C. Escipión: Es el penúltimo capítulo, y uno de los más infartantes. Espero lo disfruten tanto como yo. No se olviden del review, son las monedas que le dan a los artistas en las calles, pero en mi caso en FF.


Capítulo IV


Inuyasha impotente, vio cómo su medio hermano se perdía en el cielo oscuro. Sesshomaru no iba a esperarlo y él era demasiado orgulloso para viajar abrazado de su estola.

Escupió al suelo. Llevaba corriendo un buen trecho, pero la forma humana de sus pies le impedían llegar a su destino. Miró molesto la infinita negrura del firmamento, desesperanzado por la demora cruel del sol, como si la vida de su amigo zorro le fuera indiferente. Sin duda Sesshomaru ya habría alcanzado el Castillo y Shippo —Sí es que era él el responsable— ya estaría en las garras enfurecidas de Sesshomaru.

Golpeó una de sus piernas, no importaba cuan cansado estuviera, tenía que darse prisa.

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Rin despertó confusa. Hacía solo unos momentos era presa del monje; se sabía capturada por ese hombre cruel, pero a pesar de su fuerte agarre no podía dejar de ver la sangre de Royakan regada sobre la tierra, mientras sus amables ojos perdían el brillo de la vida. Inmersa en su pena fue cuando una fuerza poderosa los golpeó, a ella y al monje, por la espalda; desde el suelo podía escuchar como uno a uno los devotos discípulos caían entre gritos de asombro y odio. El que más había gritado, era el monje.

Intentó levantarse, su sentido de la preservación le decía que no se volviese, solo debía correr hacia delante, pero el mismo golpe que los había desarmado en un principio, los volvía a arremeter, pero ahora fue más potente.

Perdió el conocimiento.

No sabía cuánto tiempo llevaba desmayada. La cabeza le daba vueltas, pero con la vista nublada logró incorporarse. Le llegaba el sonido del agua y un olor característico. Se dijo que no podía ser, hasta que abrió los ojos. En la penumbra pudo distinguir sus dependencias privadas. El olor que le llegaba era el de la flor que se parecía a su kimono, pero había otro aroma, más pesado e intenso.

Sangre.

Lejos de sentirse segura, viéndose en su propia casa, Rin comenzó a encaminarse a la salida, tenía que encontrar a Sesshomaru. Pero apenas dio dos pasos unas manos se aferraron a su brazo, pudo sentir como unas garras se hundían en su carne haciéndole daño. Se volvió con brusquedad, asustada. Sabía que esas garras no pertenecían al Youkai que buscaba.

—¿Tú…? —El asombro la paralizó, pero la duda era más grande. Negaba con la cabeza— ¿...Por qué?—.

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Sesshomaru aterrizó a metros de su Castillo, el olor a sangre era penetrante. Sus tierras estaban regadas de youkais y humanos muertos, muchos de ellos ya habían sido salvados por él. Ya sabía lo que aquello significaba. Un sentimiento de odio se fue acrecentando en su interior.

El ejército contrario seguía peleando, sin saber que su líder había muerto por sus garras. Iba a detenerse a terminar esa matanza sin sentido, pero el sol se hizo presente, Inuyasha estaría allí en cualquier momento. Que él detuviera el enfrentamiento, él tenía otros asuntos que atender.

Miró con decisión su Castillo. El aroma de Rin le llegaba claro desde el interior, —se crisparon sus garras— el aroma del kitsune también estaba presente.

¿Qué más pruebas quieres Inuyasha?

Se hizo al vuelo sin más intención que matar al débil youkai que lo había desafiado, que se había atrevido a diezmar a quienes estaban bajo su yugo y, por si fuera poco, a llevarse lo más importante que tenía. Si a Rin le faltaba aunque sea un cabello, su final sería lento, podía asegurárselo.

Sesshomaru entró en su palacio, le pareció extraño no ver la aparición solícita de Jaken, ni el porte estático de Royakan fuera de sus dependencias, pero por sobre todo, le extrañaba el silencio.

