Gracias a la imaginación de Charlaine Harris que nos ha regalado estos personajes con los que jugar. Todos suyos.
4.
Las semanas que llevaba burlando a Eric no habían servido de nada. No se lo había dicho a nadie, ¿a quién?, ¿para qué? Me había mantenido firme, ignorándole todo lo que había podido, escondiéndome por mis caterings y rezando para que la magia funcionara. Y ahora había conseguido burlarla de la manera más tonta, usando la diplomacia. Me reproché el sentimiento de orgullo, mi vikingo era el más astuto, no podía seguir por ahí. Había decidido que estaba enfadada y me recluí lo que quedaba de día en mi despacho. Preston me había preguntado si no me gustaría verle, ¿cómo decirle llevaba semanas haciéndolo? ¿cómo confesarle que había necesitado de todo mi autocontrol y cabezonería para no irme hacia él y saltar a sus brazos. Llevaba una semana huyendo, ¿por qué no podía seguir haciéndolo?
Una y otra vez le daba vueltas a la situación, no sabía con quién estaba más enfadada si con Preston por aceptar o con Eric por ponerme en esa situación. Diez años después, ¿por qué no me dejaba vivir en paz? Ahora tenía una vida, una buena vida, tenía dinero, tenía amigos, tenía gente que dependía de mí y tenía alguien que me amara. Además, ¿cómo coño había conseguido burlar la magia de mi deseo? Llamé al señor C. inmediatamente, seguro que él podía darme una explicación.
_ ¿Te ha encontrado? – se sorprendió-. Bueno, al señor Northman no se le puede llamar sino persistente.
_ ¿Qué quiere decir?
_ Quiero decir que el rey preguntó por ti, en todos los tonos posibles. Los primeros meses, todos los días, luego dejó de hacerlo abruptamente. La magia también actuó en él pero... – hizo una pausa y se paro de repente.
_ ¿Pero...?
_ Pero si bien lo que te mantiene a salvo es un talismán creado por amor, posiblemente pueda ocultarte de todo, pero no de los que te amaron – se paró reconsiderando sus palabras-. No creo que debiera decirte esto, querida...
_ Por favor, no estoy para que me mantenga en las sombras – me quejé-, necesito saber.
_ Digamos que el rey, que se supone que debe ser un hombre escrupulosamente fiel, tiene debilidad por cierto tipo de mujer... – dejó caer.
_ No me ha olvidado... – murmuré para mí con una sonrisa aunque me devoraran los celos pensando en todas las que habrían pasado por sus brazos durante diez largos años.
_ No te dejes llevar por lo romántico que te pueda parecer el gesto – me amonestó-. Acercándose a ti, iniciando algo otra vez contigo, os pondría en peligro a los dos. La reina nunca toleraría que le engañase y menos con la humana que fue su esposa.
_ Pero ella no me recuerda, ¿no?
_ No exactamente, recuerda que Eric estuvo muy unido a una humana, que luchó para conservarla y que casi le cuesta su unión, tiene un recuerdo vago de ti. ¿Si él empieza algo contigo se seguirá manteniendo la ilusión creada a tu alrededor? No lo sé, a estas alturas, deberías saber lo traicioneras que son la mayoría de las hadas, no sé si tiene letra pequeña la magia que te protege y que, en esencia, hace que no sientan el deseo que verte ni de tenerte cerca ni de probarte ni de imponer su voluntad sobre ti, que hace que, ni siquiera, recuerden tu cara. La historia del rey que tuvo una esposa humana sigue circulando por ahí, sentasteis precedente con vuestro vínculo y la unión mediante el cuchillo. La historia del vampiro y la humana con sangre de hada tiene cierto aire de novela. Nadie recuerda quién fue el rey ni quién fue la descendiente real de la que enamoró. Con un poco de suerte, en unos años, parecerá una leyenda urbana – se rió.
_ No sé qué hacer, nos han invitado a una fiesta en su honor, es más, somos los encargados de organizarla. Así que no me puedo escapar por ningún lado, tengo que acudir de todas formas.
_ ¿Tienes que acudir? ¿Estás segura? – su tono condescendiente a veces me ponía de los nervios, esta era una de esas veces-. Quiero decir, Preston podría ir solo y Jason ocuparse del trabajo, ambos podrían aducir que estabas indispuesta...
