Capítulo 4 ( autora Virginía Camacho)

Qué interesante es esta relación Entre más conozco de ti, más quiero saber Entre más cerca te tengo, más hermosa te ves No te alejes nunca, te has vuelto mi adicción.

Apenas anoche se habían conocido en el aspecto íntimo, mirando a Terry irse a trabajar, y ya sentía que no tenía suficiente de él.

Le hubiese gustado que la despertase más temprano para seguir en esas labores que, había descubierto, le encantaban con él.

No era justo que tuviera que trabajar en su primer día de casados…

Suspiró resignada y se encaminó de vuelta al comedor a esperar su desayuno con Coco pegada a sus pies, al parecer, la perra había decidido que sería su nueva mejor amiga, y allá a donde iba, estaba ella.

Pero, aun cuando varios del personal doméstico la vieron sentada por más de quince minutos en la mesa del comedor, ninguno se acercó a preguntarle qué le apetecía, ni a traerle siquiera un café. Había contado por lo menos a tres personas, los había visto desplazarse por la casa, subir las escaleras, andar por el jardín. Las mujeres llevaban el típico uniforme negro con delantal blanco, pero hasta ahora, no había venido nadie a presentarse.

Si bien era cierto que Terry debió hacerlo antes de irse, había estado apurado y tal vez lo había olvidado, pero por lo mismo, le correspondía al ama de llaves, o al mayordomo, o a quien fuera que estuviera a cargo, la tarea de presentarse ante ella y presentar al resto del personal.

Pero nadie vino, y al cabo de un rato, molesta, se levantó de la mesa y caminó a la cocina. Allí vio a tres chicas parloteando sentadas en la mesa de desayuno de la enorme cocina, y en un rincón, a una parejita hablando muy cerca el uno del otro. Ni se inmutaron al verla. Candy las miró ceñuda.

— ¿Quién está a cargo de la cocina? —preguntó, pero a pesar del tono, no se movieron de sus sitios.

—Hoy le toca a Debbie, creo —dijo una rascándose el brazo en una pose displicente. Candy miró en derredor.

— ¿Y dónde está Debbie?

—No sé.

— ¿Quién le sirvió el desayuno al señor? —preguntó Candy sintiendo que le subía la sangre a la cabeza; las mujeres se miraron entre sí, como si ella les estuviese hablando en un lenguaje que desconocían.

—Ah… Yo, señora —dijo una chica morena, de cabellos y ojos oscuros, y, que hasta el momento había estado ocupada lavando lo que parecían ser los platos donde Terry había desayunado.

— ¿Tu nombre?

—Patricia —Candy la miró fijamente. La chica tenía acento latino, y tal vez lo era, y la miraba apretándose sus labios como si en cualquier momento fuera a gritar que estaba despedida.

— ¿Qué le preparaste?

—Tocino, huevos, tostada, café…

—Dios, no.

—Pero puedo prepararle a usted algo más… saludable.

— ¿Sabes hacerlo? —Patricia agitó su cabeza asintiendo, para nada molesta con la insinuación de Candy .

—Bien, te esperaré en la mesa, que, por cierto, necesita limpieza. Tú —señaló a la que seguía hablando con el chico casi encima de ella— limpia la mesa donde voy a desayunar. Pero rápido—. Candy le lanzó una dura mirada a las otras tres muchachas, pero estas habían retomado su conversación como si nada pasara en este mundo, y esto la desconcertó aún más. En su casa, cuando su mamá entraba a la cocina, todos prácticamente adoptaban la posición de firmes, y si habían estado holgazaneando, enseguida buscaban qué hacer y en qué ocuparse. No era que su madre los tratara mal o fuera una tirana con ellos, era que todos sabían que su trabajo dependía de la aprobación de la señora. Pero en esta casa no había orden ni sentido.

Todo estaba patas arribas. Desde la armadura del soldado medieval en el vestíbulo, pasando por los pisos, las barandas, las paredes y cortinas, el personal de servicio, y terminando con la ropa de Terry… todo estaba mal.

—No debería estar aquí, ¿sabes? —dijo Lucile entrando a la casa de Candy y Terry , y Candy la abrazó con fuerza, como si no la viera desde hacía años.

—Oh, mamá, qué bueno que viniste. — ¿Pasa algo malo? Te ves tan…

—No, no… —contestó Candy conduciéndola a una de las salas, con la que se había familiarizado un poco, la menos horrible; sus paredes eran blancas y los muebles de cuero café que chirriaron un poco al sentarse en ellos. De inmediato, Coco se instaló al pie de Candy, y al verla, a Lucile le fue inevitable hacerle mimos.

—No tiene nada que ver con Terry… —siguió Candy posando una mano en la cabeza de Coco de manera distraída— O tal vez sí, esta casa es como un cuento de horror.

—Bueno, es un poco…

—Espantosa. Anoche llegué y… Bueno, no me fijé en muchas cosas, pero a la luz del día, esta casa simplemente es inaceptable. ¿Cómo ha hecho Terry para soportarlo?, me pregunto.

—Sólo necesitas un nuevo decorador.

—Oh, créeme que lo buscaré.

—Pero, para eso, no me necesitas.

—Sí, mamá, te necesito. ¡Todo está mal! —se quejó Candy — ¡Todo! Además del dolor que causa todo esto en mi vista, el servicio doméstico es el peor que he visto en mi vida. ¿Te das cuenta de que yo misma tuve que abrirte la puerta? ¿Y que nadie se ha acercado para preguntar qué quieres tomar? Esta mañana, tuve que ir por mi propio desayuno, ¡y eso que hay como veinte personas aquí trabajando!

— ¿Tantos?

—Mamá, quiero renunciar…

—No seas tonta.

— ¿Podría pedirte prestada a Jude? —le preguntó con ojos suplicantes refiriéndose al ama de llaves de la casa de Lucile—. La necesito con urgencia —Lucile se echó a reír.

—No te voy a prestar a Jude, es mía, yo la entrené.

—Pero mamá…

—Si la casa es un caos —dijo Lucile sonriente—, entonces ponle orden. Eres la nueva señora aquí, si es que alguna vez tuvo señora.

—No, no lo creo.

—Pues por eso son tan holgazanes. Terry seguro que mantiene trabajando, o de viaje; no tiene tiempo para ocuparse de estas cosas. Y si en el futuro tú también quieres dedicarte a trabajar, o seguir estudiando, o a tus hijos, o simplemente a mirarte las uñas, vas a tener que hacer una inversión de tiempo y esfuerzo ahora.

—Lo sé, pero… ¡ni siquiera sé por dónde empezar! —Lucile miró a su hija ladeando su cabeza. Ella tenía razón en quejarse, ciertamente, la casa y el personal eran un desastre.

Había visto un jardín moribundo, polvo sobre las superficies, y dos chicas habían pasado por allí cerca sin siquiera acercarse a preguntar qué le apetecía a la visita o a la señora.

—Empieza por ti misma, cariño —le dijo con su usual voz suave—, céntrate en lo que quieres. Todas tuvimos una primera vez, todas fuimos principiantes, sólo debes armarte de valor, y tener muy presente que serás tú quien firmará el cheque de estas personas de ahora en adelante.

No pienses que Terry te dará una mano en esto, no lo hará. Creo que en parte se casó con alguien como tú para poder dejarle estos menesteres en sus manos y poder desentenderse. Él, aunque no haya nacido en la alta sociedad, ya es parte de ella. Necesita encajar en todos los sentidos, no sólo en el concerniente al dinero. Te necesita. Candy guardó silencio al recordar cuando lo vio por primera vez en su casa; él había elogiado sinceramente a Lucile por su casa, diciéndole que era bonita.

Tal vez su madre tenía razón, y Terry quería ese bienestar que se veía en la casa de sus padres; la sobriedad, el buen gusto, la clase…

Terry, por venir de donde venía, o quién sabe por qué, no era capaz de armonizar todo por mucho dinero que tuviera. Así que le tocaría a ella.

— ¿Recuerdas los cursos de cocina que hiciste? —le preguntó Lucile a Candy, y ésta asintió—. Tú, Linda, y tus otras amigas, aprendieron diferentes platos de diferentes países. No era solamente para que aprendieran a prepararlos, sino para que valorasen a los cocineros como se debe. Y también aprendiste economía doméstica en el colegio, y muchas otras cosas más que te ayudarán a poner todo esto en orden. El conocimiento está en ti, sólo necesitas determinación.

—Determinación…

—Tus empleados serán, algunos, mayores que tú, pero tú eres la señora, ellos dependen de ti y de tu dirección…

— ¿Cuánto me tomará tener una casa perfecta como la tuya?

—Lucile sonrió y posó su mano sobre el brazo de su hija mirándola con adoración.

