Capítulo 3
Hablemos de victorias…
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La victoria no existe. Dijo Lavi –hace mucho tiempo-, a la par que le veía con ese ojo verde radiante, que en un principio expresaba absolutamente nada. Lo dijo claro; Yuu, la victoria es una ilusión. Ésta nunca se da. Es solo una idea dada por idealistas idiotas, o filósofos muy positivos en su pensar*. Kanda –esa misma vez-, solo contribuyó al argumento revolviendo los ojos. Pensando en la estupidez reinante en la mente de Lavi, en contraargumentos que podrían desbancar aquella suposición tan fuera de lugar. La victoria claro que existía. Para algo existía la palabra, para algo se presentaba la misma muerte.
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Kanda había llegado a formar la idea de que uno nunca podía deshacerse de Lavi, una vez éste se empecinaba en quedarse. Y era por ello que tras la pelea pasiva que tuvo con él, había esperado una llamada o una visita del pelirrojo.
Pero entonces pasaron días, semanas, y ahora ya era un mes, y el teléfono seguía sin sonar, y la posibilidad de que Lavi apareciese en su puerta -o algo por el estilo-, se le hacía cada vez más, y más lejana.
Kanda debería haberse sentido satisfecho, tranquilo, y hasta feliz, pero… su casa era muy silenciosa, y el tictac del reloj se volvía más insufrible con cada segundo transcurrido, además al estar tan al pendiente de su celular o la puerta –solo para echarlo de nuevo, y acabar todo-, sentía que se ponía más tenso de lo normal. Además venía notando una frecuente jaqueca que iba en lento ascenso, desde que no lo veía.
Todo era culpa de Lavi. Claro, ese imbécil siempre supo cómo sacarlo de las casillas –y salir vivo tras hacerlo-, aun sin verdadera intención. Deseó tanto que su puerta nunca haya sido abierta esa vez que él tocó, y vino con maletas, y… la vida resulta ser tan tonta por hacerle topar con ese excéntrico idiota, cuando menos lo esperaba.
Recordó que una vez Lavi le dijo que ese fue un día de suerte. En realidad él no creyó que el primer día de búsqueda sería fructífero, y luego añadió que él imaginó aún menos que todo llegaría a ser lo de ese entonces. Kanda estaba desnudo en la cama –con él-, y Lavi –como siempre que hablaba de un tema no calculado de antemano-, miraba al techo, pero daba esa compañía cálida y reconfortante que alguien te puede dar a veces, muy a veces -cuando menos lo esperas, y hasta por la extrañeza es irrepetible-, pero aun así, Kanda botó un bufido, y aceptó que ese día le pareció malo, y peor cuando Lenalee le obligó a aceptarlo como compañero de piso. Esa vez –y ahora- creyó que fue algo muy estúpido que Lavi riese gustoso, y estuvo convencido de que estaba loco cuando dijo: "¿Sabes? Creo que me estoy enamorando de ti". Aunque con Lavi nada se sabe, y Kanda por ende tomó aquello como una mala broma, que hizo que lo botase de la cama y el momento se arruinase –él dijo, algo como: "Esto es solo sexo, ¿lo recuerdas? Ya hemos quedado en eso, estúpido-.
Ahora Kanda miraba el teléfono, y pensó en esos versos raros que leía Lavi*, su estúpida naturaleza, en el fin, y esa victoria que Lavi tachaba de irreal, y que él creía la naturaleza de la muerte.
Lavi no llamó.
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El seis de Junio Tiedoll –y compañía-, apareció a las doce de la noche en la puerta de su casa con una torta en manos, y Kanda le cerró ésta en las narices. Pero al final -como cada año-, tras una hora de insistentes toques, y llamadas consecutivas –tanto sea de su ex tutor, como de Daisya o Marie-, no le quedó más que abrir la puerta, aceptar el estúpido pastel, y estar atento a cada tentativa de abrazo que tenga Tiedoll.
Ellos se quedaron hasta las dos de la noche. Kanda no habló, pero tanto sea Froi como el recién despierto Daisya, hicieron el ambiente un poco más afín –bueno… eso a vista de Marie, no al de Kanda-, y al final todos se despidieron adormilados de Kanda, y esperaron el tan conocido portazo que el japonés daba, solo para decir –sin ser escuchado realmente-, que la visita de esa noche por algo tan banal como su cumpleaños, no fue bienvenida, y que sería mejor que no lo repitan de nuevo.
No durmió mucho de ahí en adelante. El teléfono no sonaba, y el tictac recurrente con el pasar de las horas y el aumento de este insomnio poco frecuente –era más de un mes de éste-, llenaba sus sentidos, y hacía que piense la hora que era en ese entonces, o también –y para el peor de los casos-, si el año pasado había llegado hasta estas mismas.
