Jolly ya llevaba más de dos horas cabalgando. Aquel tiempo para un animal de su constitución equivalían al doble de un caballo sano. Su trote se había vuelto más irregular, su crin canosa apelmazada por el sudor. Sin embargo, él jamás pararía mientras que Bella no dijese lo contrario.

Por suerte para el animal, Bella consideró que ya estaban lo bastante lejos de la granja y de la Guardia Real como para descansar un rato. Finalmente, bestia y jinete se hicieron a un lado de la carretera. Bella se dejó caer sobre una gran y fría roca que le sirvió de asiento. Le dolían los muslos y la espalda de tanto cabalgar.

Bella se envolvió bien en su capa para protegerse del frío. Intentó medir la temperatura del ambiente a través del vaho que exhalaba. Una gruesa capa de nieve seguía flanqueando el Camino Real. El sol todavía no tenía la suficiente fuerza para despejarlo del todo.

Jolly intentó beber agua de un charco cercano, pero lo único con lo que se encontró su lengua fue una gruesa capa de hielo. El caballo relinchó y piafo en señal de protesta. Bella se levantó de su roca, se acercó a su montura y con un par de contundentes patadas logró abrir un agujero en el hielo.

–Bebe despacio, está muy fría.

El caballo agitó la cabeza como si entendiese. Su larga y rosada lengua bebió del charco hasta dejarlo prácticamente vacío. Después se arrimó a Bella y pasó la cabeza por encima de su hombro para que le acariciase la frente.

Bella tenía la mirada abstraída en el camino que acababan de dejar atrás, alejándose cada vez más de la única vida que había conocido. Aquella renovada esperanza de poder abrazar de nuevo a su padre era lo único que se interponía entre ella y la desesperación más absoluta. ¿Pero qué peligros encontraría en Darthmoor? Lo único que hacían las palabras del señor Yvert cada vez que las recordaba era ponerle los pelos de punta. Además, peligros a parte, ¿Por dónde empezar a buscar?

El valor de Bella se iba marchitando duda tras duda. Y no eran pocas.

–¿Deberíamos volver? –preguntó a Jolly.

Y es que Jolly no era sólo un caballo, sino también su mejor amigo, su confidente e incluso en ocasiones como aquella, su consejero.

–Por lo menos si voy a la cárcel tendré un lugar donde comer y dormir.

El caballo relinchó moviendo la cabeza de izquierda a derecha.

–Tienes razón, probablemente me colgarían con tal de ahorrarse una boca que alimentar –coincidió Bella con el discurso imaginario de su amigo equino–. Además, es posible que mi padre siga vivo en ese pueblo de mala muerte.

Esta vez Jolly relinchó más alegremente, sacudiendo la cabeza de arriba abajo.

–Pero puede que si vamos a Darthmoor seamos nosotros los que no salgamos con vida.

El caballo le golpeo suavemente el hombro con el carrillo derecho. Dio unos pasitos cortos y, encarando el Camino Real, indicó a Bella con la cabeza que saltase sobre su lomo.

–¡Tienes razón! No sacaremos nada de quedarnos aquí lamentándonos. ¡Hay que actuar!

Bella aprovechó aquella renovada dosis de valentía para subir ágilmente sobre su montura y emprender el rumbo hacia los confines del Reino.

Jinete y animal cabalgaron al galope durante varias horas. El pálido sol que seguía su camino hacia poniente era el único testigo de aquel viaje. Bella ya había abandonado los últimos núcleos de población y sólo veía campos de intensos tonos verdes, regados por las últimas nieves fundidas allá donde dirigiese su vista.

Poco a poco el camino se fue haciendo cada vez más empinado, marcando el inicio de la meseta oeste que actuaba como puesto fronterizo del Reino. Una vez cruzada la meseta encontraría el paso de Fairville. Pero el sol ya se estaba poniendo y el atardecer daría paso en unos pocos minutos a la noche.

Bella decidió que era poco sensato cabalgar sin ninguna luz, por lo que se apartó del camino hacia una frondosa zona cubierta de árboles y vegetación. Logró encontrar un pequeño escondite para Jolly entre un grupo de arbustos. Luego, de entre todos los árboles que la rodeaban, seleccionó el roble más robusto. Se encaramó a él con una agilidad felina y eligió la rama más fuerte como cama para aquella noche.