—La casa perfecta no existe, hija, pero debes ser capaz de construir de la nada un hogar. Es por tu propio bien—. Por el pasillo se escuchó una risa algo estridente.

Alguien perseguía a alguien, y Candy sólo sacudió su cabeza exasperada—. Y tal vez debas tener mano dura —sonrió Lucile, y Candy asintió. Sí. Mano dura.

Pasado el mediodía, Terry entró a la casa a prisa. Si bien no le había confirmado a Candy que vendría a almorzar, había encontrado un espacio en el que había podido zafarse de su hermano y de sus tantas obligaciones, y aquí estaba, anhelando pasar cuando menos una hora con ella. No había almorzado, tenía hambre, y la expectativa de un buen almuerzo en compañía de su esposa, le hizo agua la boca.

Pero lo que se encontró fue muy diferente a lo que imaginó. Todo el personal de la casa estaba reunido en la sala principal, de pie y mirando a Candy, que los observaba con cuchillos afilados en sus ojos, con las manos en la cintura y paseándose como el capitán delante de un regimiento especialmente insubordinado.

— ¿Qué pasó aquí?

—Terry sintió la mirada de Candy; ella estaba molesta, sí, pero no con él, y esto era una novedad.

—Hola, cariño —ella caminó a él y le besó los labios, lo que lo sorprendió—. Estoy aquí, conociendo a tu servicio doméstico. Me dijeron que son catorce. ¡Catorce, Terry, por Dios! ¡Catorce personas trabajando en esta… pocilga!

—Hey… ¿pocilga?

— ¡El único baño con una asepsia medianamente aceptable es el tuyo! Las demás habitaciones parecen extraídas de un cuento de terror, y mira la hora que es y no fueron capaces de tener listo un almuerzo medianamente aceptable. Prácticamente tuve que rogar por mi propio desayuno ¡y tuve yo misma que organizar mi ropa! ¡Y las toallas que usamos esta mañana siguen allí donde las dejamos! Les pagas una fortuna a esta partida de buenos para nada, ¡y no hay el mínimo orden aquí!

Terry miró de uno en uno a todos sus empleados, y se mordió los labios. Algunos de ellos miraban a Candy retadores, hasta sonrientes, como si no les preocupase lo que ella dijera o hiciera. Y eso no le gustó. Lucile había dicho que sería Candy quien dirigiera su casa ahora, y hasta entonces no se había dado cuenta de lo mucho que quería que ella hiciera eso.

Ella era una mujer más bien con perfil de emprendedora y de oficinas, pero había estado deseando que alguien le echara una mano aquí. Estaba cansado de las cenas frías e insípidas, de tener que planchar a veces él mismo sus camisas, y estar pendiente de tener calcetines limpios cuando tenía tanto, tanto que hacer. Se sentó en uno de los muebles detrás de su esposa cruzándose de brazos.

— ¿Qué sugieres?

—Primero, despedir al menos a diez —dijo Candy sin pérdida de tiempo. Esto hizo que algunos de los empleados se revolvieran en sus sitios; seguían de pie, en silencio, y algunos lo miraban a él esperando, tal vez, que los salvara de esta villana aparecida. Después de todo, era él, en concepto de ellos, quien tenía la última palabra. Ya no, suspiró. Hasta hoy se preocuparía de estas cosas.

—Despídelos.

— ¡Señor! —exclamó una mujer mayor, algo gorda y con bigote, mirándolo como si sólo fuera un niño insolente.

—Echa a los que no te gustan —reiteró Terry. Hubo murmullos entre los empleados, y Candy sonrió. Se acarició la barbilla y suspiró.

—Pensaba hacerlo, de todos modos. Parece que nadie les dijo a esta panda de flojazos que hay una señora en la casa, y que, si ella pestañea, ellos deben correr a sus pies a preguntarles qué desea o necesita.

— ¿Te encargarás de eso ahora, o podemos esperar a después del almuerzo?

—No hay almuerzo, cariño.

— ¿Qué?

—Oh, lo siento, pero apenas llevo medio día aquí.

—Pero tengo hambre. Vayamos a algún sitio y luego solucionas esto.

—Más bien —se giró ella mirándolo con carita de "lo siento"—, llama a la oficina y di que no irás en la tarde.

—No es posible.

—Es una pequeña inversión de tu preciado tiempo que harás, y te aseguro que será una vez en la vida solamente. A partir de ahora, te prometo que encontrarás comidas decentes y una casa que funciona como un relojito. ¿Me das la tarde? —él entrecerró sus ojos. El resto de la tarde… Robert lo iba a matar, pero ya había estado bastante desconcentrado en la mañana, mirando a toda hora el reloj. Definitivamente, debió pedirse el día. Su silencio le dio a ella la respuesta, y el personal, al ver cómo había conseguido que él cediera en algo tan serio como lo era su trabajo, la miraron con un nuevo respeto. Candy volvió a sonreír de manera diabólica.

—Nada más necesito a cuatro personas para hacer que la casa funcione, y hasta ahora, sólo he visto comedimiento en uno. ¿Cuántos aquí son cocineros?mm—Tres levantaron la mano—. ¿Quiero un almuerzo gourmet en treinta minutos, ¡andando! —los tres cocineros corrieron a la cocina, y Candy miró al resto—. ¿Un jardinero? —dos levantaron la mano—. Están despedidos, los dos.

—Pero…

— ¡Fuera!

— ¿Buscarás nuevo jardinero?

—Tus jardines lloran de resequedad; si un ser vivo no les tocó el corazón al ver cómo morían, no puedo confiar en ellos.

—Yo podría… encargarme de los jardines —dijo un joven que llevaba uniforme de chofer.

—Tendrás dos semanas para probarme que puedes. Ustedes tres, tráiganme toda la cubertería de plata que haya en la casa; ustedes dos, pongan sobre la mesa todas las vajillas, sean de porcelana o de barro. Tú, tú y tú, en una hora pasaré por todos los baños, revisando. Si encuentro que algo está incompleto, sucio, o feo, se irán de mi casa. Créanme que no tengo problemas en poner un anuncio buscando personal calificado, ninguno de ustedes lo es. Cobraron un suelo durante meses sin hacer nada. ¡Hay baterías en los baños que deben ser cambiadas porque ninguno de ustedes hizo su trabajo! Han representado una pérdida, así que se merecen que les haga la vida imposible. ¡Y les juro que tengo muchas ganas de empezar ya!

Terry se quedó allí, sentado en su sillón, viendo cómo su mujer mandaba por la casa como un general. Daba órdenes sin gritar, pero la contundencia de su tono era tan certera y afilada que pronto todos comprendieron que con la señora era diciendo y haciendo.

Al cabo de un rato, cuando ella pareció exhausta, él se puso en pie, le tomó la mano y la miró a los ojos con una sonrisa bailando en los suyos.

—No me mires así, tengo ganas de darte un puntapié también a ti.

—Tal vez me lo merezca; ha sido culpa mía todo este desastre—. Ella dejó salir el aire y se recostó en su pecho.

—Espero que tus oficinas las lleves con mejor juicio.

—Claro que sí… es sólo que… mamá nunca tuvo empleados domésticos. No aprendí de ella cómo se manejan, así que cuando veía que las cosas no funcionaban, yo sólo…

—Contratabas a otro holgazán más.

—Pero ya estás tú, que tienes mejor ojo para eso.

—Quiero cambiar toda la decoración, Terry.

— ¿Te desharás del pobre soldado medieval? —Candy no pudo evitar reír.

—Será el primer expulsado.

—Tuvo una vida corta.

—Quiero hablar con el arquitecto que construyó la casa, y quiero que me des un cheque en blanco para dejarla como quiero.

—Qué pedigüeña—. Ella lo miró ladeando su cabeza, y él se corrigió—. Tendrás tu cheque en blanco, cariño. ¿Puedo seguir diciéndote cariño? Ese saludo que me diste cuando llegué…

—Delante de cualquiera, del personal, de los hijos si los tenemos, de quien sea… siempre, siempre que llegues, salúdame con un beso, Terry—. Él también estaba recibiendo instrucciones hoy, pensó él, pero esa petición en especial no le molestaba, así que asintió.

— ¿Así estemos enojados?

—Especialmente entonces.

—Como digas. ¿Puedo saludarte otra vez? —él empezó a besuquearle el cuello, y Candy lo abrazó entre risas y suspiros.

Se escuchó un carraspeo que los interrumpió. Uno de los cocineros le anunciaba que el almuerzo gourmet que había pedido ya estaba listo. Candy se sentó al lado de Terry en la mesa, ocupada en un extremo por las vajillas y la cubertería que había mandado traer, y esperó a que le trajeran los platos. Tres platos diferentes, con su acompañamiento, y Candy se ocupó de probarlos todos, incluso el plato que había elegido para Terry, como si fuera una catadora de venenos.

— ¿Y bien?

