James discute con el profesor Longbottom, se siente diferente al resto de su familia e infravalorado. Comienza a notarse de dónde proviene la competencia que siente con su hermano menor y cómo se compara todo el tiempo. La idea es actualizar todas las semanas, quizá no sea un trabajo fácil y puedo tardar, pero agradeceré los reviews para saber si vale la pena continuar con esto! Como saben, vale la pena saber si lo que uno está haciendo es apreciado, así que agradeceré mucho el apoyo :)
15 de Septiembre, 2019
Había algunos lugares de Hogwarts que James disfrutaba particularmente, el campo de Quiditch tenía el puesto número uno, pero uno de sus lugares favoritos, sin duda, era la sala multipropósito: ¿En que otro lugar de ese castillo vigilado podría estar a gusto con una chica sin ojos curiosos o castigos eventuales?
Había muchos motivos por los cuales Cressida era su chica favorita en el mundo: Era quien mejor la entendía, quien siempre le prestaba el oído, quien tenía la palabra justa y a veces le robaba las palabras de los labios. Poseía unos enormes ojos que siempre eran comprensivos y que parecían ver donde nadie más veía y, además de su primer beso, era la primera chica con la cual había compartido una noche y descubierto los placeres de la carne. Con ella despertó aquella mañana, ambos recostados en esa cómoda cama que la sala multipropósitos les había provisto, observando el mapa del merodeador para encontrar el momento justo para salir de allí sin ser descubiertos. Su padre no sabía que él tenía ese mapa, por supuesto: Lo había robado. Lo que no había podido robarle era la capa de invisibilidad, la cual tenía muy bien oculta en un rincón de la casa.
James soltó un bufido de frustración sin quitarle los ojos de encima a los pies que iban de un lado a otro permanentemente.
—¿Hasta cuándo piensa el profesor Longbottom caminar por ese pasillo? —gruñó.
—No lo sé —admitió Cressida, apoyada cálidamente en su pecho. Pese al gesto casi romántico, ella sabía que no podían compartir más que una amistad y alguna casual noche. Al menos eso era lo que James quería creer. —Quizá te está buscando y sabe que estás aquí —le soltó. Se le escapó una carcajada al ver la expresión horrorizada en su rostro.
—No me extrañaría, a veces me da la sensación de que habla conmigo como si fuese mi padre —murmuró.
Eso era una verdad a medias. Mucha gente se había referido a él como si fuese Harry Potter en persona, pero eso había cambiado cuando Albus había llegado al colegio. Ahora todos los profesores preferían hablar con él, al parecer, era más aplicado y serio. Puso los ojos en blanco instintivamente y a Cressida no se le escapó el detalle, pero no hizo comentarios tampoco.
—Si tan sólo tuviese la capa de invisibilidad…
—Deberías apoderarte de ella este verano —señaló la chica reincorporándose y contemplándolo con un brillo entusiasta en los grandes ojos del color del cielo—. Séptimo año será increíble con el mapa y la capa.
—Lo he intentado —aseguró James—. Mi padre no me preocupa, pero mi madre me dará una buena tunda si me vuelve a encontrar hurgando entre sus cosas.
Cressida soltó una carcajada y se dejó caer de espaldas. Su rostro se volvió serio gradualmente mientras ella contemplaba el cielo raso en absoluto silencio. A veces, James se preguntaba qué pensamiento la estaría torturando. A veces, lo sabía. Aquel día creía tener sospechas. Acarició uno de sus hombros desnudos, pues tenían algo de tiempo hasta que el profesor Longbottom se largara, pero quería utilizarlo para hablar con ella.
—Entonces, ¿cómo han estado las cosas con tu padre? —le preguntó.
Cressida lo miró de reojo. No, lo apuñaló con sus ojos intensos que parecían traspasarlo con violencia por la estupidez de la conversación que estaba intentando mantener encontrándose ella desnuda y en una posición tan vulnerable. Sabía lo que iba a pasar incluso antes de que ocurriera y, aun así, no reaccionó lo suficientemente rápido para detenerla: Cressida se puso de pie, se colocó la túnica del colegio, guardó su ropa interior en uno de los bolsillos y salió apresuradamente con el cabello despeinado y los pies descalzos. James corrió tras ella, pero había dado tan sólo tres pasos cuando chocó con alguien de frente. Se dio puñetazos en su fuero interno.
—James.
—Profesor Longbottom. —James torció el gesto e intentó esquivar al hombre para poder ver hacia donde se dirigía Cressida, pero no llegaba a verla desde allí.