Bella se envolvió en su capa de viaje y se echó la capucha sobre la cabeza. Su estomago rugió, hambriento, como si amenazase con devorarse a sí mismo si no recibía lo que necesitaba. Bella entrelazó las manos sobre su estómago en un esfuerzo inútil por calmar aquellos ruidos sordos.

La cortina de hojas que confeccionaban las ramas producía un sosegado ruido al ser mecida por el viento. Las emociones de aquel día y el enorme esfuerzo físico que Bella tuvo que realizar bastaron para hacerle entrar en un profundo sueño.

Ella no tenía miedo del bosque, del ulular de los búhos, de los jabalíes que salían a cazar de noche. Estaba a una altura lo bastante segura como para defenderse de aquellos peligros. Los libros le habían enseñado cómo evitar los mayores riesgos, y que los fantasmas de la noche sólo existían en páginas de papel.

Además, el bosque no había emitido una orden de búsqueda y captura.

Los primeros rayos de sol se filtraron a través de las hojas despertando a Bella. Tenía un dolor de espalda tan grande que parecía que Jolly hubiese bailado sobre ella, pero tuvo la fuerza suficiente como para bajar de un par de saltos. Su caballo la recibió entre relinchos de alegría y pequeños botes.

Los arbustos circundantes resultaron ser una buena fuente para un desayuno a base de bayas que compartió con Jolly. Su sabor no era exquisito, pero aguantaría con ellas hasta que encontrase algo más comestible. Luego bebieron agua de un pequeño arroyo. Bella se reprendió a sí misma por no haberse llevado ninguna cantimplora, pero cuando te persigue la Guardia Real no hay tiempo ni para los más mínimos preparativos.

Bella volvió a emprender de nuevo el viaje. Jolly trotaba con el mismo brío con el que había trotado en su juventud, cosa que las piernas de Bella agradecieron. El bosque cada vez se volvía menos frondoso, revelando un camino más definido rodeado de áridos paisajes rocosos. Los cascos del caballo resonaban cada vez más contra las rocas que pulverizaban.

Finalmente Bella alcanzó la cima de la meseta, un pequeño y elevado promontorio desde donde se podía abarcar toda la extensión del Reino con los brazos. La joven evocó con tristeza cada uno de los recuerdos que le sobrevenían al ver tantos lugares familiares a la vez: la plaza del Pueblo, donde estaba situada la librería del señor Gardiner; la vieja casa de su amiga Cenicienta, con quien había perfeccionado el arte de la esgrima y la equitación; la granja del señor Yvert al este, en los campos; y dominando toda la escena el Palacio Real, un majestuoso edificio de agujas de marfil que se elevaban hasta el cielo. Un símbolo de lo alto que podía llegar la corrupción.

–Puede que sea la última vez que veamos nuestro hogar, Jolly.

Y partieron hacia el paso de Fairville dejando atrás el Reino para siempre.

La cima de la meseta era un lugar fresco orientado hacia el norte, por lo que cada vez que soplaba el viento los árboles sacudían gotas de rocío sobre Bella. Mientras que la joven se protegía de aquellas gotas heladas con la capa, Jolly agradeció aquel ligero refresco.

Bella cabalgó al paso durante una media hora hasta que encontró un largo poste con un letrero que indicaba la frontera entre Fairville y el Reino. Todavía seguían patentes los destrozos causados por los desprendimientos: la tierra estaba revuelta y marcada por numerosos surcos, un gran número de piedras y troncos podridos se adoquinaban a un lado y otro dejando tan sólo un pequeño hueco para cruzar.

Bella se detuvo, recordando las palabras del señor Yvert: el camino hacia Darthmoor se encuentra al lado de la frontera de Fairville, pero sólo aquellos realmente desesperados son capaces de verlo.

–Bueno, no hay nadie más desesperada que yo ahora mismo –se dijo.

El poste fronterizo no indicaba ningún desvío, ni había ningún giro visible, tan sólo el camino que rodeaba los acantilados a su derecha. Un camino que no era viable. Entonces reparó en que a unos pocos metros a su izquierda la tierra cambiaba ligeramente de color, volviéndose más oscura y terrosa que el suelo húmedo y blando por el que habían llegado.

Bella introdujo las manos entre los dos matorrales que bloqueaban el camino y los apartó ligeramente. La joven distinguió una disimulada rampa alfombrada por un manto de hojas en descomposición y ramas retorcidas que se adentraba en las entrañas de la meseta. No tuvo ninguna duda de que aquello debía ser el camino hacia Darthmoor. Y debido a sus características sólo podía tomar una decisión.