—Esta noche, quiero tres cenas del mejor estilo que puedan conseguir. Y mañana, tres desayunos. Sólo entonces me decidiré. ¿Qué te parece, cariño?

—Los de tu casa son mejores —dijo, refiriéndose al plato de ternera que estaba comiendo, y Candy tuvo que darle la razón.

Luego del almuerzo, y mientras todo el personal caminaba por la casa limpiando, sacudiendo y demás, Terry le tomó la mano a Candy y la condujo a la habitación, pero allí también había gente limpiando, así que se arruinaron sus planes.

—No es justo. Tengo toda la tarde libre por culpa tuya, pero no la podré disfrutar —Candy se echó a reír, y pegándose más a él le puso una mano en la entrepierna sobándolo.

—Podemos buscar un rinconcito —él la besó con ansias, disfrutando su toque, feliz de que ella tomara la iniciativa, de que fuera tal como era. No quería cambiar nada de ella.

Su teléfono vibró en su bolsillo, y lo miró. Al darse cuenta de que era Robert, lo volvió a guardar.

—Entonces, ¿a qué rinconcito nos vamos? —ella rio, y lo condujo a otra habitación que estaba vacía. También era horrible, pero al menos estaba sola y limpia. Candy tiró de su camisa, mirándolo con una sonrisa traviesa y lo llevó hasta la cama; una vez en ella, lo empujó hasta hacerlo caer de espaldas, y poniéndose a horcajadas sobre él, empezó a desabrochar los botones de su camisa. —Debería estar vigilando lo que hace el servicio —susurró ella bajándole los pantalones y acariciando el enorme bulto debajo de su ropa interior.

—Con la amenaza que pende sobre sus cabezas, ninguno se atreverá a desobedecerte. Oh, sí… —jadeó él cuando ella lo apretó con suavidad. Un último pensamiento cuerdo llegó a su cabeza antes de que ella lo dejara completamente desnudo: mañana sería domingo, podría estar todo el día en la cama con ella. Diablos, se estaba arrepintiendo mucho de no haber programado un viaje de luna de miel.

— ¿Qué significa que mañana tampoco vendrás? —preguntó Robert esa noche. Estaba sentado tras su escritorio, solo, no únicamente en su despacho, sino en todo el piso del edificio. Cada uno de sus empleados ya se había ido a su casa, incluso su fiel secretario, un hombre mayor.

—Significa exactamente eso —contestó Terry, mirando cómo Candy bajaba trapo a trapo toda su ropa de su armario—. No iré. Es domingo, hace rato no me tomo un domingo completo y me lo merezco… Además, estoy recién casado.

— ¿Olvidas por qué fue que te casaste? Las empresas son primero, siempre han sido primero, y tú no puedes cambiar el orden de las prioridades ahora.

—Deja el drama.

—No me gusta tu comportamiento. Quiero a mi hermano de vuelta.

—Soy yo mismo, sólo me estoy pidiendo un domingo libre. Y no tengo que pedirlo, lo tomo y listo. Y tal vez viaje.

— ¿A qué viaje te refieres? —A un viaje de vacaciones —al decirlo, Candy se giró a mirarlo con una sonrisa luminosa en el rostro, y todo en Terry se tensó. Esa sonrisa le encantaba, prometía tantas cosas.

—Qué decadencia —se quejó Robert, y Terry sólo soltó una risita y cortó la llamada. Robert miró el teléfono muy ceñudo, preocupado, decepcionado. ¿Se iba a convertir Candy en un tropiezo para sus objetivos? ¿Tenía tanto poder sobre su hermano? ¡Sólo llevaban un día casados! Se sentó acariciando su barba, muy pensativo. Tendría que vigilarlos muy de cerca. — ¿Un viaje de vacaciones? —preguntó Candy con una camisa estampada de girasoles en sus manos. Terry asintió. La vio tirar la camisa al montón de ropa descartada y tomar una camiseta de AC DC. Milagrosamente, esa no la tiró—. Sería, más bien, un viaje de luna de miel —siguió ella sonriente.

—Algo así. ¿A dónde te gustaría ir?

—Si pudiera elegir, Francia —él sonrió. Había imaginado que diría algo así.

—No puedo prometerte nada aún, pero sí me gustaría tomar unas vacaciones. Hace tiempo que no tengo unas. Y si vienes conmigo…

—La convertiremos en una luna de miel —sonrió ella ya entusiasmada—. Bueno, creo que he acabado—. Terry miró el montón de ropa que ella había permitido que siguiera usando. Eran muy pocos trapos, la mayoría camisetas y jeans; para la oficina no había nada; todos sus trajes habían sido descartados por estar pasados de moda, por ser de otra talla, por mala confección y acabado, etc. No duraría ni una semana con lo que le había quedado sin necesidad de lavarlo todo para volverlo a usar.

—Y ahora, ¿qué me pondré? —Mañana iremos de compras—. Él hizo una mueca. No le gustaba ir de compras, dedujo Candy—. Pero por cada hora de compras que tengamos mañana —negoció ella mirándolo y relamiéndose—, será una hora de sexo, ¿te parece bueno el trato?

—Podría pensarlo.

—Pero las horas cuentan sólo dentro de las tiendas. No cuenta el tiempo de viaje, ni los descansos a comer.

—Mírate, me saliste peor que un comerciante árabe—. Candy se echó a reír, y, asomándose al pasillo, hizo entrar a dos chicas para que recogieran toda la ropa descartada.

— ¿La quemarás?

—Me encantaría, pero hay muchos vagabundos que necesitan abrigo. Lástima que no haya podido echar allí esa horrible chaqueta de cuero.

—La hermosa chaqueta de papá…

—Horripilante.

—Señora, la cena está servida—. Dijo alguien entrando, y Candy la miró ceñuda.

—Gracias, pero en la próxima ocasión, llama a la puerta antes de entrar, y sólo hazlo luego de que te dé la autorización.

—Sí, señora. Disculpe—. Candy dejó salir el aire, y Terry extendió la mano a ella con una sonrisa para que se acercara.

—Te vas a desgastar enseñándoles modales a cada uno —dijo él tirando de ella para que se sentara en su regazo, y ella hizo una mueca.

—Sí, suficiente tengo ya contigo—. Eso lo hizo reír. Ella se acurrucó entre sus brazos. Debía estar agotada; no sólo había estado ocupada con él la mayor parte de la noche, sino que todo el día había estado de un lado a otro poniendo en orden la casa, y también encima de él, o debajo de él, o huyendo de él. Había sido divertido quedarse hoy del trabajo.

A tu lado mis días son como un regalo Cada hora, un presente del cielo Entre más te conozco, más te quiero Eres el tesoro que yo más había buscado.

Virginia Camacho..

Se fueron de compras por la mañana. Candy llevaba zapatos planos, jeans, una blusa amplia y cómoda y el cabello suelto. Parecía lista para una maratón, y eso sólo hizo que se le encogiera el corazón. Seguro que le esperaba una.

Lo hizo entrar a una sastrería. Se dio cuenta de que era una sólo al entrar, pues fuera no había letreros de ningún tipo, ni había ropa vistiendo a maniquíes que se pudieran ver desde afuera. Parecía una casa normal hasta que entrabas, pues todo estaba lleno de estantes de madera de aspecto muy antiguo, y trajes colgados en perchas también de madera. Olía a sándalo y a pino, con una mezcla de café y algo más. Era un sitio muy masculino, sobrio y agradable.

El anciano que atendía se puso en pie al verla y le tomó las manos con cariño preguntándole por la salud suya y la de Lucile. Normalmente, el hombre no trabajaba los domingos, pero había venido porque ella se lo había pedido expresamente.

Seguro que William, había sido cliente de este hombre, pensó Terry, y cuando Candy lo presentó, el hombre lo miró con cordialidad; obviamente había abierto su negocio hoy domingo porque calculaba, la enorme cantidad de dinero que le dejaría este solo cliente, y bien valía la pena traer también a sus ayudantes.

De inmediato lo hizo ponerse de pie frente a un espejo de tres paneles. Tardaron un buen rato mientras le tomaban medidas, le presentaban a Candy bosquejos de posibles trajes, y retazos de telas. Ella elegía y descartaba diseños con mucha soltura, y así encargaron casi treinta conjuntos, algunos de dos, otros de tres piezas; uno, dos, o cuatro botones, diferentes tipos de solapas, caídas, ajustes…

El sastre le prometió tener los primeros en dos semanas, y los demás en el transcurso de sesenta días.

— ¿No es más rápido comprarlos ya hechos? —preguntó él, y ella le puso los dedos sobre la boca como si intentara evitar que alguien más escuchara semejante atrocidad.

—Calla. Los trajes fabricados en masa puede que sean buenos, pero jamás remplazarán los hechos a medida. Lo comprenderás cuando te pongas el primero.

