Disclaimer: Todos los personajes y nombres le pertenecen a Stephanie Meyer, la historia es historia es una adaptación la obra del mismo título de Cheryl St. Jhon. Yo solo me dedico a hacer la adaptación. Edward es solo mío :)

Capítulo 3:

Era una tarde cálida y soleada y siguieron paseando en silencio hasta la casa. Se pararon ante la cancela de hierro forjado para admirar los magníficos ladrillos Swan de color cereza, las impecables líneas blancas de los marcos de las ventanas y las prácticas contraventanas verdes.

A Bella le encantaba la arquitectura irregular de estilo italiano. El cuerpo principal tenía dos pisos y unas buhardillas y el ala adyacente tenía sólo dos pisos; el comedor y el salón estaban en el piso inferior y en el superior había una inmensa sala acristalada. Por el frente, el cuerpo principal tenía otro elemento adyacente de dos pisos con ventanas en tres de los lados de cada piso y una terraza encima.

Hacía unos años, su madre añadió a la construcción original un porche estilo Reina Ana.

Esa casa y sus habitaciones guardaban recuerdos de sus padres y de muchos momentos maravillosos de cuando su hermana era joven y estaba sana.

Eran recuerdos que Bella conservaba aunque su corazón sufriera cada vez que los evocaba. Entraron en la casa y mandó a Ben al piso de arriba para que estuviera un rato a solas con Alice.

Sue Clearwater, la vecina, saludó a Ben mientras bajaba las escaleras. Una vez en el recibidor, Sue miró con tristeza a Bella.

—Ya no sé qué decir al niño.

Los padres de Bella habían vivido en esa casa desde que ella era una niña muy pequeña y Sue y su marido habían vivido siempre en la casa de al lado.

De niñas, Alice y ella habían jugado con la hija de Sue, Leah, quien acabó casándose y yéndose a vivir al este. Sue fue una bendición cuando la madre de Bella empezó a ponerse enferma del corazón y años más tarde, cuando su padre murió, supo consolar a las dos hermanas ya adultas.

—Nadie se había imaginado que Alice aguantaría tanto tiempo. Tu madre temía su muerte. Quizá haya sido mejor que no esté aquí en el momento final.

Bella quería a Sue como si fuera una tía, pero ese comentario la dejó callada. Ella habría preferido que su madre siguiera viva, independientemente de todo lo demás.

—Gracias por haber venido esta tarde —dijo Bella con sinceridad.

Si Alice no hubiera insistido hacía un año en que se tomara una hora todos los días, habría pasado semanas sin abandonar la casa. Necesitaba ese rato para reunir fuerza interior, para pensar y hacer planes. Y tenía un plan.

—Sabes que me encanta venir en cualquier momento —contestó Sue—. He dejado fermentando un par de hogazas de pan, puedes meterlas en el horno más tarde.

Bella le dio un breve abrazo y la acompañó a la puerta. La cerró y se volvió hacia la escalera. Cada vez era más difícil mantener una actitud animada y disimular su expresión. Su hermana no se parecía en nada a la niña divertida y encantadora que ella quería recordar, pero enseguida consiguió contener la tristeza. Alice y Ben la necesitaban más que nunca.

Tomó aliento, se levantó el borde de la falda y empezó a subir la escalera. El contacto de la desgastada barandilla le pareció reconfortante. Sabía cuántos peldaños había y los que crujían. Esa casa era su consuelo, su refugio. Podía moverse por ella en la oscuridad más profunda y sin ningún esfuerzo. La idea de marcharse siempre había sido insoportable... hasta ese momento. Todo el consuelo que encontró siempre allí se había disipado por la presencia de su cuñado.

La puerta de la habitación de Alice estaba siempre abierta, salvo que Aro hubiera ido a visitarla para estar solos, algo que pasaba muy pocas veces. Hacía un año se había trasladado a otro cuarto. Bella le ofreció llevar una cama supletoria si temía molestar a su mujer cuando descansaba; incluso le propuso poner dos camas en vez de usar la cama grande que había sido de sus padres, pero él declinó la oferta.

Ella pensó que podía haber sido más considerado. Su cambio de habitación suponía más trabajo para Bella. Tenía que ver cómo estaba su hermana por la noche. Sin embargo, había comprobado que oponerse a las decisiones y exigencias de Aro sólo complicaba más las cosas y tenía que mantener la tranquilidad por el bien de Alice.