–Lo siento, Jolly, pero tenemos que decirnos adiós aquí.

El caballo sacudió violentamente la cabeza.

–Ese camino es imposible para ti, podrías romperte una pata.

Aún así el caballo se mantenía firme en su decisión de acompañar a Bella.

–No me discutas, Jolly. –dijo Bella con firmeza.

El caballo agachó la cabeza y las orejas.

–Lo siento mucho, amigo mío –repuso Bella con un tono más dulce–. Voy a echarte mucho de menos.

Bella se abrazó al cuello del animal, llorando y lamentándose como si se despidiese de otro pariente más al que jamás fuese a ver. Jolly arqueó ligeramente el cuello en un amago de abrazo.

–Vuelve al Reino. Te irás a vivir con el señor Yvert, seguro que le vendrá bien un animal tan bueno como tú. Él y su mujer te cuidarán muy bien. Vete amigo, vete ya.

La joven acarició la crin de su caballo por última vez y le dio una palmada en los cuartos para incitarle a ponerse en marcha. Jolly caminó unos pocos pasos. Se detuvo y miró a Bella con esa expresión que a veces hacía dudar a la joven de si estaba ante un caballo o un ser humano. Bella movió la mano en el aire a modo de despedida y Jolly obedeciendo los últimos deseos de su dueña, se marchó.

Sin perder más segundos en sentimentalismos, ya que un simple minuto podía suponer la diferencia entre encontrar a su padre vivo o muerto, Bella se subió ligeramente la falda del vestido para no tropezar durante el descenso y se adentró en el camino oculto.

Descender aquella cuesta fue una tarea que le llevó más tiempo y esfuerzo de lo esperado. El camino no sólo estaba salpicado de retorcidas ramas que podrían ser un peligro potencial para los tobillos de Bella, sino también de piedras afiladas como cuchillas que aguardaban silenciosas, ocultas bajo un manto de hojas podridas.

Cuando el suelo volvió a allanarse de nuevo tras cinco arduos minutos de descenso, Bella sentía sus pies arder. Se reclinó un momento sobre los restos de lo que había sido un gran árbol y se quitó los zapatos; tenía los dedos y los tobillos hinchados, y aquellas partes que no estaban hinchadas lucían feos cortes. Pero la chica sabía que cuanto más tiempo descansase más le costaría recuperar el ritmo.

El cielo se había tornado de un color gris lechoso, carente de sol. A cada paso que daba Bella se sentía cada vez más desorientada. No sabía en qué dirección andaba, ni en qué punto de la meseta debía encontrarse, como si la realidad se hubiese distorsionado tras adentrarse entre aquellos arbustos.

Su vista se tornaba cada vez más borrosa, pero al cabo de unos segundos se dio cuenta de que no era debido a una ceguera repentina, sino a una fina neblina que cada vez se iba volviendo más densa. El bosque se había sumido de repente en un macabro silencio; ni el viento hacía ruido al mecer las hojas, pero sí arrastraba un hedor que sacudió el olfato de Bella. Se tapó la nariz con la mano en un intento de ahuyentar el hedor. Respirar por la boca sólo hizo que le diesen arcadas, a lo que se sumó un ruido viscoso y líquido que producía al andar y que no ayudaba en nada a calmar sus nervios.

Cada vez deseaba más que su padre no hubiese tomado aquel camino, y sin embargo también deseaba que lo hubiese superado o habría hallado la muerte de todas maneras.

A través de la densa niebla Bella distinguió una masa oscura e inmóvil que iba ganando en volumen a medida que la joven se aproximaba a ella. La niebla se dispersó como un telón que se abre para dar paso a los actores. Y en medio de aquel sombrío cenagal que servía a modo de escenario se alzó el actor principal: Darthmoor.

Bella no suspiró como el cansado viajero que por fin alcanza su destino, sino que su primer impulso fue el de retroceder. Más que un pueblo, Darthmoor parecía un poblado de los tiempos primitivos. Una empalizada de quince metros de altura rodeaba todo Darthmoor, pero la mayoría de sus tablones estaban podridos y carcomidos. Una torre de vigía igual de endeble se alzaba al lado de las puertas, pero sin ningún vigilante que pudiese alertar de su llegada.