No corrió ningún panel, ni abrió la boca por rugir su irá. Con un solo golpe de su espada hizo desaparecer la pared de papel, y lo vio. Frente a Rin, apresándola en un abrazo, demasiado fuerte para ella, demasiado próximo. Rin lloraba y Sesshomaru no la tomó para consolarla, ni decirle que ya estaba a salvo. Agarró al kitsune fuertemente de su cuello, con tal velocidad que estampó al zorro en el árbol, a palmos del suelo.

—¡No! —Le gritó Rin que acababa de entender lo que pasaba— ¡Sesshomaru por favor, no!—.

Siempre has rogado por quienes te han hecho daño. Es la última vez Rin.

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Kagome aguantaba las ganas por gritar, pero sin su permiso los alaridos salían de igual forma por su garganta. Se aferraba el vientre obstinada, no sabía cuánto más podría resistir. Kaede y el monje se encontraban prestos a recibir al causante de su dolor. Lo quisiera o no, estaba sucediendo.

—No, no sin Inuyasha —Les decía, las palabras se le atropellaban—.

—Lo verá, te aseguro que lo hará —La anciana Kaede abrió las piernas de Kagome y esta no opuso resistencia— ¡Ya viene!—.

El monje Miroku se quedó a su lado, le tomó su mano y comenzó a orarle al oído. Kagome no escuchaba nada, solo sentía dolor y miedo. Miedo de que otra vez su bebé no llorara y que Inuyasha no estuviera ahí con ella.

Inuyasha Inuyasha Inuyasha

No dejaba de nombrarlo en su mente ¿Por qué tenía que adelantarse el bebé? ¿Por qué justo ahora que él no estaba? Su principal pilar.

—Kagome, ahora. ¡Puja!—.

La instaba la anciana y Kagome lloró, las lágrimas rodaban hasta llegar a su boca. Tuvo que olvidarlo, dejar de nombrar a quien amaba y entregarse por completo a la nueva vida que se abría paso en su cuerpo. Tenían razón, ya lo vería. Ya se conocerían ambos.

Pujó.

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Podía sentir los aromas dentro del Castillo. Muy a su pesar reconoció el de Shippo, efectivamente estaba el de Sesshomaru y Rin, pero había un aroma que desconocía, tan peligroso como el de su medio hermano.

—Inuyasha —Le llegó la voz jadeante de Jaken— Yurei ha muerto, no puedo defender a los humanos. Mi amo me matará si mueren —Inuyasha enseñó los colmillos y dio una patada al suelo—.

Ese maldito de Sesshomaru, quiere evitar que entre al Castillo.

No podía dejarlos a su suerte. Los hombres estaban cansados, no resistirían mucho. Sin responderle a Jaken desenvainó su espada y con decisión fue a terminar con esa batalla sin sentido.

—¿Quién los comanda? —Exigió saber, no perdería el tiempo matando youkai por youkai—.

—Aghásura. Ha traicionado al amo —Le respondió Jaken con rabia— Mátalo Inuyasha, mata a ese maldito pájaro—.

Sopesó un momento las palabras de Jaken. Entonces era Aghásura y no Shippo quien estaba detrás de todo aquello. Inuyasha se dijo que le cortaría rápidamente la cabeza y se la llevaría a Sesshomaru, no permitiría que matara a Shippo. Y sí lo hacía… Apretó la mandíbula. No quería pensar en ello, pero Shippo era familia, y si mataban a alguien de su familia eso traería consecuencias.

Primero acabaría con Aghásura, a lo lejos divisó el sombrero de paja y, bajo el sombrero, unos ojos rojos.

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—Sesshomaru por favor escúchame—.

Rin nunca le hablaba así, nunca. Detuvo unos segundos la constricción del cuello del kitsune, solo para prestar atención a Rin, que vencida por el llanto y la desesperación de ver lo inevitable, estaba abatida sobre la hierba tirando de la ropa de Sesshomaru.

—Es inocente, no ha hecho nada. Shippo es inocente —Le decía entre sollozos, suplicando—.

