3. El Santo Grial.
Forks había cambiado. ¿Siempre había sido así de silencioso? Cuando se bajó del taxi que le había traído del aeropuerto le dio la sensación que si se caía allí muerto en medio de la calle, nadie se había percatado.
Muerto. Sonrió a la idea. Ahora eso lo podía hacer. Una idea que había desaparecido de su vocabulario en 1918.
Por eso habían decidido mudarse allí desde Alaska, hacía 5 años. No sólo porque siempre estaba nublado, algo que no ocurría hoy, si no porque era el pueblo más tranquilo y aburrido de todos los Estados Unidos. La gente iba y venía de sus vidas pero no se metían en nada más. Ideal para una familia de vampiros.
Su familia de vampiros.
Estaba cansado y tenía sed y hambre. Debía de ser eso, definitivamente, pero tenía que acostumbrarse a esas nuevas sensaciones que había recuperado hacía dos días cuando los Volturis tras semanas de deliberación le habían concedido su deseo a cambio de su don, devolviéndole la mortalidad. No era un mito, como Carlisle le había contado cuando le pidió soluciones tras la fiesta de cumpleaños de Bella. Era realidad. Y él volvía a ser humano.
También tenía calor. ¿Eso era? Se juntaba con la molestia que tenía en la boca del estómago, la sensación que tenía entre la garganta y la nariz que le impedía tragar y se juntaba con la pesadez que sentía en sus piernas y todo era un gran malestar.
En el vuelo desde Italia una azafata muy pesada le ofreció un millar de veces un refresco con quién sabe qué intenciones ocultas porque ya no podía leer las mentes y le dijo en todos los idiomas que sabía que no quería nada y que le dejase en paz. ¿Qué se creía? Desde 1918 no había probado ningún sabor diferente que no fuera la sangre de diferentes seres vivientes y no quería derrochar esa experiencia con una desconocida. Quería que Bella le aconsejara. Que compartiera con él cuáles eran sus sabores favoritos, sus marcas favoritas y sus presentaciones favoritas. Quería que compartiera con él todas las cosas que antes – porque eran diferentes – no podían.
Cruzó la calle, mirando a ambos lados. Sintió las piedras del pavimento debajo de sus pies, de sus pies recalentados de las horas de viaje, escuchó sus pasos tapados por el motor del taxi que avanzaba en su vuelta al pueblo y sintió como el corazón se le aceleraba al mirar la fachada de la casa de los Swan.
De que el corazón se le acelerase no llegaría a acostumbrarse: en los dos días que hacía que era humano, había descubierto que los vampiros le daban miedo, un miedo atroz. Cuando despertó en la cueva de los volturis como humano sintió que algo frío le atravesaba de lado a lado cuando miraba a la cara a aquellos seres poderosos y que su cuerpo le temblaba. Recordaba que Bella también tenía esas reacciones. Que a su yo humano de 1918 no le gustaba nada volar: hasta que el avión no tomó tierra no se relajó en absoluto. Y que las azafatas de sonrisa falsa le incomodaban más que cuando controlaba las ansias de matar.
Ascendió las escaleras, tomó aire y picó al timbre.
Y el corazón se le desbocó más que nunca antes.
Unos pasos en el interior de la vivienda y una sombra al otro lado de la puerta le indicaron que su visita no pasaría desapercibida. Era Bella. Tenía su altura y su comprensión. Cerró los ojos para recuperar su imagen en su perdida memoria de vampiro: sus ojos color chocolate, su pelo castaño que se movía ondulante cuando caminaba desprendiendo un olor que seguro que su nariz actual no podía catalogar, como el olor que desprendía su sangre que ahora sí no podía sentir.
Abrió los ojos a la vez que oyó el picaporte. Recorrió la silueta de la persona que tenía enfrente desde los pies – que llevaban unas raídas zapatillas deportivas – pasando por las piernas – que llevaban unas pantalones vaqueros arrugados – llegando al busto – con una camiseta descolorida - hasta llegar a la cabeza.
Era ella. Aunque diferente. Sus ojos de vampiro le habían engañado. A sus ojos humanos era aún más hermosa y eso que parecía demacrada, con grandes ojeras y con el pelo descuidado en vez de llevar esos graciosos bucles que se le formaban en la punta de sus mechones. Ya lo había entendido antes cuando tenía que escuchar los desagradables comentarios mentales de los chicos que le rodeaban, pero ahora se solidarizaba con ellos al tener a Bella delante. Y su corazón saltaba a un modo tan irregular que sus estudios de Medicina le decían que estaba a punto de sufrir una taquicardia.
