"El día q empezamos a preocuparnos por el futuro, es el día que dejamos atrás nuestra infancia"

Patrick Rothfuss -El nombre del viento-

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Cuando salió a buscarlo al jardín, lo encontró rápidamente con la vista. La persona a quien buscaba estaba sentada sobre la tierra y sin preocupación alguna, entretenido con una roca y una vara de árbol.

-¿Qué haces? –preguntó Watanuki al acercarse a Eriol.

-Solía jugar así cuando era niño –respondió el de otro mundo, inmerso en la tarea de empujar la roca con la vara y sin tomarse siquiera la molestia de mirar a Kimihiro.

-¿Cuántos años tienes?

-Siete –respondió de manera mecánica.

-Supongo entonces que sigues siendo un niño.

Eriol levantó la cabeza y miró a Watanuki con una expresión que bien parecía de confusión.

-Quiero decir, cuando fui niño la vez anterior –se explicó y devolvió su atención a la tarea de empujar la roca con la vara.

-¿Sabes qué día es mañana? –insistió Watanuki ante la indiferencia del pequeño.

Había cambiado mucho en este tiempo.

-Veintitrés de Marzo –respondió Eriol al principio con monotonía, pero al momento siguiente dejó caer la vara como si de pronto se diera cuenta que no le gustaba hacer eso.

-¿Cómo te sientes? –preguntó Watanuki esta vez con más seriedad.

Eriol se puso de pie, pero en su rostro no se diferenciaba ningún tipo de sentimiento.

-Me siento… triste -desvió la mirada, ahora como si se sintiera culpable.

El día de mañana se cumplía un año más de la muerte de los padres del jovencito. Watanuki sabía cómo era ese sentimiento, conocía bien la sensación de estar de solo, de no poder sonreír con una madre amorosa o jugar con un padre amable. Pero aún así, no dejaba que Eriol pasara por alto aquel día, quería que lo recordara siempre, porque los recuerdos eran lo más importante cuando se perdía a alguien muy por encima de las pertenencias materiales. Por eso siempre hacía preguntas del tipo "¿De qué color eran los ojos de tu madre?" o "¿Cuál era el color favorito de tu padre?".

-Pero… -Watanuki volvió a centrar su atención en el niño- también me siento feliz. Pronto serán tres años que mis padres murieron, pero serán también tres años que vivo con usted y Mokona… y Maru y Moro. Y eso… –bajó los párpados, avergonzado- me hace feliz.

-¿Por eso te vez tan decaído?

-¿No cree usted que es un sentimiento egoísta? –Preguntó el niño- Debería extrañarlos, yo debería… -agitó la cabeza de un lado a otro con molestia pero se detuvo cuando sintió una mano posarse sobre su hombro.

-Siendo así –dijo Watanuki-, me atrevería a decir que es bastante normal. Y te aseguro Eriol, que habrá sin duda más ocasiones en las que no solo tengas dos sentimientos dentro de ti, sino muchos más. No se puede solo ser feliz, o desdichado por completo. Los humanos albergan muchos y variados sentimientos en su interior. Lo que pasa, es que hay momentos en que uno se siente más que el otro.

Eriol asintió, escuchar a Watanuki era fácil, las palabras que Watanuki dijera siempre serían palabras comprensibles para Eriol.

-Hay otra cosa –murmuró el de ambos ojos azules- mañana es el aniversario de otra cosa más.

Watanuki callaba y lo miraba expectante.

-Mañana es… mañana es mi cumpleaños.

Los desiguales ojos de Kimihiro se abrieron otro poco debido a la sorpresa.

Además de saber su nombre, ahora también conocía su cumpleaños. Hasta ahora nunca se lo había preguntado, el cumpleaños era algo importante, al menos en este negocio, y sin embargo, ahora entendía mejor por qué Eriol tampoco lo había mencionado nunca antes, pese a que a los niños les encantaba celebrar dicho evento.

