Capitulo 4

Hipócrita

*Thud, thud, thud*

Debo pasar a la farmacia a comprar vitaminas para mi madre.

*Thud, thud, thud*

También debo terminar la tarea de sociales para el próximo viernes- si no lo hago hoy, después estaré demasiado ocupada.

*Thud, thud, thud*

Me pregunto si podría pedirle ayuda a alguien de mi clase… Pensándolo mejor, mi clase está llena de idiotas, más que ayudarme me perjudicarían. Dios, no me alcanza el tiempo para nada. La vida sería grandiosa si existieran días de 28 horas.

"Eh… ¡Ah!" Ah, ya terminó. Bien; se estaba haciendo algo molesto pensar con todo el ruido que hacía la cama al golpear la pared. Sentí aquel enorme peso abandonar mi cuerpo, y le escuché gruñir antes de que encendiera la luz; me miró de reojo, por encima de su hombro mientras se deshacía del preservativo usado y lo arrojaba al cesto de la basura. "Muy bueno, ¿No?"

"No podría pedir más." No era una mentira- realmente eso era todo a lo que podía aspirar cuando se trataba de Bruno. Pero bien, no tenía caso destruir su pequeña burbuja de autosuficiencia en la que la frase "Soy un dios del sexo" estaba escrita en letras gigantes y remarcadas en negro. Me levanté de la cama algo adolorida- bien dicen que entre más grandes, los hombres son más brutos- tomé mis prendas del suelo y una a una me vestí con ellas. Mis ojos no pudieron evitar pasearse por la habitación de mi "novio"; era horrenda, por decirlo amablemente. Había ropa sucia regada por el suelo, las paredes eran de un opaco color marrón y la luz que se suponía debía entrar por la ventana era bloqueada por el edificio contiguo. Suspiré, tomé mi bolso, le hice una seña con la mano y salí de ahí.

Es triste decir que el sexo es la parte más estimulante de mi relación con Bruno; el tipo tenía la profundidad de un escupitajo- ni siquiera de un charco, no, eso lo dejaba a las niñas mimadas y ricachonas- ¡Un escupitajo! Lo único que cabía en su mente era el fútbol y sus amigos. Ah, y llamarme bonita de vez en cuando. Pero a pesar de todo eso, seguiría con él, porque lo necesitaba.

Después de haber recogido mis encargos, el camino a casa fue de lo más tranquilo; la luz del atardecer siendo mi único cobijo, los autos pasando a mi derecha mientras la acera estaba completamente deshabitada, algunos silbidos de los conductores mientras me veían caminar meneando las caderas.

Bien, me gusta la atención; demándenme. Recuerdo que una vez él hizo una-

Excelente, Blue, lo arruinaste todo. No podía creerlo; no pasaba un día sin que ese metiche flacucho se colara en mis pensamientos, aún cuando llevaba semanas sin entablar una conversación decente con él. Y siempre era lo mismo; su nombre se escribiría en mi mente por cualquier razón, y recordaría su sonrisa, y sus ojos, y sus manos, y sus labios contra los míos, sus palabras- su infantil ingenuidad.

Si, él era un ingenuo; un niño ingenuo que no entendía cómo funcionaba el mundo real.


Venir a la escuela se había transformado en meramente una costumbre, pero tenía sus ventajas. Ciertamente no tenía un piano en casa; al menos ya no. Pasar mis dedos por las teclas era la más perfecta de las sensaciones, equiparada por nada, comparada con todo; el sonido solo lo hacía mucho mejor. El auditorio vacío era todo el público que necesitaba- aunque me gusta la atención, me desagrada tener fisgones en esta circunstancia. Ahora solo éramos el piano y yo.

Cuando era niña, mis padres decidieron que lo mejor era desarrollar alguna destreza particular, algo que no todos pudiesen hacer, para distinguirme y resaltar. No guardo mi infancia como un recuerdo muy bonito, pero si algo podía rescatar de ella, era el piano y… el otro chico.

Golpeé las teclas con mis puños cerrados, pero desearía que hubiese sido mi frente- ¡Quizá así dejaría de pensar cosas estúpidas! ¿Acaso era masoquista? Si, definitivamente me encantaba sufrir, puesto que me las ingeniaba para no desprenderme en su totalidad de aquellas personas que me hacían sufrir.

