Bulma era valiente. Siempre lo había sido, de un modo rayano en la imprudencia.

Lejos de retroceder aterrorizada ante la vista de Vegeta irradiando cólera y poder, avanzó unos pasos hacia él, hasta quedar parada en el borde mismo del edificio, donde la parte de la estructura arrancada durante la batalla había dejado al descubierto cables chisporroteantes y hierro torcido.

Goku quería decirle que huyera, que se ocultara, que buscase un lugar seguro mientras él se hacía cargo de lo peligroso, como siempre. Pero tuvo que reconocer que en ese momento, correr sólo agravaría las cosas para Bulma y su compañero.

Vegeta permanecía inmóvil, flotando en el aire a pocos centímetros de ellos, interceptado a medias por Goku para alcanzarla y borrarla de la faz de La Tierra con una exhalación de su ki.

Gohan había ascendido hasta donde se encontraban. Goku lo vio aparecer en el aire frente a ellos, a unos diez metros de distancia, probablemente para que Vegeta no interpretase su presencia como una provocación. Ambos compartieron una mirada angustiada, y Goku ponderó por un instante qué probabilidades tenían de distraer a Vegeta lo suficiente como para que él tomase a Bulma y la sacase del medio, sin que alguien inocente resultase herido.

Piccolo también se había acercado y los contemplaba desde el otro costado, con funesta expresión. Fijó la vista brevemente sobre Bulma y luego en él y Goku sintió que el Namek le estaba reprochando silenciosamente el no haber reaccionado a tiempo para evitar este encuentro.

Sabía que a Vegeta le importaba muy poco estar rodeado por ellos en ese momento; lo conocía suficiente como para tener claro que cuando la rabia y el orgullo herido lo dominaban, al príncipe le importaba poco su seguridad personal. Más bien se volvía suicida. Varias imágenes se le cruzaron por la cabeza, memorias horribles de sus anteriores batallas pero también algunas de los tiempos felices; sobre todo, su mente se empeñó en especular acerca del futuro que les esperaba después de esto.

Pero Vegeta y Bulma sólo se observaban el uno al otro. Largamente, como si compartieran una especie de código propio que les permitiera decirse todo lo que ellos quisieran con la mirada. Vegeta tenía el ceño arrugado y ese semblante endurecido y feroz con el que acostumbraba enfrentar a sus oponentes en el campo de batalla. Pero después de un momento, de una forma casi imperceptible, sus facciones se alisaron sutilmente y Goku vio con sorpresa que la expresión de su rostro había cambiado de la ira al desprecio, ese sentimiento de superioridad teñido con burla con el que Vegeta lo había mirado a él mismo tantas veces.

Bulma seguía apretando los labios, pero ya no parecía una muestra de miedo, sino de furia contenida. Había entornado levemente los ojos, y su rostro estaba lejos de manifestar algún atisbo de vacilación, súplica o vergüenza. Parecía incluso desafiarle y a Goku se le hizo un nudo en el estómago de pensar que esta guerra de voluntades llevaba gestándose en la trastienda de su relación hacía quién sabe cuánto tiempo.

Los segundos pasaron muy lentamente.

Y luego Vegeta, esbozando una mueca amarga que pretendía ser una sonrisa burlesca, echó la cabeza hacia atrás, en un gesto que Goku, ante su propia incredulidad, interpretó como una retirada. Vegeta no había dejado de mirar a Bulma en ningún momento, y Goku intuyó que de alguna retorcida manera sentía que la humillaba más al perdonarle la vida.

Y quizás todo hubiera terminado ahí, de no ser porque al desconocido acompañante de Bulma (del cual el propio Goku se había olvidado) se le ocurrió hacer notar su presencia justo en ese momento, suspirando sonoramente y haciendo amago de avanzar hacia ella.

La tolerancia de Vegeta pareció diluirse en materia de centésimas de segundos. Sus ojos se movieron desde Bulma al sujeto, que para entonces se había dado cuenta de su error y pareció encogerse como una lombriz.