-Entonces mañana será un día importante –dijo finalmente el propietario de la tienda y sintió como Eriol se encogía en su lugar.

o-o-o-o-o-o-o-o

Cuando abrió los ojos y vio el mundo a través de una bruma borrosa pero a la vez brillante, supo que la noche se había esfumado y que la mañana tenía tiempo de haber llegado. Se dio la vuelta y se cubrió con la sábana hasta la cabeza.

No quería levantarse, no quería tener que pasar este día, entonces pensó, que si se quedaba más tiempo en cama, eso equivaldría a unas cuantas horas menos de aquella horrible fecha.

Ya decidido esto, apretó los ojos en la oscuridad que las sábanas le regalaban e intentó dormir. Pero no tenía sueño, así que solo se quedó muy quieto, tal vez si aparentaba estar dormido, en algún momento llegaría a estarlo de verdad.

El plan iba viento en popa, solo que hubo un pequeño factor que el pequeño Hiragizawa había olvidado.

Los constantes brincos de Mokona sobre el colchón.

La cabeza le rebotaba una y otra vez sobre la almohada y Mokona no dejaba de saltar. No pudo seguir por mucho tiempo de esta forma así que se enderezó con rapidez.

-¿Qué sucede Mokona? –Preguntó algo molesto- quiero dormir otro poco.

Y se dejó caer al mismo tiempo que volvía a cubrirse otra vez la cara con la sábana.

-¡Inaceptable! –gritó Mokona y le quitó la sabana de encima.

-¡Oye!, ¡¿Qué estás haciendo? Por estas fechas todavía hace frío por las mañanas.

-Si Eriol no se levanta ahora, no podrá comer el desayuno que Watanuki preparó –canturreó empezando a saltar de nuevo sobre el colchón.

Eriol dio un suspiro, alargó la mano a la mesa de noche en donde dejaba sus anteojos y se los puso, para después apoyarse sobre el codo y así ver mejor como Mokona seguía saltando y con esa eterna sonrisa suya.

-¿Sabes Mokona? Me gustaría mucho ser tan feliz como tú lo eres siempre.

La bola negra se detuvo en su brincoteo.

-El desayuno –repitió sin hacer mención del último comentario del niño.

-Claro, claro –puso los pies sobre el piso y se levantó- en un minuto estaré ahí, ahora debo cambiarme.

Mokona lo observaba, evaluando si eran ciertas sus palabras o si solo se trataba de una treta para que lo dejara de nuevo a solas en su habitación.

-¿Qué sucede? –preguntó Eriol, al ver que Mokona no se movía de su lugar.

-Nada.

Pero los temores de Mokona no habían tenido fundamentos, pues al poco tiempo Eriol estaba listo para el desayuno. Watanuki apareció con una bandeja en las manos y la colocó en el centro de la mesa.

-Beacon y huevos -murmuró el niño y levantó la vista hacia un indiferente Watanuki.

-Creí que sería bueno cambiar un poco el menú –respondió el hombre a la pregunta en los ojos del niño.

-Solía desayunar esto casi a diario –dijo Eriol y entonces sonrió.

Pero esa no era la sonrisa que Kimihiro conocía, era una muy distinta, como si ésta fuera la verdadera sonrisa del niño y todas las que había visto a lo largo de estos tres años se trataran tan solo de copias baratas de la original.

Mientras Watanuki cavilaba en los secretos de su pequeño huésped, Eriol se relajaba, pues el día no era tan malo como él había creído que sería, además del desayuno ingerido con tenedor y no con palillos, como ya se había acostumbrado, Watanuki no tuvo ningún cliente y se pasó toda la mañana con él.

Mokona también estaba con ellos y fue cuando la bola negra terminó de cantar una extraña canción que trataba de arroz y tofu, que Kimihiro cambió su expresión relajada por una más seria, incluso hasta se podría decir, misteriosa.