Quedarme ahí ya no era una opción, entonces tomé mis cosas y salí, en busca de un nuevo lugar para estar. No necesitaba entrar a clases; los profesores me adoraban, solo necesitaba una sonrisa, un guiño de mi ojo y un poco de trabajo para pasar mis materias con las mejores notas. ¿Era degradante? Quizá un poco. ¿Las otras chicas me odiaban por ello? Por eso y por muchas otras cosas, pero no me quita el sueño. El odio es envidia, y la envidia es solo otra forma de atención.

Mi caminata sin destino me llevó a la biblioteca, un lugar al que rara vez acudía, pero que sería un santuario para mí, dadas las circunstancias. Pero antes de poder tomar la perilla de la puerta, escuché algo, algo que definitivamente no había escuchado antes.

Sonaba a… sollozos. Había una chica llorando allí adentro. Giré la perilla lentamente y con cuidado, tratando de no hacer ruido. Me introduje lentamente en la habitación, haciendo el mejor esfuerzo para no anunciar mi presencia, y cerrando la puerta detrás de mí de igual forma. Una vez dentro, traté de examinar mis alrededores; el lugar parecía estar vacío por completo, y no era de extrañarse.

Di un par de pasos, adentrándome en el lugar, y entonces escuché ese sollozo de nuevo. Me giré a mi izquierda, quedando de frente con todas las estanterías donde descansaban los libros, y entonces lo noté: una pequeña mano, aferrándose al borde de la estantería de madera. Consideré ir a ver qué ocurría, pero entonces escuché otro sonido: otra voz.

"T-Te… te quiero." Era la voz de un chico. Una voz ronca, grave, en un susurro lleno de…

Y entonces entendí: había interrumpido un momento sagrado, y me sentía como la más baja de las entrometidas. Bueno, no. Al menos, no todavía. Por un brusco movimiento, seguido de un gemido de una voz pequeña y frágil, varios de los libros cayeron al suelo, cosa que no pareció importarle mucho a ninguno de ellos, pero que en primera instancia, a mi resultó una variable mortal.

Ahora podía ver la escena con mayor claridad, podía ver los ojos rojos del muchacho, y su cabello negro. Y entonces- entonces él me vio, y sus ojos se agrandaron, abriéndose a más no poder. No podía ver su boca, no podía saber si sonreía o si estaba sorprendido, pero los gemidos y suplicas de la chica, acompañados por el nombre de su amante rodando de sus labios me indicaban que no se había detenido.

"R-Red… ¡Red!"

Y entonces, el momento en que el flacucho me vio besándome con Bruno pareció un asunto tan trivial… Seguía sosteniéndome la mirada, seguía clavando sus ojos en mí. ¿Acaso estaría llamándome hipócrita? ¿Acaso estaba molesto?

Pero entonces, la estantería vibró y se sacudió con mayor fuerza, arrancando un grito de la chica que tenía sus espaldas contra él. A ese movimiento le siguió otro, y otro, y al cuarto fueron más los libros que cayeron al suelo, dejándome ver a Red Sentöki en todo su esplendor.

Y he de decir… que ese no era el Red Sentöki que yo conocía.

Sus manos se aferraban a la repisa frente a él, colocándose a ambos lados de la cabeza de aquella rubia con la que lo estaba haciendo. Sus brazos… sus brazos eran más anchos de lo que yo lo recordaba, y sus músculos comenzaban a notarse, solo un poco. Mi mirada entonces vagó hasta sus hombros, también del tamaño perfecto para ir con sus brazos, su pecho, y entonces… entonces miré su rostro. Era el mismo rostro de siempre, el Red que conocía.

Solo que completamente diferente; sonreía, si, pero sus labios habían enrojecido considerablemente, al igual que su rostro, y sus pupilas ahora estaban muy dilatadas, causando que sus ojos brillasen de manera extraña y lo peor… lo peor era que no me quitaba la mirada de encima. Ni siquiera cuando se movía violentamente contra su chica, ni siquiera cuando ella llamaba su nombre. La mano de la rubia abandonó el estante y fue a parar junto con su otra mano al cuello de Red, ocultando su sonrisa de mi vista, pero aún entonces podía ver sus ojos, firmemente instalados sobre los míos.

