quizás un poco de té ayudaría?

Un suave pop sonó y Ginny se movió hacia la estufa automáticamente, y puso la tetera a hervir.

– ¿Ginny, cariño? – su mamá llamó. – Pon la tetera, por favor. Dumbledore vendrá aquí en un minuto.

– Sí mamá. – dijo Ginny mientras prendía la estufa y reunía el servicio de té y una bandeja del armario.

Minutos más tarde, un crack sonó en el comedor y Ginny se preguntó si su padre había llegado. Sin embargo, ella estaba segura que el ruido que hacía su padre al aparecer era un poco más callado y menos pronunciado. Este sonaba casi a Bill.

– Hola mamá. – dijo Bill de repente.

– Vaya, si no es nuestro hijo número uno. ¿Cómo estás cariño? ¿Te llegó el paquete que te envié?

– Sí mamá. La lata de galletitas de jengibre fue un hit en la oficina. Pero vine a preguntar por Ginny. ¿Está ella aquí?

Hubo una ráfaga de murmullos y luego el lugar se puso silencioso. Demasiado silencioso. Ginny se inclinó hacia la puerta para escuchar, pero la tetera silbó en ese momento y ella se dirigió hacia la estufa. Cuando removió la tetera y el servicio de té estaba listo, Bill no había ido a la cocina como ella esperaba. La joven tomó otra taza, platillo y cuchara y los añadió al lado de los otros.

Ginny levantó la bandeja, agarrándola firmemente en sus manos y se dirigió al comedor. Sentados opuestos uno al otro estaban su madre y hermano mayor. En la cabecera estaban su padre y el director de Hogwarts y aunque sus bocas se movían, ella no podía escuchar palabra alguna.

– El té está listo. – anunció y caminó hacia su hermano pero nadie parecía escucharla. Ella caminó a través de una sección de aire que parecía más gruesa que el resto. Resistió, pero ella pudo empujar a través y encontró que podía escuchar la conversación. – Hola Bill. – saludó Ginny mientras colocaba la bandeja en la mesa.

Bill se puso de pie y abrazó a su hermana. – Hola pequeña.

Ginny separó las tazas y procedió a servir el agua. La presión de cuatro pares de ojos observándola era aguda y el silencio que lo acompañaba ahogante.

Cuando terminó, Ginny se dirigió a la puerta pero la voz de Dumbledore llamándola la detuvo.

– Estaba esperando. – dijo cuando ella se volteó para verlo. – Que usted se pudiera quedar para escuchar, Srta. Weasley. A lo mejor podremos ayudarla con algunas de las muchas presuntas que de seguro tiene en la mente.

Ginny miró a sus padres, los cuales asintieron a la vez y luego de vuelta a Dumbledore. – Está bien.

– Muy bien. – dijo Dumbledore. – Arthur, Molly, empecemos con ustedes.

Molly tomó un sorbo de su taza y aclaró su garganta. – Remus implicó que no hay nada que se pueda hacer. O Harry y Ginny se casan o no podrán tener bebés. ¿Eso es cierto?

Dumbledore sacó un pedazo de pergamino de sus túnicas y se lo pasó a Molly. – Cuando Remus me notificó que ya Harry había hablado con Ginny, fui a ver al Ministro Fudge y personalmente le pedí que se investigara para saber nuestras opciones. Va a encontrar las firmas de todos los miembros del Wizengamot al final.

Molly leyó de una pasada y luego se lo pasó a Arthur el cual se encogió un poco ante la mirada fría de ella. – Es una enmienda al decreto. – Dumbledore dijo cuando Arthur lo leyó. – Hoy en día es ilegal arreglar matrimonios bajo la ley mágica. Sin embargo, también especifica que esto no afectará los matrimonios ya arreglados o los que están pendientes. No es de mucha ayuda, lo se, pero desafortunadamente esto fue lo mas que pude hacer. Hemos consultado con rompe maldiciones, incluyendo a Bill. – dijo Dumbledore haciendo un ademán hacia el aludido. – Y se decidió que sería muy peligroso tratar de anular el arreglo.

– ¿Ginny? – dijo Bill suavemente. – ¿Te molesta si hago un chequeo con mi varita? Prometo no activar el embrujo.

