Magia legendaria.
Capítulo 4.
Lady Minerva tenía razón: Hermione estaba agotada. Sin embargo, no le hizo demasiada gracia dejar a Gryffindor, la única persona que conocía en toda la casa. A pesar de que lady Minerva había sido muy amable, poseía un nivel de seguridad en sí misma que Hermione jamás había visto en una mujer. Durante el tiempo que estuvo en Castle Voldemort, hubo muy pocas mujeres en su vida. El castillo era un lugar eminentemente masculino. White Manor era distinto, el toque femenino de la señora estaba presente por todas partes.
Cuando llegaron al final del pasillo de la izquierda, lady Minerva abrió una puerta.
—Esta será tu habitación. Normalmente, aquí duermen mis nietas.
Hermione suspiró encantada cuando entró en la habitación, que era una delicada y preciosa mezcla de colores pastel y tejidos estampados con flores. Como quería verla mejor de lo que le permitía la única vela que había encendida, creó una esfera de luz.
— ¡Qué preciosidad! Estoy segura de que estaré muy cómoda.
Lady Minerva cerró la puerta.
— ¿Dónde has aprendido a crear luz mágica? ¿Te ha enseñado Harry?
—No exactamente —Hermione dejó la esfera junto a uno de los postes de la cama y luego creó otra todavía mayor—. Vi cómo lo hacía y, después, lo intenté.
Bajo la suave luz de las esferas de luz, la expresión de lady Minerva se volvió pensativa.
—Harry hace que crear luz mágica parezca muy sencillo, pero no lo es. Estoy muy impresionada de que puedas hacerlo sin haber recibido ninguna lección.
Hermione creó otra esfera de luz en la palma de su mano y la examinó.
—La primera me costó un poco, pero ahora es muy fácil. Pienso en luz y aparece.
—Tu poder innato es realmente impresionante —lady Minerva hizo un gesto hacia la cama—. Pero, por ahora, necesitas descansar. Aquí tienes un camisón y, en el armario, hay varios vestidos que puedes utilizar hasta que te hagamos alguno para ti.
Hermione acarició el camisón, que estaba hecho de algodón blanco con unos delicados encajes. No recordaba haber tenido nunca nada tan bonito. La habitación del castillo era suficientemente cómoda, aunque austera, y la ropa la cosían las mujeres del pueblo, cuyo principal interés era conseguir tejidos resistentes que duraran mucho tiempo. Hermione había descubierto la belleza en el bosque y en los animales, pero no en su vida cotidiana.
—No sé cómo darle las gracias —dijo, en voz baja.
—Lo que te damos es tuyo por derecho. Que duermas bien, Hermione. Verás que todo parece más fácil por la mañana —lady Minerva le dio un beso en la mejilla y se marchó.
Hermione se acarició la mejilla mientras pensaba que quizás, en algún otro momento de su pasado olvidado, había existido una madre que también la había besado con afecto. Quizá la familia de Hermione todavía estaba viva.
Rezando para recuperar la memoria y así poder encontrar sus raíces, observó la habitación. La alfombra que estaba pisando era muy mullida y, cuando se quitó la ropa sucia y se puso el camisón, sintió como un dulce susurro en la piel. En el lavatorio había una jarra con agua caliente. Se lavó la cara y las manos, agradecida por el lujo. El peine y el cepillo del tocador eran de plata. Mientras se cepillaba el pelo, empezó a relajarse. Puede que este mundo le fuera extraño, pero era muy acogedor. De alguna manera, se haría un lugar en él.
Con una copa de coñac en la mano, Harry iba de un lado a otro del salón, impaciente; estaba cansado pero no podía relajarse. Cuando llegó junto a la chimenea, chasqueó los dedos y prendió fuego a la leña. Aunque no hacía mucho frío, las temblorosas llaman eran agradables.
Lady Minerva regresó de la habitación de Hermione.
— ¿Sabías que tu protegida puede crear esferas de luz mágica, como tú?
Harry arqueó las cejas.
—No lo sabía pero no me sorprende. Cuando Voldemort me transformó, estaba valiéndose de una gran fuente de poder, y la mayoría provenía de Hermione. Seguramente, será la maga que aprenda más deprisa de la historia Guardiana.
—Lo que significa que necesita la formación indicada desde este mismo instante, antes de que se haga daño o se lo haga a otra persona —lady Minerva se sentó en una silla junto al fuego—. No me gustaría que descubriera cómo quemar la casa mientras duerme. Y, volviendo a Voldemort, ¿qué crees que quiere? Seguro que sabía que no podía destruirte y salir impune. Aunque todavía pudiera seguir bebiendo del poder de Hermione, no podría resistir la fuerza del Consejo en pleno.
—Ojalá supiera lo que quiere. Provocó muchos problemas durante la revolución jacobita y parecía que lo hacía de forma indiscriminada y no a favor ni del rey ni del joven aspirante. —Harry cogió el atizador y removió la madera ardiendo—. Quizá se alimenta del sufrimiento y necesita provocar más.
—Quizá, pero sospecho que tiene otros planes en mente —dijo lady Minerva en tono pensativo—. Jamás ningún Guardián ha sido ministro; los miembros de las Familias suelen huir de estos puestos tan públicos. ¿Crees que ambiciona poder terrenal?
—Sin ninguna duda —Harry analizó algunos de los niveles inferiores de la mente de Voldemort que, en su momento, no había estudiado conscientemente—. Pero quiere algo más que el poder por el poder. Tiene otro objetivo. Uno más oscuro y complejo.
— ¿Algún tipo de perversión sexual?
Harry estuvo a punto de echarse a reír por la incongruencia que había entre la pregunta de lady Minerva y su semblante recatado.
—Si es eso, no lo percibí. Creo que está interesado en otra cosa.
—Harry, siéntate antes de que me hagas un agujero en la alfombra —lady Minerva se reclinó en la silla—. Veré si puedo localizarlo y descubrir algo.