—Cuánto misticismo sólo por unos trapos.

—Veremos el resultado del misticismo cuando terminemos.

Luego lo llevó a una tienda especializada en camisas. Terry miró en derredor un poco sobrecogido, había filas y filas de camisas. Unas colgadas en perchas, otras dobladas dentro de pequeñas cajas transparentes.

Le hizo medirse unas cuatro, y cuando le pilló el truco a su talla, sólo las miraba, las ponía sobre su rostro para ver si el color le favorecía y se las daba a las dependientas, que, encantadas, iban haciendo un montón con ellas. Había de todos los colores, telas, labrados, estilos, cuellos y puños que jamás imaginó.

—Parecen hechas para ti —sonrió ella entrando con él al probador, analizando el ajuste del puño y del cuello—. Te quedan perfectas, hemos hallado tu tienda de camisas ideal.

—Hagamos el amor aquí —susurró él acercándose a ella, y Candy huyó del probador sonrojada por su sugerencia. Terry escuchó un montón de trucos con respecto a la ropa; tenía buena memoria, pero seguro que no podría recordarlos todos, sin embargo, trató de retener los más importantes: los pantalones cambiaban de moda y había que estar al día; si los compraba ya hechos, se le dejaban al sastre para que los ajustara o acortara según la necesidad, había camisas que jamás debían llevar corbata; en la mayoría de las ocasiones, era mejor llevar camisas de manga larga, y arremangarlas si hacía calor, que llevar camisa de manga corta; nunca se tenían suficientes zapatos, y la regla aplicaba tanto para hombres como para mujeres; ni suficientes cinturones; ni suficientes corbatas… La lista era interminable, y Terry tuvo que salir del probador para que Candy aprobara conjuntos. Las dependientas de esas tiendas hacían una especie de calle de honor para verlo, y sonreían aprobadoras o sacudían su cabeza descartando casi al tiempo que su esposa. Poco a poco, fue cogiéndole el truco, y fue capaz de elegir ropa de su cuenta que ella aprobó al instante.

Luego de la hora del almuerzo, Candy lo llevó a un salón de belleza. Él la miró ceñudo.

—No me voy a cambiar el look.

—No te lo quiero cambiar, me encantas como eres.

—Oh… Entonces…

—Sólo déjate consentir, ven—. Le tomó la mano y lo llevó hasta una de los espejos. Él se sentó y miró al hombre que de inmediato metió sus dedos entre su cabello y examinó—. Me gusta el corte clásico —le dijo Candy—, pero quiero que parezca más…

— ¿Moderno?

—Tú sí sabes. Los cortes de un dólar hacen parte del pasado para ti, cariño —le dijo ella mirándolo a través del espejo. Él sólo entrecerró sus ojos—. Oh, ¿y podría por favor llamar a alguien para hacerle la manicura? —Terry se miró sus uñas. No iba a protestar ahora, luego de que ella todo el día hizo lo que quiso con su cuerpecito, pero si no le gustaba, le haría pagar de una manera muy singular. El hombre le dijo algunas cosas, como que tenía una buena calidad de cabello, y que su estructura ósea le permitía llevar casi cualquier estilo, pero no le prestó mucha atención; estaba agotado. Si hubiese tenido que correr la maratón, no habría estado tan cansado, así que se dejó guiar a la zona de champú, y luego volvió para dejar que el hombre empezara a pasar la tijera por su cabello. ¿Qué tenía de malo su corte? Siempre había llevado el cabello de la misma manera, y lo recortaba regularmente. Robert era el que se lo había dejado crecer, como si se tratase de un voto religioso. Cuando le anunciaron que ya habían terminado, lo giraron de vuelta al espejo, y se miró.

—Increíble —suspiró Candy. ¿Qué era increíble?, se preguntó Terry. Él se veía igual. Pero no estaba igual, pensó Candy. Para nada. Se veía mucho más pulcro, cuidado, mucho más… guapo. Ahora sí parecía un millonario interesante.

Al día siguiente, Terry entró a sus oficinas atrayendo la atención de casi todos en el lugar. Evelyn, la secretaria, se puso en pie al verlo, con la boca abierta, y no atendió a casi nada de lo que le dijo. Un poco confundido por su actitud, siguió directo a la sala de juntas, donde lo esperaba su hermano tal vez molesto. Robert también hizo una cara de asombro al verlo, pero Terry no le prestó mucha atención; puso su maletín sobre la mesa y se sentó.

—He vuelto —dijo—. Me casé el viernes, pero he venido a trabajar como cualquier otro empleado hoy lunes. ¿No es eso admirable?

— ¿Qué te hiciste? —le preguntó Robert, y Terry lo miró con ojos entrecerrados. — ¿Cómo que qué me hice?

—Estás… tu ropa… tu cabello…

—Ah… tengo asesora de imagen.

—Contrataste a…

—Candy es mi asesora de imagen —dijo con una sonrisa—. Y bien, ¿podemos empezar, o quieres que te dé el teléfono de mi peluquero?

— ¿Estás dejando que controle tu manera de vestir?

—Terry se encogió de hombros.

—Ella tiene mejor gusto que yo. ¿Y en serio estamos hablando de mi ropa?

—Es sólo que… Lo siento, tienes razón. Centrémonos.

—Sólo estás celoso porque ahora es evidente que soy más guapo que tú—. Robert dejó salir una risita.

De niños, estas habían sido sus peleas, sobre todo porque él, que le llevaba años, le hacía llorar diciéndole que era el más feo de la familia. Observó a su hermano en silencio mientras éste se dedicaba a encender su portátil. Había algo diferente en él, algo que iba más allá de su ropa y su cabello. No sabía decir qué, pero no le gustaba. Como hermano mayor, como el que en muchas ocasiones tuvo que defenderlo de chicos peligrosos en la escuela y el barrio, llegando a veces a los puños; como el que había tenido que trabajar doble para alimentarlo y vestirlo cuando fallaron sus padres; como la persona que mejor lo conocía, empezó a preocuparse.

Candy despertó. Abrió primero un ojo al sentir la respiración de Coco en su oreja, y se movió esquivándola. No parecía desesperada por un paseo, sólo se había convertido en su despertador personal. Se sentó recogiéndose el cabello enmarañado, y suspiró. Anoche había sido otra noche extrema con Terry.

Él, ciertamente, era un hombre activo en la cama, y la había mantenido despierta otra vez hasta la madrugada. No había tenido suficiente con la sesión de la tarde, no. Sonrió. Esta mañana él se había despertado muy temprano, había sacado a Coco, corrieron juntos, y luego se había dado una ducha para irse a trabajar. No era ruidoso, ni encendía la luz despertándola. Sólo la había llamado para que verificara que su elección de ropa era la adecuada. Ella con medio ojo abierto le dijo que sí. Pero ya era hora de levantarse. Las ocho de la mañana, por Dios, nunca había sido tan perezosa, y tenía un personal al que entrenar, un arquitecto al que llamar, un decorador al que contratar… Saltó de la cama directo a la ducha y se detuvo ante su propio reflejo en el espejo. Modestia aparte, se veía bellísima. ¿Tendría algo que ver las atenciones de Terry?

Se acercó más al espejo bajándose un poco los párpados buscando de dónde venía ese brillo en sus ojos, pero sólo pudo sonreír. Seguro que sí tenían mucho que ver sus recientes actividades en la cama… y fuera de ella, por Dios.

Cuando estuvo abajo, comprobó que el personal que seguía laborando, lo estaba haciendo bien. No tuvo que llamarles mucho la atención, y al verla, todos la saludaron y le preguntaron qué de especial había para hoy. Ya había elegido a uno de los tres cocineros que antes tenía, y luego de citar al arquitecto de la casa, se sentó en la cocina para armar un menú semanal junto a Patricia, con quien se sentía con mayor confianza. Terry la llamó para invitarla a almorzar fuera; lamentablemente, Robert se les unió. Candy sentía que quería muy poco a su cuñado; a Terry lo había perdonado por darle dinero a Sean, pero bueno, era Terry, pero a este otro…

—Parece que tienes el propósito de cambiar a mi hermano —le dijo en un momento en que quedaron a solas, y Candy lo miró de reojo.

— ¿Cambiarlo? ¿Y por qué voy a querer cambiarlo?

—Ya empezaste a hacerlo. Hoy no es él.

— ¿Porque lleva ropa de calidad y un mejor corte de cabello ya dejó de ser Terry para ti? Y tú acusándonos de ser superficiales y materialistas —Robert la miró en silencio, sin nada qué decir, y en el momento en que quiso pensar en una buena respuesta llegó su hermano rodeándola con un brazo por la cintura y sonriéndole.

— ¿Te apetece algo más?

—Así estoy bien —le contestó ella, y salieron del restaurante.