Ben estaba sentado al lado de la cama con una expresión divertida mientras terminaba de contar algo sobre Seth Clearwater. La sonrisa arrebatadora de Alice era muy débil. Le encantaba oír lo que había hecho Ben durante el día y aferrarse a esos últimos vestigios de una vida normal, pero le costaba mucho disimular el dolor. Cuando vio a Bella, su mirada se debatió entre el pesar y el alivio.

Ben interpretó ese lenguaje sobreentendido, besó a Alice en la mejilla y se levantó para quedarse junto a la cama.

—Vendré a verte después de la cena, mamá.

—Te quiero, Ben. No sabes cuánto.

—Yo también te quiero, mamá.

Las hermanas lo miraron mientras salía de la habitación y luego se miraron a los ojos; los de Alice estaban empañados de lágrimas.

—¿Necesitas la medicina? —preguntó Bella.

—Sí, por favor.

Le dio dos cucharadas del elixir que el doctor Hale le proporcionaba para el dolor, la ayudó a ponerse de costado y le ahuecó unas almohadas para que estuviera cómoda. Bella acercó la butaca a la cama y se sentó. Alice la agarró de la mano. Tenía unos dedos tan gélidos y delgados que Bella temía hacerle daño. Sin embargo, cuando levantó la vista para mirarla, Alice estaba sonriendo. Tenía la piel muy pálida y traslúcida y los ojos demasiado brillantes.

—¿Te acuerdas de cuando éramos niñas, Bells, y estábamos deseando llegar a casa con Leah? Nos subíamos al desván y jugábamos durante horas. Mamá nos sacaba fuera para que tomáramos el aire y seguíamos jugando detrás de los arbustos de lilas que había en el jardín de Sue.

—Me acuerdo —contestó Bella. Sue había llevado ramos de esas lilas a la habitación de Alice durante la primavera—. Siempre te ponías el vestido de noche rosa de la abuela y el collar de cuentas.

—Eran «perlas» —puntualizó Alice—. A ti te gustaba el vestido azul de mamá con mangas con puntillas.

—Éramos unas mujeres muy elegantes, ¿verdad?

—Me sentí bastante abandonada cuando Leah se casó con Sam y se fue a vivir al este —confesó Alice.

—Sue también.

—Entonces, yo me casé con Aro —Alice desvió la mirada un instante —. ¿Te sentiste abandonada?

—Claro que no. Estabas al otro lado del pueblo.

Aro y Alice alquilaron una casa pequeña. Poco después de la muerte de Charlie Swan, la salud de Alice empezó a empeorar y fue necesitando cada vez más atención, además de no poder ocuparse de Ben. Mudarse allí fue lo más práctico y necesario para todos. Bella dejó su trabajo de contable en la fábrica de ladrillos y se dedicó en cuerpo y alma a su hermana y a Ben. Nunca se había arrepentido ni se arrepentiría.

Poco después llegó la confirmación sobre la verdadera forma de ser de Aro. La certeza de lo que había sospechado desde hacía algún tiempo se esclareció poco a poco, sorprendente y desagradablemente.

Bella suplió su desinterés hacia Alice y Ben y los protegió. Su hermana estaba muriéndose. No hacía falta que pasara el trance de saber que su marido se había casado con ella para hacerse con su parte de la fábrica de ladrillos y las demás inversiones de la familia, la compañía Swan.

Charlie le había dejado una parte de la empresa a cada uno de ellos y tenían la misma capacidad de decisión. Aro, casi siempre, había sido capaz de inclinar a Alice hacia sus puntos de vista sobre las inversiones y Bella nunca quiso discutir con él delante de ella. Las pocas veces que lo había intentado, la tristeza que vio reflejada en el rostro de su hermana la desalentó.

No quería pensar en la muerte de su hermana, pero tenía que ser realista. Cuando Alice no formara parte del triángulo, Aro tendría la participación mayoritaria en Swan Company y podría hacer lo que quisiera. Además, sus intenciones no se quedaban ahí. Sintió en escalofrío por la espina dorsal y un pánico premonitorio. Hizo un esfuerzo para dominar ese sentimiento. Tenía un plan.

Había reunido y escondido sus ahorros; no en el banco porque tenían una participación y Aro podía ver las cuentas cuando quisiera. Los había guardado en un sitio más seguro. Cuando llegara el momento inevitable de escapar, podría mantenerse y mantener a Ben.

—¿Te acuerdas de cuando nuestro padre nos leía por la noches? —preguntó Alice y Bella le agradeció que volviera a los momentos felices —. Nuestra madre se sentaba en la butaca marrón para hacer colchas y él nos leía historias. Era un buen padre, ¿verdad?