Mierda, esa era una posibilidad que no se me había ocurrido plantearme, o, siendo sincera conmigo misma, que no había querido plantearme. Secretamente, contaba con ir y ver a Eric otra vez, tenerle enfrente, saludarle y restregarle mi nueva vida, pasearle a mi novio, guapo, alto y encantador por las narices, embutida en algún vestido cuyo diseñador saltara a la vista con sólo mirarlo y que yo me hubiese comprado. Aunque él no supiera nada de lo que estaba haciendo en ese momento, yo lo sabría y eso era lo verdaderamente importante. Por más que me quejara, tenía que admitir que esa era la oportunidad perfecta.
_ Ya sabe que cuando se trata del negocio me gusta controlarlo todo, no sería capaz de quedarme en casa – hice una pausa adivinando la sonrisa indulgente que seguro curvaba sus labios-. Si no tuviese esa excusa, diría también que quiero que me vea, quiero que vea que soy feliz, que he triunfado y que para eso, sólo tenía que alejarme de él y de los suyos.
_ Esa sería una buena excusa si él supiera que una vez fuiste su esposa, reconoce que lo que quieres es verle – se rió con indulgencia-. Ten cuidado con lo que deseas, hija... – añadió con afecto-. Ahora tengo que dejarte, tengo un cliente esperando y debería atenderle. Te llamaré el sábado para que me cuentes qué tal te fue en tu fiesta.
_ Muy bien, Desmond – suspiré-. Gracias por estar ahí siempre.
_ No hay nada que agradecer, mi niña. Te llamo. Y no seas impulsiva... – musitó-, no hagas nada de lo que te tengas que arrepentir – dijo y dio por finalizada la llamada.
Cuando colgué vi que Preston acababa de llegar y hablaba con mi secretaria. Salí y le di un beso, por más enfadada que estuviese con él no había porqué hacerlo público y ser la comidilla de los empleados. Le hice pasar al despacho y dije a Liz que ya se podía ir. Me miró con una sonrisa pícara, alguna vez había vuelto cuando la mandaba a casa y sabía que era lo que Preston y yo hacíamos... Hoy no se iba a dar el caso. Le hice sentarse y, por primera vez desde que me lo dijera por la mañana, le recriminé que no se hubiese negado. Cuando me lo dijo, primero me recuperé del shock, luego me fui a ducharme y a prepararme para ir a trabajar. No quise hablar con él, no hubiese sabido qué decirle. Ya habían pasado las suficientes horas como para que me hubiese serenado. Debería...
_ ¿Y bien? – le increpé-, ¿no tienes nada que decir?
_ Sookie, ¿de verdad crees que yo me ofrecería a llevarte motu propio a ver a tu ex? Me vas a perdonar, pero eso parece un poco tonto. Hablé con el secretario del alcalde y me dijo que había una cena en honor a un pez gordo, que la organizabas tú y que estábamos invitados. No fue hasta más avanzada la conversación y cuando ya había aceptado que me dijo en honor a quién se celebraba la jodida cena.
_ ¿Y no pudiste rehusarte?
_ No, Sookie, sabes que no podíamos negarnos. Además, ¿qué pasa? – se enfadó-, sólo es tu ex, desde hace diez años, nada menos.
_ Lo sé, pero me pone nerviosa lo de verle. Aunque no se acuerde, quiero hacerlo para que vea lo bien que me ha ido sin él, pero por otro lado, me da miedo volver a acabar enredada en su mierda.
_ Eso no va a pasar, ahora eres otra mujer y ya no pueden hacerlo, ¿recuerdas? – me callé y no contesté a eso, porque Eric sí me "recordaba" de alguna manera, porque yo a él también y, aunque no lo dijese en voz alta nunca más, aún le quería-. Venga, ven aquí – ronroneó. Me acercó a él y me sentó en su regazo-. Ahora no va a poder ser porque vamos a estar ocupados un rato – dijo con voz suave y sensual-, pero en cuanto salgamos de esta oficina vamos a ir a comprar el vestido más bonito que haya en todo Chicago y vas a ser la mujer más bella de toda la fiesta, porque objetivamente lo eres y lo serías aunque fueses con un saco de patatas, y porque para mí simplemente lo eres, nunca se me ocurriría pensar que nadie sea más bella que tú. Vamos a ir a esa fiesta y te vas a pasear delante de él de mi mano, vamos a bailar y nos vamos a besuquear mientras, como siempre. Ya no puede tocarte, estás fuera de su alcance. Además, te quiero – se buscó algo en el pantalón, lo abrió y mostró el anillo de compromiso más bonito y elegante que había visto jamás-. No creas que es él quien me hace pedírtelo, lleva en mi bolsillo ocho años, lo compré después de la primera noche que pasamos juntos después de encontrarte. En todos estos años, por distintas circunstancias no te lo he preguntado. Una vez, te lo insinué, para ver qué me decías y me diste un discurso antimatrimonio, así que volví a guardarlo. Ahora te lo doy porque ya es el momento, porque te tiene que quedar claro que siempre te he querido – lo sacó y me lo puso en el dedo, encajaba como un guante-. Dime que te casarás conmigo.
