N. de A.

¡Hola a todos! Por fin he encontrado algo de tiempo y he podido escribir un capítulo de mi historia (la universidad y su obsesión con las prácticas hasta altas horas de la noche XD). Si encontráis algún fallito en la ortografía, perdonadme, por que lo he hecho a toda leche. Bueno, lo de siempre, ¡qué disfrutéis leyendo!


España terminó de leer la carta que le había llegado esa mañana y arrugó el papel en su puño. Estaba furioso y apenas había probado bocado de su desayuno. ¿Qué se suponía que debía hacer a continuación? No lo sabía, y eso aumentaba su enfado.

Unos pasos se escucharon en el pasillo y Romano entró poco después en la cocina. Llevaba puesta una camisa verde claro que hacía juego con sus ojos y unos pantalones de vestir. Aunque aquel fuera un día corriente, los italianos siempre iban elegantemente vestidos. España miró fijamente los ojos de Romano, que parecía cansado.

-¿Alguna novedad? –preguntó su amigo.

-No, nada –España le dedicó una sonrisa y tiró a la basura la bola de papel que llevaba en la mano.

-¿Qué era eso?

-Nada, una factura. Esta casa consume una barbaridad en luz –mintió.

Romano se encogió de hombros y se sentó a la mesa.

-No me extraña, esta casa es gigantesca. ¿Qué hay para desayunar?

España cogió su plato y se lo ofreció.

-Hoy hay churros recién hechos.

-¿No piensas comer?

-No tengo mucha hambre.

España se recostó en el asiento y observó a Romano desayunar. Le había ocultado la carta que le había llegado esa mañana para no ponerlo más nervioso aún de lo que estaba. Hacía tres días que habían escapado del restaurante y Alemania no había dado señales hasta ese día.

Maldito Alemania, pensó España con rabia, en vez de llamar por teléfono y hablar conmigo, me escribe una carta. Seguro que no quiere discutir conmigo, sabe perfectamente que lo que ha hecho estuvo mal.

-¿Está la piscina de aquí llena? Hoy quiero darme un baño –dijo Romano.

-Claro, yo también iré.

-Está bien.

Romano cogió un churro del plato y lo mordió. Desde que habían escapado juntos de Alemania, España y él habían estrechado mucho su relación. Romano ya no era tan arisco como antes, y la palabra idiota la decía cada vez menos. Era en los momentos más difíciles cuando más unidos se mostraban, y eso aumentaba el ánimo de España, que en esos últimos días apenas tenía ganas de hacer nada.

A mediodía, Romano le pidió un bañador y se fue a la piscina. España también se puso uno, y fue a reunirse con su amigo. Ese día hacía mucho calor, por lo que era un gran alivio tener una piscina tan grande en casa. Los trabajadores de la finca la limpiaban cada mañana así que sus aguas siempre estaban cristalinas. Cuando España llegó a ella, encontró a Romano nadando en el agua.

Antes de reunirse con él, tiró la toalla sobre el césped y se duchó en las duchas exteriores.

-Voy para allá Romano –gritó mientras saltaba.

-¡Idiota, no salpiques! –protestó Romano.

-Ah, qué fresquita. Oye, ¿echamos una carrera?

Durante media hora, ambos amigos no dejaron de nadar por la piscina, saltar desde el trampolín y salpicarse. Estaban disfrutando tanto que por un momento dejaron de acordarse de sus problemas, hasta que la campana de la finca sonó, marcando las dos de la tarde. España se acercó al bordillo y apoyó sus brazos.

-¿Eh, ya te has cansado? –preguntó Romano acercándose a él.

-Un poco, hacía tiempo que no nadaba tanto.

-Eso es por que eres un pigro*.

Romano golpeó el agua con su mano y lanzó un puñado de salpicaduras a España. Este se apartó del bordillo y se protegió con los brazos.

-Ey, no empieces una guerra de salpicaduras, por que terminaras perdiendo.

Romano se preparó para tirarle más agua, pero España se abalanzó sobre él y lo hundió.

-Estás hoy muy peleón –dijo cuando Romano salió a la superficie.

-Idiota, ahora te vas a enterar.

El italiano intentó darle una ahogadilla, y de esa manera ambos comenzaron a pelearse entre risas en medio de la piscina. Tras unos minutos así, España lo empujó para evitar que Romano lo agarrase, pero este cogió impulso y lo cogió por la cintura. Sin pararse a pensar en lo que hacía, España también lo abrazó, y los dos quedaron unidos muy cerca el uno del otro.

España observó los ojos de Romano. No había que ser muy listo para darse cuenta de que el mayor de los hermanos Italia era muy atractivo. Acercó un poco más su cara a la de él, hasta que sus labios estuvieron a punto de rozarse. En ese punto, España fue consciente de lo que hacía y se apartó de su amigo con brusquedad.

-Romano, escucha, hay algo que debo decirte -Salió de la piscina y se sentó en el borde-. Esta tarde me voy a ir a de viaje.

-¿De viaje? –preguntó Romano, que parecía enfadado.

-Sí, de viaje. Iré a visitar a Bélgica, quiero solucionar unas cosas sobre exportación con ella.

-¿Precisamente hoy?

-Sí, hoy. Pero no te preocupes, Alemania jamás se atreverá a entrar aquí. Sabe que algo así podía causar un grave conflicto.

-No me preocupa eso -Romano también salió de la piscina, pero no se sentó en el borde, si no que permaneció de pie frente a su compañero-. ¿Me vas a dejar solo?

Así que es eso, pensó España. Romano podía parecer un chulo y un engreído, pero aquello era pura fachada. Desde pequeño siempre había temido que lo dejaran solo a merced de los otros países, y cada vez que se veía indefenso se alteraba.