—La señorita McLaggen tenía algo de prisa —le aclaró el profesor. Algo cruzó sus ojos, una certeza, de seguro sabía qué habían estado haciendo allí, aunque no tenía pinta de haber hecho lo mismo en sus años de estudiante. —¿Tienes un minuto, James?
James se volvió hacia el hombre a regañadientes. El único motivo por el cual no lo mandaba a criar escregutos, era por respeto a la amistad que tenía con su padre y por el hecho de que habían luchado juntos en la guerra. La historia de cómo Harry Potter había vencido a Lord Voldemort se había convertido en una especie de folklore para la comunidad mágica: Todos sabían los hechos de pe a pa, sabían quiénes habían influido y cómo, y sabían quiénes habían sido los grandes héroes. Había muchos detalles distorsionados y hasta inventos, por supuesto, pero los nombres de Hermione Granger, Ronald y Ginny Weasley, Luna Lovegood y Neville Longbottom acompañaban el nombre de Harry Potter en cada historia. Eran lo héroes de la guerra. Eran quienes lo habían sacrificado todo en nombre de la sociedad mágica.
Sólo por eso, luego de seis años, James seguía escuchando a un hombre que, en realidad, le resultaba sumamente ñoño.
—Creo que me debes una disculpa, James —señaló el profesor.
James arqueó las cejas. Según él, no había nada más patético que exigir una disculpa, y maldijo a Cressida en su fuero interno por irse así y exponerlo a aquella situación.
—¿Y eso sería por qué…?
—Las mandrágoras —le recordó el hombre.
James soltó una carcajada divertida al recordarlo y el profesor Longbottom se mostró muy molesto por ello.
—Pasar la noche fuera de las habitaciones está prohibido —replicó. La sonrisa altiva de James se borró como si una brisa se la hubiese llevado. —Sé que es eso lo que estuviste haciendo, pero lo pasaré por alto si hablas conmigo de hombre a hombre.
"De hombre a hombre". ¿Habría copiado el profesor esa frase de su padre, o su padre del profesor? Le resultaba absurda, siempre hablaban de hombre a hombre que él supiera, a menos que alguien se dedicara por allí a hablar con los animales como era el caso de Hagrid.
—De acuerdo. —James soltó todo el aire de los pulmones en un bufido y dedicó un ademán teatral a su profesor—. Lo sieeeeento.
Neville Longbottom arqueó las cejas y cruzó los brazos sobre el pecho. James había visto fotografías de él cuando era niño. Era un gordito de media estatura con grandes dientes y expresión aturdida, pero no había quedado rastro de eso en el hombre que se paraba frente a él en aquel momento. Longbottom debía superar el metro ochentaicinco, sus brazos eran musculosos, su piel poseía muchas cicatrices curadas hacia tiempo y algunas heridas nuevas por su trabajo con plantas peligrosas. Su expresión era, quizá, lo que más había cambiado. Había hablado con su madre alguna vez al respecto, ella le había explicado que la guerra los había cambiado a todos, que quienes más involucrados habían estado poseían una sombra que no los abandonaría jamás. Eso era lo que había en el rostro de aquel hombre.
—No importa cómo hayan sido los hombres de tu familia en el colegio, siempre fueron grandes e hicieron cosas grandiosas llegado el momento —le aseguró el profesor—. Lo cierto es que, llegado el momento, también supieron cuándo tragarse su orgullo. Me preocupa que eso no esté sucediendo contigo, James.
—Debería ver a mi hermano entonces —bufó el muchacho.
—He hablado con Albus muchas veces —le recordó el profesor Longbottom—. Nunca se mordió la lengua al pedir una disculpa sincera.
—¡El Slytherin es él, no yo! —replicó James. Estaba molesto, su tío siempre le decía que decía estupideces cuando estaba molesto. —¡Si quieren seguir vanagloriando a Albus, háganlo lejos de mí! ¡Todos me exigieron ser un Gryffindor y ahora resulta que prefieren a una serpiente!
—Ser un Gryffindor no es…
—Tengo práctica de Quiditch.
James interrumpió al hombre y lo esquivó para dirigirse a su habitación y ponerse el equipo antes de que el entrenamiento comenzara. Sería muy mal visto que el capitán llegara tarde por haber estado revolcándose con una Hufflepuff que, en aquel momento, le estaba dando serios dolores de cabeza.
El profesor Longbottom habló cuando él ya se encontraba de espaldas.
—Tendré que hablar con la directora de esto —le advirtió.
