Si bien Shun no había extrañado del todo el bullicio (Tokio tenía más que suficiente), o las tensiones entre los locales, o el clima, había algo en el mercado cerca del puerto de Etiopía que le evocaba cierta nostalgia.
No estaba del todo seguro de qué había pasado con el mercado en el futuro, puesto que la última vez que lo había visitado fue recién cuando habían declarado la independencia de Eritrea. En ese entonces aún había intentos de la milicia para subyugar a los rebeldes.
Una persona pasando detrás de él lo sacó de sus cavilaciones.
El cabello rubio y el rostro infantil de quien fuera su mejor amiga le dejó sin aliento por un par de segundos.
A pesar de que ya había pensado que vería versiones más jóvenes de las personas que conocía (a pesar de ver a los caballeros dorados que volvieron en el tiempo para tener una segunda vida, una oportunidad de ser felices), le tomó desprevenido y cada segundo le entraba más en la cabeza la idea de que estaba completa e irrevocablemente perdido.
Un sentimiento pesado se asentó en su estómago, casi como ansias, pero se dijo que esa mentalidad no le ayudaría en nada y terminó de hacer sus compras.
La isla se encontraba más desierta que la última vez que la visitó, un año después de que su maestro muriera, y mucho tiempo antes de que Juné comenzara con sus intentos de reconstruir lo poco que su maestro les pudiera haber dejado. Algo que le consolaba era ver que la cabaña de su maestro seguía ahí.
Respirando hondo para poder estabilizarse y ajustando el morral sobre su hombro, comenzó a caminar en dirección de la pequeña cabaña.
Algo que le extrañaba era que no podía sentir ningún cosmos proveniente del lugar, y tampoco parecía haber demasiadas señales de vida. Mientras pensaba en esto alzó un puño a la puerta y tocó un par de veces.
Nada.
Volvió a tocar otra vez y recibió la misma respuesta.
Respirando de nuevo, giró la perilla de la puerta y entró, esperando que su maestro no se enojara demasiado por irrumpir su privacidad de esa manera. Si es que la irrumpía en lo absoluto, porque tampoco parecía haber nadie visto desde adentro.
La estancia tenía una decoración espartana, muy diferente al lugar cálido que recordaba de sus tiempos entrenando (las pocas veces que tenía que entrar por medicamentos, o simplemente cuando se encontraba de buen humor y los invitaba a Juné y a él a tomar mate). Recordaba las historias que contaba, sobre el cómo su madre le preparaba mate con demasiado azúcar y él hacía caras porque, según decía, el dulce sólo iba en postres como alfajor o dulce de leche.
Jamás supo exactamente cómo elaborar mate. En todos los años que estuvo en la isla andrómeda jamás se le ocurrió preguntar (aunque tampoco es como que su maestro viajara tan a menudo a su tierra natal para procurar las hierbas para prepararlo), y ahora que se encuentra muerto y la isla desolada, se dijo que tendría que valerse un poco con el café que había comprado en el mercado.
Así que después de lavar los granos, molerlos y mezclarlos con un poco de agua hirviendo, se sentó a tomar una taza para acompañar el pan que había comprado. Se dijo que podría hacerlo, había salido de peores situaciones en muy buenas condiciones. Solo tenía que tener esperanza, se lo había prometido a Natasha.
Mientras elevaba su cosmo en la posición de loto, podía sentir cada vez más claro los poderes que le heredó Hades cuando destruyeron al inframundo. Específicamente, el poder de sentir a las almas de los muertos.
(Había cientos en la isla, rondando por ahí. Asesinados por intentar desertar y tirados ahí como si fueran simple basura.)
—Shun. —al fin, después de varios minutos de meditar, se atrevió a abrir los ojos.
—No creí que fuera a funcionar. —confesó, manteniendo su expresión neutral. Respiró hondo, tratando de concentrar su poder en proyectar el alma de su difunto maestro. Escuchó una pequeña risa provenido de él y lo observó. Era algo casi místico, porque de repente estaban en los aposentos de su maestro. Los que él recordaba. Lleno de libros en el librero y hierbas medicinales en las estanterías. El olor a mate y café le inundó de repente, junto con la inesperada calidez de la estancia.
—Antes no tenías los poderes del dios del inframundo, ¿o sí? —una taza humeante apareció frente a él en la mesita (ah, de ahí viene el calor), el olor a fosas le llegó a las fosas y… justo cuando estaba pensando en mate. Daidalos debía estar de muy buen humor, entonces. Tomó la taza y dejó que sus manos, frías por la noche que se acercaba, absorbieran el calor que se mantenía en el recipiente.
—Tampoco las técnicas de meditación de Shaka de Virgo. —agregó antes de soplar y comenzar a tomar un sorbo a través de la bombilla. Se mantuvieron en silencio un par de minutos hasta que Shun volvió a colocar el recipiente en la mesa, intentando pensar en cómo abordar el tema—. Vine a la isla andrómeda porque esperaba encontrarme con usted, maestro.