—Ten cuidado —mientras se sentaba frente a su anfitriona, Harry recordó el suplicio que había sufrido a manos de Voldemort—. Es impredecible hasta extremos muy peligrosos.
En lugar de responderle que, en definitiva, ella era la presidente del Consejo de los Guardianes británicos y una de las magas más poderosas del país, lady Minerva ignoró la advertencia. Tenía una habilidad especial para comunicarse a larga distancia, así que quizá podría encontrar la mente de Voldemort mejor que Harry.
—Ahí está, en Londres —susurró ella—. Dios mío, menuda mente más fría y desagradable. Está… —un poder desconocido se apoderó brutalmente de la sala. Lady Minerva emitió un grito ahogado y cayó desplomada al suelo.
Harry se levantó de golpe, maldiciendo. Voldemort había percibido el toque de lady Minerva en su mente y la estaba atacando. La rabia que Harry había reprimido desde su derrota a manos de Voldemort salió a la luz, y multiplicada por la rabia que sentía en nombre de lady Minerva. Concentró su mente en una hoja de acero larga y afilada, siguió la energía de Voldemort hasta el punto de origen y la golpeó con todas sus fuerzas.
Por un momento, Voldemort se quedó desconcertado por el ataque de Harry. Pero enseguida volvió a atacar. Harry creó un escudo para desviar la energía de Voldemort, que era mucho más débil que cuando tenía a Hermione bajo su poder.
Concentrado en acumular toda la energía posible para el siguiente ataque, Harry no se dio cuenta que el hechizo de transformación se había vuelto a activar hasta que se le doblaron las piernas y cayó al suelo. Un dolor punzante se apoderó de él a medida que se le alargaban los huesos y los músculos adquirían nuevas formas. Con el cambio de los ojos, vino la visión distorsionada y las llamas de la chimenea se unían a la hoguera que lo tenía preso.
Esta vez, la destrucción de la ropa y el cambio de equilibrio y perspectiva ya le resultaban familiares, y quizá por eso le asustaron más. Al cabo de unos momentos que se hicieron eternos, el fuego dejó de arder y pudo volver a ponerse de pie… sobre las pezuñas. El cuerpo de unicornio era cómodo y la reducida capacidad mental era natural, pero odiaba no haber podido hacer nada para detener la transformación a pesar de que Voldemort era más débil que él. Se obligó a controlar el miedo y dio gracias por estar entre amigos que seguro que entenderían lo que había pasado.
Con dos zancadas, llegó junto a lady Minerva. Estaba tan pálida como su pelo y tenía un moretón en la mejilla sobre la que había caído.
Él la acarició con los belfos. Ella no respondió pero, al menos, respiraba. La volvió a acariciar. Nada. Supuso que podría utilizar los dientes para tirar de la campana y llamar a algún sirviente pero, ¿qué haría un sirviente con un unicornio en el salón y la señora de la casa inconsciente en el suelo?
Siguiendo un impulso, se agachó y le rozó la mejilla con el extremo del cuerno. Lady Minerva abrió los ojos de inmediato. Después de la sorpresa inicial, se lo quedó mirando.
—Ya veo que Voldemort ha conseguido volver a invocar el hechizo.
Harry abrió la boca para responder pero lo único que hizo fue expirar aire caliente en la cara de lady Minerva, que se echó a reír y se incorporó.
— ¿Entiendes lo que te digo? Si es que sí, golpea en el suelo con el… la pezuña derecha una vez.
Harry tardó un poco en diferenciar izquierda y derecha pero, cuando lo tuvo claro, golpeó una vez sobre la alfombra.
—Perfecto —muy despacio, lady Minerva intentó levantarse. Al ver que le costaba un poco, Harry mordió el cuello de su vestido y la levantó—. Gracias, Harry —una vez de pie, se arregló el vestido—. Incluso como unicornio eres todo un caballero. ¿Te importa que te toque el cuerno? Si no quieres, golpea dos veces en el suelo.
Harry se lo pensó. Que alguien le tocara el cuerno era algo muy íntimo, pero se trataba de lady Minerva, que había sido como una madre para él. Aceptó con un golpe en el suelo.
Ella alargó la mano y rodeó el cuerno con los dedos.
—Es fascinante. Siento un poder totalmente diferente a lo que haya podido sentir en mi vida. Los dolores de la caída van desapareciendo mientras hablo contigo. Antes dijiste que no podías hacer magia con este cuerpo pero, como unicornio, eres magia.
Él resopló, intentando transmitirle que ser una criatura mágica no era mejor que llevar una vida normal. Ella sonrió.
—Déjame ver si puedo tocarte la mente. Golpea dos veces si no quieres que lo haga.
Él golpeó una vez. Inmediatamente, sintió cómo la tranquila fuerza de lady Minerva fluía por él pero, cuando intentó formar palabras y hablarle, no pudo.
Ella agitó la cabeza, frustrada.
—Percibo algunos de tus sentimientos y supongo que tú también, pero es todo muy vago —soltó el cuerno y dijo—. No importa. Lo importante ahora es devolverte a la forma humana. Si mezclo mi sangre con la tuya, quizá tenga la magia suficiente para deshacer el hechizo. ¿Te parece bien?
Él golpeó una vez. Lady Minerva abrió la caja de coser que tenía junto a la silla y sacó una aguja. Se quedó quieta, observándolo.
—Como unicornio eres precioso, Harry. Aunque como hombre también lo eres.
Se rió cuando lo oyó resoplar disgustado, y luego avanzó hacia él con aguja en la mano. Harry apenas notó el pinchazo en los cuartos traseros. Después, lady Minerva se pinchó el dedo corazón y apretó hasta que extrajo una gota de sangre brillante; luego, cerró los ojos y reunió toda su magia.
Cuando a su alrededor se creó un halo de poder, colocó su dedo encima del costado de Harry, mezclando sus sangres. Harry percibió un picor cuando la magia se apoderó de él, pero su cuerpo no experimentó ningún cambio. Seguía siendo un unicornio.
Lady Minerva lo volvió a intentar. Aunque Harry volvió a percibir la magia, no obtuvieron resultado. Agotada, susurró unas palabras que las adorables viejecitas no deberían saber.