Pero el muchacho no se volvió. Un problema más o menos le daba lo mismo, su padre estaría allí en dos días y ya tenía suficientes problemas, por lo que, ¿qué más le daba? Soportaría todos los regaños en un solo día.
—Cerdo Encantado —le dijo a la dama gorda.
—Cerdo serás tú —respondió ella con una sonrisita cínica antes de dejarlo entrar.
James soltó un bufido y puso los ojos en blanco. Jamás comprendería cuál era la gracia de poner contraseñas tan estúpidas sólo para darle a un retrato la oportunidad de regodearse con su vacía existencia. Se había preguntado muchas veces sobre aquellas pinturas, es decir, estaban atrapadas en un lienzo y su función carecía de humanidad. ¿Tendrían consciencia? ¿Tendrían los recuerdos de las personas a las cuales habían pertenecido? Es decir, ¿no debería considerarse inhumano el tener a un ser pensante y sintiente atrapado por siempre en un cuadro? ¿No debería haber derechos o algo así para ellos? A menudo, el mundo mágico se le hacía absurdo.
—¡James!
El muchacho se sobresaltó, aunque no debería: Sólo era su hermana menor, sentada en uno de los sillones con su gato enorme en su falda. En animal saltó y se acercó al fuego cuando ella corrió hacia James casi dando brincos.
—¿Vas al campo de Quiditch? —le preguntó—. ¿Puedo ir contigo?
—No —replicó James sin detenerse en su camino a la habitación.
—¡Quiero hacer las pruebas, James! —insistió ella—. ¡Tengo el talento de mamá y papá también! ¡No quiero ser la única de la familia que no está en un equipo!
—Eso no es mi problema, Lily.
—¡Claro que sí, tú eres el capitán!
—No admitimos a nadie de primer año.
Lily le cortó el paso colocándose frente a él con los brazos cruzados y una expresión que, sin duda, había heredado de su madre y su abuela.
—Esa es una estúpida regla que perdió vigencia hace más de veinte años —le recordó.
—Es mi regla, Lily, no admito a nadie de primer año y ya estoy suficientemente contento con mi buscador —respondió sin titubear—. Cuando estés en segundo año hablaremos, aprende primero.
—Y el más indicado para dar ese consejo —bufó ella. Sin embargo, estaba lo suficientemente desanimada como para ir por su gato y dejarse caer en la butaca una vez más.
A James no lo sorprendía que Lily fuese tan insistente, hacía aquello todo el tiempo. Él y Albus habían ingresado a sus equipos en el primer año, aunque él era el primer hombre de la familia que no jugaba de buscador: Era el guardián, una posición que disfrutaba mucho más pues era demasiado alto y grande como para ser ágil y veloz. Albus sí era buscador, tal como su padre, pues parecía ser su copia exacta sin importar que el sombrero lo hubiese enviado a Slytherin.
Al convertirse en capitán del equipo, James había cambiado las reglas y no había admitido a nadie que estuviese en primer año por un sencillo motivo: Les faltaba experiencia en lo que a los partidos de Hogwarts respectaba y a veces cometían faltas graves o hacían estupideces que les podía costar la copa.
Su equipo ya lo estaba esperando en el campo cuando apareció.
—¡Vamos! —les gritó James sólo de llegar—. ¡A sus escobas, dense prisa!
Regar lo esperó. Él era el buscador del equipo, era muy hábil y rara vez se le escapaba la snitch. Parecía tener un talento nato. En aquel momento lo miraba con las cejas ligeramente arqueadas mientras aguardaba junto a su escoba. James no tenía tiempo de hablar, estaba ansioso por subir y comenzar a jugar, era allí el único lugar donde era libre, lo único de Hogwarts que genuinamente disfrutaba. El Quiditch era su vida y era a lo que planeaba dedicarse cuando dejara el castillo atrás.
—¿Estuviste con Cressida? —le preguntó Regar.
—Estuve con tu madre —replicó James.
Regar le dio un puñetazo en el brazo pese a que ya estaba acostumbrado a aquellas bromas sobre las mujeres de su familia. Un poco más apaciguado, señaló a las tribunas.
—Ella se encuentra allí —le dijo.
James miró y notó la cabellera rubia de inmediato. Sintió un nudo en su estómago, pero necesitaba concentrarse: Hablaría con ella después. Le pediría sus más sinceras disculpas si era necesario. Ahora necesitaba trabajar.