Daidalos también bajó su taza, poniendo toda su atención a lo que Shun tuviera que decir. —¿Para qué me necesitas?
Shun suspiró. —Tenía la esperanza de que pudiera guiarme sobre qué hacer en esta situación. —frente a él, la expresión de Daidalos comenzaba a imitar la frustración en su rostro.
—Me temo que sé lo mismo que tú. El más allá no me da omnipresencia o conocimiento especial. —Shun asintió, recordando el cómo las almas permanecían encerradas en prisiones a menos de que alguien las convocara—. ¿Hay algo en específico que quieras consultar? Es probable que ya sepas la respuesta, pero necesitas escucharla en voz alta. —tomó un sorbo de su mate, sin dejar de observar a su viejo alumno quien poco a poco parecía comprender sus palabras.
—Para empezar, quisiera saber cómo es que usted está aquí, cuando este claramente no es nuestro mundo. —Daidalos arqueó una ceja.
—¿Qué te hace creer que no lo es? —Shun se mordió el interior de la mejilla, pensando qué podría decir para convencerle de que lo que decía era cierto.
—En un principio pensé que era sólo un viaje en el tiempo, pues varias tiendas que cerraron hace años acababan de abrir, pero noté algunas diferencias de nuestro universo, así que pienso que pudo haber sido algo similar a lo que pasó con los caballeros dorados. —en ese momento por fin se atrevió a mirar a Daidalos, y se sintió aliviado de que lo único que había en su expresión era la atención con la que escuchaba a su relato.
—¿Qué clase de cambios te refieres? ¿Y qué exactamente pasó con los caballeros dorados?
Shun sonrió, y luego comenzó a relatarle todo lo que pasó a partir de su trágica muerte y la destrucción de la isla andrómeda.
—Varias líneas temporales están intentando alterar el flujo temporal, o al menos eso deduje por lo que me dijo Natasha así que probablemente el que yo esté aquí y…
—¿Natasha? —Daidalos le interrumpió, un brillo curioso en sus ojos. De inmediato, el rostro de Shun se iluminó con una pequeña sonrisa.
—Es… mi hija. —ante la mirada casi incrédula de Daidalos (al menos comparado con lo poco que usualmente reaccionaba), se tensó un poco y como convocado a este plano por sus pensamientos, sintió algo aparecer en su mano. El celular que Hyoga había insistido en comprar a pesar de que Shun dijo que no sería necesario pero… que de fondo de pantalla estaba la foto que Natasha quiso tomarse con ambos. Presionó el botón de "home" y volvió a sentir aquel pequeño punzón de anhelo en su pecho, ante la niña que de repente comenzó a llamarle "mamá" y a entregarle amor como si no sintiera la oscuridad en su alma. Le mostró la foto a Daidalos, quien lucía ahora curioso por el aparato—. Originalmente había sido enviada por Aioros para matar a Hyoga, pero perdió sus memorias y comenzó a seguirnos a los dos y llamándonos "mamá" y "papá". —soltó una pequeña risa—. En cierta forma, realmente es como un pato bebé. —volvió a beber de la bombilla mientras observaba las reacciones de su maestro a la fotografía. Suponía que al salir de esa proyección, la imitación de su teléfono también desaparecería.
—¿Enviada por Aioros? —preguntó, regresando el celular una vez que la pantalla se oscureció—. ¿Entonces ella también viene de la dimensión esa donde mata a Atena? —Shun guardó el teléfono en su bolsillo.
—Supongo que sí, ella… —en cuanto el pensamiento entró en su mente, fue nublado por pánico—. Ella… —levantó su vista de repente a su maestro, quien lucía confundido por el cambio de emoción en sus palabras— si ella es como los otros caballeros que vinieron, entonces sin duda alguna el universo estará tratando de destruirla, porque es una paradoja. —y casi podía escucharlo claramente, el 'click' de los engranajes en su mente. Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro en la pequeña estancia—. Eso explicaría sus sueños, quizás sean intentos del universo por regresarla a donde pertenece, y los ataques… —recordó todos los ataques, aunque… podría explicarse con que más bien estaba con Yoshino, porque según recordaba que a ella también intentaban matarla pero no podía pensar claramente en su pánico—. Necesito encontrar la manera de volver. —exclamó con convicción antes de detenerse—. Entre más tiempo esté aquí, mayor es el riesgo de que le pase algo a ella, y si eso pasa le rompería el corazón a Hyoga y…
La mano en su hombro le detuvo de seguir hablando. El rostro de Daidalos lucía severo, y de repente Shun se sintió como si fuera un niño de nuevo, preocupándose por cosas sin importancia. Pero ahí estaba su maestro, firme y estable como una roca.