La amenaza de menopausia inmediata apareció en la mente de Ginny y ella se sintió alejándose un poco de su hermano. Ginny se mordió el labio pero sintió la confianza que había tenido en su hermano por los pasados quince años ahuyentar el miedo. – Muy bien.

Bill sacó su varita y la apuntó al suelo; con un movimiento en espiral la colocó sobre la cabeza de ella. Bill murmuró una encantación extraña antes de mover la varita en forma circular sobre el cuerpo de ella, cubriéndola en una luz azul diáfana. Ginny sintió un retortijón extraño en el área del estomago mientras la varita se movía, como si Bill al estar husmeando estuviera a punto de hacer colapsar uno de sus órganos vitales. Ginny estaba a punto de gritarle de que se detuviera cuando el bajó la mano y empezó a señalar las distintas partes del hechizo.

– Es tal como lo pensé. – dijo Bill de repente y silbó. – He visto algo como esto, es una combinación de unos treinta encantos y maleficios. – su varita señaló diferentes áreas ennegrecidas alrededor de ella, luego dibujó líneas de un hechizo al otro. – Están unidos de forma tal que si intentamos desarmar uno, causará una reacción en cadena con los demás que harán que se activen. Tomaría años de observación constante y cuchucientas calculaciones el tratar de averiguar el orden correcto de cómo atacar esto. Es realmente impresionante.

Bill canceló el hechizo y la luz se apagó. – Me alegra saber que admiras la artesanía del hechizo, hermano mío. – dijo Ginny secamente. – Pero si me preguntas a mi, ciertamente no puedo llamar esto impresionante.

Con una sonrisa triste, él puso un brazo sobre ella y le dio un apretón ligero. – Aguanta ahí, que nosotros buscaremos la forma de ayudarte.

Los cuatro adultos continuaron hablando de diferentes opciones mientras Ginny gradualmente se desatendió de la conversación. Sus pensamientos se tornaron hacia Harry y en lo que estaría haciendo en ese momento. Ella se preguntaba si él estaba igual de asustado que ella y si le había dado más cabeza a lo que hablaron anoche. En el medio de tantos sentimientos extraños y consecuencias terribles una cosa era cierta: si ella y Harry iban a tratar de que esto funcionara, Harry tendría que por esta vez tomar la iniciativa. Ginny ya no iba a estar como la niña atolondrada de antes.

Ignorando las miradas curiosas de sus padres y hermano, Ginny se deslizó calladamente hacia el jardín y hacia la tarde soleada.

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– Oi, con cuidado. – dijo Ron cuando una claque de brujas cuchicheando les pasó por el lado, apuntando y mirando a Harry.

Habían salido de Gringotts con un aparato que Harry igualó a una tarjeta de crédito Muggle. Aparentemente la tarifa para sacar más de dos mil galeones directamente del banco era muy cara. En vez, este pergamino, el cual era la mitad del grande que un pedazo normal y según los duendes trabajaba de forma tal que transfería el dinero de una bóveda especial en el banco a cualquier lugar donde estaba él. Todo lo que tenía que hacer era escribir un número en el pergamino con la varita, firmarlo con la varita y la suma en galeones aparecería en el papel.

Como Remus y Tonks eran los encargados de preparar a Harry para su cortejo, los dos tomaron la delantera y se dirigieron prontamente a Madame Malkin para comprar túnicas nuevas, tanto para vestir come de uso diario.

– Pues bien, Harry. – dijo Tonks tan pronto terminaron de comprar las túnicas y se encaminaron por el callejón hacia la joyería. – Va a tomar algo más que ropa bonita y joyería fina para que te ganes las pantaletas de Ginny. – ella apuntó hacia donde Ron estaba teniendo problemas cargando varias túnicas formales tanto de hombre como de mujer.

La cara de Harry se puso como un tomate mientras que a Ron se le cayó la quijada. – Preferiría que no lo pongas de esa forma. Yo he sabido negar aventurillas con otras muchachas que ni vale la pena mencionar. – dijo Harry.

Tonks se echó a reír, mirando la expresión de Ron, mientras su pelo color púrpura se movía de forma extraña. – ¿No te gusta la idea de Harry en la cama con tu hermana?

Ron, todavía cargando las túnicas que compraron, sacó una bonita en un color oscuro y con un escote profundo fuera de su cara. – En realidad, si soy honesto, siempre esperé que Harry fuera el elegido. Solo que nunca pensé que pasaría tan rápido.

