¡Hola a todo el fandom de Assassin's Creed!
Finalmente en este capítulo revelaré la identidad de nuestro héroe... Y si uno de ustedes le habrá adivinado, pues sí, es él...
¡saludos!
Vicka.
III.
Hermanos.
- Frate? (¿Hermano?) – murmuró el soldado.
Valentine lo miró sorprendido.
- ¿Ese alemán podía hablar el rumano?
Von Sclisch empezó a palparle mientras murmuraba:
- Frate… Frate… Hermano… ¡Valentine, en verdad eres tú!
Lo abrazó efusivamente.
Valentine, extrañado y confundido, le preguntó:
- Nu mă cunoști? (¿Me conoces?)
Von Sclisch se separó y exclamó:
- Cum?! Nu mă recunoști? (¡¿Cómo?! ¿No me reconoces?) ¡Soy y-!
El supuesto alemán se detuvo un momento; mirando fijamente a los ojos al Asesino, presintió que lo mejor sería calmar las emociones y realizar una investigación a fondo.
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¡¿Cómo?! ¿No me reconoces?...
Valentine abrió los ojos; incorporándose lentamente, el Asesino contempló la Luna brillante y blanca que se alzaba en medio de las barras de su celda. Nunca antes había contemplado una Luna tan bella y primorosa como aquélla, excepto… Excepto cuando él tenía ocho años y estaba con sus dos hermanos y su padre en la cúpula de la iglesia de Santa María en Bucarest.
Se sobresaltó.
Llevándose una mano a la cabeza, Valentine sintió que algo estaba presentándose, que algo parecía haber emergido desde la oscuridad de su alma y de su memoria.
Acercándose a la ventana de la celda para mirar más de cerca el astro blanco, el Asesino empezó a recordar.
Bucarest, Rumania, 1913.
Un niño de cabellos castaños rojizos trepaba la pared de un alto edificio. Mirando hacia arriba, comprendió enseguida que faltaba poco para poder llegar a la cima y alcanzar a su padre y a sus hermanos, quienes le aguardaban en el punto más alto del edificio.
- Eu pot face (Puedo hacerlo)- murmuraba mientras amoldaba sus manos y sus pies a los ladrillos de la pared que escalaba con cuidado y precisión-… Puedo hac-
Un paso en falso.
El niño se tambaleaba; con toda la fuerza que sus pequeñas manos le podían permitir, intentó sostenerse de las angostas orillas de los ladrillos. Temiendo caer, quiso gritar para pedir ayuda; sin embargo, aquello no fue necesario.
Una mano fuerte logró sostenerle la muñeca, lo que le permitió impulsarle hacia la espalda de su dueño.
- Tatӑl! (¡Padre!) – exclamó el niño con angustia mientras se aferraba a la espalda de su progenitor, un hombre encapuchado que se sostenía de una cuerda.
- Lată-mă, fiul meu (Aquí estoy, hijo mío) – le replicó el hombre con tranquilidad -… Tranquilo.
Con la cuerda como su sostén, el hombre encapuchado subió hacia la punta más alta del edificio, el cual resultó ser la Catedral de Santa María Bucarest. Ahí, en lo alto de la cúpula, un par de varones, uno de cabellos negros y el otro de cabellos castaños claros, corrieron hacia su padre y su hermano pequeño.
- Ești bine, frate? (¿Estás bien, hermano?) – le preguntó el de cabellos negros.
- Am văzut că te-ai luat pe fratele atât de mic (Vimos que te habías tardado tanto, hermanito) – comentó el de cabellos castaños claros- Te-ai speriat? (¿Tuviste miedo?).
El niño, lleno de vergüenza, se volvió hacia su padre y exclamó a punto de llorar:
- ¡Lo lamento, padre! ¡Traté de ser más rápido!
El encapuchado, con una sonrisa, le acarició la cabeza y le dijo:
- No te preocupes, hijo mío… Todos cometemos errores. Además, es la primera vez que escalas edificios altos, así que no debes disculparte.