Sesshomaru observó al kitsune. Era un pálido recuerdo del youkai joven que lo había amenazado años atrás en un lago. Estaba enflaquecido y sin fuerzas, ni siquiera luchaba contra su poderoso agarre. ¿Realmente es inocente? Se preguntó dudoso, pero las palabras de Rin no mentían, ella simplemente nunca le mentía.

—Si que te has puesto blando, Sesshomaru—.

Apenas escuchó esas palabras, sintió como Rin era arrebatada de su lado. Sesshomaru abrió enormemente sus ojos, no sentía otro aroma con ellos, pero ahí estaba esa voz, una voz que conocía muy bien. Soltó al kitsune, sin importarle que había perdido el conocimiento, se giró rápido, al encuentro de su madre que se quitaba lentamente, a ojos de Sesshomaru, una de las hojas del zorro. En ese preciso instante le llegó el aroma, que antes por causa de la hoja, no llegaba. Rin de pie, ante la imponente figura de Irasue, no articulaba palabra. Una de las afiladas y venenosas garras de su madre amenazaba el cuello de Rin.

—¿Qué ocurre? —Le pregunta con fingida sorpresa— ¿No estás feliz de ver a tu madre?—.

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¿Cuánto tiempo llevaba? Le costaba sentir las piernas y el dolor en su vientre era inimaginable. Necesitaba descansar, tenía tantas ganas de cerrar los ojos, pero la azuzaban entre gritos, como si fueran látigos.

—Ahora Kagome, una vez más ¡puja!—.

Ya no era la anciana, sino Miroku quien se lo pedía. Kaede estaba tan agotada como ella. Kagome pensó que nada sucedía como debía ser. Sango era quién tenía que recibir al bebé, la anciana por su avanzada edad solo asistiría, e Inuyasha debía estar sosteniendo su mano, no el monje.

—¡Puja!—.

Y pujo, con toda su fuerza, con toda su alma. Creyó que no podría sentir más dolor, pero lo sintió. El bebé se abría paso entre sus estrechas caderas. Los médicos de su tiempo ya se lo habían dicho en sus exámenes de rutina. Si pensaba ser madre, no podría tener hijos por parto natural.

—Veo su cabeza —La voz de la anciana le llegó como en un sueño— Kagome, quédate quieta—.

Estaba feliz, ya estaba saliendo. Vio cuando la anciana tomó un pequeño cuchillo y lo llevó a las llamas. Podía dolerle, pero no se movería. La vida de su bebé era más importante. Cerró sus ojos y pensó en Inuyasha, que serían padres y aferró la mano del monje.

El cuchillo se hundió en su carne. Sintió que la despojaban de una parte de si. Algo realmente importante que la hacia vivir. A pesar del dolor abrió los ojos y pudo ver unos pequeños pies, y un cuerpecito minúsculo en los brazos de la anciana. Miró a Miroku agotada, el monje movía los labios, pero no alcanzaba a escuchar ninguna palabra, asustada volvió los ojos a su bebé, no podía escucharlo y los ojos se le anegaron en lágrimas, antes de cerrarlos.

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—¿Vas a matarme? Este gobierno necesitará quien lo comande, y una Señora necesitará de un Señor —Habló Aghásura con completa seguridad de lo que vendría, como si fuera él el nuevo Lord—.

Inuyasha entendió lo que el demonio quería, era todo lo que representaba y tenía Sesshomaru, y para eso su hermano debía morir. Por alguna razón no podía interesarse en lo que la grulla le hablaba, tenía una extraña sensación en el pecho. Algo le decía que su presencia debía estar con Kagome y no ahí, pero los hombres le miraban implorantes, muchos con los miembros cercenados por ese brutal youkai con la boca goteándole en sangre. Inuyasha no entendía para qué querría a Rin o tener poder sobre los humanos, si solo buscaba saciar su sed.

—No tengo tiempo para ti —Le espetó Inuyasha, apuntándolo con la espada— …Eres un maldito cobarde, nadie seguirá a un traidor—.

Aghásura le escucha con completa calma, le responde con una sonrisa. El color de la sangre realza la blancura de su rostro.

—Ah, pero a Rin sama si... —Se tomó una pausa— Además, mi amo me ha ordenado que acabe con todos. —Le dice en son de disculpa— Yo solo sigo órdenes, tampoco puedo perder mi tiempo contigo—.