En las horas de la tarde, Candy se ocupó de su cita con el arquitecto. Se enteró así de que era una casa con no más de un año de haber sido construida, y que no se había enterado del decorado.

—La dejé en obra blanca —le dijo un poco ceñudo al ver las fotografías que ella le enseñaba—, esto no es mi responsabilidad —Seguro que no, pensó Candy, pues la casa era hermosa en cuanto a su estructura, lo que hablaba bien del arquitecto, pero nada que ver con la decoración.

Terry le había dado carta blanca para dejarla como quisiera, y luego de ver los planos, y de escuchar las explicaciones del arquitecto, se le estaban ocurriendo muchas ideas. Conocía buenos decoradores, y sabía que podía sacarle un excelente partido a la casa. En un principio había pensado tirarla abajo, convencer a Terry de que la vendiera, pero ya se estaba encariñando con la estructura, que era moderna, funcional, bastante sencilla. Se le estaba pareciendo bastante a su dueño, así que, afortunadamente, lo que estaba mal se podía cambiar.

Luego de algunos días, la pareja estableció un ritmo. Terry siempre era el primero en despertar, y si Coco no lo urgía para salir, la despertaba a ella para hacer el amor. Candy nunca se negaba, ni decía estar cansada, ni tener dolor de cabeza, ni le pedía que la dejara dormir. Era la esposa perfecta. Sólo le incordiaba un poco cuando elegía mal la ropa. Era capaz de hacerle cambiar todo el atuendo que ya había elegido sólo por un detalle, pero él se dejaba guiar.

Había notado que lo miraban diferente desde que ella le elegía la ropa, y era para bien.

Luego de que él se iba a trabajar, si no tenía clases, Candy se encargaba de las cosas de la casa, de Coco, iba a visitar a su madre, o simplemente, dormía otro poco.

El personal de servicio se había ido reduciendo con los días, y los que quedaban, hacían lo posible por conservar su empleo.

Cuando al fin una decoradora tuvo tiempo para visitarla, Candy se emocionó. Por fin iba a dejar atrás esta casa, y sus siguientes días, estuvieron ocupadas en esta tarea.

Un día, simplemente Terry entró a la casa y la encontró completamente vacía. Los empleados estaban arrancando de las paredes el papel tapiz, con guantes, gafas de seguridad y máscaras, y todo alrededor era ruido de golpes, máquinas y demás. Candy se le acercó con una sonrisa. De alguna manera, transformar la casa la hacía feliz, y él no le iba a quitar ese motivo para dibujar esa sonrisa.

—Vas bastante adelantada —dijo él luego de que ella le dio su saludo de siempre. Ella se veía hermosa con su camisa de cuadros y pantalón jean. Tenía un casco protector puesto, y otro en la mano para él.

—Ha sido un trabajo largo, pero en poco tiempo tendremos casa de nuevo. Te va a encantar, tengo una idea excelente para tu despacho.

—Mi despacho está bien.

—Oh, eso no es lo que yo vi.

— ¿Qué le hiciste? —ella sonrió y lo condujo a la oficina privada de él.

Terry vio con nerviosismo que también estaba desnuda.

—No te preocupes, la caja fuerte sigue intacta y en su lugar, será lo primero que esté listo para que puedas seguir trabajando como si nada.

—Mis libros…

—Están en otra habitación. Yo personalmente trasladé tus cosas, para que no hubiese riesgo de que se perdieran o dañaran. ¿Había algo de valor en ellos? —él meneó la cabeza acercándose a la caja fuerte, introdujo la clave y la abrió. Candy vio dentro gran cantidad de efectivo, documentos, oro, y unas pequeñas cajas que debían contener algo importante, porque fue lo primero que revisó. Hubiese querido husmear, pero no quería parecer entrometida.

— ¿Todo en orden?

—Eso parece.

— ¿Es seguro tener dinero en efectivo aquí?

—Sí y no. No te preocupes, tengo un excelente sistema de seguridad. Espero que no lo hayas desinstalado.

—La red eléctrica está intacta. Gracias por no enfadarte conmigo por no haberte consultado primero —él la miró a los ojos.

—Para esto me casé contigo, Candy, para que le traspasaras un poco de tu clase a mi vida—. Ella sonrió.

—Es extraño que consigas que eso suene a cumplido.

—Lo era. —Sí, te creo, pero, la mayoría de las mujeres preferimos que nuestro marido nos diga que se casó con una por otra razón.

—El amor —murmuró él, y Candy se mordió los labios. Respiró profundo, y antes de que él dijera algo desagradable acerca de eso, le cambió el tema.

Pero las cosas no sólo empezaron a cambiar en la casa y el guardarropa de Terry.

Candy fue invitada a varias juntas en las que se fue enterando del progreso de la empresa. Los socios poco a poco fueron cambiando su opinión acerca de Terry, que, si bien tenía métodos un poco fuertes, eran efectivos, y, gradualmente, White Industries empezó a levantar su cabeza. —En un año estaremos rozando los números negros —le informó Robert, con su usual voz fuerte—, y en tres, ya libres de deudas, podremos expandirnos.

—Esta mañana se firmaron unos acuerdos muy jugosos con uno de los antiguos clientes de tu padre —dijo Terry pasándole varios documentos que constataban lo que le decían.

—Ah… ¿sí?

—Allí están las cifras que conseguimos; te parecerá muy rentable.

— ¿Habíamos perdido ese cliente?

—Ese y otros más. Es lo que sucede cuando bajas la calidad de tus productos—. Candy frunció el ceño.

—Ahora comprendo por qué las cosas iban tan mal.

—Pero iremos recuperando clientes y reputación. Lo segundo será un poco más lento, pero lo conseguiremos—. Ella sonrió admirándolo. Suspiró al pensar que, después de todo, él era la mejor opción como marido. Sean jamás habría podido conseguir algo así en tan poco tiempo.

Luego de un mes de casados, la casa se empezó a transformar. En menos de una semana, Terry tuvo de vuelta su oficina, pero mucho mejor que la anterior. Ya Candy se había quedado con sólo cuatro de todos los empleados, que marchaban como soldaditos y habían recibido de Candy un curso intensivo para cada ocasión. A algunos incluso les pagó estudios para mejorar en sus habilidades, como fue el caso de Patricia, quien se convertiría en la ama de llaves. También, la pareja había sido invitada a reuniones sociales. Orgullosa, Candy asistió del brazo de su bien vestido marido, que luego comprobó, era apetecido por las otras mujeres, casadas o no.

—He oído las razones por las que te casaste —le dijo en una ocasión Sharon Hackford, una mujer de más o menos treinta, vestida un con ceñido traje rojo y meneando su copa de vino. Candy elevó sus cejas mirándola.

Era un secreto a voces que Sharon se había casado con Timothy, treinta años mayor que ella, por el dinero. Era la menos indicada para criticar las razones de su boda.

—Sí, los chismes vuelan.

—Entonces, ¿es verdad que estabas a punto de quedar en la quiebra, y que por eso corriste a esos fuertes brazos de bolsillos llenos? Dime otra cosa, ¿es verdad que es una bestia en la cama? Todas lo dicen —Candy no pudo evitar echarse a reír. Lejos de incomodarse, lejos de molestarse por la insinuación de que Terry se había acostado con todas, sólo pudo reír divertida por el afán de esta mujer de hacerla sentir mal.

—Peor que una bestia, querida, y el dinero se sale de sus bolsillos. Todo es cierto.

— ¿Cómo lo soportas?

— ¿Porque es joven y guapo, tal vez? —Sharon lo miró seria, como si no se pudiera creer que le contestara de esa manera.

—Te has puesto en ridículo al casarte con un hombre de su condición —dijo ahora Elen Salewsky, una mujer que había casado recientemente a su hija de diecisiete años con un hombre que podría ser su padre sólo por las conveniencias—. ¿En qué estabas pensando cuando lo trajiste aquí?

—En que a tu marido le encantaría ser atendido por el mío al menos por unos minutos —dijo Candy señalándolos. Efectivamente, Winston Salewsky parecía rogarle a Terry por un poco de atención—. Ten cuidado con tus palabras, cariño —le advirtió a Elen—; a tu marido podría disgustarle la manera en que le hablas a la esposa de GrandChester —sin dar tiempo a que soltaran más veneno, Candy se alejó de ellas para auxiliar a Terry, que parecía atrapado en la conversación de Salewsky—. Señor Salewsky, espero esté pasando una buena velada.

—Claro que sí, querida —la saludó el hombre, y de inmediato Candy se volvió a Terry.

—¿Querido, me acompañas un momento? —lo tomó del brazo, y sin esperar respuesta, lo llevó a uno de los pasillos que conducían a los baños. Estaban en la casa de un antiguo amigo de su padre, rico, influyente, y caprichoso.