No debía, pero me invadió una miríada de sentimientos; sentí celos, ira, dolor, tristeza, envidia, y… algo más. Algo que me negaba a bautizar, algo que debía haber sentido el día anterior, estando con Bruno, pero que ahora me negaba a reconocer. Mis manos fueron a parar al borde de mi falda roja, apretando la tela con fuerzas, mientras mis labios se apretaban con la misma intensidad. Aun entonces, era imposible dejar de ver la escena que se desarrollaba frente a mí.

Un par de estocadas más, un grito de la rubia, y todo había terminado. Y mientras ella se prensaba de Red, él seguía viéndome a mí. Sintiéndome sucia y poco bienvenida, decidí largarme de ahí, sin importarme si me descubrían o no.


De alguna manera, terminé en un pasillo solitario, al extremo opuesto de la escuela. Había corrido tan rápido como me lo permitieron mis piernas, y ahora me inclinaba contra un muro, respirando agitada, tratando de recuperar el aliento. ¿Qué acababa de pasar? Bueno, eso era claro, pero-

"¿Ocurre algo malo?" Giré mi cabeza a mi derecha, lo suficiente para levantar la mirada por sobre mi hombro, lo suficiente para encontrarme con una familiar mueca de preocupación.

"No, no es nada, Lance." Aseguré, enderezándome, luego de haberme recuperado un poco. Me giré, sonriéndole. Pero parecía no creerme. "En serio, todo está muy bien."

"¿Acaso peleaste con Bruno?" Lance era un buen chico, hasta donde yo sabía- en realidad no lo conocía mucho, pero realmente no lo quería entrometiéndose en mis asuntos. ¿Cuál era mi conexión con el pelirrojo aquí presente? Ninguna, en realidad; él era amigo de Bruno, y yo su novia. Tan simple como eso.

"No, no peleé con él- ¡Todo está bien!" Le rehusé la mirada, con la espalda firmemente apoyada en la pared. Los eventos de hacía solo unos minutos se repitieron en mi mente: los gemidos de la chica, ese par de ojos rojos, sus manos, sus brazos, el grito de puro éxtasis que profirió la rubia, e inconscientemente, me mordí el labio inferior. Craso error; Lance era muy inteligente, y demasiado perceptivo para mi bien.

"Sabes; la infidelidad es un pecado." Recitó, como si hubiese ensayado esa frase millones de veces, no pude evitar reír un poco; desde siempre, río cuando estoy nerviosa. "Y todo pecado debe ser castigado."

"Por favor, no le fui infiel a Bruno, ni estamos casados como para que sea algo tan grave." No le di importancia a su comentario. Me separé de la pared e hice ademán de irme, pero él me sujetó de la muñeca, me giró, y de alguna manera terminé aprisionada contra la pared, mientras sus brazos se posaban a ambos lados de mí, impidiendo mi escape. "Qué-"

"Aquella que abusa del poder que se le ha otorgado tan fácilmente." Me cortó, tratando de asesinarme con la mirada. "Usas tu influencia en los hombres para hacer lo que te plazca con ellos, pero dime… ¿Qué sentirías si un hombre te hiciera a su voluntad?"

Y cuando su boca impactó con la mía, se me heló la sangre, anticipando lo que iba a suceder, temiendo al descifrar el significado de sus palabras. Lo empujé como pude, y después traté de conectarle una bofetada en el rostro, pero detuvo mi mano en pleno vuelo.

"¡¿Quién diablos crees que eres?!" Exclamé, furiosa. Y de pronto, sentí un terrible deja vu; el sentimiento de haber vivido esto antes, y Lance dejó de ser el hombre frente a mí. Me sonrió- una sonrisa repugnante y llena de soberbia.

"Soy la justicia." Lo hubiera golpeado, me hubiese reído en su cara, de no ser porque estaba genuinamente aterrorizada. "Y te recomiendo que te portes bien, Blue." Entonces, me soltó y se apartó de mí. Caminó hacia la salida, y mientras lo hacía exclamó: "Las cosas tienen una manera muy fea de volver a ti"


Pasé el resto de la tarde pensando en lo que había dicho Lance, y en lo que había presenciado en la biblioteca, y francamente analizando toda mi maldita vida. Sentada en una banca cualquiera, en una esquina cualquiera de Saffron City, aún con el sabor salado de la boca de aquel tipo en mi lengua, aún con la mirada de Red cincelada en la roca de mi mente. Dos situaciones tan parecidas, pero tan diferentes al mismo tiempo.