Eriol lo notó. Eriol siempre lo notaba. Cuando Watanuki cambiaba su actitud, cuando estaba preocupado, cuando le era indiferente lo que tenía delante, cuando estaba feliz, cuando trataba de hacer sentir bien a un niño en su cumpleaños, aparentando que nada de eso era planeado y solo se trataban de coincidencias…

-Ya lo he decidió- dijo el dueño de la tienda de improviso-, te daré un obsequio.

Eriol abrió los ojos con alarma.

-No es necesario, no le dije que era mi cumpleaños para recibir algo. En serio, no tiene por qué hacerlo.

-Dije que ya lo decidí –repitió Kimihiro con el ceño un tanto arrugado- ahora ven, sígueme.

Aquello hizo callar a Eriol, siguió a Watanuki en completo silencio por el jardín delantero hasta llegar a la parte trasera, donde un viejo pozo atraía la atención de quien pusiera un pie en el lugar, pero Watanuki lo pasó de largo hasta que se detuvo en el centro del patio.

Entonces Eriol vio algo que lo maravilló.

Ya muchas otras veces el niño había tenido la oportunidad de ver a Watanuki conceder todo tipo de deseos. Lo veía recostarse y entrar a lo que Mokona le dijo una vez era el mundo de los sueños. También lo había visto utilizar su magia para la creación de protectores, o en su defecto, eliminar maldiciones, pero esas y otras muchas cosas quedaban pequeñas en comparación con lo que sucedió ese día.

Lo primero que llamó su atención fue un cosquilleo en la yema de los dedos, lo segundo fue una luz azul tan brillante que lo obligó a entrecerrar los ojos, pero aún así fue capaz de ver perfectamente como las alargadas mangas de Watanuki oscilaban de un lado a otro empujadas por lo que parecía un viento inexistente, pues donde el niño se encontraba parado, ni una ligera brisa le movía un solo cabello.

Entonces Kimihiro levantó una mano mostrando la palma de frente y un circulo de la altura del mismo Watanuki se formó delante suyo. Eriol dio un paso al frente, indeciso pero al mismo tiempo curioso, y se asomó para ver mejor lo que había en el centro del circulo, o mejor dicho, dentro de él.

A primera vista distinguió lo que parecía un fango purpura que se revolvía de un lado a otro, pero al dar otro paso más, esa imagen desapareció en un parpadeo y vio con perfecta claridad otro jardín.

-Eso es…

-Es mi regalo –dijo el de los ojos desiguales- tienes hasta el anochecer para volver.

Eriol lo miró asombrado, pero al minuto siguiente asintió y se apresuró a cruzar la puerta dimensional. Lo último que Watanuki vio de Eriol fue su espalda y una maraña de cabellos azules, el portal se cerró detrás suyo y Watanuki se sentó allí mismo, cruzado de piernas.

Mokona llegó de pronto y se sentó a su lado.

-Oh, aquí estabas –comentó con tranquilidad el soñador.

-¿A dónde lo enviaste? –preguntó Mokona.

-De vuelta a su hogar –desvió la mirada hacia el cielo, tomó aire lenta y profundamente -¿sabes? Me agradaría mucho fumar un poco –bajó la mirada y sonrió de lado-. ¿Te importaría…?

Mokona torció la boca.

-¿Quieres que lo traiga?

Watanuki sonrió más abiertamente.

-Si querías fumar, debiste pensarlo desde antes y traerlo tú mismo.

El soñador juntó las cejas y suspiró al mismo tiempo que apoyaba el codo sobre su rodilla y el mentó en su mano extendida.

-Bien, bien. No lo traigas entonces.

o-o-o-o-o-o-o-o-o

Al poner ambos pies de nuevo en su mundo, Eriol sintió humedad en los tobillos. Echó una mirada a su alrededor y vio que el césped estaba muy crecido y que hacía poco había caído una ligera lluvia, pues todo estaba coronado por una capa de pequeñas gotas aunque sin formar charcos propiamente dichos. El niño respiró el aire húmedo y un poco frío, levantó los ojos al cielo que todavía se mantenía nublado y sonrió.