—Lo siento, Harry. No funciona.
Él giró la cabeza, apuntando con el cuerno hacia arriba, donde dormía Hermione. A lo mejor las leyendas tenían razón y sólo funcionaba con la sangre de una virgen.
—Tienes razón —dijo lady Minerva, como si Harry lo hubiera dicho en voz alta—. Iré a buscarla.
Cuando iba hacia la puerta, ésta se abrió y apareció Hermione, con la expresión tensa. Llevaba el pelo castaño suelto y le caía lacio encima de los hombros, y se le veían los pies descalzos por debajo del camisón blanco. El chal gris que llevaba encima de los hombros no conseguía disimular su encanto. Era la criatura más preciosa que Harry había visto en su vida. Preso de añoranza, cruzó la sala y le dio una bienvenida tan entusiasta que estuvo a punto de tirarla al suelo.
Medio riendo y medio llorando, ella lo abrazó y apoyó la frente en su crin.
—Sabía que estaba pasando algo. ¿Puedo ayudar?
—Eso espero —dijo lady Minerva—. He intentado deshacer el hechizo con mi sangre y toda la magia que he podido reunir, pero no ha funcionado. Aunque claro, a mi edad apenas recuerdo lo que se siente al ser virgen.
Hermione se sonrojó y se separó de Harry.
—No sé qué hice en la cueva pero haré lo que pueda. ¿Tiene una navaja?
—Pruébalo con la aguja —la señora le dio el objeto punzante—. Duele menos. Si con esto no funciona, traeré una navaja.
Harry volvió a restregarse contra Hermione, con unos extraños sentimientos encontrados. Quería volver a ser humano pero aquel intenso placer ante la proximidad de Hermione era intoxicante. ¿Cuándo se había sentido tan feliz?
—Perdóneme, señor —Harry movió la cola cuando Hermione le clavó la aguja más profunda que lady Minerva. Luego, se quitó la venda del dedo herido, arrancó la costra y apretó hasta que la herida volvió a sangrar.
Le colocó el dedo encima del costado y el mundo de Harry empezó a dar vueltas otra vez. Cayó al suelo, pasando de nuevo por la agonía de la transformación. El aire se acumuló a su alrededor. Mientras se le giraba la columna vertebral, vio cómo Hermione y lady Minerva retrocedían hasta la pared, empujadas por la energía.
Recuperó la conciencia cuando lady Minerva lo tapó con una manta. El suelo estaba frío y duro, y él estaba tan débil que dudaba que pudiera levantarse. Detestaba la sensación de mostrarse indefenso ante los demás.
— ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó, intentando hablar con normalidad.
—No mucho. Unos segundos —dijo ella—. ¿Estás bien?
—Sí —con una fuerza de voluntad tremenda, consiguió incorporarse y envolverse con la manta. La lana picaba un poco en la piel desnuda. Al ver su ropa hecha harapos, dijo—. El hechizo de Voldemort está causando estragos en mi vestuario.
—Y en tu cuerpo, claro —muy despacio, lady Minerva se levantó—. Experimentar todos esos cambios no puede ser sano.
Tenía razón; Harry sentía que había envejecido veinte años. Hermione se arrodilló a su lado con un vaso en cada mano. Se la veía muy preocupada.
— ¿Agua o coñac?
—Las dos cosas —cogió el vaso de agua y lo vació de golpe. Se lo devolvió a Hermione y empezó con el de coñac, aunque con más calma—. Gracias.
Ella se sentó sobre los talones y sonrió ligeramente. Tenía una piel sedosa y pedía a gritos que la acariciaran. Harry apartó la mirada, algo descolocado de descubrir que, a pesar de haber vuelto a la forma humana, seguía pensando que Hermione era la mujer más atractiva que jamás había visto. Esperó que el efecto se le pasara pronto. No sería educado restregarse contra ella ahora que volvía a ser humano, aunque la idea era muy tentadora.
—Hermione, ¿has percibido la energía de Voldemort hace un rato? Ha atacado a lady Minerva y ha reactivado el hechizo de transformación.
Ella se tensó.
—Así que no han sido imaginaciones mías. Estaba dormida y me he despertado con la sensación de que… que venía a buscarme.
Harry revisó el hilo de energía plateado que la conectaba con Voldemort. El nudo que había creado todavía resistía, pero había sufrido daños. El muy desgraciado había conseguido hacerles daño a los tres.
—Tendremos que encontrar una forma de protegerte mejor.
—Sí, y también tendremos que decidir qué vamos a hacer con Voldemort, pero esta noche no —lady Minerva se dirigió hacia la puerta—. Todos necesitamos descansar. No creo que intente nada más hasta que se recupere de tu explosión de energía. Buenas noches, queridos.
Harry se alegraba de haber dañado al enemigo. Sólo se arrepentía de no haberle hecho más daño.
Como ya se sentía más fuerte, consiguió levantarse sin soltar la manta y sin derramar ni una gota de coñac. El hecho de que no le importara estar delante de una núbil joven envuelto en una manta era una clara señal de lo cansado que estaba.
Cuando lady Minerva se fue, Hermione se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo a medio camino.
—Señor… ¿qué va a pasar ahora?
—Hay varias posibilidades —como supuso que estaría cansada pero demasiado tensa para acostarse, Harry se sentó en una silla—. Si quieres hablar, sírvete un coñac y siéntate.
Ella se acercó hasta la mesa de los licores, se sirvió una mezcla de coñac y agua y se sentó delante de él. Era preciosa aún estando agotada. Intentando no mirarla demasiado, dijo:
—Ahora, lo que pasa es Londres.
—Lady Minerva y usted seguirán a Voldemort hasta Londres —Hermione rodeó el vaso con las dos manos—. ¿Cree… que me dejará quedarme aquí unos días? No tengo ningún otro sitio donde ir.