Olía tan bien. Sin el olor a sangre que hacía que su boca se llenara de veneno cada vez que la tenía cerca. Ahora podría abrazarla sin miedo a romperle un hueso. Podía besarla sin miedo a perder el control. Podía tumbarse con ella sin miedo a que la temperatura de su piel la congelara. Podía salir a la luz del sol. Tomarla de la mano. Dormirse y despertarse a su lado.
Eso era lo primero que quería hacer.
Bella pestañeó como si estuviera viendo un fantasma y abrió la boca pero no salió sonido de entre sus labios. Le miró juntando las cejas como si le doliera algo y empezó a respirar de manera entrecortada, seguro que como él. Así que él abrió la boca e hizo que su voz humana saliera de su pecho:
-Te prometí que no volvería hasta que supiera que no iba a hacerte daño nunca más.
Retrocedió, como si tuviera miedo. Más miedo que cuando le confesó que era un vampiro y que deseaba beber su sangre. Se llevó la mano al pecho y tragó saliva.
-Y ya no te lo puedo hacer de una manera sobrenatural.
-¿Dónde…- titubeó con un hilo de voz- has estado?
-En Volterra. Les he pedido que me devolvieran mi humanidad. Y ahora, ya soy como tú.
Se llevó las dos manos al pecho y como si ahora no pudiera respirar se las llevó a la boca.
-No… no eres real. No eres tú. Eres un sueño.
-Bella…- que bien sonaba su nombre a sus oídos humanos.
-No, no- batió la cabeza- No quiero despertarme. Eres tú y estás aquí. Y me estás hablando. Y no dices que no me quieres y que te vas porque te has cansado de fingir que eres humano.
-Ya no tengo que fingirlo porque lo soy.
-¿Qué le ha pasado a tus ojos?
-¿A mis ojos?- repitió él.
-Sí. No son dorados, ni son negros- dio un paso hacia él, sin quitarse las manos de la boca- Son… verde esmeralda.
No tenía una idea muy concebida de cómo había sido su yo humano de 1918 y los únicos recuerdos que tenía suyos eran los que había recabado de la mente de Carlisle cuando le encontró muriéndose de gripe española, así que se recordaba a sí mismo en un pijama de época, consumido por la fiebre y agarrado a la biblia de su madre. Su yo vampiro tenía la piel pálida y dura que se descomponía en colores a la luz del sol, con los ojos que iban del negro al dorado dependiendo de lo bien alimentado que estuviera, con músculos potentes para poder matar a sus víctimas, con un oído perfecto que le permitía oír una hoja caer en kilómetros y con aversión a mirarse al espejo porque no quería contemplar el monstruo en el que se había convertido.
-Creo que ese era el color que tenían mis ojos cuando eran humanos.
Bella volvió a negar con la cabeza y aferrar las manos contra su boca, retrocediendo el paso de antes.
-He estado a punto de morirme. De volverme loca. No puedo soportar otro día que no estés a mi lado.
-Estoy aquí, y no me voy a ir. Tenía que hacerlo. Tenía que ser como tú. Te amo demasiado para ponerte en peligro como lo he hecho. No sabía si lo conseguiría, si estaba persiguiendo el Santo Grial, pero lo he hecho y es verdad: soy humano, Bella, como tú.
Se cubrió la cara con las manos y sus hombros temblaron. Antes, con su oído podía percibir sus llantos ahogados y con su olfato podría sentir la sal de las lágrimas. Pero ahora estaba completamente cegado.
-¿Puedo abrazarte?
Asintió sin moverse más. Edward dio un paso al interior de la vivienda y cerró la puerta tras de sí. Dio otro paso hacia Bella y alargó los brazos hacia su cintura de la misma manera cuidadosa que había antes cuando temía quebrarla en dos por su fuerza. Sintió que su piel se erizaba cuando sintió lo cálida que era, mucho más que antes y lo bien que olía, al jabón de su ropa y al champú de su pelo, olores que antes quedaban tapados por el de su sangre, y después la aferró para no perderse nada más.
Bella deslizó las manos de su cara para entrelazarlas en su cuello. Y después hundió la cabeza en su pecho donde junto con sus lágrimas pudo percibir que ya no estaba helado, ni duro y que…
-Tu corazón late- musitó.
-Como el tuyo, amor.
-¿Esto es real?
-Ahora sí.