Estaba de vuelta, estaba en casa.

Comenzó a reír apresurándose hacia la puerta trasera, pues había llegado precisamente al lugar en el jardín donde escuchó a Watanuki por primera vez, el lugar donde corrió a esconderse, a refugiarse de las personas que lo rodearon aquella vez…

Sus pasos se fueron haciendo cada vez más lentos hasta que se detuvieron por completo.

Alzó la mirada hacia la gran mansión y vio todas las ventanas cerradas y las cortinas corridas, porque en esa casa no había nadie, era un cascarón vacío.

-¿Y qué esperabas encontrar, Eriol? –se reprimió con enfado- ¿A tus padres esperándote?

Apretó los dientes con fuerza pero siguió caminando hacia la puerta. Cuando la intentó abrir confirmó que estaba cerrada con llave, pero eso ya no era problema para él. Cerró los ojos y murmuró unas palabras entre dientes, volvió a empujar la puerta y ésta cedió con facilidad.

Al entrar se encontró con la escena típica de las grandes casas abandonadas. Salones amplios y oscuros, paredes llenas de polvo y telarañas, muebles dispersados por aquí y por allá cubiertos por largas sábanas que alguna vez fueron blancas.

Gritó el nombre de su padre y escuchó como el eco rebotaba por las paredes. Sonrió. Era justo a como lo recordaba.

Siguió avanzando por los salones uno a uno, recordando pequeños fragmentos de su vida que creía haber olvidado. Por ejemplo, descubrió la mesa en la que uno de los jarrones favoritos de su madre se encontraba y el cual había dejado caer "accidentalmente". Sonrió al recordar el severo regaño que la señora Hiragizawa le había dado.

Subió las escaleras y se dirigió sin escala a la habitación de sus padres. La encontró igual que todos los demás lugares en la casa: sucia, oscura y fría. Sin embargo, Eriol sintió un calor reconfortante en el corazón al momento de entrar. Podía imaginarse con facilidad la habitación llena de muebles, alfombrada, limpia, con las figurillas que a su madre le gustaba coleccionar acomodadas en los lugares más asombrosos y los sacos y corbatas de su padre tirados de manera descuidada.

¡Cuántas veces no se había escabullido desde su habitación hasta aquí cada que tenía un mal sueño o sentía el más ligero malestar!

Se quedó varios minutos llenándose de sus recuerdos más dulces hasta que los pies le dolieron, con un último adiós, la reencarnación de Clow dio la vuelta y se dirigió a su siguiente parada, su propia habitación. Cuando entró se encontró con un lugar mas pequeño del que recordaba, tal vez se debía a que ya con ocho años, su cama ya no le parecía tan grande como fue cuando tenía cinco.

Apenas y se adentró otro par de pasos a la habitación, descubrió varias hojas de papeles tiradas por el suelo. Recogió una de ellas y se encontró con un dibujo de su autoría. Juntó las cejas y ladeó la cabeza un poco, pero aún así no le veía sentido a aquellas líneas. Recogió otra más, pero esta vez sí distinguió bien de que trataba el dibujo.

-Un ángel y un león –se dijo, y entonces recordó que el dibujo lo había hecho la ultima mañana que despertó en su cama, después de haber tenido un sueño bastante curioso-. Yo soñé… que volaba con un ángel y un león.

De pronto todo dio vueltas y un montón de imágenes comenzaron a taladrarle la cabeza, se dejó caer de rodillas llevándose las manos a la cabeza y se la apretó con fuerza.

Ahí no estaba Watanuki para hacerlo dormir. Ahí no había nadie. Así que todavía con la cabeza entre las manos, Eriol se echó en el suelo en posición fetal, esperando a que todo pasara. Esperando a que la información dejara de llegar…

Una hora después, el niño se encontraba sentado, lleno de polvo y completamente empapado en sudor. Temblaba y los dientes le castañeaban, aquel episodio no se había parecido para nada a un sueño, había sido como si lo que sus ojos veían en el presente se superpusieran con las imágenes de su vida pasada. Y pensó en lo que sería de él sin Watanuki, porque ahora se daba cuenta que hacía mucho más que solo ponerlo a dormir.