Recuerdo esa mañana, la recuerdo muy bien- no todos los días, pero si en una base regular. Yo sabía; sabía que Red quería algo conmigo, pero no le di la importancia necesaria. No quiero ser ególatra, pero todos los chicos han querido algo conmigo, en algún momento, entonces creí que era algo normal, Red era un chico después de todo.

Pero siendo honesta, Red fue el primero en hacer algo al respecto, al menos algo que realmente causara un impacto en mí. Fue el primero en decirme que me amaba; el primero a quien le creí cuando dijo que me amaba, y que nadie me amaría como él. Si cierro los ojos, si soy honesta por un momento y me olvido de todo lo demás… yo también lo amo.

Lo amo por ser tan gracioso, tan optimista, tan único y genuino. Lo amo por ser mi amigo, y por tener siempre una respuesta para todos los problemas del mundo, y si no la tiene, sonreír ante lo desconocido. Lo amo por nunca rendirse; simplemente lo amo.

Y cuando abro mis ojos, recuerdo que el mundo no funciona así; uno no puede vivir solo de amor. Y tampoco hablo de dinero- hablo de respeto. Yo sé cómo es eso; que la gente no volteé a verte porque no eres rubia de ojos azules y no tengas una piel inmaculada. Yo conozco el frío desdén de la sociedad ante aquello que no es lo suficientemente "bonito". Red es grandioso, y lo amo, pero él no entiende cómo funciona el mundo, no entiende que ese mundo nos comerá vivos si no nos respetan, que es necesario ser bello y aceptado para sobrevivir.

Y por eso lo odio; odio que pueda ser quien es sin que le importe nada. Odio que él no tuviera que renunciar a lo que era para ser aceptado, odio que no sufriera el rechazo, y los cariños no correspondidos a una edad tan temprana. Odio que no pueda ser él… odio que no puedo estar con él.

"¿Este asiento está ocupado?"

Realmente, pensé haber alucinado esa voz. Creí que de tanto pensarlo, simplemente hice que se materializara junto a mí. Creí que estaba dormida y en cualquier momento despertaría en mi cama, y me sentiría indigna por soñar con otro muchacho cuando tengo novio. Pero no, Red de verdad estaba allí, sentado junto a mí, sonriendo como el ingenuo idiota que era.

"No, no lo está." Calmada y distante, Blue. Calmada y distante. Aún entonces, podía sentir su atenta mirada sobre mí.

"¿Acaso debo preguntar?" Cantó el ojirojo, y sentí deseos de golpearlo en el rostro. Pero me contuve, porque ante todo, soy una dama. "Fue algo hipócrita de tu parte, ¿No te parece?" Al demonio los modales refinados; le apunté a su hombro, pero fallé por poco y golpeé el respaldo del banco, hecho de madera.

"¡Auch, imbécil!" Exclamé, a través de mis dientes firmemente apretados. "¿Vienes a burlarte de mí? Pues no me importa."

"Solo quiero-"

Y entonces, algo interrumpió nuestra amistosa riña: mi estomago. Un gruñido que parecía digno de un animal salvaje defendiendo su territorio. Red trató de contener su sonrisa, pero falló miserablemente.

"¿Acaso te comiste a Perry?" Rió un poco, y yo giré mi rostro furioso para ocultar mi sonrojo. Él se levantó y me extendió su mano. "Vamos."

"¿Vamos? ¿A dónde?"

"A comer algo."


Cuando él me invitó a comer, esperaba un sándwich, quizá una rebanada de pizza o una hamburguesa. Grande fue mi sorpresa cuando 20 minutos después habíamos llegado a un enorme buffet. El lugar entero estaba decorado con paredes de terciopelo rojo y suelo de mármol. Había gente con bandejas llenas de comida paseándose por todos lados, niños alegres en las mesas. El lugar en el que todo hambriento niño de África querría estar.

Pero yo no soy niño, ni africano. Red me tomó de la mano y me guió hasta las bandejas, habiendo pagado ya la cuota de cada uno. Aún seguía demasiado atontada como para negármele, además, tenía mucha hambre.

Sin mediar palabra, Red me entregó una bandeja y un par de platos, tomó unas para él y avanzó a donde podía elegir su comida. Esta vez lo seguí a paso lento, tratando de recordar lo que había desayunado, y calculando qué y cuánto podría comer ahora.