Lavi a estas fechas siempre era el primero en felicitarle. En sí, él vivía con él, y gracias a esa facilidad era mucho más fácil ganarle a cualquier esfuerzo que hiciera Tiedoll para ocupar el primer puesto. Solo decía feliz cumpleaños, mientras le sonreía perezoso antes de abrir la puerta, y dignarse a ser el que lidiaba con Tiedoll durante dos horas. Lavi nunca se lo dijo, pero Kanda estaba seguro que ese acto no era más que un regalo –que hasta tal vez pedía una compensación-. Era algo así como un duerme, yo lo distraigo. No te preocupes, ya sé que duermes tan temprano como un niño pequeño.
Kanda botó un suspiro y hundió su rostro en su almohada. Decidiendo que lo que haya pasado en años anteriores, no importaba. En sí, el teléfono no sonaba, y tampoco su puerta, así que tal vez era imposible que ocurriese de nuevo –y justo eso era bueno-. Pero igual, al dormir no pudo evitar recordar que la anterior vez fue una noche caliente que luego se prendió en llamas. Y eso a pesar de que Lavi tenía un cuerpo hecho de hielo.
-o-
— ¡Kanda, feliz cumpleaños!— Lenalee dijo en la mañana, estando parada en la puerta de su casa con nada más que un pastel (otro).
Kanda frunció el ceño, y la dejó entrar, pero se vio muy tentado a cerrar la puerta en la cara de Moyashi, siendo que al final con nada más que una mirada severa de ella, no tuvo otra opción que también dejar entrar al chico. Allen venía agarrando una caja grande entre manos y tampoco parecía estar muy contento de estar en su casa.
Se dirigieron al comedor, y fue Lenalee la que dijo que haría algo para tomar y acompañar el pastel –Kanda odiaba el pastel-, así que ni bien dejar sus cosas en su silla, se perdió en la cocina, y tardó el tiempo indicado como para que el mismo Kanda, maldiga un poco más su día. Allen estaba sentado también en silencio, y al parecer como regalo le había dado el no tener ninguna disputa vana con él. Cosa que al final hizo el ambiente más tedioso. Lo peor era que el chico no le quitaba la mirada de encima…
— ¡¿Qué?!
Moyashi pareció exaltarse, por como sus hombros se trasladaron a la parte de atrás en un gesto que demostraba el susto que había sufrido. Pero después se compuso lo suficiente, y se atrevió a decir:
— Bakanda —revolvió los ojos—, digo, Kanda, quería preguntarte si tú… eh… yo la otra vez vi…
— Bien, aquí está —Lenalee interrumpió al entrar, mientras ponía dos tazas de cafés humeantes delante de ellos (Kanda odiaba el café), y cortaba una rebanada de pastel para cada uno.
Al final cuando ella se sentó, quedó instaurado un raudo silencio en todo el apartamento. Las palabras de Allen quedaron flotando, fueron simplemente vetadas al vacío, y Kanda no sabía si es que quería escuchar lo que sea que tenga el chico que decir, o si es que en realidad no le apetecía. En fin, la última vez que cruzó palabras con un idiota –a propia petición-, todo acabó de una forma tan extraña, que aunque estuviera a pedir de boca, seguía con esa sensación de…
— Lavi, no pudo venir hoy. Dijo que tenía mucho trabajo, pero que lo siente. Supongo que te llamará después.
Kanda estuvo tentado a decir un: "Estamos peleados. Él no me llamará". Pero las palabras se quedaron estancadas en su boca, ya que de todo el tiempo que conoció a Lavi, fueron muy pocas las ocasiones en que se promulgó una pelea bilateral, o peor una que durase tanto tiempo como ésta. Recordó que la única vez que hubo un evento similar, fue cuando Lavi quiso dejar el piso e irse a vivir con Allen. Y pensándolo bien, tal vez… éste era un evento más único que la de aquella ocasión, ya que… Kanda con el pasar de los días, se daba cuenta que esto siquiera era bilateral. Esto era solo cosa de Lavi. Del maldito de Lavi.
— Pero… te mandó un regalo. No sé qué es, pero es una caja grande —ella botó un suspiro—. Aunque aún con todo, siento que nada está bien. ¿Se pelearon? Lavi fue muy frío cuando se negó a venir con nosotros. Además… oh, nada.
El japonés la miró un rato intentando descifrar a qué tanta pregunta incompleta, vacilación, y secretismo de parte de sus dos visitantes. Le dolió la cabeza de solo intentar descifrar la duda, y decidió que no valía la pena. En sí, a lo mejor el imbécil de Lavi solo se haya quejado con ellos, o como cuando el idiota veía el tema muy serio, se haya negado a soltar prenda de lo sucedido. Era raro, pero de alguna forma le molestaba más la segunda opción que la primera. Lenalee le miraba atenta, y después de arreglar un mechón caído con su mano, volvió a hablar:
— ¿Hay algo que puedas contarme?
— No, no entiendo qué quieres que te diga.