Volvió a tomar el dibujo que en algún momento había soltado sin darse cuenta y con el índice delineó el contorno de las figuras en el papel.

-Kerberos –murmuró y su voz le sonó extraña en su boca-, Yue, las Cartas… ¿Dónde? ¿Dónde están?

Finalmente los había recordado.

Recordó que él los había creado, con su propia energía les había dado la vida, ellos dependían completamente de él. Y ahora no sabía donde se encontraban, no lo recordaba. ¿Les habría pasado algo malo? ¿Estarían solos en algún lugar esperando por él? Dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo. Cuando salió por la puerta principal de la casa, se talló el ojo derecho con el puño y miró hacia el cielo todavía nublado.

Estaba lloviendo, aunque el agua no cayera precisamente del cielo.

o-o-o-o-o-o-o-o-o

Una bocanada de humo salió por su boca sonriente, y es que con Eriol tan cerca siempre, para Watanuki era algo difícil darse alguna que otra escapada para fumar un poco. Dejó salir otra exhalación lenta y gustosa para luego desviar su mirada hacia abajo, donde algo moviéndose llamó su atención.

Era Mokona, estaba echado sobre el césped y rodaba de un lado a otro, era evidente que se aburría.

-Sabes que puedes irte –dijo por enésima vez el propietario y Mokona dejó de rodar por un momento.

-Me quedaré por si quieres alguna otra cosa.

Watanuki sonrió al escuchar aquella solícita respuesta, pues efectivamente Mokona había accedido a traerle el kiseru. Claro que solo lo hizo después de negociar un par de botellas y la promesa de cocinar lo que quisiera al día siguiente.

-No creo necesitar nada más, así que no te preocupes por mí.

Mokona se levantó sobre sus patas.

-¿Te quedarás aquí hasta que se cumpla el plazo? –Watanuki asintió dando otra calada- ¿es porque quieres hacerlo o porque debes hacerlo?

-No tengo nada más que hacer.

Eso no respondió para nada a la pregunta de Mokona.

-Cuando te vi abrir el túnel, por un momento creí que irías con él.

-Por un momento, pensé en hacerlo.

-¡Pero hace tanto tiempo que no sales de esta tienda! Se supone que… tu deseo…

Watanuki negó con la cabeza lentamente y formó una sonrisa ladeada.

-Creo que estás algo confundido –una calda más, otra exhalación-. Yuuko permaneció en esta tienda concediendo los deseos de las personas, imposibilitada a nunca dar nada sin poner antes un precio, eso fue porque ella así lo decidió. Ese fue su precio. Pero yo ahora soy distinto, en un principio me convertí en dueño de esta tienda, al igual que ella, para pagar un precio, "volver a verla". Eso es lo que yo quería.

Mokona asintió. Él estaba al tanto de cierto sueño que Watanuki había tenido con la alguna vez llamada Bruja de las Dimensiones y también sabía acerca del mensaje de la bruja. Ella había abierto la puerta de una jaula, en la cual un pájaro se encontraba encerrado. Ése mismo pájaro al verse libre emprendió el vuelo. Lejos de su encierro.

Cuando Mokona escuchó el relato la primera vez, supo que ese pájaro era Watanuki y se entristeció al saber que se marcharía de la tienda. Pero no lo hizo, se quedó allí y siguió con el negocio. Por eso mismo fue que Mokona se quedó con la idea de que Watanuki seguiría atado, concediendo deseos al igual que Yuuko sin poder dar nada a excepción de cobrar después algún adeudo. Después de todo, en todo ese tiempo, jamás lo había visto hacer lo contrario, Watanuki siempre cobrara por el más mínimo de sus servicios y por eso ahora le parecía bastante raro que de un día para otro el nuevo dueño decidiera hacer un obsequio de cumpleaños, ¡y qué clase de obsequio!