—Vendrás a Londres con nosotros, por supuesto. Ya no estás sola en el mundo, Hermione. Ahora formas parte de las Familias —sonrió—. Además, también formas parte de este enredo con Voldemort, así que tendrás que estar en Londres.
La chica se relajó un poco.
—Muy bien. Pero… ¿los Guardianes siempre viven con el miedo de sufrir ataques mentales?
Él soltó una carcajada.
—Normalmente, nuestras vidas son bastante parecidas a las de cualquier persona. Yo tengo propiedades que administrar, un sillón en el parlamento e intereses personales, como la Royal Society, y mis responsabilidades como Guardián. Lady Minerva tiene una familia muy numerosa y cariñosa y está implicada en obras de caridad. En general, ser un Guardián no es tan dramático como has visto estos días.
—Si no se hubiera enfrentado a Voldemort, yo seguiría siendo una esclava sin voluntad, así que no puedo quejarme de las consecuencias —bebió un sorbo de coñac aguado, hizo una mueca y se lo tragó—. ¿Cómo detendrá a Voldemort? ¿Puedo hacer algo para ayudar?
Harry frunció el ceño.
—Supongo que el Consejo de los Guardianes lo llamará para que justifique sus actos.
— ¿Y por qué está preocupado por eso?
Harry observó la rapidez con que estaba aprendiendo a leer las emociones.
—Como responsable de hacer cumplir la ley Guardiana, tengo un gran poder de decisión sobre lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Voy con mucho cuidado y nunca me enfrento a un renegado a menos que esté seguro de su culpabilidad. Sin embargo, como la situación de Voldemort nos ha explotado en la cara, ahora tendrá la oportunidad de presentar su caso ante todo el consejo, y domina como nadie el arte de las mentiras y las medias verdades.
Ella arqueó las cejas.
— ¿Su consejo no le apoyará a pesar de haber arriesgado la vida para hacer cumplir la ley Guardiana?
—La mayoría sí que me apoyará —dudó un segundo, porque no estaba seguro de querer entrar en la política de las Familias con ella. Pero tenía que saberlo—. Normalmente, los Guardianes nos llevamos muy bien entre nosotros. Sin embargo, mi familia tiene una larga tradición de responsables de hacer cumplir la ley, y es un trabajo que te puede crear enemigos.
Ella entrecerró los ojos.
— ¿Está diciendo que algunos miembros del consejo estarán predispuestos contra usted de antemano?
—Todos son personas honorables, pero digamos que una o dos estarían encantadas de creer a quien me acuse de hacer mal mi trabajo.
— ¡Pero no pueden permitir que Voldemort siga haciendo daño a más gente! —hizo una mueca—. O quizá sí que puede seguir haciéndolo, porque como tiene tanto dinero y poder.
—La mayoría de los Guardianes son gente adinerada. Pero, por ejemplo, es muy útil saber de qué lado ponerse durante las disputas políticas —a pesar de que incluso a los más intuitivos les había costado prever el resultado de la reciente revolución jacobita—. Basándome en lo que Voldemort ha hecho, supongo que se necesitarían tres magos de primera categoría para quitarle los poderes. Pero las peleas entre magos pueden ser peligrosas y nadie querrá atacarle a menos que sea estrictamente necesario. De modo que si hay algún miembro del consejo que tenga dudas sobre lo peligroso que es Voldemort, no lo sancionarán.
Hermione se incorporó.
— ¡Pero usted y lady Minerva han presenciado sus crímenes!
Harry tenía un mal presentimiento acerca de enfrentarse a Voldemort delante del consejo, pero seguro que eran los efectos del cansancio y del sentimiento de derrota.
—Ya veremos. Siempre me pongo en lo peor, así que puede que me lleve una agradable sorpresa.
Los ojos de Hermione pasaron del castaño a ser como dos gotas de hielo.
—Usted y lady Minerva dicen que tengo poderes —creó una esfera de luz mágica sin ningún esfuerzo y la elevó hasta el techo—. Enséñeme a utilizarlos. Quiero ser capaz de defenderme de cualquiera. Y quiero aprender a luchar, como usted.
Harry intentó controlar su sorpresa.
—Para ser un cazador y hacer cumplir la ley hay que tener unas habilidades especiales. Algunas se aprenden, pero la mayoría son innatas.
—Entonces, debemos averiguar si las tengo —entrecerró los ojos—. Jamás volveré a estar indefensa.
—La defensa es más fácil que el ataque. El método más sencillo es imaginarte un escudo de luz blanca impenetrable a tu alrededor, pero es más eficaz si lo invocas antes del ataque. Con la práctica, deberías ser capaz de mantener un escudo de protección todo el tiempo sin tener que pensar en él de forma consciente. Puedes acompañarlo de un dispositivo automático que lo refuerce cuando te ataquen. El hecho de que Voldemort tenga un hilo energético conectado a ti comprometerá el escudo en cierta medida, pero te servirá de algo.
Hermione tenía la mirada perdida mientras reflexionaba.
—Gracias. Practicaré la protección.
Mientras Harry observaba el intenso poder que fluía de ella, se alegró de no tenerla de enemiga.
Después de la larga jornada y el susto de la noche anterior, Hermione durmió como si la hubieran drogado, aunque se despertó al amanecer llena de curiosidad. Saber que tenía poderes mágicos hacía que quisiera aprender a usarlos.
La noche anterior había quedado claro que ni siquiera Gryffindor o lady Minerva eran capaces de protegerla de Voldemort. Por unos momentos, la había envuelto en un poder agobiante y le había ordenado que volviera con él. Hermione había estado peligrosamente cerca de responderle, a pesar de que el hechizo que la tenía encerrada en un cuerpo sin voluntad estaba roto. Si Voldemort hubiera sido un poco más fuerte, o si el bloqueo que Gryffindor había creado hubiera sido un poco más débil, puede que hubiera vuelto a caer en sus manos. Para su propia seguridad, tenía que aprender a manejar su magia.
Después de lavarse con una vigorizante agua fría, abrió el armario. Las nietas de lady Minerva debían ir siempre muy bien vestidas y ser muy ricas para dejar allí aquellos vestidos. Hermione escogió el más sencillo de todos, un vestido verde pastel que podía ponerse sin la ayuda de ninguna doncella.