Cuando por fin llegamos a nuestra mesa, Red tenía un plato de sopa, filete de res, pasta roja, un par de sándwiches de pavo y un gran vaso de limonada.

"El secreto cuando vas a un buffet, es no beber refresco; el gas te quita el hambre." Brillante deducción, tenía que reconocerlo. El sonriente Red levantó la mirada de su plato de comida, y enmudeció al ver mi plato; solo había traído un poco de ensalada. "E-Eso… ¿Es todo lo que comerás?"

"Es suficiente." Respondí cortante, fulminándolo con la mirada. Pero mis ojos coléricos no eran suficiente para intimidarlo.

"Eso no te quitará el hambre." Afirmó con seguridad. Quitó el plato de sopa de su bandeja y la empujó en mi dirección. "Come."

"Red, estoy a dieta." No era una mentira, en verdad estaba a dieta. Si, quizá era una dieta un poco más extremista y rigurosa de lo que se consideraba común, pero igual debía respetarla. Aún entonces, Red no desistió.

"Tonterías; luces grandiosa, no necesitas una dieta." Estuve a punto de decirle que precisamente el punto de la dieta era mantener mi físico, pero sabía que no llegaría a ningún lado con eso. No sé si fue su mirada insistente, o el hambre que sentía, o el hecho de que si fue lo suficientemente amable para pagar mi cuota lo menos que podía hacer era aprovechar. Al fin y al cabo, clavé mi tenedor sobre el filete, y ahí comenzó todo.

Honestamente no sé qué se metió en mi cuerpo, pero mi hambre no disminuía. Creo que comí lo que no había comido en meses y meses de hacer dieta, entonces viéndolo de esa forma todo mi esfuerzo se fue al demonio. Pero no me importaba. Al principio, Red solo podía mirarme atónito, mientras doblaba ya los platos que él se había servido, pero después se decidió a alcanzarme. Pollo, arroz, pescado, papas, ensalada, fruta; todo cuanto yo quería, Red se levantaba e iba a buscarlo por mí. Charlábamos de todo y de nada mientras comíamos, recordábamos anécdotas de antes, de cuando éramos amigos, cuando todo era fácil. Antes de que me dijera que me amaba, antes de darme cuenta que yo también lo amo.

"Estoy lleeeeeeeeeeeno." Gruñó Red, echándose para atrás, soportado a penas por el respaldo de la silla. "Hacía mucho que no comía tan rico."

"Puedo notarlo." Dije con una sonrisa, antes de inclinarme sobre la mesa y extender mi mano a su rostro. "Cuando tienes hambre, siempre terminas ensuciándote la cara."

"Es que me entusiasmo demasiado." Murmuró. Sus labios moviéndose contra mis dedos, mientras me ocupaba de limpiar los restos de comida de la comisura de su boca. Y entonces, su mano subió, y se posó sobre la mía. "Te extrañé, Blue."

"Si…" Quise decir que yo también lo había extrañado; que aún lo extrañaba. Pero… "Red… lamento lo que te dije aquel día."

"Nah, lo dices solo porque ahora estoy más jugoso." El muchacho rodó las mangas de su camiseta hacía arriba, mostrando sus bíceps en crecimiento. Claro, típico de Red; convertir todo en una broma. Me encantaba eso de él. "Aún entonces…" Murmuró él, cambiando el sentido de la conversación. "Quiero saber… ¿Por qué lo dijiste?" Pude notarlo en su mirada- esa mirada herida. Aún no lo superaba. Aunque estuviese con esa chica rubia, aunque su cuerpo ya no era el de antes; aún no lo superaba. "¿En verdad te gusta Bruno?"

"No lo entiendes, Red."

"¡Explícamelo entonces!" Exclamó, levantándose de la silla. "Yo siempre he sido honesto contigo, es justo que el trato sea igual. Si solo me ocultas las cosas, si no eres sincera desde un principio… ¿Dónde está la justicia en eso?"

"¿Q-Qué?"

"¿Dónde está la justicia?" Y juraría que escuché esa pregunta en sonido estéreo, con dos voces diferentes haciendo un eco siniestro en mi cabeza.