Harry paró en seco y se volteó hacia Ron. – ¿De veras? ¿Estás… de acuerdo con todo esto?

Ron miró a Harry por un momento y asintió. – Tu la tratarás bien, Harry. Lo único que pido es no escuchar los detalles sórdidos, ¿vale?

Harry sonrió para luego perder la sonrisa. – Esto es asumiendo que me la gane de veras.

– Anímate amigo. – dijo Ron. – Es como te dije: tú le gustas, de eso no hay duda. Solo tienes que estar claro en tu objetivo y tomar la iniciativa.

– Seguro. – murmuró Harry, girando para seguir a Tonks y a Remus. – Trataré de mantener eso en mente.

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Afuera en el jardín, Ginny pasó la tarde yendo de una memoria de su niñez a otra. La casa del árbol donde ella agarró a Charlie besando a la chica del pueblo cuando tenía cinco años. La charca que tenía tantos recuerdos que ella se sentó por una hora recordándolos todos. El prado que servía como el campo de Quidditch, el comedor extra grande y que había sido lugar de tantos eventos que eran muy grandes para La Madriguera.

Ginny sonrió para sí misma cuando se dio cuenta que cada lugar que visitaba, cada memoria eventualmente tenía que ver con Harry. La casa del árbol fue donde ella escuchó el nombre de Harry por primera vez: Bill le había contado la historia muchas veces a ella y a Ron mientras ella se quedaba dormida en sus brazos. La charca era donde los gemelos la bromeaban interminablemente sobre él antes de que él llegara a La Madriguera aquel verano antes de ir a Hogwarts por primera vez. El prado fue donde ella pasó horas pensando sobre su posesión de parte de Voldemort y el muchachito humilde y valiente que la salvó.

Con un suspiro, Ginny se encontró de vuelta en el prado, meciéndose en un viejo columpio en un roble. No le había mentido a su mamá la noche anterior. Ella sí quería a Harry, y sintió una punzada en su corazón cuando pensó en él. La simple verdad era que ella siempre lo querría, pero las circunstancias actuales demandaban un cambio leve en como ella mostraría ese amor. Ya ella no sería la niña tonta que Tom Riddle encontró fácil de manipular. Ginny se iba a asegurar de que Harry ganara su mano de forma propia.

Mientras Ginny se columpiaba con mas fuerzas, una figura solitaria apareció por debajo de los árboles que bloqueaban su vista de La Madriguera. Ella dejó de usar las piernas y dejó que el columpio se meciera de forma natural mientras él se le acercaba. Cuando el columpio estaba solo a medias, Harry estaba parado al frente de ella.

– Bonito día para columpiarse. – comentó Harry. Sus manos las tenía dentro de los bolsillos mientras se reclinaba contra el árbol. Una suave brisa flotaba a través de su pelo alborotándolo a diferentes posiciones.

Ginny tuvo que aguantar un poco el aliento antes de hablar. – Sí, lo es. – dijo ella, orgullosa de que no había nada de temblor en su voz.

– ¿Te molesta si te acompaño?

La pregunta fue tan sorpresiva que los ojos de Ginny se clavaron en él mientras ponía un pie en el suelo. Cuando se detuvo por fin, ella se puso de pie y señaló el pedazo de madera donde había estado sentada. – Es un poco pequeño para los dos, ¿no crees?

Harry se le acercó y sacó las manos de los bolsillos. – Presumo que lo peor que puede pasar es que nos caigamos los dos.

Ginny entrecerró los ojos, detectando algo de reto en su voz. Así que así será esto.

– Muy bien. – dijo ella y agarró una de las cuerdas con la mano derecha mientras se sentaba con cuidado en un lado del sillín.

Harry se acomodó al lado de ella y empujó…

– He estado pensando mucho durante el día de hoy. – empezó Harry. Ginny podía notar que estaba un poco asustado sobre algo, así que decidió dejarlo hablar. Era más fácil para él hablar cuando se le dejaba.

– Y-y la verdad es que no se que hice anoche para que te enojaras conmigo, así que quería empezar disculpándome. – Como los dos estaban mirando hacia al frente, Ginny encontró más fácil no dejarse distraer por su pelo alborotado, o sus ojos hipnóticos o su guapo rostro. – Porque yo no soy quien de llevar una riña y esperaba que pudiéramos empezar en cero y…

– Harry. – interrumpió Ginny con calma. – Estás farfullando.