Aunque casi siempre estaba pidiéndole protección, a España no le molestaba su actitud, todo lo contrario. Quería protegerlo a toda costa.

-Será poco tiempo Romano, no puedo dejar este asunto en manos de otros. El tema de la exportación es muy importante para mi casa, necesito llegar a un acuerdo yo mismo con Bélgica.

-¡Bueno, pues te acompaño!

-Ni hablar, tú te quedas aquí. Solo será poco tiempo.

-Pero…

-Romano, ¿estás celoso?

Su amigo se sonrojó de repente y le apartó la mirada. Era obvió que sí.

-Por supuesto que no, idiota. Vete, pero llámame cuando llegues.

-Por supuesto.


A las siete de la tarde, España cogió un vuelo hacia Bruselas. El viaje tardó unas tres horas en llegar a la capital belga, y una vez allí, España recogió su maleta y buscó un taxi en dirección a la estación de tren más próxima. El vuelo había sido una farsa para hacer creer a Romano que iba reunirse con Bélgica. Su verdadero destino era Berlín.

Durante el viaje en tren, España se quedó dormido. Estaba agotado y apenas había comido nada. Volvió a soñar que estaba en un campo de claveles, viendo el atardecer junto a alguien, pero ese alguien no era Romano. Era más alto y tenía el pelo de color rubio.

Una bocina sacó del sueño a España, y supo que había llegado a Berlín. Bajó al andén, y tras beber un café a toda prisa en la cafetería de la estación, salió a la calle, donde un coche gris perla nuevo lo esperaba.

Apoyado en el capó del vehículo lo esperaba Alemania, vestido con un traje negro impecable.

Si piensa que me va a impresionar con ese trajecito, ha fracasado, pensó España, que llevaba su ropa de viaje puesta: una camisa blanca, su corbata nueva y unos pantalones de vestir.

-Buenas noches, España –saludó en español Alemania.

-Sí, igualmente.

-¿Todo listo?

-Sí.

Alemania fue a la parte trasera del coche y abrió el maletero. Con un gesto indicó a España que dejara su maleta allí, pero este se negó.

-No, no pienso meterme en tu coche.

-¿Por qué? –preguntó sorprendido el alemán.

-Lo mío no es una visita amistosa. He venido para comentarte algo, y no voy a ir a ningún lugar lejos de la estación. En cuanto solucione esto, me marcho.

España frunció el ceño y aguardó las palabras de Alemania, que estaba atónito. Le parecía increíble que alguien como España sacara los dientes.

-¿Y a donde piensas llevarme?

-Donde sea, me da igual con tal de terminar esto.

-Aquí cerca hay un bar, hablemos allí.

-Está bien.

Ambos se dirigieron a un bar pequeño que estaba en la esquina de una calle poco transitada. España se sentó en un taburete al igual que Alemania. Este último pidió dos cervezas.

-¿No ha venido Romano contigo? –preguntó Alemania.

-Es obvio.

-Supongo que has venido a hablar de las tierras de Italia del sur…

-¡Esas tierras no son tuyas! –gritó España furioso-. ¡Veneciano puede hacer con las suyas lo que quiera, pero los terrenos que Romano heredó de su abuelo no los puedes tocar como si fueran tuyos!

Alemania se quedó sorprendido por la agresividad de España, pero permaneció tranquilo. El camarero sirvió las dos jarras de cervezas que había pedido, pero cuando fue a acercarle la suya a España, este la rechazó.

-No quiero beber.

-¿Por qué te pones así? Supongo que Romano te ha contado su versión. Le ofrecí un trato. Aumento de las importaciones de Italia del sur para cuando yo saliese de esta crisis. Pero no me quiso escuchar…

-Romano no necesita exportar nada, cultivando sus tierras tiene suficiente…

Alemania le dio un sorbo a la cerveza y miró con sus ojos azules a España.

-¿Y tu, tienes suficiente?

Aquello pilló desprevenido al español.

-¿Cómo?

-Supongamos que vas a defender a Romano. Yo necesito sus tierras, y él no quiere aceptar mi trato. Si me las quedo, ¿vas a defenderlo?

España tragó saliva antes de contestar.

-Claro que sí.

-Te gustan los tomates ¿verdad? Puede que en estos próximos años no necesite tantos en mi país.

España se quedó paralizado. Si Alemania dejaba de comprarle productos…

-Tu agricultura está mal –dijo nervioso-. Si dejas de recibir…

-Ya tengo suficiente con Veneciano y Francia. La zona Euro es mía, yo decido como manejarla. Si me hacen falta productos, el resto de países me los venden –Alemania miró seriamente a España-. ¿Sigues defendiendo a Romano?

-Yo…no es justo. Si me metí en el Euro fue para que me ayudarais, no para esto…

-Todo tiene un precio. Romano tiene que colaborar, quiera o no. Los dos hermanos aceptaron entrar en el Euro.

España miró su cerveza y trató de pensar rápidamente un plan, algo que impidiese al alemán salirse con la suya, pero no se le ocurría nada.

-Mierda…-susurró.

-Piénsatelo. Estaré dispuesto a escuchar cualquier tipo de trato –dijo Alemania mientras apuraba su cerveza.

España se levantó de su asiento, pagó su cerveza y se marchó de allí sin decir nada. ¿Quién le iba a decir que ayudar a un amigo iba a salirle tan caro?

-Romano –dijo mientras paseaba por las calles de Berlín., ¿Qué has hecho?


N. de A.

Normalmente no suelo explicar ni traducir las expresiones en italiano por que siempre trato de utilizar las más famosas y que todos conocemos, pero creo que la palabra pigro es menos conocida. Significa flojo o perezoso. Bueno, eso es todo, ¡hasta la próxima!