—Has traicionado a Sesshomaru, pedazo de mierda ¿de qué ordenes me hablas?—.

La sonrisa de la grulla desapareció y una mueca de desprecio desfiguro sus armónicas facciones.

—Sesshomaru no es mi amo, pronto Sesshomaru no tendrá a quien dar ordenes—.

Antes de que Inuyasha pudiera preguntarle nada más, Aghásura se lanzó al ataque. Tenía una velocidad aún mayor a la de Kouga. Sus brazos se transformaron en alas de plumas mortales. Inuyasha tenía cinco clavadas en su brazo derecho, cada vez que intentaba sacarlas se hundían más en su carne. Aghásura se regodeaba, pero Inuyasha no se amedrentó.

—¿Qué? —Le dijo en tono insolente— Si Sesshomaru pasó meses sin su brazo izquierdo, yo puedo hacerlo también—.

Inuyasha cambió la espada de mano, y se habló internamente amenazando a su propio brazo. Más le valía funcionar tan bien como el derecho o Sesshomaru se burlaría de él. Con un rugido arremetió contra Aghásura.

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—Te he hecho una pregunta Sesshomaru ¿pondrás la vida de tu madre en peligro por una humana?—.

Sesshomaru la observa en silencio sin ánimos de responder. De entre todos los posibles enemigos nunca imaginó que ella podría estar detrás de todo aquello. Sabía que Rin no era de su agrado, pero ¿llegar a tal extremo? Aunque fuera su madre, tenía que tener claro que toda acción traía consecuencias. Llevó su mano derecha a la espada bakusaiga, Irasue no merecía más respuesta.

—No, no puedes —Le hablaba Rin asustada, ninguna lágrima caía de sus ojos, solo miedo, miedo por él— Sesshomaru, es tu madre —Le recordó, cómo si a él no le pesara saberlo—.

Irasue miró despectivamente a Rin. Una de sus uñas se clavó en su piel y un hilillo de sangre corrió por su cuello. Rin cerró los ojos por el dolor. Sesshomaru se enfureció, pero antes de que desenvainara su espada, su madre lo atajó.

—Detente ahí Sesshomaru, —Levantó un brazo níveo— no la mataré si es lo que crees —Le dijo en tono gélido— Pero que no vuelva a interceder por mí. No necesito las súplicas de una humana—.

Dudó unos segundos, la poderosa sangre de su madre y la de su padre lo habían formado en el Daiyoukai que era. No podía subestimarla, si Rin decía algo más, no estaba seguro de si sería tan rápido como para frenarla. Sesshomaru conocía el implacable corazón de su madre.

—Rin, haz silencio —Le dijo autoritario, pero le dio una mirada significativa— ...ya estarás conmigo—.

—¿Si? —Respondió no tan convencida Irasue— ¿Lo estará?—.

Jugaba con él, Sesshomaru se estaba cabreando, no era el niño de años y años atrás.

—No has hecho todo esto para perder tu tiempo y el mío ¿no? Habla de una vez u olvidaré que soy tu hijo—.

—Ah, veo que al fin te interesas en mis motivos. Tengamos una pequeña plática entonces —Irasue guardó un largo silencio antes de continuar. Sesshomaru la miraba con infinita molestia— …Bueno estoy algo cansada —Dijo, como si aquel encuentro fuera casual. Con un rápido movimiento y llevándose a Rin con ella, se acercó a una silla —¿Quieres que empiece por el "porqué no voy a matarla", o por el "porqué estoy acabando con tu gobierno"?—.

Sesshomaru aguardaba impaciente, escuchaba los latidos de Rin, estaban alterados, algo ocurría con ella. Estaba tirada en la hierba, empequeñecida bajo Irasue, su madre quería demostrar lo débil e inferior que era.