La joven hizo de tripas corazón y tiró de una maltrecha puerta que cedió al instante. El interior de Darthmoor era aún menos alentador. La niebla que conseguía atravesar la empalizada cubría un laberinto de calles asfaltadas torpemente con guijarros. La mayoría de las casas eran bajas, de tejados a dos aguas, hechas de madera y adobe. Tan frágiles que podrían derrumbarse con solamente soplarlas.

Pero si el poblado de por sí ya resultaba lúgubre, sus gentes lo resultaban del doble. Desde los más ancianos hasta los niños se arrastraban como almas en pena, encorvados, murmurando entre dientes.

–Dios mío... –susurró Bella.

Aquel susurro la delató, pues los transeúntes que deambulaban cerca de las puertas del pueblo se aturaron a la vez. Levantaron sus perezosos cuellos y miraron a Bella con una mezcla de indiferencia y maldad.

Bella no pudo sostener la mirada por mucho tiempo, pues el retrato que configuraba aquel grupo de curiosos era demasiado siniestro: Un anciano de prominente mentón, dentadura picada y cabello ralo la miraba con lascivia; una mujer de ojos lechosos la miraba sin ver, tenía la cara llena de unas feas manchas púrpuras y las manos llenas de pústulas; un niño famélico la observaba con el cuello ladeado, como si la recién llegada le resultase exótica.

A punto estuvo de tropezar con la capa cuando escapó de aquella multitud. Tenía la impresión de que si perdía la concentración ni que fuese un instante aquella tierra la engulliría para siempre. Bella torció por un sombrío callejón, estrecho y mal oliente. Cuando quiso salir de nuevo a la calle principal se dio cuenta de que se había metido de nuevo en otro neblinoso callejón. Lo que Bella no sabía es que Darthmoor sólo respetaba una regla urbanística: la plaza central era el punto de donde partían las dos únicas calles principales; una que dividía Darthmoor de norte a sur y otra de este a oeste. El resto de casas estaban ubicadas allá donde sus dueños quisieran construirlas, conformando a veces una infranqueable red de caminos estrechos y callejones sin salida.

Un sudor frio recorrió la frente de Bella, el cabello pegado a su cara debido a la humedad. Un cuchillo podría volar en su dirección en cualquier momento y ella ni lo vería venir. Entonces un olor rancio impregnó el aire. Aunque era bastante desagradable, Bella pudo distinguir ciertas notas familiares, el olor de la manzana caramelizada. Aquella esencia tan bien camuflada no llamó la atención únicamente de Bella, sino también de un par de ratitas que salieron de su escondrijo y corrían con pasitos graciosos siguiendo su olfato. Bella llegó a la conclusión de que no tenía nada que perder y las siguió.

Los pequeños roedores conocían bien el camino. Giraban y avanzaban con decisión entre la maraña de callejones, familiarizados con sus sucios atajos. Finalmente, Bella llegó a la plaza de Darthmoor; tan decadente como el resto del pueblo. Un grupo de tenderetes ocupaban media circunferencia de la plaza. Bella siguió con la mirada a las ratas, que se introdujeron por un agujero del primer puesto. Una figura encapuchada zambullía manzanas de aspecto no muy saludable en un humeante caldero. Al sacarlas salían recubiertas de un líquido oscuro y viscoso que le quitó a Bella el apetito para todo el día.

El tenderete contiguo exhibía una rara colección de rocas que Bella no había visto jamás. También contenía tarros con diferentes polvos, ungüentos y una exagerada cantidad de cirios negros.

Pero fue el tercer tenderete el que llamó su atención. Éste pertenecía a un hombre de edad indeterminada que parecía dormitar mientras fumaba en su pipa. El mostrador lucía toda clase de artilugios: desde cacerolas y cubertería hasta recambios para el eje de un carro. Todo ello lucía desgastado o roto. No obstante, entre todos aquellos cachivaches reconoció un objeto muy familiar; una capa de viaje que colgaba de un clavo. Bella identificó al instante la capa de Maurice.

Corrió rápidamente hacia el tenderete presa de una emoción y a la vez un terror incontrolados. Cogió la capa entre sus manos, sopesó su tacto y examinó una de las puntas. Tenía bordadas las iniciales M.V en hilo rojo.

–¡Oiga, tendero! ¿Dónde ha conseguido esta capa?

El hombre, que estaba ordenando un par de artilugios se giró. Era alto y tan delgado que podría morir bajo el peso de una rama. Tenía la cara chupada, y unos ojos tan grandes que hacían que su frente resultase aún más frondosa.