Iluminó la habitación con luz mágica y luego se preguntó por dónde empezar a experimentar. No sabía prácticamente nada acerca de los poderes Guardianes. Podía llamar a los caballos, pero aquello era fácil, lo había hecho desde que tenía uso de razón. La luz mágica tampoco era demasiado complicada. ¿Qué podría probar ahora?
La protección no estaría mal. Se sentó relajada en la silla tapizada y cerró los ojos para concentrarse mejor y crear una especie de burbuja de luz blanca a varios centímetros de su cuerpo. Resultó ser mucho más complicado que la luz mágica porque el escudo se deformaba o se disolvía cuando no le prestaba toda su atención. Al final, consiguió estabilizar la luz y mantenerla sin grandes esfuerzos. Pero no se sentía más segura. Gryffindor tendría que decirle si lo estaba haciendo bien o no.
Había mencionado una línea de energía que la conectaba con Voldemort. Se preguntó si podría encontrarla, así que dirigió su ojo interno hacia el escudo de luz blanca y empezó a explorar el exterior centímetro a centímetro. De forma experimental, dio un golpe mental en el escudo. Cedió un poco pero no pudo penetrar en él por mucho que empujara.
¿Era posible que el hilo de Voldemort se hubiera roto? No, maldita sea, allí estaba. Era una línea de luz brillante y estaba conectado con su estómago desde la espalda. Supuso que estaba allí para que nadie lo viera.
Con rabia, se imaginó un cuchillo plateado y golpeó el hilo. El cuchillo rebotó, incapaz de cortar aquel hilo tan frágil en apariencia. Lo intentó varias veces más antes de darse por vencida. Si Gryffindor no podía hacerlo, ella tampoco.
Abrió los ojos y miró a su alrededor. Mientras trabajaba en el escudo, las luces mágicas se habían apagado. Aunque ya estaba amaneciendo, la habitación todavía estaba bastante oscura. A lo mejor podría crear un hechizo que mantuviera la luz encendida sin que ella tuviera que prestarle atención constantemente. Una especie de hilo energético como el que Voldemort usaba con ella.
Creó dos nuevas esferas de luz mágica, las dejó flotando en el aire y, mentalmente, les ordenó: «¡Quedaos quietas!» Entonces, visualizó un hilo de energía que iba hasta cada una de ellas. Un poco de experimentación le demostró que sólo necesitaba una pequeña cantidad de poder para hacerlo. Satisfecha con los resultados, empezó a pensar qué otra cosa podría hacer.
¿Qué sería capaz de hacer un Guardián? Tenía claro que no quería ver si podía investigar a Voldemort; además, nunca más volvería a llamarlo «el señor», como hacía cuando era su esclava. Sólo era un hombre, y uno muy malo.
¿Sería posible mover objetos con el poder mental? Encima de la mesa de caoba había una pluma. Se concentró en ella con todas sus fuerzas. Estaba a punto de rendirse cuando notó un cambio en la mente, como cuando una llave encaja en una cerradura. Lentamente la pluma empezó a elevarse sobre un extremo. De la ilusión, perdió la concentración y la pluma volvió a descansar plana en la mesa. Lo volvió a intentar y esta vez fue más fácil. ¿Cuánto tiempo podría mantenerla así?
Le estaba empezando a doler la cabeza de la concentración cuando se abrió la puerta y entró una doncella.
— ¿Chocolate caliente, señorita?
— ¡Oh, sí, por favor! —Hermione cogió la humeante taza de la bandeja—. ¿A qué hora se sirve el desayuno en White Manor?
—Dentro de una media hora, señorita. Oirá una suave campanada, para no despertar a los que todavía estén durmiendo. Eso significa que el desayuno está servido en el comedor donde cenaron ayer por la noche —al marcharse, la doncella se detuvo para colocar bien la pluma, que había quedado de lado.
Agotada por tanto esfuerzo, Hermione sorbió el chocolate de buen grado y observó cómo el cielo se aclaraba. Ya no se sentía tan indefensa. Había conseguido mantener las esferas encendidas; estaban encima de ella, tan brillantes como cuando las había creado. ¡Menos mal que la doncella no las había visto!
Cerró los ojos y dejó volar la imaginación, a ver si recuperaba algún recuerdo de su infancia. Nada… todo empezaba en aquel campo con lord Voldemort. Aquello borró parte de la ilusión que le habían hecho sus nuevos logros. Fue un descanso escuchar la campana y bajar a desayunar. Sólo se perdió una vez.
Gryffindor y lady Minerva ya estaban sentados y comiendo. Hermione se detuvo en la puerta para observarlos. Frío y sereno, Gryffindor parecía un caballero de la alta sociedad que jamás se había preocupado por nada. Lady Minerva parecía una anciana dulce e inofensiva cuyas preocupaciones empezaban y terminaban con el té y las habladurías. Ambos eran unos magos muy inverosímiles. Y aunque la idea de la magia era muy inverosímil, Hermione no podía negar lo que había visto.
La anfitriona levantó la cabeza.
—Sírvete lo que quieras y siéntate con nosotros. Estamos listos para empezar a hacer planes —parpadeó—. Querida, ¿sabes que tienes dos esferas de luz mágica encima de la cabeza?
Hermione miró hacia arriba, sonrojada. Se había olvidado de los hilos de energía y las esferas la habían seguido como perros amaestrados. Cortó los hilos y, mentalmente, apagó las esferas. Desaparecieron.
—Lo siento, mi lady.
Lady Minerva parecía más divertida que enfadada.
—Veo que va a ser muy interesante observar tu educación.
Hermione se sirvió huevos escalfados de una bandeja, unas tostadas y una taza de té y se sentó al lado de lady Minerva, lejos de Gryffindor. Sus sentimientos hacia él eran… complicados.