—Siempre tan elocuente. —Continuó Irasue al ver que Sesshomaru no contestaba— Ya veo, en ese caso empezaré por recordarte que yo traje el alma de esta humana del infierno. Estás en deuda conmigo Sesshomaru, que no se te olvide. —Sesshomaru no hizo ademán de nada, pero sintió sus palabras como un mazazo en el estómago— Como sea, si hubiese sabido que harías todo lo que hiciste por y con esta humana, no la habría salvado, pero tranquilo. Como dije, no la mataré—.

—¿Regaste con sangre mis tierras porque estabas molesta? No eres una niña—.

—Tú hiciste un berrinche por años cuando tu padre no te legó la Tessaiga —Le respondió tranquila Irasue, sin verse molesta por el insulto de su hijo. Sesshomaru tensó los labios—, pero este caso es distinto. —Irasue acarició el cabello de Rin, como si realmente le tuviera afecto. Sesshomaru trato de mantenerse calmado, pero temía— …Te atreviste a mancillar nuestra sangre, a mezclarte con una humana y gobernar junto a ella lo que corresponde a la pura sangre Daiyoukai. Siempre te crees por sobre las leyes Sesshomaru, tanta osadía no podía quedar sin castigo—.

—¿De qué leyes hablas? —Le preguntó en respuesta, cada vez más enfurecido. Quería quitar a Rin de las garras de su madre— ¿Las tuyas?—.

Irasue sonrió y asintió. Acarició su collar del meidu, como una clara amenaza de su poder. Sesshomaru comprendió que, así como trajo el alma de Rin, también podía devolverla.

—Como sea, ya cumplí mi primer cometido —Fijó sus iris dorados en los de Sesshomaru— No creo que tengas intenciones de formar un nuevo imperio ¿verdad Sesshomaru? Espero que no—.

No iba a responder a su amenaza, no le daría ese placer.

—¿Qué le has hecho a Rin? —Irasue se mostró ofendida, solo le interesaba ella— Dijiste que no la matarías, entrégamela—.

—Tienes razón —Estuvo de acuerdo—, pero si te la entrego dejarás de escucharme. No le he hecho nada a tu humana. El causante eres tú y ningún otro —Sesshomaru notó el goce de Irasue al ver que no entendía. Él jamás dañaría a Rin— …Iba a matarla, que no te quepa duda, no me mires con tanto resentimiento. Aghásura la quería para él. Matarla era lo mejor, créeme. Pero las cosas no resultaron como debían. La idea era que cuando entrarás en esta bonita estancia, la encontrarías muerta y culparas al kitsune. El muchacho me sirvió bastante, aunque no quisiera hacerlo. Pensé que si lo matabas vería al despiadado hijo del que me siento orgullosa—.

Sesshomaru le concedió aquello, lo habría hecho. Habría matado al zorro de no ser por Rin, habría caído en las maquinaciones de su madre. Lo de Aghásura no le sorprendía, pero ¿pretender quedarse con Rin? Era un imbécil si pensaba que viviría más de unas horas después de eso.

—¿Qué te detuvo? —Fue todo lo que preguntó—.

—Siempre tan frío —Le respondió Irasue aburrida, mirándose las uñas— Me pregunto a quién habrás salido… —Alargó el silencio a su placer, hasta que decidió responder a su pregunta— El vástago que lleva la humana en su vientre, por eso no la maté—.

—¿De qué hablas? —Por vez primera Sesshomaru perdió la impasibilidad de su tono, para deleite de Irasue. Olfateó el aire para asegurarse— No hay nada, mientes—.

—Cuando intenté matarla, —Le explicó su madre— tu vástago desplegó todo su youki. Es hábil, tengo que concedérselo. Se mantiene escondido, sabe que acabarás con él —Irasue se miraba las uñas, como si aquel tema no tuviera nada de interesante— Pero ya no puedes hacer nada, es demasiado tarde. Y tarde para la humana también. Nuestra sangre es demasiado poderosa para unos contenedores tan frágiles—.

Irasue dejó de observar sus uñas y puso toda su atención en su hijo. Sesshomaru en cambio no la miraba, sus ojos estaban puestos en Rin. Con la cabeza gacha, no podía ver su rostro, su tupida cabellera era un velo que se interponía, pero ahí estaba el extraño palpitar, era otro corazón proveniente de Rin. Su madre decía la verdad. Lo único claro era cómo Rin se aferraba el vientre. Sesshomaru no dejaba de pensar que su vástago no representaba la importancia que si tenía Rin. Él decidiría qué tan tarde sería.