—¡Papaaa!—Gohan gritó, mientras Vegeta levantaba la mano izquierda en dirección al individuo.

— ¡Vegeta, no hagas esto…!— le advirtió, aun sabiendo que eso no serviría de nada.

Vio la bola de energía crecer desde la palma del guante de Vegeta, y su incandescente resplandor lo encandiló.

Asustado, hizo lo único a lo que atinó en ese momento: abalanzándose a Vegeta, se prendió de su cuerpo empujándolo con la fuerza de su peso y de su ki hacia el suelo, para desviar el ataque de su víctima.

La esfera de energía salió disparada de la mano de Vegeta en dirección al cielo, mientras ambos caían a toda velocidad contra el concreto, provocando un forado de proporciones en mitad de la calzada.

—¡Maldito seas, insecto! ¡¿QUÉ ES LO QUE CREES QUE ESTÁS HACIENDO?! ¡SUÉLTAME!— escuchó que Vegeta gritaba, cuando todavía lo tenía aprisionado bajo su peso, y este lo golpeaba en la cabeza y a ambos lados del cuello intentando noquearlo.

—¡BASTA, VEGETA!— le gritó furioso.

Pero Vegeta, contorsionándose debajo de su cuerpo, había conseguido liberar sus piernas para darle una patada en el estomago que lo envió despedido por los aires, entre el polvo del concreto deshecho.

— ¡TODO ESTO ES TU CULPA!— le gritó.

Medio aturdido como estaba todavía, no alcanzó a reaccionar y terminó estrellándose contra un edificio (rogó a Kami porque los humanos hubieran tenido el buen tino de evacuarlo en medio de todo este jaleo), y permaneció allí empotrado por largos segundos, mientras intentaba discernir cómo exactamente había Vegeta llegado a la conclusión de que era culpa suya de que Bulma se hubiese enamorado de otro hombre.

Se desincrustó desde el hormigón al verlo surgir desde la nube de polvo.

No tenía idea que había pasado con Bulma y su compañero en todo este rato, pero esperaba que Gohan y Piccolo hubieran visto la oportunidad de moverlos a un lugar seguro.

Se dio cuenta que los golpes que Vegeta le había propinado mientras estaban en el suelo habían surtido su efecto: prácticamente no veía nada con el ojo izquierdo, a causa de un corte en el párpado del que ya brotaba la sangre y que atribuyó a un puñetazo que Vegeta le había dado en la cara poco antes de mandarlo por los aires.

No quería pelear con Vegeta. Por asombrosa que le pareciera a él mismo esta afirmación, realmente lo que menos quería en ese momento era pelear con Vegeta.

Sabía que el hombre estaba gravemente herido, sino corporalmente, emocionalmente.

No quería hacerlo, y sin embargo, se puso en guardia al verlo avanzar.

Porque necesitaba darles tiempo a los otros para escapar.

Porque no podía dejar a Vegeta ahí y marcharse. No podía abandonarlo con la completa ciudad a su merced.

No podía dejarlo sin ofrecerle nada para la miseria personal que estaba viviendo. Ni otorgarle un gesto de apoyo o consuelo.

Y porque no existía otra forma de comunicación entre ellos más que el lenguaje de sus puños.

—¡Maldito insecto entrometido!— gritó Vegeta, antes de mandarle una patada en las costillas que lo hizo encorvarse del dolor, pero de la que se aprovechó para tomarlo de la misma pierna y darle una vuelta por los aires que lo envió de vuelta al suelo y provocó otra fosa en la calle.

Sabía que estaba cometiendo un error al dejarse llevar por el instinto de combate en medio de la ciudad. Pero tú no provocas a Vegeta y luego esperas que este sea razonable como para trasladarse a un lugar neutral a descargar su ira. Tú no provocas a Vegeta y te marchas hasta que se le pase la rabia. No, lo que haces en esos casos es quedarte y afrontar lo que hiciste.

— Deja esto, Vegeta. Sabes que no te permitiré hacerles daño.

Por toda contestación, Vegeta abrió la mano y gritó:

—¡Final Flash!