Makoto miró la información de los folletos que le había dado Sousuke.
Podía hacer una evaluación inicial para ver si adelantaba cursos y según lo que había entendido, quizá sólo tendría que cursar un año para obtener una licencia como auxiliar médico si ambos se esforzaban y así podrían regresar al pueblo.
También podría seguir haciéndose cargo de la granja, pues el trabajo en la clínica no era mucho y dado el estilo de vida tranquilo del lugar, no necesitaban mucho dinero para vivir.
Suspiró.
Ese no era un sueño posible para él. No lo había sido en su momento de elegir carrera, había tenido que cursar el instituto en una escuela de capacitación agraria cercana a la prefectura, dejando de lado otra posible carrera, y ahora, que era prácticamente el dueño de la granja aspirar a cualquier otra profesión estaba por completo descartado, su edad tampoco ayudaba.
Además... Haruka era el médico del pueblo ahora.
No sabía por qué había querido establecerse ahí. No cuando una glamorosa vida lo esperaba en el extranjero, tampoco entendía su propuesta de quedarse con él, de seguir ayudando tal y como lo había estado haciendo al lado de Sousuke, pero Makoto se vio a sí mismo alejándose de Haruka mientras de sus labios brotaba una negativa.
No.
Ni siquiera había meditado, la respuesta había salido automáticamente. Aunque se sabía egoísta, también era consciente de que la labor de un ayudante no era necesaria pues los pacientes eran pocos y descubrió que la única razón por la que se había interesado en aprender sobre medicina, había sido por estar al lado de Sousuke. Al final la profesión lo había cautivado, sin embargo no era lo mismo sin él ahí.
¿Era egoísta no querer regresar a un lugar en el que cada rincón le rememoraba al moreno?
—Makoto —cuando su padre lo llamó, Makoto se apresuró a esconder los folletos debajo de su cama, aunque sabía que su padre lo había visto.
—Buenas noches, papá —saludó, iba a ponerse de pie, pero su padre se sentó frente a él. Makoto volvió a acomodarse y le sonrió incómodo.
—El doctor Yamazaki era un citadino. Era de conocimiento de todos en el pueblo que se iría eventualmente. Por eso no me sorprendió que se disculpara por no poder venir nuevamente a comer con nosotros como lo había estado haciendo.
Makoto miró a su padre. Él y Sousuke se entendían de cierta manera que Makoto no había visto con anterioridad y aunque al principio había sido sorprendente verlos a ambos jugar shogi o beber sake, pronto se había acostumbrado a ello.
—Quieres irte con él —Makoto se sonrojó al instante y bajó la cabeza, avergonzado. Era la primera vez que su padre afirmaba aquello con razón.
Quería irse con Sousuke. Acompañarle a Kyoto. Vivir con él tal y como habían hecho en el pueblo. Dormir juntos, despertar juntos, desayunar con él. Caminar al trabajo, ver películas de terror mientras se abrazaban o mirar simplemente hacia el cielo y admirar las estrellas.
Pero negó con la cabeza. Sintiendo un nudo doloroso en la garganta.
Las estrellas no podían verse en la ciudad.
A pesar de que lo había estado meditando desde que Sousuke se lo había propuesto hacía varias noches, el que alguien más se lo preguntara, lo regresaba dolorosamente a su realidad.
—Mi lugar está aquí —el señor Tachibana miró a su hijo sintiendo la pena embargarle. No era tan liberal como para permitir que su hijo se marchara así nada más, abandonando todo. Makoto, al igual que él en su momento, debía hacerse cargo de la granja de la familia— Y él regresará. Lo prometió.
Makoto masculló, como si intentara convencerse a sí mismo de que Sousuke regresaría, de que lo que había sucedido con Haru no se repetiría. Ni siquiera se percató de cuan evidente estaba siendo respecto a su relación con Sousuke.
—¿Cuándo? —Makoto aspiró profundo.
—De visita, en verano.
El señor Tachibana, que muchas veces se había obligado a ser demasiado duro con su primogénito, sabía que Makoto amaba la granja, y que incluso, aunque el tipo de cariño era diferente, sólo había una cosa que quería más y por eso ahora estaba ahí, frente a él, luciendo destrozado.
Quería a su hijo. Confiaba en él.
Y aunque no lo hubiera admitido antes, confiaba en Yamazaki Sousuke también.
—Dos años, Makoto.
Makoto levantó el rostro sin entender. Su padre lo miró, sin sonreír. Aquellas palabras estaban costándole demasiado.
—Puedes irte dos años. Ve con tu doctor ese. Pero regresa, aun si él no lo hace.
Makoto abrió grande los ojos.
Su padre, que otras veces en las que ni siquiera pasó por la mente de Makoto dejar el poblado se había mostrado siempre tan inflexible ahora…
—La granja… —masculló casi sin voz.
—Aún soy joven y también recuerdo lo que es tener tu edad —respondió—. Yo me encargaré, pero si en dos años no regresas, olvídate de nosotros —Makoto sonrió. Una sonrisa enorme, mientras se inclinaba hacia adelante, casi con su frente pegada al suelo.
—Volveré. Lo prometo. —su voz se quebró—. Gracias… no te defraudaré, papá.
—Ya lo sé.
Cuando escuchó los pasos de su padre salir de su habitación, Makoto sintió sus ojos arder. Muchos podrían decir que su padre había sido toda la vida muy duro con él. Pero Makoto sabía que su padre lo amaba y haría lo que fuera por verlo feliz.