–¿No es usted de por aquí, verdad? –preguntó el tendero con una suavidad que asustaba.

–No, no lo soy –respondió Bella entre titubeos.

–Ya me lo imaginaba. Porque si lo fuese, sabría que sólo soy un pobre chatarrero que intenta ganarse la vida en este mísero mundo.

–Le puedo asegurar que esta capa no es ninguna chatarra.

–Es que no solo me dedico a la chatarra. La gente me vende artículos que ya no necesitan pero para los que puedo encontrar un nuevo dueño.

–¡Este es un artículo robado! ¡Mi padre jamás habría vendido su capa, yo se la tejí!

El tendero soltó una grave carcajada, imposible para su capacidad torácica.

–¿Y qué si fuese robada? Le puedo asegurar que yo no lo hice. ¿Acaso no sabe dónde se encuentra? Esto es Darthmoor, señorita, no hay nada que no haya pasado por varias manos. Bien por la fuerza o bien por necesidad –añadió el tendero.

A Bella le incomodaba enormemente el tranquilo comportamiento de aquel hombre que pese a conocer la decadencia de Darthmoor convivía con ella como si se tratase de una alegre realidad.

–Sabe al menos si...

–¿Si fue obtenida de un muerto? –terminó el tendero–. No tengo ni idea, para ello debería preguntarle a la persona que me la vendió, y hace varios días que no la veo por aquí.

Bella tuvo más ganas de llorar que nunca.

–¿Podría indicarme donde está el cementerio? –preguntó con todas las fuerzas que fue capaz de reunir.

El tendero volvió a carcajearse maliciosamente.

–Los del Reino sois tan divertidos... sigue sin ser consciente del lugar en el que se ha metido. Usted no lo oye, porque no quiere oírlo, pero si consigue desprenderse de ese "velo", por así llamarlo, escuchará gritos, disparos, puñales adentrándose en la carne a todo momento. No, señorita, si enterrásemos a nuestros muertos hace tiempo que nos habríamos quedado sin suelo. Lo que hacemos es apilar los cadáveres en un rincón y cada semana los tiramos al pantano. A juzgar por el cargamento de hoy la semana pasada fue movidita.

–Cállese –le espetó Bella.

–Usted me ha preguntado –replicó el tendero con cierta satisfacción.

La idea de que su padre estuviese flotando en un pantano putrefacto absorbía todas sus energías, todas sus ganas de vivir. Pero no había llegado tan lejos para rendirse ahora. Bella entreabrió su capa de viaje, la espada del oficial seguía bien guardada en su funda. No se lo iba a poner fácil a ningún ladrón. Sacó un par de escudos reales y los depositó sobre el mostrador.

–El nombre de su proveedor –dijo Bella.

–Su dinero aquí no vale. De hecho, aquí cuanto menos tengas mejor, menos posibilidades tienes de recibir una puñalada.

Bella aporreó el mostrador con los nudillos pálidos de rabia.

–Escúcheme bien, voy a llevarme esa capa y si se atreve a impedírmelo le juro que le paso por la espada. Después de todo, ¿por qué sus gritos iban a ser más importantes que los de cualquier otro?

El tendero la miró un largo rato con los brazos cruzados. Aunque intentaba permanecer impasible sus labios fruncidos indicaban cierto temor.

–Vaya, no es una extranjera tan tonta como pensaba. La capa me la trajo un pequeño ratero que forma parte de una banda. Precisamente ahí hay uno de ellos. ¡Eh, Grimaud!

Un pequeño granuja que jugaba a maltratar roedores menos afortunados emergió de una montaña de escombros. Prácticamente anémico, cabello aplastado y mirada endurecida por la miseria se acercó al tenderete.

–¿Sí? –preguntó el niño.

–Lleva a esta mujer a ver a Planchet. Tiene asuntos que tratar con él. Toma, querida –repuso dirigiéndose a Bella–. La capa es tuya.

–¿Me la da sin más? –preguntó con desconfianza.

–Usted la tejió después de todo.

–No creo que vuelva a encontrar una capa de tan buena calidad.

–Oh, querida señorita –dijo con una enigmática sonrisa–. Yo no estaría tan seguro.

El tendero volvió a girarse, indicando que su transacción había terminado. Bella frunció el ceño, algo confusa, pero no le dio más importancia ante las prisas de Grimaud.

–Sígame, señorita.