Irasue parecía comprender lo que ocurría en la mente de su hijo. Con completa tranquilidad llevó su mano al mentón de Rin y levantó su rostro. Unas lágrimas silenciosas cubrían sus mejillas.

—Ve con él —Le dijo en tono conciliador. Rin la miraba, pero su atención estaba lejos de ahí—, pero piénsalo bien, porque te quitará lo que quieres proteger. No te engañes, el egoísmo de mi hijo no tiene límites—.

Sesshomaru la escuchó con odio, quería poner a Rin en su contra. Pero su madre no había mentido. Esperó unos segundos eternos, estuvo tentado de no mirar a Rin, ella no debía temerle, ella por sobre todos, pero lo haría. No quería ver que se replegará, que le tuviera miedo.

Rin dejó de mirar a Irasue y clavó esa expresión pasmada en Sesshomaru. Debía decirle algo, tranquilizarla de algún modo, o al menos tenderle la mano, pero no lo hizo. Rin comenzó a caminar hacia él, sin dejar una mano sobre su bajo vientre, con la mirada en el suelo sin atreverse a levantarla. A mitad de camino se detuvo. Sesshomaru sintió como se le achicaba el corazón, como sus latidos se paralizaban. Hasta ese momento no había estimado la opción de que lo que pudiera separarlos no fuera su corta vida, sino que el miedo, miedo a él, a que le hiciera daño.

—Irasue sama —Comenzó a hablarle Rin con su vista aún en el suelo, con una voz desprovista de toda su alegría, pero a pesar de todo con respeto— …Espero que Sesshomaru pueda perdonarla algún día—.

Rin retomó su andar hacia él. Sesshomaru aún escuchaba esas palabras en su cabeza cuando Rin lo enfrentó, sin mirarlo tomó su mano derecha y la posó sobre su vientre, solo en ese momento levantó sus ojos a los de él. Tenía unos ojos enrojecidos y anegados en lágrimas, pero Sesshomaru también captó el brillo del anhelo.

—Ahora somos tres, —Le habló Rin sin sonrisas, solo con una férrea seguridad— confío en que siempre seremos tres—.

Sesshomaru sentía el odio despedir del cuerpo de su madre. Era difícil saber si por lo que le dijo Rin o por la cercanía que tenía con la humana que mancillaba su venerable sangre. Sesshomaru pensó en lo fácil que sería clavar sus uñas e inyectar el veneno letal para que solo afectara a quien ponía en peligro la vida de Rin, pero ella lo sabía tan bien como él, de lo que podía ser capaz. Confiaba, confiaba ciegamente en Sesshomaru y en el amor que se tenían, por eso permitía esa cercanía.

Siempre vez más allá de mí mismo, Rin. No puedo traicionar lo que es más importante en mi vida.

La incertidumbre de si volvería a ver sonreír ese rostro tan amado, si dejaba que ese bebé llegara a término lo carcomía. Pero la mano de Rin era firme, sea lo que fuera, lo sobrellevarían juntos. No le respondió, no dijo en palabras todo lo que sentía en aquel momento. La besó, no un simple toque. Su boca estaba completamente en la de ella, sin movimientos. La abrazó y al soltarla, Rin se puso a su lado.

—Solo por Rin, esta humana que tanto desprecias te dirijo estas palabras —Le habló Sesshomaru a su madre, que cada vez se descomponían más sus hermosas facciones— Vete, vete. Si te vuelvo a ver, —La amenazó— si siquiera vuelves a intentar algo contra Rin u otro que esté relacionado con nosotros. Te mataré. En ese momento sabrás cuán despiadado puede ser tu hijo—.

Irasue, por más que tratara de enmascarar sus emociones, no lograba apartar la amargura que sentía de su rostro. Sesshomaru entendió que lo más importante que quería destruir su madre, se había hecho más fuerte.