Bella captó la decepción de su hermana porque su marido nunca había sido un padre atento o cariñoso con Ben. A ella siempre le había parecido que toleraba al niño para apaciguar a Alice y a su padre. En ese momento, estaba segura.

—Es injusto que tenga un corazón tan endeble —dijo Alice con la voz entrecortada.

Casi nunca hablaba con tanto abatimiento.

—Yo me haré cargo de Ben —la tranquilizó Bella mirándola a los ojos.

Alice le apretó la mano con muy poca fuerza.

—Sé que lo harás —la medicina había surtido efecto y se le cerraron los ojos—. Voy a descansar unos minutos.

Las pestañas descendieron hasta las profundas ojeras oscuras que tenía. Con los ojos azules cerrados, ni siquiera parecía ella. Bella le lavaba el pelo y se lo rizaba con bastante frecuencia, pero se había vuelto lacio y mustio. Se tragó el nudo que se le había formado en la garganta y contuvo las lágrimas. Una muestra de emoción no serviría para nada y la fortaleza sí.

—Te quiero, Bells.

Alice no abrió los ojos y Bella se lo agradeció. El dolor habría sido demasiado evidente. —Te quiero, Alice.

Cuando estuvo segura de que su hermana dormía apaciblemente, se fue de la habitación. Una vez en el recibidor se apoyó de espaldas contra la pared. Un peso le oprimía el corazón y las lágrimas amenazaban con asolar el poco dominio de sí misma que le quedaba. El dolor se adueñó de ella con oleadas cada vez más intensas y se llevó una mano a los labios para contener los sollozos. Si empezaba, no pararía nunca.

Al cabo de unos minutos, tomó una bocanada de aire, se recompuso y bajó las escaleras. Ben estaba haciendo sus tareas de aritmética en la cocina. Ella comprobó la temperatura del horno para hacer el pan.

—Me acuerdo de cuando tenía tu edad y me sentaba ahí mismo para hacer las tareas.

La conversación con Alice le había despertado los recuerdos y añoró aquellos tiempos felices y despreocupados. Alice nunca fue fuerte, ni siquiera entonces, pero tampoco se percibió la gravedad del estado de su corazón. Sólo habían sido dos niñas en el hogar que su padre había construido para ellas y que su madre llevaba con seguridad.

—¿Mamá también? ¿Ella estudiaba aritmética aquí?

—Claro.

Bella cortó un trozo de queso y sirvió un vaso de leche para su sobrino.

—¿Se le dan tan bien las cuentas como a ti, tía Bella?

Bella puso agua a calentar para hacerse un té y se sentó enfrente de él.

—Se le daban mejor las letras, como la lengua y la ortografía. También me acuerdo de que se le daba muy bien la geografía. Siempre soñábamos con sitios lejanos que veríamos algún día.

—¿Los habéis visto?

Ella agarró un lápiz.

—No. Nunca hemos pasado de Denver.

—A lo mejor podríamos ir todos.

Se quedaron unos minutos en silencio. Él le había dejado muy claro que sabía que Alice no iba a mejorar, pero ¿entendía que iba a morirse?

El dolor le atenazó el corazón y le formó un nudo en el pecho. Era demasiado joven para que la vida le diera una lección así.

—Ben... —empezó a decir ella para plantear el asunto con delicadeza—. Sabes que tu madre está muy, muy enferma, ¿verdad?

Él asintió con la cabeza y sin apartar la mirada de papel.

—Y sabes... —Bella apretó los labios para que no le temblaran —. Sabes que no va a estar mucho tiempo con nosotros.

—Ella va a morir —puntualizó él con la cabeza gacha.

—Sí... —le salió un levísimo hilo de voz. —Me lo dijo.

Bella observó detenidamente la curva de su mejilla y el delicado aleteo de sus pestañas casi blancas y sintió un arrebato de amor. Naturalmente, su hermana lo había preparado. Alice lo amaba más que a la vida. Bella, una vez más, parpadeó para sofocar el escozor de las lágrimas.

El levantó los ojos azules para mirarla. Unos ojos tan serios y cristalinos como una vez fueron los de Alice.

—Me dijo que no tuviera miedo porque tú te ocuparás siempre de mí. ¿Lo harás?

Nada podría detenerla. Nada ni nadie. Se levantó y apoyó la mejilla en la de él.

—Claro que lo haré. Siempre, lo prometo.

