En el capítulo 37, Zelda menciona haber soñado ser una chica del campo. Acá hay una vuelta a esa idea.
Desde la primera vez que puso pie en Ordon, Zelda se sintió relajada: sin protocolo, vestidos rígidos o pesadas coronas en su cabeza, ni cotilleos o cuestionamientos de los cortesanos.
Sólo el pasto, el sol, el canto de las aves y el sonido del viento moviendo el follaje de los árboles.
Estaba en absoluta libertad.
-Dormir en el pasto no es muy fino que digamos, ¿Eh, preciosa? -una voz masculina conocida la sacó de su estado de ensoñación, pero le sacó una sonrisa-. Y te puedes quedar toda achurrascada -apuntó sus hombros, ya de un tono más intenso.
Andar con un vestido sin hombros, por muy fresco y encantador que fuera, no era una buena idea para una mujer pálida como ella.
-Tiene paja en el pelo -Zelda observó, sentándose en el prado-, Señor Comandante.
-Cabras mañosas -Link murmuró, tratando de quitar los tallos de su cabello, sin éxito-, les encanta molestarme...por cierto, amor, olvida los títulos acá. En Ordon, eres la Reina...pero de mi corazón.
Zelda se reía a carcajadas de sus palabras, entre las flores y hierba.
-Vamos a la casa, tengo un cepillo allá -dijo, poniéndose de pie.
La villa se veía casi vacía, sus habitantes evitando el calor estival dentro de sus hogares.
Zelda se estiró sobre la colchoneta en el piso apenas entraron a la casa.
-Me quitaría la ropa ahora mismo- alegó, abanicándose con la mano.
-No me molestaría si lo hicieras -le dijo Link con una sonrisita, tendiéndose junto a ella.
-Por supuesto que no, pícaro -rió, pellizcando suavemente la mejilla de él-. Si fuera posible, estaría amarrada a tu cama, todo el día a tu merced.
-Quizás -dijo, besando su hombro sonrosado-, pero ahora, estamos aquí, solitos -corrió los largos cabellos de ella para besar su cuello, haciéndola temblar-, y nadie nos va a molestar…
-Ya veo lo que quieres decir -comentó-. Es una idea tentadora…
Las ropas volaron en instantes, sus cuerpos desnudos y sudorosos entrelazados.
Link deslizó su lengua desde los pechos hasta el cuello de Zelda, lo que la hizo temblar y erizar la piel.
-Estás salada, me encanta -le susurró al oído.
-Parece que me fueras a comer.
-Sip, enterita -le mordisqueó la oreja, aprovechando el momento para entrar en ella, sacándole un gemido y una sonrisa satisfecha.
El calor entre ellos, aumentado por el de la tarde, era abrasador. Sus cuerpos se sentían resbalosos al rozarse, pero se sentía exquisito, como si se derritieran el uno en el otro, y cada beso, mordisco y uñas hundiéndose en la carne del otro se sentía casi como una descarga eléctrica.
Link levantó a su amada para cambiar de posición, quedando ella sobre su regazo, los dos frente a frente. Zelda se apegó a él, rozando juguetonamente su pecho contra él, su coqueto gesto haciéndolo casi ronronear contra el cuello de ella, para su deleite.
-Te encanta provocarme, ¿No, traviesa? -le dijo él con un gruñido.
-Si, pero sólo porque tú lo eres -susurró, rozando sus caderas contra él-. He aprendido del mejor…
Tras esas palabras, se aferró a ella, rozándose contra sus caderas, volviéndola un mar de gemidos, sus uñas enterrándose en la piel de él, sin importarle las marcas que quedaran.
Zelda, entre suspiros, le dio a entender que estaba al borde del clímax, al que llegó casi de inmediato, temblando de placer, él dejándose llevar con ella, el húmedo calor de su cuerpo dejándolo extasiado.
Se quedaron en silencio, disfrutando el momento, para luego caer rendidos, empapados de sudor y dichosos.
Link apoyó su cabeza en el pecho de Zelda, dejándola sacar los trocitos de paja y heno que aún habían en su pelo.
-Tenías mucha, es como si tu cabeza fuera un imán -reía ella.
-Tú andas por las mismas, mi flor silvestre -le contestó, pasando sus dedos por la cabellera de ella.
Le mostró un tallo con unas florecillas azul violeta, que había estado en su pelo todo el tiempo.
Se rió mientras acariciaba la cabeza de su amado, que se estaba quedando dormido.
-Parece que me estoy volviendo una más de Ordon -pensó, antes de dormirse también, para pasar el calor.