—Que disfrutes junto a tu humana… —Respondió mordaz, conteniendo todo el daño que quería infligir en sus palabras— Mientras puedas. No acudas a mí Sesshomaru. Estás advertido, por que no vivirá, eso te lo aseguro—.

Emprendió el vuelo. Sesshomaru recordó que era la segunda vez que le decía aquello. Si Rin moría ella no traería su alma de regreso. En ese momento sonaba inevitable. Su madre sabía que ocurriría, y Sesshomaru no encontraría solución con ella. Quiso devolverle sus palabras, y en un leve tono, audible para Irasue, a pesar de la distancia, le dijo que era gracias a la bondad de Rin que seguía con vida, que lo tuviese presente, todos los días de su vida.

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Lloraba, Irasue lloraba. Impotente apretaba la mandíbula, no podía creer todos los atrevimientos de su hijo, su amado hijo Sesshomaru, y todo a causa de una vida corta y frágil.

Una vida humana.

Se alejaba con el pensamiento amargo, de que era segunda vez que fallaba en separar a un Daiyoukai de una raza inferior. Observó las Tierras de Sesshomaru bajo su vuelo. Innumerables muertos se habían llevado sus maquinaciones ¿y a ella qué le importaba? Al menos su gobierno se había venido abajo. Se secó las lágrimas. Pronto no sería ella quien llorara, Sesshomaru también tendría su gota de amargura. No, no una gota. Toda una vida de amargura.

Sonrió, pero no una de esas sonrisas de felicidad. Aquellas no las conocía.

Estaba más repuesta, más conforme con sus pensamientos. Al menos no estaría sola del todo, quizás en esa amargura Sesshomaru la buscase y podría estar con su hijo nuevamente, solo ellos dos. Pero la sensación le duró poco. Inuyasha, el medio hermano de su hijo iba raudo dirigiéndose en dirección opuesta a ella. Fue un momento, un cruce que no duró más de un parpadeo. Pero la dañó más que su propio hijo. El encontrarse con los iris dorados de Inu no Taisho en ese cuerpo hanyou, prueba de la infidelidad de su marido tantos años atrás con esa humana miserable.

Irasue los odiaba, odiaba a los humanos. Había tenido cuidado de traspasar ese odio a su hijo, pero el amor ilegítimo que destruyo su matrimonio, lo había hecho caer a él también. Significaba que Sesshomaru perdonaba a su padre. En el fondo Irasue sabía que no era solo perdón, sino que lo entendía. Sus garras se crisparon, sentía las ansias por transformarse y despedazar a Inuyasha.

"Si vuelves a intentar algo a quien esté relacionado con nosotros, te mataré…"

Si Sesshomaru no hubiese dicho esas palabras, Irasue lo habría matado. Su ira, su pena y desolación habrían visto una salida en el hijo ilegítimo de Inu no Taisho. Se detuvo en medio de su vuelo, inspiró buscando la calma, pero lo que llegó fue una pluma, una pluma de grulla. La aprisionó entre sus dedos.

Nunca imaginó que Aghásura tuviera éxito. Era fuerte, más que el promedio, pero aun así un insensato. Ni siquiera ella se atrevía a desafiar a su hijo, con el inmenso poder que tenía. En todo momento del enfrentamiento Irasue apeló al lazo consanguíneo que tenía con Sesshomaru y a la deuda que éste tenía por haber traído el alma de la humana de vuelta, pero él le dijo que si estaba con vida era solo a causa de Rin.

La pluma se quemó en su mano.


C. Escipión: No me odien, tenía que dejarlo ahí, un poco de suspenso no le hace mal a nadie jaja. Ya! quiero saber a quien sorprendí con la aparición de Irasue, o díganme, quién se lo vio venir? ñaca ñaca. Me despido agradeciendo a mis lindos y queridos comentaristas, me hacen muy feliz: Nagi Yamamoto, KarinA, Guest, zoraidarose, Linaree, serena tsukino chiba y Sichel. Son siempre mi Sol (ya no peleo más con los follows, igual agradezco que sigan el fic, auqnue no me dejen rr).

C o r Ne L ia E s c i p I ó N