Agachándose sin perder la sonrisa, el encapuchado añadió mientras le daba un respingo en la nariz:
- Nada más… Ten cuidado por donde pisas. Concéntrate bien y verás que todo saldrá como lo esperabas.
- Sí, tatӑl – respondió el niño con una sonrisa.
Volviéndose hacia el paisaje claroscuro de la ciudad de Bucarest, el menor de los tres varones se puso a contemplar la belleza de dicho paisaje en su totalidad mientras su padre, con un tono más suave, les dijo:
- Hijos míos… Algún día conocerán esta ciudad y sus alrededores como la palma de su mano…
- Padre… - murmuró el Asesino de repente mientras unas lágrimas rebeldes salían de sus ojos.
- ¿Valentine? – inquirió Friedrich, quien se había levantado hace unos minutos – Amigo mío, ¿qué haces despierto?
Volviéndose hacia el austriaco, el Asesino le respondió:
- Tuve… Tuve una memoria de mi pasado…
Friedrich se sorprendió mientras que Valentine, con un suspiro, añadió:
- Recuerdo… Recuerdo que cuando era un niño, mi padre me había llevado a la Catedral de Santa María Bucarest…
- ¿La Catedral de Santa Marí-? Valentine, esa iglesia está en Rumania…
- Así es… Fue a ese lugar que mi padre, un Asesino al igual que yo… Un… Asesino…
- Bueno, lo de tu padre adoptivo…
- No estoy hablando de mi padre adoptivo, Friedrich… Si no de mi padre natural.
El austriaco estaba sin palabras.
Valentine, con seriedad, continuó:
- Mi padre natural era un Asesino, creo que era el segundo al mando de la Hermandad de los Asesinos Rumanos. Con él estaban mis dos hermanos…
¡Hermano!
- Hermano… Su voz… La voz de Von Sclisch sonó distinta cuando estábamos en su despacho… Me llamó por mi nombre… E-en rumano… Me llamó "frate"… Y yo le repliqué igual en rumano… Cosa extraña, porque… No hablo el rumano desde… ¡Dios!
Se pasó las manos una y otra vez por el rostro mientras que Friedrich, anonadado ante las palabras de Valentine, se puso a pensar en Von Sclisch, o al menos eso iba a hacer hasta que escucharon el ruido de la reja.
Un soldado abría la reja y, con un leve movimiento de cabeza, les indicó que le siguieran; Valentine y Friedrich, pensando que podría ser una trampa, decidieron arriesgarse.
El soldado, sin decir nada, los guió junto con otro más hacia la oficina de Von Sclisch; al entrar, el supuesto alemán, quien estaba acompañado de otro oficial, exclamó:
- ¡Ah! ¡Justamente estábamos hablando de ustedes, caballeros!
Valentine lanzó una mirada hacia el compañero de Von Sclisch, un hombre de cabellos castaños claros; éste, a su vez, lo miró de manera inquisitiva y, volviéndose hacia Von Sclisch, le dijo:
- ¿Es este hombre encapuchado el famoso Carnicero?
- Sí.
- ¡Vaya, qué novedad! El famoso Carnicero en Van Gennep… ¡Je! ¡Siempre quise conocerle!
Acercándose al Asesino, el soldado le quitó la capucha para examinar bien al que había sido el autor de más de 60 muertes en el campo de batalla. Al mirarle de reojo, le preguntó:
- ¿Qué edad tienes, Carnicero?
Valentine, mirándole fijamente y manteniendo con trabajo la calma, le respondió con sarcasmo:
- ¿Qué edad cree usted que tenga?
- ¡Responde la pregunta! – exclamó uno de los soldados rasos al darle un golpe en las costillas.
El compañero de Von Sclisch, de manera inesperada, le dio una sonora bofetada al soldado raso, mandándole hacia la pared, y le regañó:
- ¡Imbécil! ¡¿Qué forma es esa de tratar a un invitado en mi presencia?!
El soldado raso, sorprendido, le replicó con nerviosismo:
- L-l-lo siento mucho, s-señor…
- ¿Cuál es tu apellido, soldado?
- Könemman, señor.