Había invitado a los GrandChester luego de que Candy y su esposa coincidieran en una tienda y conversaran un poco. Así de fácil se podían retomar las amistades aquí, y así de fácil podían destruirse también.

—Parece que eres bastante apetecido por aquí —sonrió Candy, y Terry miró hacia el salón, donde los invitados se paseaban con sus copas en las manos, con sus trajes elegantes y joyas brillando bajo la luz de las lámparas.

—Tanto brillo, tanta farándula… y todo es una farsa —dijo Terry en tono enigmático—. Ese hombre que hablaba conmigo… está urgido de dinero líquido y me buscaba como si yo tuviese una mina de oro. Ese de allá, está casi en la quiebra, pero su mujer lleva las joyas más vistosas del salón. Ese alto de allí, está cometiendo errores terribles en sus negocios, pero alardea de ellos como si fuera muy brillante. Toda la alta sociedad es una mentira.

— ¿Y cómo es que un hombre que detesta la mentira ha hecho todo lo posible por entrar en ella? —Terry sonrió mirándola.

—Por el poder que eso representa.

—Ah. Bueno… ya tengo asumido que te casaste conmigo por un interés particular, pero no tengo ni idea de qué es en verdad lo que te impulsa. El poder en sí mismo nunca es un objetivo final, el poder es un medio para conseguir algo—. Terry esquivó su mirada, y ella le tomó las solapas de su traje para hacer que volviera a mirarla—. ¿Algún día me contarás, Terry?

—Te escandalizarías.

— ¿Me he escandalizado con las cosas que he sabido de ti hasta ahora?

—No, pensó él mirándola muy fijamente a sus ojos, unos ojos preocupados, más que curiosos. ¿Podría confiar en Candy? ¿Podría contarle lo podrida que estaba su alma por el ansia de venganza que tenía? En vez de contestarle, él se inclinó a ella y la besó. Siempre era bueno besar a Candy, en cualquier momento, en cualquier lugar. Ella sólo suspiró dejando caer sus hombros.

—Soy la esposa que te ayuda a conseguir tu propósito, pero ni siquiera me cuentas de qué se trata.

—Candy…

—No, está bien. Seguiré dando tumbos, andando a ciegas. Si lo supiera, yo tal vez podría ayudarte a agilizar todo en tu camino, Terry. Recuerda que nací y me crie aquí, y conozco casi cada chisme y cada secreto que guardan estas personas—. Era verdad, pensó él mirando de nuevo hacia el salón, ella podía saber y comprender cosas mejor que él y Robert.

Le rodeó los hombros con su brazo y caminó con ella alejándose aún más, hacia un ventanal. ¿Le contaría ya? ¿Le contaría aquí?, se preguntó ella sintiéndose nerviosa por la expectativa, pero él sólo la besó de nuevo, más despacio, más profundamente.

— ¿Te he dicho lo hermosa que eres? —no le contaría, pensó ella tratando de disimular su decepción. Pero no lo iba a presionar. La confianza era algo que se ganaba, no se podía forzar.

—Oh, pero yo no me molesto si me lo dices de nuevo —él sonrió y la volvió a besar.

Candy cerró sus ojos pensando en que tenía que conseguir que Terry comprendiera al fin que una esposa no era sólo alguien con quien tener sexo y que te arreglara la ropa y la casa.

Una esposa era, o debía ser, tu mejor amiga y socia, la depositaria de tus secretos… Poco a poco, se dijo, y le devolvió el beso. Vamos poco a poco. Había que domar a este hombre en más de un sentido.

Tan bonita, tan sensual, tan hermosa mi chica Seducido por tu mente, por tu encanto y tu sonrisa Te convertí en mi sueño, en mi realidad, mi mejor amiga Depositaria de mis secretos, conocedora de mis cuitas…

Terry observó desde una de las ventanas de su recién decorada casa a Candy, que llegaba de uno de los extremos del jardín examinando junto al jardinero los diferentes parterres de flores. Tenía jardín también, pensó, y se dio la vuelta para mirar los nuevos muebles y el decorado de la sala.

La casa parecía otra, ella le había cambiado sólo el decorado, pero a veces no reconocía nada en ella, y no porque le disgustara o la sintiera ajena; cada día que pasaba era más suya, más de los dos. Por dentro y por fuera, la casa había cambiado mucho. Los colores, los muebles, la armonía que se respiraba… incluso el personal parecía otro, eficiente y solícito. No había siquiera que llamarlos, parecían adivinar que los necesitaban, y allí estaban. Su ropa siempre estaba limpia, ya no se arruinaba por el mal lavado o planchado. No había polvo en ningún lado de la casa, y la decoración parecía sacada directamente de una revista. Había luz natural en todas las habitaciones, y comer en casa era un placer, pues cada plato se había convertido en una experiencia.

No podía creer a veces que esto lo consiguiera una muchachita de sólo veinticuatro años como lo era Candy, pero así era, y estaba más que feliz por eso; era justo lo que él siempre había querido, y eso le daba mucha tranquilidad.

Ella lo había conseguido, y había conseguido, además, que, con menos recelo, los más ricos e influyentes de la sociedad lo aceptaran un poco más. Ya no iban ante él con indirectas, puyas, y comentarios resentidos.

Ahora incluso parecía que lo respetaban, compartían con él sus logros, tal vez con el deseo de sobresalir un poco, pues conocían muy bien los de él.

Suspiró y volvió a mirar por la ventana; Candy no se había dado cuenta aún de que estaba en casa, pero no tardaría. Cuando viera el auto estacionado su rostro se iluminaría e iría a buscarlo.

Y así fue. Candy de repente dejó solo al jardinero y entró por la puerta principal. Al verlo, le sonrió, y caminó a él con esa hermosa sonrisa que ya adoraba.

—Bienvenido a casa, querido —él se inclinó a ella para besarla, como siempre, y esta vez, la abrazó fuerte. Candy frunció un poco el ceño. Él se sentía extraño.

— ¿Está todo bien? —Terry murmuró un asentimiento, pero no la soltó. Ésta mañana, él se había ido en silencio, y al despertar ella, había encontrado un mensaje en su teléfono que le decía que no vendría a almorzar. Y no le había hablado más. Ella le había contestado algo, pero el mensaje no le había llegado siquiera, lo que indicaba que lo había tenido apagado.

—Puedo preguntarte…

—No.

— ¿No?

—Sólo abrázame otro ratito—. Candy suspiró, pero no dejó de abrazarlo. Pocas veces él se mostraba así, e intuía que era por una razón fuerte; pero él no le decía nada, y sólo siguió abrazándola.

A veces, sentía que tropezaba con un duro bloque de hielo cada vez que quería ahondar un poco en la vida privada de su esposo. ¿Cómo podía ser que siguiera conociendo tan poco de él? El bajó un poco sus manos a su cintura y luego a sus nalgas, besándole el cuello.

—Gracias, —susurro él, y ella se retiró para mirarlo a los ojos, los de él estaban sonrientes, aunque no era una sonrisa de alegría. Parecía, más bien, una sonrisa melancólica.

— ¿Por qué?

—Por… todo. Has convertido mi pocilga en un hogar, y… por dejarte abrazar, por dejarme besarte…

—Ah… bueno, son mis deberes conyugales —él frunció el ceño, como si no le gustara esa respuesta, y ella se echó a reír.

— ¡Esta casa es alucinante! —dijo un hombre entrando a la sala, y, sobresaltada, Candy soltó a Terry. Abrió grande su boca al verlo. ¡Era Aidan! Aidan Swafford, el famoso, famosísimo cantante de una banda pop rock que incluso ella escuchaba. Tenía una voz preciosa, una reputación horrible, y una cara tallada por los ángeles… ¿Y qué hacía ese hombre en su casa? Como una muñeca rota, giró su cuello para mirar de manera interrogante a Terry, que simplemente se había cruzado de brazos mirando al hombre.

— ¿Es tu esposa, Terry? —preguntó el rey-mendigo Aidan Swafford, como lo habían nombrado en una revista, mirándola a ella con una hermosa, hermosa sonrisa. Era alto, bastante atlético, y esta vez llevaba su cabello castaño oscuro corto y bien peinado; su traje negro le quitaba un poco el aspecto de estrella rock y le conferían cierta tranquilidad. Sin embargo, esa mirada no era nada tranquila. La miraba como si deseara que Terry contestara que no era su esposa, que sólo era una amiga, y que tenía vía libre para ir por ella como y cuando quisiese.

Ahora entendía por qué las mujeres no se podían resistir a él, ya era difícil en foto o video; en persona, era letal.

—Qué… qué… —preguntó ella aturdida, pero no atinó a decir nada, y Aidan, tan lindo él, seguía mirándola con esos ojos plateados, como la luz de la luna llena, sonrientes y encantados…

—Sí, es mi esposa —contesto Terry con voz áspera—. Deja de babear, Aidan, y saluda a mi mujer.