"L-Lo siento, debo irme." Salí corriendo de allí, sin darle oportunidad de detenerme. Sentí toda la comida revolverse en mi estomago, pero no me importó. Eso fue… demasiado extraño, y a la mañana siguiente tendría que hablar urgentemente con Lorelei. Pero ahora… ahora tenía que buscarlo a él.


Sentada en un corredor oscuro, con la espalda firmemente apoyada sobre una puerta por la que no había cruzado en mucho tiempo, mi mente vagó a mis infelices días como una marginada social. De niña era obesa- no gorda, no de huesos anchos; obesa. ¿Y qué esperaban? Soy la hija de un puto pastelero, pasé toda mi infancia llenándome de grasas y azucares, y con un apetito como el mío, era inevitable.

Era como si me bañase en repelente; la gente puede ser tan fría, tan indiferente, tan… repugnante. No me conocían, no merecían juzgarme- ¡No se tomaban la molestia de conocerme! Las burlas, el rechazo, la soledad… No podía soportarlo. Así que me decidí a cambiar, me decidí a hacer algo por mí, decidí ser aceptada, decidí ser alguien digna de cariño, afecto y admiración.

Fue un arduo trabajo; fueron años enteros de gimnasio, dieta y sufrimiento en general; pasaron años antes de que la gente comenzara a dirigirme la palabra. Fue un proceso lento, pero aún lo recuerdo bien; en mi adolescencia la pérdida de peso se hizo más evidente, pronto me salió busto y trasero, y noté cómo la gente comenzaba a hablarme mejor, cómo me invitaban a salir, me hacían cumplidos, reían, coqueteaban.

Si, ya era aceptada.

Pero… Hubo una persona; el catalizador de todo el cambio. A quien debía lo que soy ahora… y quien odiaba en lo que me convertí.

"Lárgate de mi casa."

"Green, por favor escúchame." Imploré, levantándome del suelo. Él me ignoró y abrió la puerta de su departamento. Aún sin invitación, me las ingenié para colarme dentro antes de que cerrara la puerta. "Necesito hablar contigo."

"Pues yo no quiero tener nada que ver contigo, entonces, desaparece." Tan amigable como siempre. Haciendo uso de mi fuerza adquirida por años de gimnasio y de mi rabia femenina saliendo a flote al sentir su presencia machista, lo sujeté de los hombros y lo impacté contra la pared.

"¡Escúchame, cretino!" Grité, y pese a que lucía increíblemente molesto, tenía su atención. "Necesito… necesito que me ayudes."

"¿Por qué habría de ayudarte?" Gruñó él, con esa voz tan profunda que tenía.

"Porque te lo estoy pidiendo." Si, tan pronto como lo dije supe que no era una razón de peso para él, pero insistí. "Necesito que me ayudes a recordar."

"¿Quieres recordar?" Sonaba a broma viniendo de sus labios. Con más fuerza de la necesaria, se deshizo de mi agarre y avanzó hacía mi, obligándome a retroceder. "Bien, ¿Qué te parece si recordamos cómo jugaste conmigo todos esos años? ¿Qué te parece si recordamos lo que le hiciste a mi mejor amigo? ¿Qué tal si me devuelves todo lo que me robaste?"

Y entonces, no sé que se apoderó de mí, pero lo sujeté con fuerza por las mejillas e impacté mis labios a los suyos. No se hizo del rogar por mucho tiempo; rodeó mi cintura con sus brazos y me levantó del suelo. Rodeé su cuerpo con mis piernas, por mera seguridad solamente, no quería que el bruto me soltase y terminar haciéndome daño. Golpeamos una pared, y estuve a punto de deshacerme de su camisa, cuando escuché un sonido a mis espaldas. Uno que al parecer Green también escuchó.

Ahí, al final del pasillo en dirección a la habitación de Green, había un par de vidriosos ojos rojos…

N/A: Este ha sido el capitulo que más he disfrutado escribir :D Me encanta Blue, por razones que desconozco en su totalidad. Muchas gracias a ryugawof, a Red20, a Dany (Gracias por recomendarme Looking for Alaska, estuvo muy muy chingón :D), a we (Te amo tanto tanto tanto tanto que te me vas a chingar a tu madre, por favor :3) a Violett Shadow y a Nekos por sus reviews del capitulo anterior. Son ustedes muy amables.

Gracias por leer, espero sus reviews y opiniones. Yo soy Joey Hirasame, y nos vemos luego. ¡Bye!