Todos subieron con sus escobas y comenzaron a sobrevolar el campo. James lanzó un par de indicaciones, las suficientes para que estuviesen entretenidos, y se dedicó a frenar los potenciales goles mientras su mente tenía cancha libre para divagar a gusto. Aquel día, su cabeza estaba inquieta y lo llevaba a pensar en Albus. El maravilloso y perfecto Albus.
Aún podía recordar el día en que se había puesto el sombrero seleccionador sobre el cabello negro heredado de su padre. James no lo terminaba de comprender, ¿cómo podía parecérsele tanto? Él no era igual a su padre, ni siquiera tenía su color de cabello, él había heredado el cabello castaño de Dios sabía dónde. A penas sí era reconocido como un Potter y, por lo general, lo comparaban con su abuelo y sus tíos por los dolores de cabeza que les daba.
El sombrero había estado sobre su cabeza mucho tiempo, quizá más que sobre la de cualquier otro estudiante. James se había inclinado sobre la mesa, expectante y preguntándose qué demonios estaba pasando, pues a él apenas le había rozado el cabello antes de exclamar "¡Gryffindor!" bien alto y claro.
Pero con Albus se tardaba. Y, cuando el sombrero habló, nadie hubiese esperado lo que iba a salir de allí: Slytherin. Había sido casi como un susurro perdiéndose en el salón que guardaba un mortal silencio, y así había quedado por unos cuantos segundos hasta que los susurros habían comenzado. Todos hablaban entre ellos, todos estaban sorprendidos, todos esperaban que un digno hijo de Harry Potter fuese seleccionado para Gryffindor. Lily había sido la prueba, Albus era el único distinto.
Irónicamente, era el que más se parecía a su padre.
Pronto, todos habían dejado de hablar sobre lo extraño de que estuviese en Slytherin y habían comenzado a hablar sobre el enorme talento que poseía, lo humilde que era y lo agradable que les resultaba a todos.
Lo que más recordaba James, era la reacción de sus padres.
Cuando él había comenzado en Hogwarts, había tenido que esperar hasta las vacaciones de invierno para ver a sus padres. Sin embargo, cuando fue Albus quien transitó su primer año allí, ellos viajaron inmediatamente luego de recibir la noticia de que el niño estaba en Slytherin. James se había preguntado qué le esperaba a su hermano menor, y lo que le esperaba lo había dejado perplejo: Ginny y Harry estaban orgullosos. Lo abrazaban, le aseguraban que estaría muy bien en aquella casa y que estaban orgullosos de él, que todos en el colegio estaban hablando maravillas sobre su muchacho.
Su muchacho.
Y James no lo entendía.
Una bludger estuvo a punto de derribarlo, pero la esquivó y atajó una quaffle al mismo tiempo.
—¡Buena esa, capitán! —lo felicitó Roxxane, una de sus primas y bateadora del equipo.
James sacudió la cabeza. En otro momento hubiese sonreído al comentario, pero se encontraba muy distraído. Necesitaba centrar su atención en el juego, aquello podría salirle caro. Oyó muchas voces desde las tribunas y miró de reojo, pues muchos de sus compañeros solían ir a ver los entrenamientos.
Su estómago subió hasta su garganta y se encogió allí.
Albus estaba en la tribuna junto con Rose y el niño Malfoy, los tres observándolo. Hacía tiempo no veía a su hermano y, por algún motivo, no le gustó nada encontrarlo allí tan repentinamente. Estaba lejos, pero podía ver su rostro con claridad, el rostro de Harry Potter aunque, quizá, más buenmozo. Vio al muchacho abrir los ojos verdes al máximo, sus compañeros gritaron su nombre para que prestara atención y, demasiado tarde como para hacer algo al respecto, algo golpeó su cabeza.
Oyó un crujido. Una sandía reventándose haría el mismo ruido. Un pitido agudo se apoderó de sus oídos e, incluso antes de comprender lo que estaba mal, se sintió caer desde los treinta metros de altura a los que se encontraba.
No estaba despierto para cuando golpeó el suelo.
Harry Potter hará su aparición en el próximo capítulo, el cual transcurre el 17 de Septiembre! Se va a aclarar por qué James tiene ese asunto personal con Slytherin y su hermano, así que espero que estén atentos.
Quedan aún muchas historias por contar, como la relación de Cressida con su padre, lo que pasó con la generación anterior y cómo es la vida de Albus hoy.
¡Dejen sus reviews y ayúdenme a saber qué tanto vale la pena continuar y qué les parece lo escrito!
Saludos a todos
Bresei