— ¿Cómo…?

—Un placer conocerla, señora GrandChester—obedeció Aidan extendiendo a ella la mano con su sonrisa de comercial de pasta de dientes, y ella sólo atinó a estrecharle la mano.

—Parece que tienes aquí a una fanática —murmuró Terry con voz impregnada de burla.

—No soy una fanática —contradijo Candy reponiéndose al fin—. Es sólo que me sorprendió… verlo en mi casa. ¿A qué horas… a qué horas entraste? No los vi…—. Aidan se encogió de hombros, y Candy pudo caer en cuenta de algo; ¿por qué llevaba traje formal? Eso no pegaba con su imagen. Y ahora que se fijaba, también Terry iba de negro.

—Vine a verlo como todos los años —contestó Aidan—. Es el aniversario de la muerte de mamá y papá—. Más confundida aún, Candy miró a Terry.

—Se refiere a mi papá y mi mamá.

— ¡Soy tu hermano! —exclamó Aidan mirándolo ceñudo.

—Sólo mi hermano adoptivo.

—Nunca has dejado que lo olvide. Qué horrible eres.

— ¡Un momento! —los detuvo Candy poniéndose en medio—. Terry… ¿cuándo ibas a decirme que tienes otro hermano? Y, sobre todo, ¡que es Aidan!

—Porque no tiene importancia, ni que fuera alguien—. Candy escuchó a Aidan gruñir, y no pudo evitar echarse a reír.

—Esto sí que está cambiado —dijo Robert apareciendo, y Candy volvió a quedar boquiabierta. Robert también iba de negro—. Hola, cuñada. Candy sólo miró a Terry, pero él no le estaba prestando atención.

—Supongo que se quedarán a cenar —dijo con un hilo de voz, y los tres movieron la cabeza afirmativamente.

—Perdona que no te avisara —se disculpó Terry, y caminó hacia las escaleras que llevaban al segundo piso—. Iré a cambiarme de ropa. Chicos, están en su casa—. Candy se quedó en la sala con Robert y Aidan, y ella miraba a uno y a otro, sintiéndose extraña.

—Supongo que… Aidan pasará la noche aquí —dijo al fin, y Aidan le sonrió.

—Si no te molesta.

—Claro que no.

—Yo no —le contestó Robert—, por mí no te preocupes.

—No estaba preocupada —Aidan sonrió ante la respuesta de Candy. Robert iba a decir algo más, pero su teléfono timbró, y él se fue a otro lado de la sala.

—Perdona mi comportamiento —se disculpó Candy—. Es sólo que…

—No tienes que explicarte. Escuché todo la noche de tu boda, ¿recuerdas?

—No, la verdad, no.

—No te culpo. Y este Robert es un poco difícil, lo admito. Antes no era así.

— ¿Antes?

—De la muerte de papá y mamá. A eso vine. Siempre que es su aniversario, vengo de donde esté, así sea el otro lado del mundo, para estar con él y Terry. Ellynor y Richard fueron mis padres; no me engendraron, pero fueron todo lo que un par de papás podían ser.

—No tenía ni idea, jamás me imaginé… Esa parte de tu vida… no aparece en tus biografías.

—Claro que no. Pero contéstame, por favor, ¿qué es lo que aparece en mis biografías?

—Casi nada.

—Exacto —sonrió Aidan. Candy pestañeó un poco aturdida, tratando de comprender lo que eso significaba, pero al parecer, aunque no era un GrandChester, Aidan también sabía ser enigmático.

Respiró profundo y decidió asumir su papel de anfitriona.

—Ven, te asignaré una habitación—. Se escuchó un suspiro en el pasillo, y Candy pudo comprobar que las mujeres del servicio, incluso Patricia, se asomaban para mirar a Aidan más de cerca—. Ignóralas, por favor —Aidan sonrió, y siguió a Candy escaleras arriba.

Candy encontró a Terry sacándose la ropa en medio de la habitación, y se acercó lentamente a él.

—Perdóname por no avisarte que traía un huésped —dijo él— Espero no sea un problema.

—No lo es. Pero… no me imaginé que tuvieras un hermano famoso.

—Ah, bueno, no es relevante para nosotros.

— ¿No lo es? Es difícil imaginar por qué. En todas las historias que me has contado, él nunca estuvo…

—No te he contado tantas historias, y las pocas que sí… efectivamente, él no estuvo.

—Eres una bola de misterios —rezongó ella cruzándose de brazos y dando la vuelta para salir.

—Y eso no te gusta, ¿verdad? —la detuvo él. Candy se dio la vuelta y lo miró casi inexpresiva.

—Me hubieses dicho que hoy era el aniversario de muerte de tus padres. Me habría gustado ir contigo a presentarles mis respetos también —Terry se detuvo en sus movimientos y la miró en silencio. Ella lo estaba diciendo de verdad, pensó, y sintió algo dentro que le hizo pensar que le hubiese gustado que ella estuviese allí con él el día de hoy.

—Lo siento. Sí, debí decirte—. Él arrojó sobre una silla los boxers que había llevado puestos, quedando desnudo ante sus ojos, pero se metió de inmediato en una bañera que había estado llenándose. Candy se mordió los labios. Algo que le gustaba de Terry era que, cuando cometía un error, lo admitía. Dejó salir el aire y se acercó despacio a él, que ya estaba dentro de la bañera; tomó la esponja de baño, y llenándola de jabón, la deslizó suavemente por sus hombros. Él sólo la miró de reojo.

—Qué —le preguntó ella ante su mirada, y él sólo le sonrió.

—Sólo pienso en lo mucho que quieres que te cuente ciertas cosas.

—Entonces, ¿que venga a frotar tu espalda tiene una segunda intención para ti?

—Sí —dijo él sin rodeos, y Candy soltó la esponja en un gesto disgustado.

—Eso es lo que consigo por mostrar un poco de amabilidad— Gritó cuando él le atrapó la mano y la hizo caer justo en su regazo, dentro de la bañera— ¡Me mojaste!

—Oh, ¡cuánto lo siento!

— ¡Qué mentiroso!

—Pero es que no lo hemos hecho en la bañera.

— ¡Eso es falso! —él miró al techo como si tratara de recordar.

—Cierto, tienes razón. Bueno, ya estás mojada, dame un beso.

—Eres un cretino.

—Dale un beso a este cretino —ella no pudo evitar reír. De alguna manera, siempre lo conseguía. Se acercó a él y le besó los labios. Él empezó a quitarle la ropa mojada.

—Dime, por favor, que le diste a Aidan una guitarra.

— ¿Una… guitarra?

—Para que se quede atontado con ella durante dos eternidades y no empiece a buscarme por la casa—. Candy volvió a reír, y le facilitó la tarea de quitarle los pantalones.

—No, no le di una guitarra.

—Entonces habrá que hacerlo rápido—. La ubicó en su regazo y siguió besándola y paseando sus manos por todo su cuerpo, que estaba resbaladizo por el jabón, y en pocos minutos estuvo dentro de ella, provocándole jadeos y gemidos, y, minutos más tarde, ella se desmadejaba sobre él, saciada y feliz.

—No comprendo… —empezó a decir ella, pero se quedó a mitad de camino. Tal vez lo que iba a decir revelaba demasiado, y no era bueno cuando él se reservaba tanto. Tragó saliva pensando en eso; sentía que estaba dando y dando, y, en cambio, él se guardaba todo. En la cama la relación era insuperable; en la sala, eran un modelo de marido y mujer, pero a la hora de la verdad, él era distante, excluyéndola de su vida. Hoy había sido el aniversario de muerte de sus padres, y no le había dicho nada, ni siquiera a modo de información. Había ido a visitarlos dejándola a ella por fuera. Tenía otro hermano, aunque adoptivo, y no se lo había dicho; que fuera famoso o no, tal como él decía, no era relevante, pero no podía evitar sentirse aislada por haberlo ocultado.

A pesar de estar casados, a pesar de ser su esposa, de lo bien que se llevaban, ella seguía siendo una extraña para él.

Salió de la bañera para aclararse el jabón en la ducha sin mirarlo directamente a los ojos. Sentía que los ojos le picaban.

En momentos como este, se le olvidaba que esta relación era pura conveniencia, nada de sentimientos. Lamentablemente, ella sí se estaba involucrando, cada vez más fuertemente, y eso la asustaba.

Terry la siguió con la mirada, admirando sus curvas, deseando ir tras ella, pero no lo hizo. Le era fácil imaginar que estaba molesta, y no podía culparla, pero sabía que, si le contestaba tan sólo una de sus preguntas, tendría que hacerlo con todas, y no podía; no debía.