-Pero ya no más –continuó Kimihiro y Mokona regresó de su ensoñación-, yo ya no estoy obligado a conceder deseos. Lo hago porque así lo quiero y si se me da la gana, hasta podría enviar a Eriol cada mes de vuelta a su hogar.

-¿Entonces por qué no lo haces? ¿Por qué no haces todas esas cosas sin exigirle después un pago? –Pregunta Mokona confundido- Te he visto hacerlo, Eriol no puede pedirte nada sin pensar antes en las consecuencias.

-¡Exactamente! –Exclamó Watanuki casi con euforia-. Eriol sigue recuperando cada vez más recuerdos y por lo tanto también es cada vez más consciente de su propio poder. Pero aun así, sigue siendo un niño y con todo ese poder es posible que haga cosas de las que después pueda arrepentirse. ¿No te parece lógico de esta manera que quiera enseñarle a pensar antes en las consecuencias de sus actos? ¿De sus deseos?

Le dio otra calada al tabaco.

-Intentaré enseñarle lo que pueda, pero habrá cosas que tendrá que aprender solo.

o-o-o-o-o-o-o-o-o

Caminaba por las calles de Inglaterra aparentemente abstraído, pensando en dónde podría estar el libro con las cartas y los guardianes ¿en China, con la familia de su anterior madre? ¿O aquí en Inglaterra con la familia de su anterior padre? Era difícil llegar a una conclusión, sabía que la manera más confiable de conocer su paradero sería esperar a que el recuerdo regresara, pero no sabía cuándo sería ese momento y las cartas podrían empezar a perder su magia.

Cansado y fastidiado, siguió caminando por su viejo y querido país natal, tratando de recordar por su cuenta y llegando a la conclusión que todo intento era en vano. Se detuvo en el cruce de una calle frente a un semáforo, pero cuando éste cambió a verde, Eriol siguió sin atravesar. Así cambió la luz otro par de veces, hasta que repentinamente unos pasos vacilantes se acercaron desde atrás y se detuvieron a su lado.

-¿No puedes cruzar la calle? –preguntó una voz de mujer con un acento conocido para Eriol, quien negó con la cabeza y sonrió.

-Para nada –respondió- solo me pareció un buen lugar para esperarla.

La mujer pareció sorprenderse un tanto con la respuesta.

-¿A mí?

-A usted –reafirmó, todavía con la misma sonrisa, levantó la mirada y la observó-. Me preguntaba por qué estaba siguiéndome.

El rostro de la mujer se sorprendió todavía más, si es que podía llegar a ser posible y Eriol aprovechó ese silencio para verla mejor. Tenía el cabello largo y pelirrojo, ojos castaños muy claros y unos muy marcados rasgos orientales.

Definitivamente era japonesa, pues tenía el mismo acento que Watanuki al hablar el inglés.

-Lo siento mucho –dijo ella recuperando el habla-, es solo que yo…

-No se imaginó que me daría cuenta –completó él con expresión animada.

La mujer pareció abochornarse, pero luego sonrió a manera de disculpa.

-Sí, creí que no te darías cuenta –lo miró más detenidamente-. Pero ahora que lo pienso mejor, creo que fue una tontería de mi parte.

Y era cierto, pues a ese niño lo envolvía un energía tan particular que fue muy tonta si creía que él no la había notado a ella primero.

-¿Usted vive aquí en Inglaterra o solo vino de visita?

-Vine a estudiar –sonrió de lado, con picardía-. Lo preguntas por lo mal que hablo el inglés ¿verdad?

-Para nada, usted habla muy bien –hizo una inclinación de respeto- solo la delata un poco su acento.

-Hasta ahora no he visto a nadie aquí hacer eso –dijo refiriéndose a la inclinación.

-He convivido mucho con personas de su cultura señorita, supuse que se sentiría mejor al ver algo familiar. Es duro estar lejos de casa.