Ella enarcó una ceja, y de ahí en adelante zanjó el tema, y decidió cambiarlo totalmente. El cotilleo murió en una media hora más, y ella al salir le dio un fuerte abrazo, que casi le dejó sin aire. Allen solo le extendió la mano, y Kanda juraría que vio confusión en su mirada. No le importó, o al menos intentó que no haga mella en sí, el raro comportamiento de ambos chicos, y prosiguió su día con la mayor normalidad posible.
Pero en la noche, cuando se dignó a por fin mirar el mentado regalo de Lavi, la victoria se mostró tan irreal como decía el pelirrojo. Ya que al encontrarse con todas las cosas suyas, de las que hace mucho Lavi se adueñó, sintió la caída de un imperio, y por fin tuvo la noticia no censurada del fin definitivo.
Kanda había querido esto, sí, éste era el fin, el nuevo cambio que contrarrestaba aquel que había puesto su vida de cabeza. Pero… cuando vio la chaqueta de cuero negra que Lavi agarró, el día que se puso de luto por su perdida paternidad*, supo que algo estaba muy fuera de lugar, ya que eso fue de verdad un regalo –mal dado, sí, pero uno-, y…
Se relamió los labios. Lavi nunca fue bueno para dar regalos materiales. De momento solo fueron dos cosas que le dio, y en una fue un acto egoísta que acabó con el mismo pelirrojo lloriqueando acerca de su poco corazón, y poco amor a las mascotas, y lo triste que sería que le quiten la única razón para soportar una novia no querida por un mes; y ahora era esto. Botó a un lado todo aquello que ya no sentía suyo, y cuando lo hizo, encontró dentro de la caja una nota, que tenía escrita en sí un escueto: feliz cumpleaños. Dado por la impecable caligrafía de Lavi.
En lo que restó de la velada, por más que Kanda mirara su celular, o esperara el toque de su puerta, nada de eso ocurrió. Y solo le quedó el mirar su techo blanco, y pensar que tal vez sí debía pintar cada habitación, y recordar todo, desde ese; "¿No haces nada para cuando cumples años?"; o aquel; "Bueno, supongo que no me queda más que quedarme contigo, y darte una buena noche, ¿no crees, Yuu?"
Esa noche le costó dormir, ya que sintió un insufrible frío calándole los huesos, y además sintió la necesidad de volver a oír esa lenta respiración oculta justo tras su espalda.
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Deseó tanto que ese verso* que Lavi le leyó algún día, no sea cierto.
Aclaraciones:
1. La frase tan derrotista –y para mí cierta- de la victoria, no es de mi invención, es casi un copia y pega del pensamiento del Sr. Compson, de la novela –escrita-, "El ruido y la Furia" de Faulkner.
2. El verso mencionado tanto sea en la parte de arriba, de cuando Kanda piensa en los versos de Lavi, o en éste último, no se refiere a más que del poema de Neruda, o siendo más precisos esa parte de "Tan corto es el amor y tan largo es el olvido". En ambos casos que lo piensa, se tiene distinto significado. En una él cree que Lavi ya llegó a la fase del olvido con él, que su amor fue pasajero, y que el olvido tal vez estuvo en proceso desde hace mucho. Y en la segunda instancia, Kanda admite que sintió –o bien siente- algo por Lavi, pero que desea que el olvido no sea tan largo, que sea corto, que se acabe lo más antes posible.
3. La "paternidad" de Lavi no es cierta. Él solo tuvo una mascota compartida con una ex novia –un conejo-, pero que perdió en su totalidad –la custodia, dice él-, cuando ella descubrió que Lavi le puso los cuernos, y de ahí, él se puso de luto ya que no podía ver a su querido "hijo". Esta también es la razón por la que Kanda lo llama conejo, ya que la historia bizarra, al menos dio de fruto un apodo para casi todos inentendible.
Bien, capítulo terminado.
En primera anuncio, este episodio está –otra vez-, expresamente dedicado a Makie Karin, que cumplía años el 24 de Marzo, y me pidió la continuación de este fic –e Impresión a Colores-, como regalo, pero… como soy una vaga, y mi musa no me visitaba le doy el regalo con taaaanto tiempo de retraso, y bueno también esta historia es para el cumpleaños de Kanda, un día tarde, sí, pero lo hice.
En lo demás… juro que este episodio fue un dolor de cabeza, porque todo era más introspectivo –siempre tuvo que ser así-, y que además al no tener a Lavi no hay mucha acción en sí, además es complicado con Kanda negando sentires, y después aceptando a medias que tal vez no todo lo que deseaba era totalmente cierto. También, lo malo es que hay muchos puntos en blanco que espero algún día responder con oneshot, ya que la perspectiva de Kanda no puede copar todo eso. En lo demás, pues… no sé si está este episodio lo suficiente bien, juro que me esforcé en él, y que me costó lágrimas de sangre –no, tampoco no, pero, sí, fue duro-, y bueno… en fin, lo hecho, hecho está, jajaja.
¿A alguien le gustó el episodio?