Me quedé mirándole unos segundos pero debieron ser alguno más de la cuenta porque una expresión herida empezó a dibujarse en su rostro.
_ Me pillas por sorpresa – conseguí balbucir antes de que el daño fuese irreparable-. Yo..., Preston..., nunca pensé que te quisieras casar conmigo.
_ ¿Por qué? – se extrañó.
_ Pues ya sabes..., porque no soy..., no soy "como tú".
_ ¿Hombre? – preguntó con la cara más inexpresiva que pudo poner.
_ Por favor... – le dí un golpe juguetón en el pecho y volví los ojos-. Ya me has entendido... – sonrió.
_ ¿Te tengo que recordar que tu abuela no era "como yo"? No sé qué te preocupa. Si lo que quieres es concebir, ya sabes que podemos. Si lo que quieres es no concebir, con todo el dolor de mi corazón, diré que, igualmente, podemos – me cogió la mano y la acarició-. El problema no será un vikingo, alto y vampiro, ¿no? – "sí", me dije.
_ Nooo – respondí con toda la indignación que pude fingir-, demás sabes que no.
_ No, no lo sé, la verdad – suspiró-. Hagamos algo, si somos capaces de superar esta prueba, te casas conmigo, tenemos hijos y todo el lote completo.
_ Vale – no era que aceptara muy rápido, es que algo me decía que...
_ Tienes un trato conmigo, no puedes echarte atrás – me besó y me hizo levantar-. Mejor nos vamos, porque si no vamos a acabar sellando nuestro acuerdo sobre tu escritorio – durante unos segundos nos visualicé y mi sonrisa me delató-. Te voy a tomar la palabra luego más tarde, no te voy a decir donde, espérate cualquier cosa en cualquier sitio... – lamió mi oreja con su promesa.
Salimos y nos fuimos a la galería donde estaban las tiendas que normalmente frecuentaba para mis vestidos de gala. En uno de los recodos estaba uno de nuestros rincones favoritos. Me dí cuenta de que no había comido nada en todo el día, cosa que él ya parecía saber. Así de bien me conocía. Ordenó una tabla de quesos y un vino excelente que el camarero nos sirvió en el patio en el que había una pequeña fuente cuyos surtidores repetían un sonido hipnótico y relajante. Casi dos horas después, me esperaban en la tienda. Miré el reloj y vi que sobrepasaba ampliamente el horario de cierre. Preston no lo hacía mucho, yo no se lo permitía, pero de vez en cuando utilizaba su "encanto" para conseguir lo que quería. Igual que un vampiro, a mí no me podía engatusar, lo usaba fundamentalmente en su trabajo y ocasionalmente, como ahora. Las dependientas me trataron como a una reina mientras me sacaban media tienda y me servían champán francés. Me estaba probando el Chanel cuando Preston apareció detrás mía. Sonrió a la señora que me ayudaba a ponérmelo y ésta desapareció discretamente.
_ Me gusta éste – me sonrió por el espejo.
_ Sí, a mí también – murmuré.
_ ¿Quieres alguno más?
_ ¿Cómo que si quiero alguno más? – la mera insinuación me molestaba.
_ Lo siento, cielo, este vestido lo voy a comprar yo.
_ Ni mucho menos – me indigné-, yo me compro la ropa, ya lo sabes.
_ No – susurró con voz ronca y sensual, pegándose a mi espalda-. Te vas a presentar delante del vampiro con el vestido que yo te compre, porque soy tu hombre, tu hada o lo que quieras llamarme – deslizó una mano por mi brazo hacia mi cadera mientras la otra trazaba mi escote profundo y revelador. Sus ojos nunca dejaron los míos a través del espejo.