Ella sonrió con nostalgia.

-Tienes razón, Pero viajándose conocen nuevas personas y lugares.

-Y también se aprenden muchas cosas –agregó hablando en japonés.

Esta vez la mujer no cabía asombro y su expresión lo gritaba con claridad, pero al momento siguiente, volvió a recuperar la compostura.

-Que envidia, hablas muy bien mi idioma.

-Solo un poco.

-¿Has estado alguna vez en mi país?

El niño pareció meditarlo un poco.

-No, no he estado nunca en su país –y no mentía, pues el Japón en el que Eriol había vivido los últimos tres años no era el mismo del que venía esta joven dama.

-¡Que lastima! –suspiró-. Es un hermoso lugar. Sobre todo la prefectura de donde yo vengo. Se llama Tomoeda.

-¿Tomoeda? –murmuró.

Pero ella no lo escuchó, en cambio dio un paso al frente y se pudo delante de él.

-Me acabo de dar cuenta que no te he dicho mi nombre. Es una descortesía, tomando en cuenta que era yo quien te seguía –le tendió la mano, al mero estilo occidental, mientras componía una sonrisa-. Es Mizuki, Kaho Mizuki. Encantada.

-Kaho de Tomoeda –repitió Eriol, para no olvidarlo. Estiró también la mano hacia ella y ambos se dieron un suave apretón.

Pero inmediatamente la soltó y se llevó las manos a la cabeza por segunda vez en el día.

Todo volvió a dar vueltas, las imágenes una vez más se empalmaron unas con otras y los gritos y suplicas de la joven frente suyo no ayudaban mucho. Los sonidos de sus recuerdos y la voz de la chica empezaron a juntarse, como si dos voces hablaran al mismo tiempo, aunque no se revolvían. Al menos Eriol podía distinguir la diferencia de uno y otro.

-No… no se preocupe –dijo a como pudo, mientras las imágenes seguían llegando-, ya se me pasará.

Y fue cierto. Gracias al cielo, este episodio no resultó tan largo como el de hacía un rato y sin embargo, fue mucho más esclarecedor.

Ahora lo entendía todo. El libro, Japón, el deseo de Clow… no, deseo no, era un mensaje.

Ahora sabía por qué Watanuki había respondido de aquella manera el día que lo conoció, cuando le preguntó si podía ir a donde estaban sus padres. Watanuki había dicho que no, que él tenía algo que hacer primero.

-Y ahora lo se, ya se lo que tengo que hacer.

La mujer llamada Kaho, por su parte, seguía preguntando un sinfín de cosas, ¿qué le había pasado? ¿Se encontraba mejor ahora? ¿Había algo en lo que podía ayudarlo?

Y fue con esta última pregunta que Eriol regresó de su ensoñación.

¿Ayuda? Sí, necesitaría un poco de ayuda.

-Sakura…

Fin del capítulo


¡Aleluya! Finalmente el capítulo 4, parecía que jamás lo terminaría. Y no es por poner excusas por mi retraso amigos, pero este es un capítulo importante y valla que si me dio bastante guerra, tanto en su planeación como también al momento de escribirlo. Sobre todo tuve mucha dificultad con Kaho, que es un personaje que nunca antes he manejado, salvo por un par de líneas en uno de mis anteriores fics.

Y bien, esta vez Eriol tuvo más protagonismo, me gusta pensar que en su mundo es él quien tiene las riendas, pero en la tienda, Watanuki es quien manda. Me agrada saber que hay quien pueda estirarle las orejas al todopoderoso Eriol xD

¿Medio revuelto el capítulo?... Tal vez ¿Y es que no ha sido así todo el fic?

Dudas, comentarios, amenazas para no tardar tanto con el siguiente capítulo… ya saben qué hacer.

Ahora solo me queda desearles unas muy felices lecturas!

Nos estamos leyendo.

PD. Al menos es ganancia que éste capítulo salió casi del doble que los mini-episodios anteriores ¿no? xD