—Tienes razón, Harry —dijo lady Minerva, continuando con la conversación que se había visto interrumpida por la llegada de Hermione—. La única opción es convocar a Voldemort ante el consejo. Tendremos que confiar en el buen juicio de sus miembros para que reconozcan el peligro que representa.
—Ojalá tuviera más fe en su buen juicio —dijo Gryffindor, muy seco—. Pero es cierto que es lo único que podemos hacer. Tendremos que ir a Londres y presentar pruebas en su contra.
Hermione tragó el trozo de tostada con un poco de dificultad porque la boca se le había quedado seca.
— ¿Tendré que volver a ver a lord Voldemort?
—Me temo que sí pero, para cuando se celebre la vista en el consejo, ya deberías estar preparada para protegerte de él —le dijo lady Minerva, tranquilizándola un poco.
—Esta mañana he estado practicando la protección que lord Gryffindor me enseñó —Hermione visualizó la burbuja blanca y brillante—. ¿Lo hago bien?
Notó una suave presión y se dio cuenta que Gryffindor lo estaba poniendo a prueba. Volvió a apretar, esta vez más fuerte y con más presión. Ella respondió concentrándose más en el escudo.
La presión desapareció.
—Muy bien, Hermione —Gryffindor miró a lady Minerva—. No hay que repetirle las cosas. Nunca he visto nada igual.
— Luna Lovegood era igual —dijo lady Minerva, pensativa—. Tanto ella como Hermione descubrieron sus poderes tarde, ya de adultas. Al parecer, es más fácil que las adaptaciones y los descubrimientos continuos que experimentamos nosotros a medida que la magia se va desarrollando gradualmente.
—Puede que alimentar continuamente a Voldemort de energía la haya reforzado y le haya enseñado a concentrarse a pesar de estar cautiva —sugirió Gryffindor.
A Hermione le dio mucha vergüenza que los dos magos la observaran de aquella manera.
—He hecho otros experimentos, esta mañana. ¿Lo hago bien?
Buscó algún objeto pequeño encima de la mesa que pudiera mover con la mente. No había nada tan ligero como la pluma de la habitación, así que se concentró en la cucharilla de plata que había utilizado para remover el azúcar en la taza de té. Se elevó, aunque un poco inclinada. Estaba a unos cincuenta centímetros de la mesa, cuando Gryffindor susurró:
— ¡Dios mío!
Hermione se desconcentró y la cucharilla cayó encima de la taza. La frágil porcelana se rompió y lo manchó todo de té, incluyendo el mantel de lino blanco. Lady Minerva la había acogido en su casa, le había dado comida y ropa y, a cambio, Hermione le rompía la vajilla. Cogió la servilleta y empezó a limpiar el mantel.
— ¡Lo siento mucho!
—No tienes que disculparte —los delicados dedos de lady Minerva se posaron sobre la muñeca de Hermione—. Acabas de demostrar una habilidad muy poco común, querida. Mover objetos sólidos con la mente es extraordinariamente raro.
—Ron mueve el tiempo, pero no es lo mismo —dijo Gryffindor—. Que una principiante levante una cucharilla sin preparación es… increíble.
Hermione se volvió a sonrojar ante la admiración que vio en sus ojos. Puede que ellos la consideraran una mujer hecha y derecha, pero ella se sentía como una niña en clase.
Lady Minerva sugirió:
—Harry, cuando hayáis acabado de desayunar, ¿por qué no vas a dar un paseo por el jardín con Hermione? Puedes describirle los distintos tipos de magia que conocemos. Aunque, hasta ahora, sus experimentos han sido inofensivos, puede que no siempre sea así.
—Me parece una buena idea —dijo, con un brillo humorístico en los ojos—. Aunque estoy ansioso por ver lo que Hermione puede desarrollar por ella misma.
Harry agradeció la oportunidad de pasear por el jardín con Hermione. Aparte de hablarle del poder de los Guardianes, podría poner a prueba su autocontrol cuando la tenía cerca. Sí, era una chica encantadora, pero la atracción que sentía por ella no sería tan intensa si no fuera por su vínculo de unicornio y virgen. Cuanto antes aprendiera a controlarla, mejor.
Aunque por la noche había refrescado, la mañana era cálida, con toda la riqueza de la primavera en el aire. Lady Minerva había encontrado un bonito sombrero para que Hermione se protegiera la cara. La chica lo había aceptado con recato, aunque Harry sospechaba que en el castillo nunca debía llevar sombreros.
Cuando salieron al espacioso jardín, Hermione preguntó:
—Antes de empezar a hablar de magia, tengo una pregunta. Anoche mencionó la Royal Society. ¿Qué es?
—Un grupo de hombres interesados por la filosofía natural. Tiene un siglo de antigüedad —ahora utilizó un tono más seco—. Voldemort también es miembro. Compartimos interés por las matemáticas y la mecánica.
Ella arqueó las cejas.
— ¿Y lo ve muy a menudo?
—No mucho. Nunca hemos sido amigos —aunque tampoco habían sido enemigos, hasta ahora.
—Matemáticas y mecánica —reflexionó ella—. Lo opuesto a la magia.
Harry nunca lo había visto de aquella manera.
—Quizá es así cómo mantengo un equilibrio interior. El estudio de la filosofía natural entra en el plano mental. La magia proviene de otro lugar totalmente distinto.
— ¿De dónde?
Las preguntas más sencillas siempre eran las más complicadas.
—La magia proviene de la naturaleza, aunque nadie entiende las leyes subyacentes o por qué unas personas tienen el don de hacer magia y otras, no.
—Así que es un misterio. Entonces, mejor me concentro en el cómo y no en el por qué. ¿Qué tipo de magia debería evitar?
Harry empezó por la más peligrosa.
—No invoques espíritus ni demonios, que son seres no humanos con un gran e impredecible poder. Los magos excesivamente curiosos o ambiciosos a veces lo hacen, y los resultados nunca son buenos.
— ¿Espíritus y demonios? ¿Lo dice en serio? —preguntó ella, incrédula.