No voy a decir que cediera. No se trataba de eso, entendía perfectamente lo que quería. Quería sentirse importante para mí, importante ante Eric, daba igual que nadie supiese quién lo había comprado, lo sabíamos nosotros dos y con ese conocimiento, aceptaba su papel a mi lado, le dejaba proveerme, esto ya lo había vivido con Eric, pero había sido joven y tonta, ahora era una década mayor y entendía mucho más. Aún así, estos hombres y sus egos...
Cuanto más se pegaba a mí, mejor podía apreciar su erección. Su boca besaba mi cuello y sus manos empezaban a hacer de las suyas. Antes de darme cuenta, tenía mis bragas en el bolsillo de su chaqueta y me tenía contra una de las paredes de espejos. Verle empujar dentro de mí desde todos los ángulos, era increíblemente erótico. Mi hada nunca me defraudaba. Ocho años después, seguía sorprendiéndome...
Me volvió loca los siguientes minutos y cumplió con su promesa de tomarme la palabra. Ni que decir tenía que nos llevamos el vestido y los zapato, que lo pagó todo él y que el resto de la noche, hasta que llegamos a casa, fui sin bragas.
Los días pasaron volando, cuando me quise dar cuenta era viernes. Parte de la culpa de que el tiempo volara, la tuvo Preston que se convirtió en el novio perfecto, el amigo perfecto, el amante perfecto. Me tuvo entretenida hasta el último momento, literalmente, llegamos tarde a la fiesta. Pero la inminencia de lo inevitable comenzó a ponerme nerviosa, empecé a pensar que tener que ver a Eric no era tan buena idea. El valet esperaba que saliésemos del coche para aparcarlo cuando volvió a meter la mano en su bolsillo y sacó la cajita de Cartier que yo me había dejado convenientemente olvidada en mi tocador. Cogió el anillo y me pidió la mano. Yo le miraba paralizada.
_ Llévalo, por favor – suplicó-. Por favor...
No supe como negarme, cogió la mano que le tendía y lo deslizó. Me besó los dedos, la parte interior de la muñeca, el hombro y el cuello, no quería estropear mis labios, y con una sonrisa que iluminaba su cara como pocas veces había visto y un te quiero, me cogió de la mano para entrar en la sala, que ya estaba llena y parecía estar esperando nuestra llegada.
Nada más poner un pie dentro me asaltaron mi encargado y una camarera. Preston les detuvo. Esa noche, no. Jason apareció con una sonrisa jurando y perjurando que todo estaba bien y animándonos a divertirnos. Me abrazó.
_ ¿Por qué no me dijiste lo de Eric? – me reprendió dulcemente en un susurro-. Si necesitas ayuda, pídela, yo no leo la mente, sólo soy pantera un par de noches al mes – sonrió-. Tranquila, puedes con esto, además, no me ha parecido que me haya reconocido...
Me dejó con una sonrisa y me volví a mi novio que me tendía una copa de vino. Sí, buena idea, el alcohol iba a ser necesario para sobrevivir a esa noche sin un ataque de nervios. Como ejecutando una coreografía que ninguno de nosotros conocía, nos movimos por el salón evitando a los vampiros. Nos duró una hora. Hacia el final de esa hora, Preston me cogió de la mano y me llevó a bailar. Durante unos minutos nos movimos al ritmo de una versión de un éxito de los ochenta que no acababa de localizar en mi memoria. Mi novio me apretaba contra él y depositaba pequeños besos entre mi hombro y mi sien. Había conseguido relajarme porque no había visto al homenajeado de esa fiesta. Una hora, ¿qué probabilidades había de rehuirle eternamente? Ningunas. Apoyado en una columna al borde de la pista de baile, sobresalía la hermosa cabeza del que una vez fuese mi vikingo. Sus ojos me seguían por la pista de baile con una mirada anhelante y de añoranza. ¿Se acordaba? ¿Se recordaba bailando conmigo en Rodhes? ¿Quizá en Fangtasia? No estaba preparada para él, para mí seguía siendo el más guapo que había visto jamás. El esmoquin le quedaba como un guante y comenzó a acercarse. El corazón se me paró primero para después desbocarse.
No, definitivamente, no estaba preparada.