Alice no tenía mucho apetito, pero esa noche, Bella consiguió que bebiera una taza de caldo y un poco de té antes de darle la medicina y acomodarla para que durmiera.

Había acostado a Ben y bajó a preparar la colada en el lavadero que había detrás de la cocina. Mandaba fuera la ropa de cama y casi toda la ropa en general, pero ella lavaba sus prendas delicadas y las de Alice. Metió la colada en bolsas, que recogerían a la mañana siguiente, e hizo un montón con lo que tenía que lavar.

Un ruido la avisó de la presencia de su cuñado y todos sus sentidos se pusieron alerta. Una alerta que le puso el vello de punta en los brazos y el cuello. Fue a la puerta.

Aro estaba de pie en el extremo opuesto de la cocina. La miró de arriba abajo. Iba impecablemente vestido, como siempre, con un traje oscuro y una camisa blanca y llevaba el pelo castaño peinado hacia un lado para apartar los rizos de la frente.

—Cenaré ahora.

—Te sacaré el plato del horno.

Ella rodeó la mesa y tomó una de las manoplas que Sue había cosido con un saco de harina. Oyó las botas de Aro moverse rápidamente sobre el suelo de madera un instante antes de que la agarrara. Se giró para mirarlo con el cuerpo rígido.

Él se paró a unos centímetros de ella. Llevaba las patillas perfectamente recortadas y un bigote muy fino sobre el borde mismo del labio superior.

Bella miró hacia otro lado para evitar su cercanía insoportable y su mirada que la atravesaba. Notó su aliento en la barbilla.

—Estás muy guapa esta noche.

—Estás casado con mi hermana.

—Un vínculo muy leve, en el mejor de los casos.

A ella se le desbocó el corazón.

—¿Cómo puedes ser tan insensible con su muerte?

Él se inclinó hacia delante sin llegar a tocarla, pero abrasándole la mejilla.

—Es un negocio, querida.

La sensación de estar atrapada le produjo un escalofrío de repulsión por toda la espina dorsal. Cerró los ojos con la esperanza de que al abrirlos se daría cuenta de que todo había sido una espantosa pesadilla.

—No seas tan mojigata, Bella. No eres un dechado de virtudes —ella dio un respingo al notar su dedo en la mandíbula—. Espero que seas una pareja apasionada cuando hayas decidido pasar a la siguiente fase de nuestra relación.

—No tenemos ninguna relación.

—Pero la tendremos.

Él le rodeó la cintura con una mano y ella se giró para escapar del calor del horno que tenía detrás y de sus amenazantes tentativas. Fue como una flecha al otro lado de la mesa y apoyó las manos en el respaldo de la silla.

—Me repugnas.

—En realidad, la persecución me parece estimulante.

Aro fue arrogantemente hasta la silla que había delante del plato que ella le había preparado en la mesa y se sentó. Colocó los cubiertos perfectamente alineados y le lanzó una mirada de advertencia.

—No te hagas muchas ilusiones. Hay un momento y un lugar para cada cosa y pronto se te habrá acabado el tiempo de resistirte tan pudorosamente. Cuando Alice se haya marchado y hayamos cumplido con un luto respetable, te convertirás en mi esposa.

Bella se quedó con el corazón en un puño. Por el momento, estaba atrapada en aquella casa y bajo la autoridad de ese hombre. No podía abandonar a Alice y a Ben. La necesitaban y él se aprovechaba del amor que sentía por ellos.

—Es la evolución normal de las cosas a los ojos de todo el mundo —añadió él.

Durante cientos de noches se había quedado desvelada con el oído aguzado, esperando con espanto lo que él podría llegar a hacer, imaginándose infinitas situaciones para decirle a Alice cuál era la cruda realidad, pensando en acudir al sheriff... Sin embargo, siempre llegaba a la misma conclusión desesperante: no podía destrozar el corazón de Alice. Nunca le diría a su hermana que Aro se había casado con ella por una participación en la fábrica de ladrillos y que estaba esperando a que se muriera para quedarse con toda. Cuando muriera, él tendría el control. Bella sólo podía aguantar; amparar a su hermana; proteger a Ben; evitar a esa vergüenza para el género humano hasta... hasta que la situación cambiara.

Fue al horno, sacó el plato caliente y lo dejó delante de él. A veces se sentía tan furiosa con su padre por haber permitido que eso sucediera que no sabía cómo conciliar ese sentimiento.

—Eres muy transparente, Bella —dijo él—, pero detestarme no va servirte de nada —tomó el cuchillo y el tenedor y cortó el trozo de asado —. Los dos sabemos por qué vas a acatarlo —se metió un trozo en la boca y lo masticó antes de volver a mirarla—. Pero ya lo has comprendido, ¿verdad?