—Por supuesto —esperaba no estar dándole ideas—. Sin embargo, esa magia es muy extraña y suele implicar rituales muy complejos. No es algo que acabes haciendo por casualidad. Localizar a un fantasma y entablar conversación es otra cosa. Suele ser inofensivo y, a veces, educativo.
Ella lo miró con recelo, con los ojos más castaños.
— ¡Ahora sí que no lo dice en serio!
—Te doy mi palabra de honor que lo digo en serio —señaló hacia una esquina del jardín—. A veces, en unas ruinas que hay por allí, hay un fantasma. ¿Quieres que vayamos a ver si hoy está?
Hermione se agarró con fuerza al brazo de Gryffindor, pero asintió. A medida que se iban aproximando a un montón de piedras amontonadas, donde habían plantado flores y arbustos para que quedara más decorativo, Harry dijo:
—Abre tu mente. Si percibes una presencia que parece humana, descríbemela.
Ella asintió otra vez, con los ojos muy abiertos. Se detuvieron frente a las piedras y, durante un buen rato, sólo se escuchaba el ruido del viento agitando las hojas y el canto de los pájaros.
—Es una mujer —susurró Hermione—. Una señora mayor. Las piedras formaban parte de la casa del jardinero y ella era su mujer, que vivía aquí. Era paralítica y, los días soleados, su marido la sacaba y la sentaba en una silla aquí fuera para que disfrutara del sol y las flores.
Él asintió.
—Es ella. ¿Quieres preguntarle algo?
—Puedo intentarlo —cerró los ojos y suspiró suavemente—. Le he preguntado por qué está aquí y me ha dicho que porque en este jardín es feliz, tomándose una taza de té con su marido. En los días soleados, cuando su marido está trabajando en su… jardín celestial creo que sería la mejor definición, le gusta volver aquí y recordar —Hermione hizo una reverencia—. Gracias, señora Jones. Si puedo, intentaré hablar con usted otro día.
Harry también saludó al fantasma, que ya había conocido hacía un tiempo, y luego se llevó a Hermione. Mientras paseaban por el cuidado jardín, ella preguntó:
— ¿Todos los fantasmas son tan agradables?
Él negó con la cabeza.
—Normalmente, no. Por eso creí que empezar por la señora Jones sería una buena idea. Los fantasmas suelen estar enfadados; muchas veces, incluso son vengativos. A veces, están perdidos o tristes, ansiosos por explicar su historia a quien quiera escucharlos. He vivido la experiencia de escuchar la historia de un fantasma y sentir cómo desaparece hacia la luz.
— ¿Con «la luz» se refiere a la presencia de Dios? —preguntó Hermione en voz baja.
—Quizá. No estoy seguro —pero aquella luz le pareció muy agradable—. Es poco probable que un fantasma te haga daño, ni siquiera uno que esté enfadado, y más si estás protegida. Suelen ser espíritus heridos que reciben la libertad cuando se curan de lo que sea que los atormenta. Algunos Guardianes tienen la misión de encontrar a esos espíritus heridos y ayudarles a hacer la transición a un lugar mejor.
—Parece una profesión muy bonita —Hermione miró ansiosa a su alrededor—. ¿Hay algún otro fantasma en White Manor?
—No creo. Lady Minerva no deja entrar espíritus heridos. Tiene un don especial para todo tipo de comunicaciones, por eso está en el Consejo de los Guardianes. Los nueve miembros del consejo se comunican mediante esferas de cuarzo encantadas que les permiten reunirse aunque estén a muchos kilómetros de distancia —Harry la llevó hasta un banco que había debajo de un árbol que lo dotaba de gran intimidad—. Hemos hablado de fantasmas y de los peligros de invocar espíritus oscuros. Pero entrar en la mente o el espíritu de otro mago sin que te inviten a hacerlo es igual de peligroso.
Ella se estremeció.
—En otras palabras, que no debería intentar explorar la mente de lord Voldemort, ¿verdad? No se preocupe, no quiero acercarme a él ni física ni mentalmente.
Harry se agachó y arrancó una violeta que había crecido junto a la pata del banco. Era bonita y delicada, como Hermione. Aunque Hermione no era tan delicada como aparentaba.
—Nos has escuchado a lady Minerva y a mí hablar de muchos tipos de magia. Debes estar muy confundida. ¿Hay algo que hayamos mencionado de lo que quieras saber más cosas?
Ella se quitó el sombrero y miró hacia el cielo.
—Dijo que su amigo Ron Weasley nos salvó provocando una tormenta. ¿Cómo se hace eso?
—La mayoría de los Guardianes pueden mover una nube o refrescar la brisa, pero un autentico mago del tiempo puede percibir los vientos y las temperaturas a grandes distancias y moldearlos a su gusto. Y eso es lo que ocurrió la noche que nos escapamos del castillo. Ron pudo transformar el mal tiempo que teníamos en una tormenta de mayores dimensiones que borrara nuestro rastro en el bosque.
Hermione arrugó una ceja y Harry comprendió que estaba intentando percibir el tiempo. Una de las nubes del cielo aceleró el ritmo y se desplazó más deprisa que las demás durante un minuto, aunque luego desapareció.
—He movido una nube pero, al parecer, no puedo percibir conjuntos más grandes —dijo—. Quizá mejore con la práctica.
—Es posible, pero los mayores magos del tiempo son hombres. Hay algunas magias que son más frecuentes en los hombres y otras, en las mujeres.
— ¿Y cuáles son las habilidades femeninas?
—Las mujeres suelen ser curadoras más fuertes y leen mejor las emociones. También está la figura de la hechicera, una bruja cuyo encanto puede destrozar el cerebro de un hombre —observó la violeta y pensó en Luna Lovegood, la mujer de Ron Weasley. Tan bonita como inteligente, si utilizaba todo su poder podía hacer que los monjes se amotinaran—. Por suerte para los hombres, no hay demasiadas hechiceras.
— ¿Y existe algún equivalente masculino?