—Cuando morí, lo hice en paz porque sabía que les había enseñado bien a Juné y a ti. Confía en tus instintos, en lo que te dice tu corazón. Siempre fue acertado, no te defraudará. —quitó la mano de su hombro, y si bien su rostro seguía siendo severo, Shun podía distinguir algo cercano a orgullo en su rostro—. Según lo que me dices, yo no existo en esta nueva línea temporal. Probablemente debido a algún efecto mariposa. El joven tú y Juné necesitarán un instructor. —a medida que continuaba hablando, los ojos de Shun se abrieron como platos.
—¿Está diciendo que yo…? —Daidalos asintió con la cabeza y volvió a poner su mano en su hombro.
—Ya no soy tu maestro, pero mi presencia parece reconfortarte, así que cada vez que me necesites, estaré aquí. —Shun siempre pensó, por el lore de fantasmas en Japón, que la mano de un espíritu se sentiría fría. Y Cocytos ciertamente estaba congelado pero… quizás era más el sentimiento de protección que le transmitía poder hablar con su maestro después de tanto tiempo. Así que volvió a respirar hondo para calmar el acelerado latir de su corazón, y alejar las hórridas imágenes de Natasha muerta.
Se sentó de nuevo y volvió a beber cuidadosamente de la bombilla, aunque un par de trocitos de hierba seguían colándose.
—Me esforzaré por no defraudar la confianza que me tiene.
La siguiente vez que Shun abrió los ojos, era para ver de nuevo la habitación con decoración espartana. Pero ahora que tenía por lo menos algo parecido a un plan de acción, se sentía menos perdido, y como que su viaje impromptu a través del tiempo y el espacio no estaba siendo del todo en vano.
Un ligero cosmo cerca de ahí le sacó de sus cavilaciones, y tratando de no estar demasiado tieso después de esa larga sesión de meditación, se puso de pie, dando pequeños traspiés por el sentimiento de tener un cuerpo físico de nuevo.
Salió de la cabaña y caminó por ahí, dejándose guiar por su sexto sentido hacia donde había sentido aquel cosmo. No le tomó demasiado llegar a donde una pequeña niña descansaba contra una roca, claramente sedienta y hambrienta. No estaba seguro de cuánto tiempo había estado meditando, aunque el estado de la niña parecía indicar que había sido mucho tiempo.
Juné…
Se arrodilló y acercó sus manos para intentar curar las heridas superficiales que tenía, pero sus movimientos bruscos sólo alejaron a la niña.
—No pienso hacerte daño. —no parecía entender amárico, así que tras pensar en palabras que pudiera saber en árabe o tigriño, enunció lento y claro, apuntando con una mano a sí mismo—: doctor.
Juné pareció entender lo que decía al fin, y dejó que Shun examinara la herida. Lo bueno que había traído algo de gaza y alcohol por si alguien afuera se había herido. Rápidamente limpió la herida y la vendó. Una vez terminado, le ofreció un trozo de pan que también había traído consigo (trabajar como doctor a cambio de pequeños favores en Etiopía te hace desarrollar algunos hábitos) y se lo ofreció a la niña, quien lo seguía mirando un poco desconfiada.
Apuntó con su cabeza en dirección a la cabaña y dijo algo que estaba seguro que Juné entendería: —Café. —y si bien no se podría comparar al mate que preparaba su maestro, esperaba que pudiera tener el mismo significado para Juné que para él lo tuvo. Le ofreció su mano, y la niña lo tomó con cuidado.
—¿Quién es usted? —o al menos eso le pareció a Shun que preguntaba. Le regaló una sonrisa mientras abrió la puerta y el olor amargo del café que había tomado hace rato le inundó.
—Daidalos.
No estoy muerta. :D El capítulo tres lleva escrito desde abril pero no lo publiqué porque no quería quedarme sin nada que publicar lololol.
Quisiera hacer un agradecimiento especial a mi novio, Eze, por explicarme brevemente qué era el mate, cómo se preparaba y cómose bebía. Jamás lo he probado, así que no me atreví a describir cómo sabría. También todo eso de la independencia de Eritrea (1998-2000) lo investigué de forma muy superficial. Lo investigué porque si la Isla Andrómeda fuera real, técnicamente sería territorio de Eritrea y ya no de Etiopía. Los artículos que escriben de Eritrea son muy deprimentes, jo. Lamento si hay algo mal escrito.
Escribiendo este capítulo me di cuenta de lo de Natasha y me puse a llorar como no tienen idea. El pensamiento de que nos introduzcan a Natasha, nos dejen encariñarnos con ella, para que exista la posibilidad de que nos la quiten me pareció muy triste.
En otras noticias, ahora que me quité de este bloqueo, intentaré aprovechar lo que quedan de mis vacaciones y actualizar por lo menos otros dos capítulos de esta cosa. Son capítulos cortitos, así que se supone que no deben tardar mucho, pero me conozco, y probablemente así pasará. :'^(
Gracias por seguir leyendo.
Matane!