Ella era discreta, eso no lo dudaba; si le contaba un secreto, por grave que fuera, tenía la intuición de que lo guardaría por él, pero este era un terreno que siempre había sido un poco peligroso. Y tenía que admitir que le costaba; nunca había compartido esto más que con sus hermanos, y eso, porque ellos habían estado tan dentro del monstruo como él. Exteriorizar tantas cosas era difícil. Pero empezó a sentirse solo, la bañera era demasiado grande sin ella; el baño era demasiado grande sin ella, así que se apresuró y salió también.

—Iré a encargarme de la cena —dijo ella terminando de ponerse una blusa y apresurándose a recogerse el cabello—. Tenemos un invitado, no podemos ser descorteses—. Ella salió de la habitación tan pronto como se hubo vestido, y Terry se sentó en la cama dándose cuenta de que la mirada de ella no estaba como siempre que tenían sexo, luminosa. No, ella parecía totalmente apagada.

—Delicioso —celebró Aidan dejando los tenedores y la servilleta, que ahora eran de tela, sobre la mesa—. Muchas gracias por tu hospitalidad, cuñada —Candy sonrió. Ella sabía a quién le contaría el enorme chisme de que Aidan Swafford había estado en su casa y se iba a volver una bola de envidia. Robert estaba silencioso al lado de Aidan, y también agradeció la cena, aunque en voz baja.

—Gracias a ti, por estar aquí —le dijo ella a Aidan—. ¿Cuánto tiempo te quedarás?

—Mañana a primera hora vienen a buscarme.

—Oh…

—Pero volveré el otro año.

—Mucho tiempo —Aidan sonrió un poco melancólico, con sus pestañas abundantes ensombreciendo su mirada, y tuvo que admitir que realmente este hombre era guapo.

—Sí. Últimamente sólo los veo cada año.

—Seguro es porque trabajas mucho…

—No puedes llamarle a lo que él hace trabajar —refunfuñó Terry.

—Lo es, y es bastante duro, además —contradijo Aidan—. Acabamos de lanzar un disco, así que es la temporada más ocupada de todas; giras presentaciones, firmas de autógrafos. Y tenemos invitaciones que no podremos abarcar…

—Sí, sí, sí. Cuando lo cuenta así, suena hasta interesante, pero la verdad todo se reduce a fiestas, orgías y desmadres.

—Y sólo una pequeña parte aparece en las noticias de chismes —lo secundó Robert mirando a Aidan con una sonrisa, y éste blanqueó sus ojos.

—Sólo una vez estuve involucrado en un escándalo así.

—Y te dejó marcado para siempre.

—Hasta estuviste preso —siguió Terry, y Candy notó que su mirada se iluminaba—. Mamá te habría tirado de las orejas hasta que te arrastraran por el suelo.

—Y ni se diga de papá, te habría hecho podar el jardín con los dientes luego de darte un sermón de tres horas.

—Lo sé, lo sé.

—Hubo que pagarte un abogado que nos costó casi un ojo de la cara.

—Pero él pagó el servicio social —intervino Candy, recordando el suceso. Ciertamente, había sido muy sonado, y había dejado muy mal la imagen de Aidan.

—Porque lo obligamos —siguió Robert—. Tenía que aprender una lección.

—Está bien, pero ya no se metan con él.

—Oh, ¡te adoro! —exclamó Aidan de repente—. Justo así los reprendía mamá cuando se metían conmigo

—Candy sonrió. —Seguro que ella era la única cuerda de la casa.

— ¡Y la más brillante de todas! —exclamó Aidan—. Mamá era maestra en una escuela. Tenía un don especial. Yo la adoraba con todo mi corazón… —la sonrisa de él se fue desdibujando poco a poco—. Nunca he extrañado tanto a una persona como la extraño a ella—. Hubo un silencio general. Por primera vez, los hermanos estaban de acuerdo en algo, y Candy tragó saliva.

—Si le sucediera algo a la mía… —dijo en un susurro— yo enloquecería—. Aidan la miró ladeando un poco su cabeza.

— ¿Por qué te casaste con Terry? —preguntó, como si fuera algo totalmente incomprensible para él. Candy no pudo evitar reír.

—Por su dinero.

— ¡Wow! Eso tiene sentido para mí—. Candy volvió a reír, le echó una mirada fugaz a Terry, pero él no sonreía, sólo dejaba su copa de vino sobre la mesa con un semblante muy taciturno. Aidan era una presencia muy alegre en la mesa. No temió contarle anécdotas de su niñez a pesar de que estaba delante de los dos mayores, y así Candy se enteró de varias cosas, como de la vez que Robert mató al sapo de su experimento de ciencias y se lo puso en la cara mientras dormía, o cuando se fue a puños con Terry por haberle roto su pelota de béisbol firmada. Siempre Ellynor aparecía como el hada madrina de la paz y la cordialidad, pero Candy empezaba a imaginársela como una mamá algo cansada por los constantes desastres de tres hijos varones e hiperactivos. Afortunadamente, Richard parecía ser un hombre muy activo, que siempre estaba metido en algún proyecto de reparación o construcción, y que, cuando sus hijos se portaban mal, o peor, se peleaban entre ellos, los desnudaba y los bañaba con agua helada en el jardín regándolos con la manguera, sin importar el clima que hiciera, según él, para que se enfriaran los ánimos literalmente. En una sola noche, había escuchado más historias de ellos dos por boca de Aidan, y de vez en cuando Robert, que intervenía en la conversación, que por su marido en todo el tiempo que llevaban juntos, y no podía entender por qué. Sabía que los amaba, él mismo lo había dicho, pero, ¿por qué no compartía sus recuerdos? Porque no confiaba en ella, dedujo. O peor, no le interesaba compartir sus recuerdos con ella.

—Bueno, ya es hora de dormir —dijo ella—. Los dejo a solas, para que se pongan al día y hablen mucho—. Candy dio unos pasos para salir de la sala, pero Terry la detuvo tomándole la mano. Se acercó a ella y le dio un beso en los labios, aplicándole a ella la regla de saludarse siempre con un beso.

—Descansa, querida —ella asintió, y subió sola a su habitación diciéndose lo tramposo que era ese Neandertal en evolución.

—Ella te quiere —dijo Aidan con una sonrisa. Robert lo miró ceñudo. Terry lo miró ceñudo. Poco intimidado por las miradas de sus hermanos mayores, Aidan insistió—. Te quiere. En el sentido romántico. Está coladita por ti.

—Sí, claro.

— ¿No lo crees tú, Robert? Soy un poeta, no lo olviden. Tengo un ojo excelente para eso.

—Eres un poeta barato—. Aidan sonrió mirando a sus hermanos como si él conociera un secreto que ellos no.

—Ya la escuchaste —dijo Terry con voz cansada, levantándose de la mesa y conduciéndolos a otra sala donde había un mini bar que su mujer había mandado a instalar—. Nos casamos por el dinero, no por el romance.

—Ella dijo eso a modo de defensa. Tal vez piensa que no debes saber que te quiere, porque a lo mejor te aprovechas de eso.

—Pero lo estás revelando tú —dijo Robert, y Aidan se alzó de hombros.

—Mi lealtad está con mi hermano. Y se lo digo porque… las cosas podrían ir cambiando si tan sólo él lo aceptara.

—No quiero que las cosas cambien, así están bien.

—Bueno, si tú lo dices. Pero… me alegra que estés bien. Si estás en manos de Candy, estarás a salvo. A mamá le hubiese gustado—. Terry sonrió al fin.

—Sí, yo también lo creo —Aidan lo miró con ojos entrecerrados, pero se reservó el comentario que le vino a la mente. Si él se negaba de tajo ante la posibilidad de que Candy lo quisiera, no quería ni imaginar lo que diría si le revelaba que también él estaba enamorado.

—Y bien, ¿vamos a seguir hablando de la vida romántica de mi hermano, o vamos a aprovechar el poco tiempo que nos queda para ponernos de acuerdo en la infinidad de cosas que aún tenemos que hacer?

—Aidan suspiró. —No, hablemos—. Terry le sirvió a sus hermanos tres copas de vino de muy buena calidad, y se sentó con ellos pensando en lo que Aidan había dicho. ¿Podía ser cierto? ¿Podía ser que Candy lo quisiera, aunque fuera un poco? No, se dijo. Ella había amado mucho a Sean, no podía ser que… Pero últimamente, cuando ella hablaba de Sean, no era para suspirar y extrañarlo, por el contrario. ¿Y qué pasaría si de verdad Candy lo quería? Algo en su corazón le hizo cosquillas, y se puso la mano en el pecho a la vez que miraba a Robert hablar de todos los avances que había hecho en ciertas investigaciones, y cómo, el que él se hubiese casado con alguien como Candy, estaba ayudando sobremanera a llegar al fondo de todo. Candy, Candy, volvió a pensar Terry. ¿Te habrás enamorado?

Continuará...