—Algunos hombres tienen una gran habilidad para atraer a las mujeres, aunque esa magia no parece ser tan poderosa como en el caso de las mujeres. O puede que, cuando se trata de atraer a alguien las mujeres sean más inteligentes —Harry no se vio demasiado inteligente cuando se quedó mirando a Hermione. Aunque sabía que estaba muy mal albergar aquellos sentimientos hacia una niña que estaba bajo su protección, el deseo por acariciarla era cada vez mayor, no desaparecía.
Recordó que no era una niña, que era una mujer. Sus delicados rasgos tenían la inocencia propia de alguien que se ha perdido tantos años de juventud y, en cierto modo, era como una niña de catorce años pero, cuando la miró a los ojos, vio un fondo de dolor que nadie que todavía fuera niño podría haber soportado.
Inconscientemente, movió la mano y le colocó la violeta detrás de la oreja. Le costó un mundo apartar la mano y no acariciarle la oreja o la mejilla.
—No pienses sólo en la magia, Hermione. Tómate tiempo para disfrutar de la vida, algo que no has podido hacer durante los últimos diez años.
Ella entrecerró los ojos y la energía entre ellos se llenó de tensión sexual. No, Hermione ya no era una niña. Era una mujer en la flor de la vida que estaba ansiosa por experimentar, y que lo miraba con su mismo deseo reflejado en los ojos.
Harry se inclinó mientras su conciencia le gritaba: «¡Es un error!», pero sólo sería un beso. Un sencillo beso…
Los suaves labios de Hermione eran inexpertos pero participativos. El deseo se apoderó de Harry y sacudió su pregonado autocontrol. Quería hundirse en ella, calmar su alterado espíritu con aquella delicada fuerza femenina. La rodeó con los brazos, maravillándose ante su delicada calidez mientras intensificaba el beso.
—Hermione —susurró—. Mi valiente Hermione, la doncella guerrera.
Ella no dejó de besarlo, pero colocó una mano encima de su pecho en un intento de evitar que fuera demasiado deprisa. Aquel sencillo gesto detuvo en seco las ansias de Harry, que enseguida recordó todas las razones por las que debería mantener las distancias. Hermione no sólo estaba bajo su protección, si no que, además, era una inocente a la que un irresponsable Guardián ya le había robado demasiado.
La pasión se volvió rabia hacia sí mismo. Se separó de ella.
—Lo siento, Hermione. No debería haberlo hecho.
La mano de Hermione fue del pecho a la muñeca de Harry para evitar que se alejara mientras lo miraba confundida. Con ese beso, Harry sabía que le había robado un poco de su inocencia y se odiaba por ello.
Tardó unos segundos en darse cuenta que la magia lo estaba envolviendo y que los límites de su forma humana estaban empezando a cambiar. El hechizo de Voldemort estaba volviendo a actuar.
— ¡Maldición, otra vez no! —gritó, indefenso.
La expresión de Hermione cambió cuando, enseguida, comprendió lo que estaba pasando. Levantó la mano de Harry y le mordió el dedo corazón, haciéndole sangre. Mientras él se quejaba, ella se quitó la venda de su dedo herido y se arrancó la costra para que sangrara.
Apretó su dedo contra el de él y el hechizo de Voldemort desapareció sin hacerle daño a nadie. Con el corazón acelerado, Harry se humedeció los resecos labios; aunque no se hubiera producido la transformación, era agotador.
—Gracias a Dios que has actuado deprisa, Hermione —con cuidado, separó las dos manos.
—Es como caminar sobre una fina capa de hielo, ¿verdad? —preguntó ella, pálida—. En cualquier momento, se puede romper.
Antes de que él pudiera responder, apareció lady Minerva, jadeando.
— ¡Menos mal que estás bien, Harry! Sentí una oleada de magia y pensé que te habías vuelto a transformar en unicornio.
—Esta vez no, pero sólo porque Hermione ha actuado muy deprisa —se levantó para cederle su asiento a lady Minerva y luego le describió lo que había pasado.
—A lo mejor, si el hechizo se puede activar en cualquier momento, sí que es una buena idea que lleves siempre encima un bote con sangre virginal —dijo lady Minerva, preocupada—. Hermione, ¿te importaría darnos un poco de sangre?
Antes de que la chica pudiera responder, Harry dijo:
—El hechizo no se activa en cualquier momento al azar. Las dos veces que se ha activado, estaba enfadado. Creo que la rabia, la pérdida de control, me debilita hasta un punto en que el hechizo se apodera de mí —iba de un lado a otro, con los músculos tensos—. Me temo que, cuantas más veces me transforme, más animal será mi espíritu y para el hechizo será más fácil apoderarse de mí.
Hermione apartó la mirada.
— ¿Estaba enfadado conmigo, lord Gryffindor?
— ¡No! —aunque no estaba orgulloso de revelarle su debilidad a lady Minerva, no tenía otra opción—. Lady Minerva, besé a Hermione. Creo que la atracción entre virgen y unicornio está dilapidando mi sentido del comedimiento. Estaba tan enfadado conmigo mismo por no haber sabido comportarme que el hechizo de Voldemort se apoderó de mí.
—Así que la rabia es la clave, ¿verdad? —lady Minerva frunció el ceño—. Disculpa la pregunta, Harry, pero debo saberlo. ¿Estás seguro que lo que te hizo vulnerable fue la rabia y no el deseo?
Harry recordó los momentos previos a la transformación.
—Sí, definitivamente fue la rabia. Ya llevo algún tiempo sintiéndome muy atraído por Hermione e, incluso cuando la besé, el hechizo no se manifestó. Sólo actuó cuando fui consciente de lo que había hecho y me enfadé conmigo mismo.
Lady Minerva miró a Harry, luego a Hermione, y luego otra vez a Harry.
—En Londres, tendréis que estar muy cerca el uno del otro. Hermione, tú tienes la capacidad de frenar la transformación. Y Harry, tú tienes la fuerza para protegerla del poder de Voldemort. Me pregunto si la mejor solución no sería que os casarais.
""
Me encanta la solución de minerva, yo diría que es lo mejor
gracias a todos, son geniales.
RelEnnA.
