IV. La casa
Tenía un mal presentimiento. Había estado dando vueltas por la casa durante cinco minutos y su acompañante no había aparecido. Al decir verdad, la casa no estaba nada mal. Era amplia, y al mirar por la ventana, Hermione vio el río. El suelo era de madera oscura, de un color muy cálido y acogedor que conjuntaba con las llamas de la chimenea. La sala estaba presidida por un sofá y dos sillones de cuero negro que parecían muy cómodos. Separada por una semi-pared se encontraba la cocina. Había tres puertas. A la derecha había una habitación que se parecía bastante a la de la habitación de la sala común de Gryffindor, decorada con los colores dorado y escarlata. Tenia una gran cama con un dosel carmesí y el cabecero parecía de oro puro, era extremadamente acogedora, un hogar. En medio otra puerta que conducía al gran cuarto de baño, y a la izquierda estaba otra puerta. Hermione había intentado abrirla, pero estaba sellada con algun hechizo. Desistió de sus intentos para abrir la puerta y se sentó en el gran sofá de cuero negro, en el salón, para esperar a su compañero. Seguro que no le tocaría con Harry, y esperaba que no le tocara con Ron. Después de la ruptura de ese verano las cosas estaban raras entre ellos, se sentían extraños el uno con el otro. Bueno, solo espero que no sea ningun Slytherin... No había nadie de la casa de Slytherin que le cayera bien, en realidad, no conocía bien a ninguno de ellos, ya que no se acercaban a ella por considerarla una "Sangre Sucia".
Se oyó un ruido fuera de la casa, y vio como el pomo de la puerta giraba lentamente. Hermione se preparó para recibir a su nuevo compañero.
No podía creerse lo que veían sus ojos. De entre todas las chicas que había en su curso le tenía que haber tocado con ella. Con la chica que más odiaba desde que la conoció en primero. Con una Sangre Sucia.
Observaba a Hermione que se había quedado con una tonta expresión de sorpresa, formando una "o" con la boca.
-Esto va a ser un suplicio- murmuró la chica con expresión atónita.
A Malfoy no le salían las palabras, ni siquiera para insultar a Hermione. Entró lentamente en la casa, mirando a la chica fijamente, con su habitual cara de repulsión y andó hasta las tres puertas que tenía enfrente.
-¿Dónde se supone que tengo que dormir?- gruñó.
-A... A la... A la izquierda- tartamudeó la chica.
Y entonces cerró la puerta a sus espaldas con un sonoro portazo.
Hermione no podía dormir. Hacía unas tres horas que daba vueltas en la cama y no lograba conciliar el sueño. De todos los malditos chicos de su curso tenía que tocarle con Draco Malfoy. Con el único que conseguía sacarle de quicio hasta hacerle llorar y sentir ganas de no haber nacido.
Estuvo un buen rato meditando sobre qué hacer. La profesora McGonagall les explicó expresamente que no se admitirían cambios de pareja. Y si quería aprobar sus ÉXTASIS tendría que pasarse todo un curso con Draco Malfoy. La idea no le hacía ninguna gracia, sin duda, pero tendría que aguantar.
Draco dio un puñetazo en el cabecero que hizo que la cama se tambaleara. No solo tenía que volver al puñetero colegio que tanto odiaba, sino que además, tendría que pasarse el curso entero bajo el mismo techo que la maldita sabelotodo Sangre Sucia.
Pero debería aguantar si no quería ir a Azkaban. Cuando dio lugar la caída de Voldemort, él estaba de su parte, y ya era mayor de edad. Pero gracias a la intervención de su madre, se libró de ir a Azkaban si acababa de cursar sus estudios en Hogwarts.
-Bueno,- pensó- al menos podré incordiar a Granger las veinticuatro horas del día.
Y al pensar en eso se le formó una tímida sonrisa en la boca. Le gustaba cuando la hacía enfadar y fruncía el ceño. Mierda. Ya estaba otra vez pensando en lo mismo. ¿Qué le pasaba? Él era un Malfoy. Provenía de dos familias de sangres puras, las más prestigiosas del mundo mágico: la familia Malfoy y la familia Black. Y últimamente lo único que hacía era pensar en un insignificante ser inferior.