– Oh. – dijo él un poco avergonzado. – Lo siento, no me había dado cuenta…

Ginny dejó salir una risita musical y se giró para verlo de perfil. – Te perdono por lo que pasó. Supongo que debería haber estado más suave contigo ya que estamos en el mismo bote, y, bueno… en realidad no es tu culpa. Si acaso debería estar enojada con papá.

El columpio se empezó a detener un poco. – No seas muy dura con él, Ginny. – dijo Harry. – Por lo que escuché anoche, tu mamá se las arregló muy bien con su castigo. Además no deberíamos permitir que nadie más se inmiscuya entre nosotros. Esto es algo que tenemos que arreglar entre los dos.

Ginny sonrió y movió su mano para cubrir la de él en la soga. Su gesto de igualdad y compañerismo fue más que suficiente para sanar sus heridas. – Gracias Harry.

La mano de él pareció temblar un poco bajo la de ella cuando él empezó a columpiarlos de nuevo, usando el pie contra el suelo. – Fue un placer. – susurró.

Los dos se miraron cara a cara a la vez, los ojos de él detrás de sus lentes, los de ella curiosos y especulación.

– ¿Qué crees tú? ¿Piensas que podemos hacer funcionar esta cosa? – preguntó casi tímido.

Ginny pudo ver como él tragaba en seco anticipando la respuesta de ella. – ¿Qué tenías en mente? – ella no iba a hacerle las cosas fáciles.

Harry aclaró su garganta. – Bueno, tenemos que casarnos, ¿no? Creo que debemos conocernos mejor para ver si de verdad funciona la cosa.

Ginny puso los pies en el suelo para detener el columpio y se giró para verlo de frente de la mejor manera posible. – No tenemos exactamente mucho tiempo. ¿Qué tal si decidimos que nos detestamos mutuamente? ¿Qué pasaría entonces?

Con una expresión de derrota, Harry bajó la mirada. – Si eso pasara, pues, entonces tendríamos que sufrir las consecuencias. Creo yo. – él levantó la mirada otra vez y su malestar fue reemplazado por una fuerza que dejó a Ginny sin aliento. – Pero no creo que nunca nos detestemos uno al otro, Ginny. Hemos sido amigos por mucho tiempo.

Los dos se quedaron ahí por lo que parecía una hora, mirándose uno al otro fijamente. Ginny alargó su otra mano y acarició la mejilla de Harry. – Me encantaría intentarlo, y llegar a conocerte mejor, Harry. – ella se puso de pie y sacó su mano. Luego se dio la vuelta hacia él y dijo. – Tienes razón, hemos sido amigos por mucho tiempo.

Harry se puso de pie y se le acercó lentamente. – Entonces, hagamos esto de forma propia. – él alargó la mano y con un dedo tocó de forma tentativa los nudillos de la mano de ella. – ¿Ginny, te gustaría… um, ir en una cita doble con Ron y Hermione mañana? ¿Para un picnic?

Ginny lo observó y se sorprendió al ver la inseguridad regresar a los ojos del muchacho el pensar que ella tenía tanto poder sobre él hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. – Eso suena agradable, Harry. – era evidente que él se sentía aliviado y se movió un poco más cerca de ella. Ginny alzó la mano para detenerlo y dejarle saber que todavía eran solo amigos. Amigos buscando ver si podían convertirse en marido y mujer. – Mejor me regreso a mis quehaceres. Mamá va a necesitar ayuda preparando la cena.

– Oh. – dijo Harry, obviamente desilusionado. – No querrás hacer que tu mamá se enoje.

– Adiós. – dijo Ginny con un ademán de la mano y se alejó de Harry.

– Adiós, Ginny. – replicó Harry y ella se giró y se alejó.

Mientras ella se alejaba de vuelta a La Madriguera, Ginny no pudo contener la burbuja de felicidad que sintió dentro de sí y dejó salir un gritito de alegría. Harry Potter la estaba cortejando.

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Notas de Autor: Otra vez muchas gracias a Kokopelli, quien arregló la escena del columpio por mí (entre otras cosas). Art, quien me ayudó con la escena en Gringotts y XiaoXiao por su tremendo trabajo editando.