- Bien, soldado Könemman… Puede irse despidiendo de este lugar porque pienso mandarle a uno de los campos de concentración…
- ¡S-señor!
- Retírese, retírese ahora antes de que ordene su traslado inmediatamente.
El soldado, asustado, se despidió con un "Heil, Hitler!" y salió corriendo de la oficina de Von Sclisch. El segundo soldado, el que había guiado a Valentine y a Friedrich, tragó en seco y preguntó tímidamente:
- ¿L-les sirvo algo de beber a los prisioneros, general Gluckmann?
- Si fueras tan amable – le replicó el llamado Gluckmann-… De preferencia un bourbon.
- ¡Sí, señor!
El soldado, a paso apresurado, se dirigió a la pequeña biblioteca, de la cual sacó una botella de dicho licor y dos vasos de cristal; al llenar ambos vasos, se los entregó a Valentine y a Friedrich.
- Lamento mucho que ese imbécil te golpeara, Carnicero – comentó Gluckmann -. Los soldados necesitan tener… Cierta educación.
- Hable claro, Gluckmann – replicó Valentine con firmeza -. Usted quiere algo de mí y de mi compañero…
- ¡Valentine! – exclamó Friedrich, quien trataba de pedirle con la mirada un poco de prudencia.
- O simplemente de mí.
- ¡Vaya, directo el hombre! – dijo Gluckmann.
- No me gustan los rodeos.
- Pues entonces hablaré sin rodeos, Carnicero.
Asentando el vaso en el escritorio de Von Sclisch, fue directo al grano:
- Usted no es un soldado común corriente, según me comentó aquí mi buen amigo Von Sclisch. Usted goza de un status de alto rango, capitán si no me equivoco… Y también goza del favor y amistad del coronel Nikolai Cordovedyi, un colaborador de los Asesinos.
- Como he dicho antes, Gluckmann… Vaya directo al grano.
Ése sonrió y añadió:
- Bien… Quiero proponerle un trato, capitán.
Friedrich, al escuchar aquellas palabras, intervino:
- ¿Qué clase de trato?
- Un trato beneficioso para ambas partes, por supuesto. De hecho, el trato garantizaría la libertad de sus compañeros…
- ¿Y cuál es ese trato, Gluckmann? – inquirió Valentine.
- Bueno… El trato es que usted me entregue a un amigo suyo y desertor de este ejército: Augustin Mann.
Valentine se sobresaltó.
- ¡¿Qué?!
- Lo que oyó, señor.
- No… No lo haré. ¡Jamás lo haré!
- Bueno… Si no accede…
Con una inclinación de cabeza, el soldado abrió la puerta; en la habitación entraron un grupo de soldados con los rostros cubiertos arrastrando y poniendo de rodillas a Rita y a tres niños, quienes se aferraban a ella. Valentine, al ver que uno de los soldados le apuntó el arma en la frente, le recriminó:
- ¡Déjelos ir! ¡Ellos no tienen nada que ver con esto!
- ¡Je! ¿Por qué dejarlos ir?
- ¡Papá! – exclamó uno de los niños.
- ¡Niños! ¡Rita!
- ¡Maldito! – exclamó Friedrich con ira - ¡Eres un maldito! ¡¿Cómo se atreve a amenazar las vidas de una familia inocente!
- ¿Cómo demonios los encontró, Gluckmann? – escupió Tintin con furia.
- ¿A su familia? Bueno… Harold me dijo que usted y la señora aquí presente eran marido y mujer y que tenían tres lindos hijos... Por cierto, linda familia…
- ¡Deje en paz a mi familia!
- ¡Entrégueme entonces a Mann!
Valentine se vio acorralado.
El que fuera el letal Asesino estaba entre la espada y la pared debatiendo entre salvar a su familia y salvar a un gran amigo suyo que le había entregado información valiosa sobre los Templarios infiltrados en el Ejército Alemán.
Friedrich, quien sabía por experiencia propia lo que le sucedía a Valentine en su interior, tomó una resolución: Encarándose a Gluckmann, le dijo:
- Yo soy Augustin Mann.