A ella se le paró el pulso. La furia le nubló la visión y apretó los dientes sin poder hablar.

—No tienes ningún derecho sobre Ben si no te casas conmigo —concluyó él.

—No eres humano —replicó ella con un tono cargado de desprecio.

—Además, te casarás conmigo porque sé algo que podría perjudicaros mucho a los dos y no querrás que lo cuente...

—Podría matarte mientras duermes.

Que Dios la perdonara, pero ya lo había pensado. Sin embargo, era demasiado cobarde. ¿Qué pasaría si la mandaban a la cárcel y dejaba solo a Ben?

Aro sonrió, algo que hacía muy rara vez y que Bella sospechaba que se debía a que uno de sus dientes se montaba sobre otro.

—Lo tendré en cuenta y dormiré con un ojo abierto.

¿Por qué iba a dormir él mejor que ella?

Cuando Alice hubiera fallecido, Bella tendría que poner en práctica su plan, llevarse a Ben y escapar. Nada era tan importante como proteger a Ben; ni esa casa que había levantado su padre ni ese pueblo que era un hogar para ella ni todos los recuerdos maravillosos.

Se oyó la campanilla de la puerta principal y ella se alegró de que alguien los hubiera interrumpido. Dejó el paño y fue a recibir a la visita. Un joven vestido con una chaqueta de franela y un mono de algodón remendado sujetaba un ramo de margaritas blancas.

—¿Señorita Swan?

—Sí...

—Son para usted.

Le dio el ramo de margaritas y se dio la vuelta.

—¡Espera! —gritó ella.

Sin embargo, el chico ya había salido de la verja y corría calle abajo para perderse entre las sombras doradas y color lavanda del atardecer. Ella se quedó mirando las distantes colinas rocosas y luego volvió a mirar el ramo de flores.

—¿Quién era?

Aro estaba detrás de ella. Bella se dio la vuelta y se encontró con su expresión furiosa.

—¿Quién te ha mandado eso? —preguntó él sin apartar la mirada de las flores.

—No lo sé.

Ella vio la nota que había entre los tallos a la vez que él. Aro agarró la tarjeta y arrancó varios pétalos, que cayeron sobre los tablones encerados del porche. Leyó la nota y la miró amenazantemente. Hizo un gesto de censura con la boca y le quitó el ramo de flores.

—No te hagas ilusiones. Te arrepentirás si me enojas.

Tiró las margaritas al suelo y las aplastó con el tacón de la bota hasta que fueron una masa informe de tallos, pétalos y hojas. Rompió la nota en mil pedazos y los tiró con el despojo de las flores.

—Cuando haya terminado de comer, quiero café en mi despacho.

Se dio la vuelta y fue hacia la cocina. Bella, desconcertada, miró las flores pisoteadas. Tendría que ir a por una escoba y un recogedor. Se arrodilló, reunió los trozos de papel y los juntó como si fuera un rompecabezas. La escritura era clara y desconocida. Espero que ellas te causen mejor impresión. No iba firmada ni decía nada que pudiera haber enfurecido tanto a Aro. Sin embargo, él tampoco necesitaba gran cosa para sentirse provocado. Se guardó los trozos de papel en el bolsillo de la falda. No necesitaba una firma para saber que Edward Cullen le había mandado esas margaritas. Él ya le había dado las gracias por decirle al sheriff lo que había visto. Ese detalle había sido innecesario... pero a ella le pareció muy amable y conmovedor. Era imposible que Aro hubiera adivinado quién había mandado el ramo. Se habría enfurecido mucho más si hubiera sabido que había sido el «esclavista» el hombre que ella había visto pelearse en la calle esa mañana.

Edward le había mandado flores. No sabía qué conclusión sacar ni tenía tiempo o fuerzas para pensarlo en ese momento. Tenía que hacer muchas cosas. Estuvo tentada de lamentarse por lo que nunca conseguiría tener.

Unos pasos precipitados en el piso de arriba llamaron su atención. Levantó la mirada y vio a Ben, que se agarraba a la barandilla.

—¡Tía Bella! —Gritó el niño con angustia—. ¡Corre! ¡Es mamá!

Hola chicas!

Espero que les guste el capitulo de hoy! recuerden que es un cap por dia.

Gracias a todas las que me leen, las favoritos, las seguidores, las que cometan y las anonimas.

Las quiero!