- ¡Friedrich, no! – exclamó Rita con lágrimas.
- Mi nombre completo es Friedrich Augustin Mann Von Trapp – continuó Friedrich -. Fui soldado raso e informante de los Asesinos. Es a mí a quien usted busca. ¡Déjelos ir a ellos y tómeme a mí!
- Friedrich… - murmuró Valentine.
Éste se volvió hacia el Asesino y le dijo:
- No, Valentine, no… La vida de tu familia está en medio de esto y no quiero tener en mi conciencia la muerte de personas inocentes.
- ¡Friedrich, por favor!
- Valentine… Sólo acepta el trato. Acepta el trato y saca a tu familia y a nuestros compañeros de aquí…
Devolviendo la mirada a Gluckmann, le dijo:
- Él aceptará el trato, Gluckmann. Déjelos ir.
Von Sclisch, tras presenciar esa escena, se acercó a su igual en rango y le dijo:
- Ya obtuvo lo que buscaba, Gluckmann. ¿Está satisfecho?
El aludido bebió un último sorbo de bourbon y, con una sonrisa sádica, le respondió:
- Sí, señor… Estoy satisfecho… En pa-
El militar calló repentinamente.
Llevándose una mano a su garganta, empezó a gargarear y a sentir que se sofocaba; tambaleante, intentó mantenerse de pie apoyándose en el escritorio de Von Sclisch, pero fue en vano.
El general, sin alarmarse, se acercó a Gluckmann y le dijo en voz baja:
- Nada es verdad… Todo está permitido…
Gluckmann abrió los ojos como platos mientras que Von Sclisch se volvía hacia los soldados encapuchados y asintió la cabeza. Éstos inmediatamente apuntaron hacia el soldado raso y, antes de que éste pudiera hacer algo, le dispararon.
Friedrich, sorprendido, exclamó:
- ¡¿Pero qué diantres?!
Von Sclisch se abrió su uniforme, dejando ver lo que llevaba debajo de él: Una camisa beige con un cinturón color roja con la insignia de los Asesinos. Mientras, los encapuchados ayudaron a levantarse a Rita y a los niños, quienes corrieron a abrazar a un sorprendido Valentine.
Gluckmann, al ver lo que estaba pasando, intentó gritar, pero Von Sclisch lo tomó del cuello y le dijo con rabia:
- Nunca vuelvas a meterte con una familia… Especialmente con la de mi hermano, maldito hijo de puta.
Sacando una hoja oculta, la enterró en el cuello de Gluckmann mientras murmuraba:
- ¡Salúdame al verdadero Von Sclisch de mi parte en el infierno, perro!
Sacó la cuchilla del cuello del alemán y lo dejó caer al suelo. Valentine, sin comprender, le preguntó:
- ¿Quién eres, hermano?
El falso Von Sclisch se quitó la peluca, dejando caer una larga cabellera negra; luego se quitó el uniforme completo y exclamó:
- ¡Al fin soy libre de este jodido disfraz!
Valentine lo miró fijamente por un largo rato… Y con lágrimas en los ojos, empezó a recordar con un murmullo:
- ¡¿Mircea?!
Éste levantó la vista, muy sorprendido, y exclamó:
- ¡¿M-me recuerdas?!
- ¡Mircea, frate!
Ambos hombres se abrazaron. Tras separarse, Mircea, tomando entre sus manos el rostro de su hermano, exclamó:
- ¡Valentine Augustin "Tintin" Léroux Ynigov! ¡¿Dónde demonios te habías metido en todos estos años?!
Glosario.
*Rumano.
- Nu mă cunoști? (¿Me conoces?)
- Cum?! Nu mă recunoști? (¡¿Cómo?! ¿No me reconoces?)
- Eu pot face (Puedo hacerlo)
- Lată-mă, fiul meu (Aquí estoy, hijo mío)
- Ești bine, frate? (¿Estás bien, hermano?)
- Am văzut că te-ai luat pe fratele atât de mic (Vimos que te habías tardado tanto, hermanito)
- Te-ai speriat? (¿Tuviste miedo?).
